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<title>Luz de agosto</title>
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<subtitle>Julio Carreras (h) - Recuerdos</subtitle>
<updated>2009-11-17T20:31:28-03:00</updated>
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<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>Alicia</title>
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<updated>2009-09-12T10:33:02-03:00</updated>
<published>2009-09-12T10:33:02-03:00</published>
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<summary> &amp;nbsp;    En su cumpleaños, el 12 de septiembre        -La compañera...</summary>
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&lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;i&gt;En su cumpleaños, el 12 de septiembre&lt;/i&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;img style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; alt=&quot;alicia0.JPG&quot; id=&quot;media-399490&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/01/01/1931036546.JPG&quot; /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-La compañera fotógrafa te va a esperar en Sarachaga y Salgueiro -dijo el compañero responsable - A las 8:00 en punto.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¿Cómo hago para reconocerla?&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El responsable me miró como si hubiese dicho una tontería. Con paciencia docente, contestó:&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-No te preocupes. Hay pocas tan grandotas como ella. Y va a estar en un fitito amarillo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;En efecto. Me resultó sencillo reconocerla. &quot;Subí&quot;, me dijo, abriendo la puerta del fitito. La &quot;compañera fotógrafa&quot; era Alicia Wieland. La fecha: invierno de 1973.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Teníamos que hacer un boletín para el sindicato SMATA. Pero nadie debía enterarse. Era una de las tantas &quot;tareas de solidaridad&quot; de nuestro Partido (Revolucionario de los Trabajadores, dirección política del Ejército Revolucionario del Pueblo). Es que el sindicato de SMATA estaba controlado entonces por los &quot;chinos&quot; (PCR, un partido que no estaba de acuerdo con la lucha armada y había decidido ponerse a la cola del peronismo). Aunque René Salamanca (su Secretario General), estaba al tanto. El PRT pasaba entonces por su momento de mayor poderío y operatividad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Desde entonces, por más o menos un año nos encontraríamos -prácticamente todos los días. &quot;Ana y Alicia&quot;, eran las fotógrafas principales del Equipo de Prensa del PRT. Que abarcaba funciones muy vastas: nuestro ámbito de acción consistía en proveer material informativo para tres medios impresos: el diario El Mundo, de Buenos Aires (corresponsalía Córdoba), la revista Patria Nueva y Posición. Eventualmente colaborábamos con el diario Córdoba, que salía entonces por las tardes.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Fuera de ello, debíamos ocuparnos de hacer prensa para varios sindicatos, agrupados en el Movimiento Sindical Combativo, que conducía Agustín Tosco. En el lenguaje militante, &quot;hacer prensa&quot; podía tratarse desde cubrir periodísticamente un acto hasta imprimir volantes (o escribir artículos, diagramar revistas, supervisar su impresión, distribuir los paquetes, con nuestros vehículos, por todos los centros operativos sindicales de la ciudad).&lt;/p&gt; &lt;p&gt;De tal manera, no parábamos. Desde las seis o siete de la mañana, hasta pasadas las once de la noche, sin dormir la siesta, trajinábamos cada día por mil tareas. A veces, una &quot;tarea urgente&quot; nos obligaba a levantarnos de madrugada. Como aquella noche que &quot;El Vasco&quot; (responsable del PRT), nos despertó a las 3 para leer un documento que debía estar impreso a las 7 para su distribución. &quot;Cebá mate&quot;, le decía El Vasco a Nelso del Vecchio, que se dormía. &quot;El Zorro&quot;, dirigente de &quot;Poder Obrero&quot;, sonreía. Y yo renegaba. Por sí esto fuera poco, cerca de las cuatro debí llevar a &quot;El Zorro&quot; en camioneta hasta un alejado barrio en Ferreyra, donde vivía. Y de allí nomás, partir hacia la imprenta de Oncativo, para que los cinco mil volantes estuvieran impresos a las siete de la mañana como para que pudiéramos comenzar a distribuirlos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Por si todo esto fuera poco, nos asignaban también tareas de prensa y propaganda del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). No de todo, pues por entonces este era un movimiento que concitaba a miles de jóvenes en Córdoba, provenientes de partidos revolucionarios, sindicatos, centros vecinales, grupos de artistas, cine, teatro, en los cuales había también -por suerte- compañeros que editaban por sí mismos sus volantes, afiches, revistas o boletines. Pero casi todo confluía finalmente en nuestras dos imprentas y la Redacción central: nuestra revista, Posición, una espaciosa casa del barrio Güemes donde vivíamos, además, Nelso del Vecchio y yo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Junto al PRT, en el FAS confluían el partido Poder Obrero, el Frente Peronista Revolucionario, las FAL &quot;América Latina&quot;, &quot;Ché Guevara&quot; y &quot;22 de Agosto&quot;, la &quot;Columna Sabino Navarro&quot; de Montoneros y los Comandos Populares de Liberación (peronistas). Además, una nube de pequeños grupos de izquierda, como &quot;Espartaco&quot;, con vigencia únicamente en los ámbitos de la Universidad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;div style=&quot;text-align: center&quot;&gt;&lt;img style=&quot;border-width: 0; margin: 0.7em 0;&quot; alt=&quot;atilio-tosco-torres.jpg&quot; id=&quot;media-399491&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/02/01/1036201284.jpg&quot; /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La noche del miércoles 27 de febrero de 1974 un grupo de más de cincuenta policías cordobeses ingresó a la Casa de Gobierno provincial y depuso al gobernador peronista Ricardo Obregón Cano y a su vice, el dirigente sindical Atilio López. Los rebeldes se encontraban al mando del Teniente Coronel (RE) Antonio Domingo Navarro.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Eran las 22.55. En la habitación donde se encontraba reunido un grupo de funcionarios provinciales se vivía un clima de extrema tensión. De pronto, la puerta se abrió bruscamente y tres hombres armados con ametralladoras irrumpieron en la sala, obligando a los allí reunidos a salir al pasillo. Uno de los funcionarios inquirió:&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¿Quién es el jefe de este operativo?&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Retírese, señor! Oportunamente se le informará-, respondió imperativamente uno de los hombres armados y, acto seguido, obligó al grupo a colocarse en fila para marchar hacia la salida principal de la Casa de Gobierno.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Junto a los mandatarios, los sediciosos detuvieron a unas setenta personas que se encontraban en la gobernación. Entre ellos estaban los ministros de Bienestar Social y de Gobierno, Antonio Lombardich y Elio Alfredo Bonetto; los diputados Luis Bruno y Blas García; el presidente del Banco de la Provincia de Córdoba, Julio Aliciardi; el Fiscal de Estado, Juan Carlos Bruera; el director de Prensa, Alejo Díaz Tiliar; y el hijo y secretario personal del gobernador, Horacio Obregón Cano.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Navarro había sido relevado de su cargo de Jefe de Policía provincial ese día por el gobernador, por considerarlo &quot;poco confiable&quot;. Al enterarse del relevo, el militar acuarteló a unos siete mil efectivos a sus órdenes en la ciudad, aduciendo una &quot;infiltración marxista&quot; en el gobierno.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Esa misma tarde, grupos de civiles habían tomado las emisoras LV2 -La Voz del Pueblo- y LV3 -Radio Córdoba- y comenzado a emitir comunicados en apoyo al jefe de la insurrección. Una de las transmisiones sostenía que Navarro representaba &quot;una garantía de orden&quot; y era &quot;el vehículo necesario para el proceso de liberación&quot;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Al caer la noche, se escucharon tiroteos en distintas partes de la ciudad. Civiles armados e identificados con brazaletes rojos comenzaron a circular por las calles.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Acusados por Navarro de &quot;proveer armamento a grupos civiles de conocida militancia marxista&quot;, el gobernador y su vice fueron llevados, esa misma noche de miércoles, al Comando Radioeléctrico, donde permanecerían cautivos hasta el viernes 1° de marzo a las 17.30.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El jueves 28 a las siete de la mañana andábamos con Alicia en el Centro de Córdoba cubriendo toda la parafernalia desplegada por los insurrectos. Miles de policías, con cascos y uniformes de combate dirigían el fragoroso tránsito de la ciudad, armados como para una guerra. Tanquetas, camiones hidrantes, motociclistas con cascos y escopetas recortadas se acantonaban en las callejas laterales. Recuerdo a Alicia, rubia grandota, de short y ojotas, metiéndose entre los temibles represores para sacarles fotos con su Nikon dotada de varios teleobjetivos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Adonde va usted! -le gritaban.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Periodista! ¡Diario El Mundo!-, contestaba Alicia, exhibiendo un carnet.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;A la distancia pienso: ¡qué locos éramos! Todos -especialmente los canas- sabían que el diario El Mundo, la revista Posición y Patria Nueva, eran solventados por la guerrilla. ¡Y nosotros íbamos a meternos, así con nuestros carnecitos, en la boca del lobo, para obtener las notas!&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Cerca de las nueve decidí regresar a la Redacción para escribir algo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Cuidate, nena! -le dije, al despedirme.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Cuidate vos, &quot;changuito&quot;! -bromeó ella -¡a mí no me va a pasar nada!&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pero le pasó. Ese día la metieron presa, y los abogados del FAS debieron trajinar toda la tarde para poder liberarla.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;No era broma: el peligro de aquellos represores está apenas patentizado por el horrendo suceso que transcribiré a continuación (Página12 -4 de febrero de 2007):&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El Partido Comunista acaba de entrar en la causa de la AAA con un caso siniestro y bien documentado: la destrucción de su local en Córdoba el 10 de octubre de 1974, con detenciones y un asesinato.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El acta notarial lleva la firma de dirigentes políticos y funcionarios policiales. Relata las condiciones en que la policía cordobesa entrega el local allanado al Partido Comunista de la ciudad de Córdoba el 10 de octubre de 1974, donde la brutal irrupción a los balazos de policías y civiles continuó con torturas, golpes, simulacros de fusilamientos y la muerte de una militante comunista que se desangró por la hemorragia que le provocó &quot;la introducción del cañón de un arma en la vagina&quot;. La patota rompió todo, baleó y saqueó las cajas fuertes y dejó sus marcas en las paredes de la casona de Obispo Trejo 354: varias leyendas con amenazas de muerte y la firma de las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina). Ese documento acaba de ser incorporado a la causa en la que el juez Norberto Oyarbide pidió la detención y extradición de la ex presidente Isabel Perón, por el supuesto delito de haber cobijado bajo el amparo del Estado a la banda paramilitar que asesinó a más de 1000 personas antes del golpe de Estado de 1976.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&quot;Si son comunistas como (Horacio) Guaraní más bien váyanse del país porque los vamos a matar uno por uno. Si cae un policía van a caer tres de ustedes bolches hijos de puta. Las Tres A&quot; (sic), decía la leyenda más extensa que dejaron policías y civiles en una de las paredes del local comunista de la ciudad de Córdoba en octubre del ’74. Las otras, también realizadas con aerosol negro, eran más ofensivas que políticas: &quot;bolches hijos de putas. Tres A&quot;; &quot;zurdos putos&quot;, y &quot;zurdos hijos de putas&quot;. En el acta también figura el &quot;pomo de aerosol&quot; lleno de &quot;huellas digitales&quot; de quienes hicieron las pintadas en el operativo del que participaba la policía cordobesa. Los comunistas acusaron del crimen de Tita Clelia Hidalgo, una joven de 30 años oriunda de Río Tercero, y las torturas que sufrieron otros 46 militantes que estaban en el local, al interventor federal de la provincia, el brigadier Oscar Lacabanne, y su jefe de policía, Héctor García Rey. &quot;Aquí está la punta del ovillo para descubrir quiénes son las Tres A&quot;, denunciaron entonces los dirigentes del PC en Córdoba y Buenos Aires.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El acta notarial, el informe médico realizado por los doctores Osvaldo Khan y Emilio Ruderman sobre los golpes y torturas que recibieron los militantes, documentos fotográficos y el relato de quienes sufrieron los vejámenes y tormentos fueron entregados hace unos días al juez Oyarbide por una delegación del PC. Los comunistas también entregaron otros documentos y una extensa lista de militantes asesinados por las Tres A, y otra con testigos y sobrevivientes de los atentados de la banda paramilitar. Pero le pidieron al juez federal que los incorpore como querellantes en la causa, a la que ya se habían presentado junto a otras organizaciones políticas y de derechos humanos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El asalto al local comunista en Córdoba fue una de las huellas claras que dejaron las Tres A de sus vínculos con todo el aparato estatal. Poco después de las siete de la tarde del 10 de octubre de 1974, policías y comandos civiles ingresan en la casona de Obispo Trejo disparando ráfagas de armas de guerra -&quot;Itaka, metralletas, pistolas 45&quot;- después de volar la cerradura de la puerta de entrada. El único recaudo que tomaron los comandos cordobeses es que no les vieran las caras. &quot;Nos tiraron a todos boca al piso, mientras disparaban sobre nuestras cabezas y caminaban por encima nuestro repartiendo culatazos y patadas&quot; al grito de &quot;bolches hijos de puta, los vamos a matar a todos&quot;, relataron varios de los que vivieron el tormento. Luego fueron separando a distintas personas para torturarlas y exigir que aparezcan &quot;las armas&quot;. Así comenzaron los simulacros de fusilamiento a los pequeños grupos que sacaban al patio mientras gatillaban las armas y los disparos repiqueteaban cerca de sus cuerpos. A otras salas del local se llevaban a las mujeres, desde donde &quot;se escuchaban gritos desgarradores&quot;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tras dos horas de tormentos en los que nunca cesaron los disparos dentro del local, los hicieron formar &quot;con las manos en la nuca&quot; y la &quot;obligación&quot; de mantener los ojos cerrados para pasar por una doble fila de asaltantes que descargaron &quot;patadas, latigazos, culatazos y trompadas&quot; a su paso.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&quot;A ver, uno con credencial de la Federal que salga a la calle&quot; y &quot;sáquenlos, los primeros al móvil 184&quot;, ordenó uno de los asaltantes según el relato del dirigente comunista Jorge Caselles. Afuera los subieron a un camión y &quot;nos fueron apilando como fardos uno arriba de otro, lo que hacía que los que quedaran abajo casi ni pudieran respirar&quot;, dijo entonces Enrique de Dios. &quot;A estos los vamos a rociar con nafta y los vamos a quemar a todos&quot;, volvió a escuchar Caselles antes de que el jefe le ordenara a un subordinado &quot;no tires gases a la esquina (de Trejo y Quirós) porque el viento lo trae para acá&quot;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;En la retirada, los comandos volvieron a disparar ráfagas de tiros y proferir amenazas para ahuyentar a los curiosos. La recorrida duró poco. Enseguida llegaron a la División Informaciones de la policía provincial. Allí los volvieron a tirar de cara al piso, formar la fila con las manos en la nuca y los ojos cerrados. Adentro, les vendaron los ojos con jirones de trapos de los carteles que habían traído del asalto, aunque antes algunos lograron ver el patio del lugar con decenas de personas (ver aparte) en las mismas condiciones: con los ojos vendados y manos en la nuca esparcidos por el piso o contra las paredes, varios de ellos esposados. Así estuvieron más de 40 horas, antes de recuperar la libertad, tras otros interrogatorios, amenazas y acusaciones de &quot;asociación ilícita&quot; y &quot;tenencia de munición de guerra&quot;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pocos días después Clelia Hidalgo murió en el Hospital de Clínicas cordobés. Un policía advirtió la intensa hemorragia -que le produjo que &quot;le introdujeran el cañón de un arma en la vagina&quot;- mientras la interrogaba. Ordenaron su traslado &quot;en calidad de detenida&quot; a la sala policial del policlínico del barrio San Rafael. Tras reiteradas denuncias, y por su delicado estado de salud, fue nuevamente trasladada al Clínicas, pero Clelia no soportó las lesiones que sufrió en el asalto.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El 15 de octubre la policía entregó el local del PC ante un escribano, por exigencia de los comunistas. Allí consta la forma ruinosa en que quedó la casona, los disparos en las paredes, las vainas servidas y las leyendas de las Tres A que dejó el operativo. El acta lleva la rúbrica de tres agentes de la seccional primera de la policía cordobesa: el suboficial ayudante José Amadeo, el sargento Ismael Salta (chapa 162) y el agente de consigna José Moldia (chapa 111).&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Isabel Perón había decretado la intervención federal de la provincia tras el golpe institucional que pasó a la historia como &quot;el Navarrazo&quot;. El ex jefe de la policía de Córdoba, el teniente coronel Antonio Navarro, tomó la ciudad a punta de pistola con comandos policiales y civiles que arrestaron al gobernador Ricardo Obregón Cano y a su vice Atilio López (luego amenazado y acribillado por las Tres A). Lacabanne, un brigadier que siempre decía actuar en nombre de Isabel, volvió a colgar en el cuartel de la policía cordobesa la fotografía del ex jefe Navarro, que entonces estaba prófugo de la Justicia.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;div style=&quot;text-align: center&quot;&gt;&lt;img style=&quot;border-width: 0; margin: 0.7em 0;&quot; alt=&quot;alicia01.jpg&quot; id=&quot;media-399492&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/01/02/1508508032.jpg&quot; /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;De las cuatro situaciones con Alicia que más recuerdo, dos son festivas. Esto seguramente por la simpatía chispeante y el carácter eternamente bien dispuesto que tenía.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La primera transcurre durante todo un día domingo en el río Cosquín. A la altura de Río Ceballos, habíamos arribado en dos vehículos con varios compañeros del PRT y el Frente Peronista Revolucionario.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Recuerdo que en un momento de nuestro recreo, luego del asado, jugando en el agua me acerqué a ella desde atrás, y empujando fuertemente con mis dos manos la hundí. Durante un rato logré mantenerla abajo, pero su formidable fortaleza pronto le permitió librarse de mi presión.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Por dos veces, ella me devolvería la broma. Era tan fuerte, que al hundirme resultaba desesperante tratar de quitar de mi cabeza aquella potencia de sus manos, que me mantenía bajo del agua. Cuando lo hizo por segunda vez, luego de emerger casi ahogado aduje, pues, que &quot;me estaba congelando&quot;, y salí del río, pisando cuidadosamente sobre las piedras que, como un puentecito, conducían a la orilla.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Ahhhh! ¡huyes, cobarde...! -me cargaba Alicia, dándose cuenta de los verdaderos motivos de mi salida.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;div style=&quot;text-align: center&quot;&gt;&lt;img style=&quot;border-width: 0; margin: 0.7em 0;&quot; alt=&quot;alicia0b.jpg&quot; id=&quot;media-399493&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/02/02/643413147.jpg&quot; /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La segunda fue una fiesta nocturna. Una chica rubiecita, de apellido Gómez, santiagueña, paseaba por Córdoba entonces y me parece haberla encontrado por casualidad. Ella es socióloga ahora, y enseña en la UNSE, según creo. Era -es- muy bonita y algo ingenua. Recuerdo sus ojos muy abiertos al vernos, esa noche, exhibiendo escopetas recortadas, pistolas, y fotografiándonos con esas armas contra un fondo de afiches revolucionarios.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La casa -amplia, de estilo antiguo- era de un dirigente sindical de trabajadores de la Ford. Ya bastante tomado, &quot;La Cigüeña&quot; (lo llamaban así porque era un flaco alto), no tuvo mejor idea que llevarnos a una habitación donde comenzó a extraer, de cajones y armarios, todo tipo de armas.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-¡Te saco una foto!-, le anunció Alicia, trayendo la súper cámara que eternamente llevaba como si fuese una parte más de su cuerpo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La Cigüeña se puso entonces una boina, ladeada sobre el lado izquierdo de su cara, y se atusó los gigantescos bigotes. Se cruzó una canana con balas de escopeta sobre el pecho y enarboló una recortada. Así ataviado posó frente a un gigantesco retrato del Ché, que tenía pegado arriba del espaldar de su cama.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Todos nos sacamos fotos como esa. Juntos o separados. Ya a la madrugada, Alicia se quedó dormida, en el suelo, a lado de unas macetas... Entonces a mí se me ocurrió ponerle granadas al lado, un fusil entre sus brazos, y fotografiarla...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;De allí, directamente, Alicia había ido a trabajar. Durante el día anterior, antes de la fiesta, había cubierto actividades sindicales y de los barrios. Cometió el error de entregar el rollo, tal como lo llevaba, a otros compañeros para que lo revelasen...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;¡Cuando los compañeros vieron aquellas fotos, casi cayeron de espaldas!... &quot;¡Qué liberalada!&quot;, nos dirían los compañeros después, en tono reprobatorio. Por aquellas fotografías -que por supuesto suprimieron- nos sancionaron, a ella y a mí, dejándonos sin salida el siguiente fin de semana.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El 14 de septiembre de 1973, en un gigantesco acto convocado sobre la avenida Vélez Sársfield para repudiar el golpe militar en Chile, conocí a quien sería la compañera de toda mi vida y madre de mis hijas. Gloria estaba detrás de mí, como a veinte metros de distancia, entre los estudiantes universitarios. La segunda vez que me di vuelta y encontré sus ojos, que brillaban, me acerqué con la excusa de pedirle un cigarrillo al &quot;Pato&quot;, un gringuito estudiante de medicina, que conocía y las acompañaba junto a su hermana.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Desde entonces, con Gloria, no nos separaríamos más. La cárcel lo hizo, corporalmente, en 1976, pero nuestras almas siguieron unidas, hasta nuestro reencuentro definitivo, en 1982. Por mi esposa es que sé algo más de Alicia, que compartiría esta etapa de su existencia con ella en algunas de las mazmorras del Proceso.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Sé que fue detenida en Córdoba, luego trasladada a Devoto. Durante su detención sufrió varias amenazas de muerte, entre las cuales se contó su traslado de regreso a la Penitenciaría de Córdoba, donde reinaba el tenebroso Menéndez.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;img style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; alt=&quot;alicia02.jpg&quot; id=&quot;media-399494&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/00/00/508197712.jpg&quot; /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Luego de su libertad estuvo un tiempo en Europa, hasta que las condiciones políticas argentinas le permitieron regresar. Desde entonces, continuó trabajando con organizaciones sociales y asociaciones de Derechos Humanos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;También me enteré, por compañeras de mi esposa, de su fallecimiento, el año pasado. Como un corolario de mi modesta recordación, en el día de su cumpleaños, reproduciré, abajo, el último e-mail que, a sus amigas y amigos, envió &quot;Alisota&quot; -como la llamábamos cariñosamente quienes la conocimos:&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Original Message -----&lt;/p&gt; &lt;p&gt;From: Alicia Wieland&lt;/p&gt; &lt;p&gt;To: Amigos&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Sent: 23 de julio de 2008&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Subject: Alisota / Amigos&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Mis queridos amigos, amigas, reenvío esto que me llegó... hasta su introducción representa todo lo que hubiese dicho y diría para tal día, los quiero mucho y les deseo lo Mejor, Alicia...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Hola amigos: les envío estas líneas de Vinicius, que hace muchos años la publicó en los clasificados de un diario de Brasil.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Por supuesto que no es una búsqueda: es la mejor descripción de la amistad que encontré.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Para Ustedes, con el deseo de que sigamos así: siendo amigos...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;Se busca un amigo&lt;/b&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;No necesita ser hombre o mujer, basta que sea humano.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Basta que tenga sentimientos, que tenga corazón. Necesita hablar y saber callar, y sobre todo oír.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tiene que disfrutar de la poesía, de la madrugada,&lt;/p&gt; &lt;p&gt;del sol, de la luna, del canto de los vientos&lt;/p&gt; &lt;p&gt;y de la canción de la brisa.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Debe tener un gran amor, o de lo contrario&lt;/p&gt; &lt;p&gt;sentir la ausencia de ese amor.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Debe respetar el dolor&lt;/p&gt; &lt;p&gt;que todas las personas llevan consigo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Debe guardar secretos sin sacrificarse;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;pudo haber sido engañado&lt;/p&gt; &lt;p&gt;(todos los amigos son engañados).&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;No es necesario que sea puro, ni del todo impuro,&lt;/p&gt; &lt;p&gt;pero no debe ser vulgar.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Debe tener un ideal y miedo a perderlo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Debe sentir pena de la persona triste y comprender el inmenso vacío de los solitarios.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Debe ser Don Quijote sin despreciar a Sancho.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Que sepa conversar de cosas simples, del rocío,&lt;/p&gt; &lt;p&gt;de las grandes lluvias,&lt;/p&gt; &lt;p&gt;de los recuerdos de la infancia.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Se busca un amigo para no enloquecer,&lt;/p&gt; &lt;p&gt;para escuchar la noche o&lt;/p&gt; &lt;p&gt;lo que se vio bello o triste durante el día.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Los anhelos y las realizaciones, los sueños y la realidad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Se necesita un amigo para llorar, para asomarse al pasado en busca de memorias queridas.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Un amigo que nos abrace sonriendo o llorando,&lt;/p&gt; &lt;p&gt;pero que nos abrace.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Vinicius de Moraes&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Gracias a Marta Quiroga (quien envió un pps con las fotografías al Grupo &quot;Caramelo Mágico&quot;: caramelomagico@gruposyahoo.com.ar).&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
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<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>Los Grinberg con Cacho Monges</title>
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<summary>  Hugo Mansilla se levantó como a las 11, aquel domingo primaveral de 1965....</summary>
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&lt;p&gt;&lt;img name=&quot;media-396347&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/02/00/1568883059.jpg&quot; id=&quot;media-396347&quot; alt=&quot;pickups.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; /&gt;Hugo Mansilla se levantó como a las 11, aquel domingo primaveral de 1965. En el espejo del baño, desde lejos, se miró. Tenía algo oscuro en el cuello. Al acercarse, descubrió un moretón, como si hubiera caminado por allí una araña pollito con su baba. ¿Qué iba a hacer ahora? Para el mediodía estaban invitados, con Julio, a almorzar en la casa de Chongo. Decidió atarse un pañuelo de su mamá, amarillo con flores rojas. Más o menos hacía juego, bajo la camisa marrón.&lt;br /&gt; Ya en el almuerzo, sentados ante la suntuosa mesa de la familia de Chongo, con Julio a su frente, la señora de Sánchez Gramajo le preguntó:&lt;br /&gt; -¿Por qué llevas ese pañuelo al cuello, Huguito? ¿No te da mucho calor?&lt;br /&gt; -Es que anoche, mientras actuábamos, se me ha cortado la cuerda del bajo y me ha pegado en el cuello, señora... me ha quemado, dejándome una marca muy fea -Hugo mintió lo primero que se le ocurrió.&lt;br /&gt; -Ohhh -exclamó doña Elvira asombrada -¿Y cómo es que te quemó? ¿Se calientan las cuerdas del bajo eléctrico?...&lt;br /&gt; -Sí -mintió otra vez Hugo. -Se calientan mucho.&lt;br /&gt; De mirarlo con ojos muy abiertos, Chongo y Julio pasaron a bajar los párpados, concentrándose en la comida para no tentarse.&lt;br /&gt; -Mmm...-murmuró con tono de dudas la señora -no sabía que se calentaban tanto las cuerdas de los instrumentos...&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Eso fue cuando los Grinberg con Cacho Monges llevaban ya más de un año de éxitos, en Santiago. El grupo original, iniciado en el invierno de 1964, estaba compuesto por &quot;Beby&quot; Juárez en la batería, &quot;Nuni&quot; Santillán primera guitarra, el &quot;Petiso&quot; Villa en bajo, el &quot;Negro Silva&quot; en guitarra rítmica y Cacho Monges, cantor. Por razones que Julio nunca averiguó, los miembros originales tuvieron que separarse y lo hablaron para reemplazar a &quot;Nuni&quot;. Muy poco tiempo después, también Villa abandonó el grupo. Fue reemplazado por &quot;Pinocho&quot; Saldaña. Pero la inestabilidad parecía empecinarse: enseguida se retiraría, asimismo, el &quot;Negro Silva&quot;. En su lugar, tocó &quot;Julito&quot; Gutiérrez, un chico amable y rubio, con guitarra eléctrica recién comprada. Todos -menos Julio- vivían en La Banda. La fatalidad, sin embargo, se encargaría de seguir dándole jaques al ensamble: Julito -en un accidente automovilístico que conmovió a la población- murió. Tenía 15 años... Entonces Julio invitó a &quot;su hermano&quot; (por entonces el mejor amigo que tenía) Carlos Sánchez Gramajo (h), a integrar Los Grinberg. &quot;Chongo&quot; aceptó el desafío. Compró una guitarra Jakim, excelente, e ingresó. Julio aún tocaba con su guitarra blanca, nacarada, de dos micrófonos, fabricada por &quot;Chinche&quot; García, adquirida cuando cumplió los catorce años. Para señalar su vocación de pintor, Julio la había mandado a fabricar con forma de paleta. Esa guitarra tenía un inconveniente: era muy pesada. Debido a la ausencia de fábricas metalúrgicas en Santiago, y como debía proveerlas de una resistencia especial, para soportar sin arquearse la tensión de las cuerdas de acero -cosa que en las industriales se solucionaba con un fuerte núcleo metálico-, &quot;Chinche&quot; utilizaba madera de quebracho blanco. Pero así, los músicos, se veían obligados a cargar instrumentos que parecían de plomo, durante horas, sobre los escenarios.&lt;br /&gt; Chinche proveía de guitarras eléctricas, por entonces, a todos los grupos. En el Santiago aún escasamente comunicado con los grandes centros industriales y comerciales, comprar una guitarra eléctrica traída de fuera constituía todo un riesgo. Había que pedírselas a las únicas dos casas de música que por entonces había -Bazar Imperio y Olivares-, y casi sin ninguna seguridad. Los comerciantes pedían &quot;una&quot; guitarra eléctrica (no era un instrumento con mucho mercado en Santiago). Y si la que llegaba de Buenos Aires traía un diapasón duro, o pequeñas fallas... &quot;a mamarla&quot;.&lt;br /&gt; Entonces los Rocklands, los Demonios y los Demonios del Ritmo, además de otros grupos menos importantes, solían encargar sus guitarras directamente al &quot;Chinche&quot; García, un electrotécnico de ojos azules, a quien llamaban así por el subido tono rojo de sus mejillas sobre una cara muy pálida. Chinche vivía en la avenida Belgrano, entre Pedro León Gallo y Mitre, a la mano izquierda yendo hacia el Sur. Era una casa antigua, medio ruinosa ya, en cuyos dos primeros salones el hombre tenía montados su taller de electricidad y carpintería.&lt;br /&gt; A Julio lo habían llevado allí &quot;Meca&quot; Helmans y &quot;Pachi&quot; Pinto. Pachi -que vivía en el Pasaje Figueroa, por allí cerca- tenía la primera guitarra eléctrica que Julio conoció, a sus trece años. Julio había quedado tan fascinado con el sonido de esa guitarra, que desde entonces acosaba a su padre para que le pagara una. Cuando llegó la ocasión -casi un año después-, la diseñó escrupulosamente.&lt;br /&gt; Una mañana, mientras estaba haciendo cola en una inmensa sala del edificio de Salud Pública, para obtener certificado de Buena Salud, se le acercó un muchacho más o menos de su edad.&lt;br /&gt; -Hola gato -le dijo- ¿vos sos Julio Carreras?&lt;br /&gt; Sí. Contestó Julio. Más sorprendido en realidad porque lo llamara &quot;gato&quot;. Es que Beby, luego iba a saberlo, llamaba a todos así. Por los &quot;Gatos Salvajes&quot;, un conjunto rosarino que le encantaba.&lt;br /&gt; -Nosotros estamos formando un conjunto -explicó desinhibidamente Beby, adolescente muy morocho, que llevaba el pelo cortado al rape en los costados y arriba levantándose como flechas, pese a la gomina-, necesitamos una guitarra. El chango que toca no tiene...-agregó con franqueza- y nos han dicho que vos tienes una...&lt;br /&gt; Debido a esa cuestión tan pragmática, fue que Julio comenzó a ensayar con aquel grupito, llamado &quot;Los Juveniles&quot;, en La Banda. Cáncer tocaba la segunda guitarra y Cacho Monges cantaba. Todos eran menores de quince años. Su primera -y única- actuación- fue en el Club Tabla Redonda, de La Banda. No había corriente eléctrica allí, por lo que debieron conectar los equipos a una batería. Para un público de hombres con aspecto de campesinos, con sombreros negros y pañuelos al cuello, y muchachas oscuras en vestidos floreados, bajo los algarrobos y unos raquíticos faroles, tocaron &quot;Gavilán Pollero&quot;, &quot;Despierta Lorenzo&quot;, &quot;Muñequita&quot;, de los Pick Ups, conjunto por entonces de Moda. Allí Julio conocería también a un tipo entrañable, ya &quot;grande&quot; (más de veinte años): el &quot;Ñoño&quot; Gallegos. &quot;Ñoño&quot;, un agraciado rubio de ojos verdes, iba a ser el &quot;chofer oficial&quot; de los Grinberg, durante toda su trayectoria. Y los acompañaría siempre, con su auto sedán, no sólo en sus viajes, sino también en las farras.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Con el ingreso de Chongo Julio adquirió mayor influencia en el conjunto. Ya por entonces -mediados del 65-, tocaban temas de los Gatos Salvajes, Horacio Ascheri, Los Iracundos: &quot;La respuesta&quot;, &quot;Ojos sin luz&quot;, &quot;Mi promesa&quot;, &quot;El Golpe&quot;, &quot;Calla&quot;. Esta hegemonía iba a consolidarse cuando, debido al abandono de &quot;Pinocho&quot; Saldaña, quien debía trasladarse a Córdoba, ingresara Hugo Mansilla.&lt;br /&gt; A instancias de Julio, Hugo compró un bajo eléctrico y comenzó a practicar &quot;matando caballos&quot;, pues apenas tuvieron unos días, antes de lanzarlo sobre un escenario. Que no era cualquiera, pues se trataba del Parque de Grandes Espectáculos. Y además actuaban esa noche quienes, por entonces, ya eran &quot;monstruos sagrados&quot;: Los Demonios, con Johnny Dellara.&lt;br /&gt; Pasaron bien la prueba. El grupo, que al principio alquilaba un equipo para sus guitarras a quien llamaban &quot;El Petiso Barrón&quot;, pudo adquirir instrumentos nuevos y amplificadores, con el producto de sus remuneraciones.&lt;br /&gt; Todos los fines de semana tenían contratos, casi siempre en tres o cuatro clubes. Para cumplir con lo cual debían desarmar los instrumentos, cargarlos en el auto de Ñoño, bajarlos nuevamente y volverlos a armar en el club siguiente, para repetir el operativo cuantas veces fuera necesario. Un buen ejercicio, que les exigía alimentarse bien y cierto descanso luego. Algunas veces, tocaban hasta tres actuaciones en cada club, por noche. Y si tocaban en tres clubes, debían hacer en total nueve actuaciones de media hora cada una, trasladándose para esto y repitiendo el operativo de armar, acarrear, subir y bajar equipos, una y otra vez, entre distintos sitios con seis o siete kilómetros en el medio.&lt;img name=&quot;media-397627&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; alt=&quot;iracundos.jpg&quot; id=&quot;media-397627&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/00/01/1540431703.2.jpg&quot; /&gt; Esto se intensificaba aún más en los carnavales, período durante el que actuaban todos los días, pero a la siesta y a la noche.&lt;br /&gt; Cierta vez Julio le preguntó a Beby por qué había bautizado &quot;Los Grinberg&quot;, al grupo. &quot;Por el judío que nos alquilaba los equipos&quot;, contestó el negro. &quot;Todos los equipos tenían, pintado con letra grande, el letrero Grinberg... incluyendo el bombo de la batería... entonces, lo más fácil fue seguir llamándonos así&quot;&lt;br /&gt; Durante los carnavales del 66 Julio se hizo amigo de unos chicos de Tucumán, que cantaban temas de los Beatles traducidos al castellano. Y también cierto potpurrí de cancioncillas populares. Los &quot;sponsoreaba&quot; un joven empresario tucumano, de origen árabe: Karim Melem Dip. Por eso, se llamaban &quot;Los Karim&quot;. Se alojaban en el &quot;Grand Hotel&quot;, de Diéguez. Como Los Grinberg tocaban también en los bailes y confiterías de Diéguez -Rio Dulce Grill, Parque de Grandes Espectáculos, Confitería Ideal-,&lt;br /&gt; se conocieron y confraternizaron.&lt;br /&gt; A Julio lo deslumbró el tren de vida que llevaban. Almorzaban opíparamente, cenaban en los mejores restaurantes, se calzaban con los más caros mocasines, exhibían pantalones y remeras de boutique. Y esto impresionaba especialmente a las chicas de las clases más altas. Cuando le propusieron ir a tocar con ellos, Julio no dudó. Se sentía ya -a los 16 años- &quot;un profesional&quot;. Pensó que iba a hacer mucha plata, en Tucumán.&lt;br /&gt; Así que terminando el carnaval, anunció a sus compañeros la decisión, para que buscaran un guitarrista cuanto antes. No demoraron más de un par de días en hacerlo. En su lugar entraría &quot;Ruly&quot; Barrionuevo, un joven alto y rubio, con cierto aire a Ricky Martin. Sólo que Ricky Martin aún no había nacido. Y este joven era de La Banda. Muy buen músico, poseía un excelente guitarra... así que el conjunto siguió sin trabas.&lt;br /&gt; Y Julio pudo viajar, con &quot;Johnny Perkins y Los Karim&quot;, a Tucumán...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tema relacionado: &quot;&lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://www.juliocarreras.com.ar/carmina.htm&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Carmina&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;&quot;&lt;/p&gt;
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<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>Conservatorio Rossini</title>
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<summary> &amp;nbsp;    Mi padre tenía un violín. Poco antes alcanzar los tres años,...</summary>
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&lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/02/02/1923288886.jpg&quot; id=&quot;media-396180&quot; alt=&quot;alaria.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: right; margin: 0.2em 0 1.4em 0.7em;&quot; /&gt;Mi padre tenía un violín. Poco antes alcanzar los tres años, descubrí que golpeándolo contra el soporte de una maciza cama metálica iba a poder abrirlo. Buscaba encontrar allí el secreto de su música. Mi padre me pegó por ello. No sé si demasiado fuerte. Pero la experiencia fue traumática. Así que cuando mi madre preguntó, con tono autoritario: &quot;¿Qué quieres estudiar... violín o piano?&quot;, luego de reflexionar unos segundos opté, resignadamente, por decir: &quot;Piano&quot;. Yo había pasado los cuatro años ya, pero la palabra &quot;violín&quot; me traía de inmediato reflejos incómodos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Conocí un piano recién al entrar por primera vez al Conservatorio Rossini-De Paula. Mi profesora no era demasiado paciente. Luisa Santini de Vélez, se llamaba. A regañadientes, me había aceptado: la edad límite hacia abajo estaba fijada en seis años. Y como dije yo apenas superaba los cuatro...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&quot;No, no, no&quot;, dijo la señora, sin tomar para nada en cuenta mi presencia. &quot;Yo no quiero renegar con chicos de menos de seis años&quot;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Mi madre no era una persona cuyos propósitos pudieran doblegarse fácilmente. Con insistencia y esa suficiencia de &quot;mujer de alta sociedad&quot; que tenía, impuso finalmente mi inscripción. Debido a lo cual, desde mi primera clase debí componerme como pude, con una anciana algo predispuesta en mi contra. Y que no iba a tolerar muchos errores.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&quot;¡Las muñecas arriba! ¡Las muñecas arriba!&quot;, me espetaba, &quot;¿no ves que así endureces los dedos?&quot;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Y cuando me equivocaba en una nota, me pegaba en la mano con una lapicera de metal, muy pesada, que tenía. &quot;Do&quot;, me decía &quot;Do, no si, do.&quot;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tenía una hija, relativamente joven (¿unos 22 años, en 1954?... tal vez). Rogaba que me atendiera ella, en lugar de la anciana, pero esto sucedía muy rara vez. Todos los días a la siesta debía ir a practicar. Y presentar la lección dos veces por semana.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El señor Vélez era un sesentón elegante. Como a las cinco de la tarde, brotaba de la espléndida galería con traje y sombrero. Impecable, solía gastar ambos naturales o azulados en el verano, marrones, ocres y grises en invierno. Sombreros según la ocasión. Zapatos relucientes, también de acuerdo con las tonalidades en el resto del vestuario. Un eterno bastón -a veces con manivela en gancho, otras recto (¿tendrá un estoque dentro?, me preguntaba al verlo, influido por tempranas lecturas). Con voz seca nos saludaba, echándonos una mirada de cierta repugnancia, a los chicos y chicas que esperábamos, en los sillones de una salita interna.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Más tarde descubrí para qué se acicalaba tan meticulosamente aquel hombre, todas las tardes. Iba a la plaza. Cierta tarde -como uno o dos años después, cuando me atrevía ya a desviarme un poco del camino prefijado-, en vez de ir hacia la esquina de Independencia y Avellaneda donde debía esperar el colectivo doblé hacia el norte, por la plaza, como yendo hacia la Catedral. Me sorprendí al encontrarme con el señor Vélez allí, impecable, erecto, solo y con expresión aburrida, en uno de esos anchos bancos de madera pintados de verde oscuro, que había. No me atreví a saludarlo. El tampoco me saludó, pese a que no se divisaban otras personas en más de veinte metros a la redonda. Años más tarde, incluso cuando ya ni siquiera iba al conservatorio y me había convertido en un adolescente presuntuoso y algo fatuo, una que otra vez me daba con el ya anciano Vélez en aquel mismo banco. Entonces era yo quien lo miraba levantando la nariz. A veces, él departía con otros ancianos. Todos emperifollados y ceremoniosos, a su semejanza. La última vez que lo vi fue cuando yo tenía como 19 años y tocaba la guitarra eléctrica, en un grupo de jazz, con cierto pianista bonaerense afincado aquí. Incluso me acerqué, para saludar a don Carlitos Lugones, a quien guardaba algún afecto. Según me habían dicho, don Carlitos era hermano de Leopoldo Lugones. Por razones que nunca conocí, habitaba entonces en una modesta pensión del centro. Yo lo trataba desde hacía poco, debido a mi relación con el bonaerense, que también alquilaba allí. Muy anciano, apenas caminaba, por lo cual debía ayudarlo a cruzar las calles, algunas veces, cuando me lo encontraba.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;div style=&quot;text-align: center&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/00/00/917963736.jpg&quot; id=&quot;media-396181&quot; alt=&quot;avindep-37.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; margin: 0.7em 0;&quot; /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p&gt;Volvamos al Conservatorio Rossini. Estaba en la esquina de calles Sarmiento y Entre Ríos. Creo que el rigor era un ingrediente sustentado en el éxito que se obtenía, al final. Había dos pianistas -Rodríguez y Rosales, los recuerdo-, como de 18 años, que nos dejaban pasmados con sus interpretaciones. Nosotros -los más chicos-, escuchábamos de fuera, por cierto. Pero lo que oíamos nos asombraba e intimidaba: parecía imposible que dedos humanos estuviesen gestando aquella música, sin una falla, sin una vacilación... las más ligeras polonesas de Chopin, las sonatas más difíciles de Beethoven, las pitagóricas fugas de Bach... &quot;¡Mucho mejor que un disco!&quot;, se decía. (Concedamos que los discos, en aquellos tiempos, se escuchaban con ruidos y los parlantes no siempre tenían bastante fidelidad). La anciana estaba orgullosa de ellos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Cuando se fueron, yo tenía ya edad suficiente -unos once años- como para que doña Luisa me hiciera una que otra confidencia. Una tarde en que la pillé melancólica, me mostró la carta que acababa de recibir de Rodríguez (joven atildado y un tanto zalamero, por quien ella tuviese especial predilección). &quot;¡Está triunfando en Nueva York!&quot;, me dijo. &quot;¡Y es como si fuera mi hijo!...&quot;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Otra de las confidencias que la anciana me hizo -y esta vez hasta lagrimeó-, fue la desgracia de su sobrino, Alfredo Alaria. &quot;¡En lo mejor de su carrera!&quot;, gimió la anciana. &quot;Se le cortó el tendón de Aquiles! ¡A la altura del tobillo! ¿Te imaginas lo que eso significa como un gran bailarín?&quot; Yo era muy empático: sentí un dolor agudo en el mismo lugar cuando gráficamente la profesora me contó &quot;dicen que fue como un disparo de pistola, cuando se le cortó el tendón -arriba del escenario, durante un ensayo-&quot;. Para mi perplejidad bajó una revista El Hogar, que estaba sobre un estante, y abriéndola, me mostró una gran foto: &quot;...mirá... mirá... ¡que expresión desolada!... ¡Ay... pobre mi sobrino! ¡jamás volverá a bailar!&quot;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Luego, me sorprendía siempre de hallar, cada tanto, información sobre Alaria, quien había sido un famosísimo bailarín, coreógrafo, actor de numerosos filmes y recorriera el mundo, triunfando en París con su profesión. Tal como me dijese mi profesora. Recién ahora, al buscar datos sobre el artista, percibo que su segundo apellido era De Paula. Y como nuestro conservatorio se llamaba Rossini-De Paula, infiero que por aquella rama se introducía el parentesco de doña Luisa.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Finalmente, dejé el conservatorio antes de llegar al grado de Profesor Elemental. No regresé jamás a sus aulas. Pero en ellas habían pasado tantas horas de mi existencia, durante los seis años transcurridos, que no bastarían doscientas páginas para contar mis vivencias durante aquel periodo. Por ello es que decidí dejarlas -provisoriamente- fuera de esta breve reseña general, de lo que fuese mi experiencia en el hoy desaparecido conservatorio, Rossini-De Paula.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;strong&gt;Nota:&lt;/strong&gt; la fotografía del medio muestra la esquina de Avellaneda e Independencia, en 1937 y fue tomada por el señor Vicente Gigli. Santiago no cambió demasiado hasta finales de la década de 1960. Así que aproximadamente como se ve era la esquina donde yo esperaba el colectivo para volver a casa. Fuente: Archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
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<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>El Petiso Fantasma</title>
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<updated>2009-09-01T12:06:19-03:00</updated>
<published>2009-09-01T10:48:00-03:00</published>
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<summary> &amp;nbsp;       La muerte es una puerta sin regreso para quienes sobrevivimos a...</summary>
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&lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;div style=&quot;text-align: center&quot;&gt;&lt;img name=&quot;media-395906&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/00/00/1783829761.jpg&quot; id=&quot;media-395906&quot; alt=&quot;parque-32.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; margin: 0.7em 0;&quot; /&gt;&lt;/div&gt; &lt;p&gt;La muerte es una puerta sin regreso para quienes sobrevivimos a alguien amado. Esto le sucedería a mi tío Mariano con el fallecimiento de Chimbi -su primogénito de cinco años- alrededor de 1957. Y a mí algo más tarde al morir, también, Mariano, en 1972. Nada es igual ya.&lt;br /&gt; Tal vez fuera esa desgracia lo que impulsó el regreso -hacia 1958- definitivo de mi tío Mariano a la ciudad. Talentoso, refinado, prontamente ocuparía puestos de importancia en el área docente. Pero su rostro develaba ya, al costado de su fina boca, dos líneas profundas.&lt;br /&gt; Lo designaron director de una bonita Escuela, cuyas ruinas invito a mis lectores apresurarse a ver, pues en cualquier momento algún &quot;avisado&quot; mercader comprará ese espacio por monedas para convertirlo en &quot;Shopping Center&quot;. Las ruinas del hermoso edificio -que posee incluso una amplia vivienda para sus cuidadores-, está frente a la placita Belgrano.&lt;br /&gt; De allí hasta nuestras casas -Tío Mariano vivía sobre la General Paz, nosotros en la 24 de Septiembre, ambas detrás del Hogar Escuela-, había unas pocas cuadras.&lt;br /&gt; Caminar por esos lugares era una delicia. Donde terminaba nuestro pequeño barrio de clase media, hacia el sur, había una cancha de fútbol (&quot;Palmeira&quot;); a su derecha, un montecito. Y más a la derecha aún, cerraba el circuito una frondosa finca, propiedad de un matrimonio italiano. No recuerdo su apellido -tal vez nunca lo supe, pues lo que importaba era nuestra amistad con sus hijos, dos mellizos rubiecitos, maravillosamente buenos: Franco y Giorgio.&lt;br /&gt; Majestuosas, las ruinas&amp;nbsp;de un esquelético edificio monumental&amp;nbsp;se dibujaban sobre el perfil del horizonte al finalizar la cancha -por lo demás escasamente utilizada. Se decía que allí había sido un monasterio, abandonado por causas misteriosas. Y que de noche, &quot;las almas de las monjas, espantaban&quot;.&lt;br /&gt; Luego una placita con juegos, y enseguida un barrio, también de clase media, pero ya extenso, no recoleto como el nuestro: el Barrio Belgrano. En aquel tenía una amiga a quien nunca más vi, pero recuerdo mucho por su bondad y talento. Se llamaba Ana María Cassé (tal vez se escriba Casseaux, incluso creo que ella algunas veces me lo aclaraba). Nos unía la música. Era mayor que yo -¿tendría entonces quince o dieciséis años?, y yo apenas ocho o nueve... De cabellos castaños, ondulados, vestía con decoro, prolijamente; era bella pero sin estridencias. Sobresalía su carácter: afable y calmo. Cuando iba a su casa en bicicleta -imprevistamente, sólo por algún impulso del momento-, me atendía en la vereda, junto a un florido jardín, en el verano. O según el día, me invitaba a pasar. Generosamente, me prestaba discos. Ella tocaba el piano. A veces, solía hacerlo para mí: temas de jazz, alguna cancioncilla popular...&lt;br /&gt; Hacia el Oeste, estaba limitado el Barrio Belgrano por una Capilla y la mencionada escuela donde ejercía mi tío, rodeando a una preciosa placita.&lt;br /&gt; Majestuosa, la Acequia Belgrano, constelada de gigantescos árboles, abría paso, con sólo cruzar alguno de sus puentecitos, a la franja señorial. A su derecha, siempre al Oeste, se levantaban imponentes edificios, rodeados por parques de ensueño. Entre ellas, justamente donde terminaba la herradura de la placita, estaba la Casa del Gobernador.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Una noticia conmovió a toda la sociedad santiagueña: ¡por las noches, andaba apareciendo, sistemáticamente, un ser sobrenatural! Repentinamente, se acercaba a los pequeños grupos de colegialas, que regresaban de sus escuelas. Muy al estilo &quot;Chito Vozza&quot; (es decir, con erudición, elegancia y respeto), se dirigía a ellas, tras el sólo propósito de disfrutar con su compañía.&lt;br /&gt; A modo de advertencia, sin embargo, comenzó a aparecerse también ante algunas autoridades. Curas párrocos, conductores de &quot;mateos&quot;, comisarios... se lo encontraban de repente, mirándolos de un modo sombrío, antes de esfumarse en la oscuridad.&lt;br /&gt; De distintas fuentes de información, todas confiables, llegaban nuevas noticias: ¡el Petiso había sido visto en Tala Pozo! ¡El Petiso, anoche, se les apareció a las chicas de la Escuela del Centenario! ¡El Petiso en el Profesorado de la Normal! ¡El petiso en La Sarmiento!...&lt;br /&gt; A las chicas que iban a la escuela de mi tío Mariano se les apareció cierta noche y al día siguiente nuestra familia sólo hablaba de eso. Si bien de Enseñanza Primaria, al ser Nocturna, iban allí muchachas que por una u otra causa no habían podido hacer sus estudios en edad normal (durante la infancia). Presentaban entonces edades que iban entre los 13 y hasta veinte años, con un promedio de dieciséis. ¡Este era precisamente el target del Petiso!&lt;br /&gt; Mi tío Mariano tenía una alumna a quien alojaba en su casa.* Bella muchacha blanca, de cabellos oscuros cayendo en graciosa melenita alrededor de su cara ovalada, la mañana siguiente nos contó asustada lo ocurrido.&lt;br /&gt; &quot;Salíamos con tres chicas compañeras de la escuela, como a las nueve y media&quot;, se estremecía ante la asombrada rueda que componíamos mi abuela Corina, tía&amp;nbsp;Teodora, mi hermanito Gustavo de seis años, yo de ocho, mi pequeña prima Carmen Graciela y detrás nuestras dos muchachas, paradas.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&quot;Queríamos comprar caramelos en el almacén, y cuando íbamos cruzando la placita, de repente... un hombre apareció en medio de nosotros&quot;...&lt;br /&gt; Ninguna de las cuatro lo había escuchado llegar (pese a que por entonces y especialmente de noche, nuestra ciudad era muy silenciosa, escasos motores turbaban su calma y apenas los cascos de uno que otro &quot;mateo&quot; resonaba alejándose por momentos).&lt;br /&gt; &quot;Se metió en el medio de nosotros&quot;, se estremecía Catalina, la joven protegida de mis tíos, la cual rondaría entonces los dieciocho años. &quot;¡A mí y Dorita, nos ha tomado del brazo!&quot;&lt;br /&gt; &lt;img name=&quot;media-395908&quot; src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/01/00/1087020188.jpg&quot; id=&quot;media-395908&quot; alt=&quot;HnosSimon.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; /&gt;Las chicas se asustaron tanto que perdieron el habla. Después de saludarlas, el Petiso siguió con ellas, diciéndoles galanterías, hasta el final de la plaza. Mas desapareció, apenas las jóvenes hubieron pisado la vereda del Almacén.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Entonces gobernaba Santiago del Estero don Eduardo Miguel. Hombre campechano, elegante y alto, de cuidado bigote cano, gustaba trasladarse hasta la sede gubernamental -frente a la plaza San Martín- en mateo. Declinaba de vez en cuando el auto oficial, para que la gente lo pudiera ver y saludarlos. En esos finales de los 50 no se reunían multitudes tensas al mezclarse las celebridades con el público: se las contemplaba con naturalidad. Don Eduardo Miguel solía atravesar por la mano derecha de la Acequia Belgrano, saludando con la mano cada tanto a los transeúntes, en un &quot;coche de plaza&quot;, ** las más o menos veinte cuadras que separaban su residencia del edificio gubernamental.&lt;br /&gt; &quot;Don Eduardo&quot;, le gritaba repentinamente algún ciudadano, al verlo venir: &quot;¿cuándo lo van a agarrar al Petiso?&quot;&lt;br /&gt; &quot;¡Para qué quieres que lo agarremos, m´hijo! ¡Si las trata a las chicas mejor que sus maridos!&quot;, bromeaba el gobernador.&lt;br /&gt; Tanta popularidad alcanzó el Petiso, tanto se hablaba de él en casas, reuniones, bailes y confiterías, que los Hermanos Simón, por entonces el conjunto musical más popular de Santiago, decidieron dedicarle una chacarera:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &quot;Tanto ruido hace la gente,&lt;br /&gt; por el petiso fantasma;&lt;br /&gt; si se topa con mi suegra&lt;br /&gt; se le va a acabar la fama&quot;&lt;br /&gt; ...decía en su primera estrofa. Y después:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &quot;Dicen que a un conductor&lt;br /&gt; se le sentó en el pescante;&lt;br /&gt; falta que al gobernador,&lt;br /&gt; a él también me lo espante.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &quot;Un guapo salió a buscarlo&lt;br /&gt; por las termas de Río Hondo;&lt;br /&gt; al otro día lo hallaron&lt;br /&gt; disparando por Huaico Hondo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &quot;¡Ahijuna con el petiso,&lt;br /&gt; que no respeta las canas!&lt;br /&gt; Si es que no le meten preso,&lt;br /&gt; seguirá haciendo macanas.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Y si, por casualidad,&lt;br /&gt; la mujer tiene mellizos:&lt;br /&gt; uno se parece al padre&lt;br /&gt; y el otro igual al petiso...&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Viuditas y solteronas&lt;br /&gt; ya no cierran las ventanas:&lt;br /&gt; deseando están la visita&lt;br /&gt; de algún &quot;petiso fantasma&quot;.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Dicen que es peludo y chueco,&lt;br /&gt; narigudo y cabezón,&lt;br /&gt; pero que nadie le oculte&lt;br /&gt; a los hermanos Simón.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; ¡Ahijuna con el petiso,&lt;br /&gt; que no respeta las canas!&lt;br /&gt; Si es que no le meten preso,&lt;br /&gt; seguirá haciendo macanas...&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Durante varios meses la figura fea pero impecablemente vestida y seductora del fantasmal petiso coloreó las anécdotas de toda una población que por entonces constituía, en realidad, sólo una &quot;gran familia&quot;. Ninguna tragedia ni situación desagradable vino a empañar esta singular incursión temporaria de aquel personaje, a quien el consenso de indoctos y sabios otorgaba, unánimemente, la condición de &quot;sobrenatural&quot;.&lt;br /&gt; Si ningún aviso, también, tal como había iniciado su vigencia, el Petiso desapareció. Para no volver. Y hasta hoy, pocas veces -quizá ninguna públicamente- se lo recordó.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; * Era frecuente que Mariano Carreras Coria trajese niños o niñas de lugares remotos y sin escuelas, para que completasen sus estudios en la ciudad. Lo hacía desinteresadamente, sólo para cumplir hasta los extremos, dentro de sus posibilidades, la vocación docente.&lt;br /&gt; ** Comúnmente llamado &quot;Mateo&quot; era un carruaje con techo de gruesa tela impermeabilizada sobre estructuras de metal, tirado por un caballo o dos. Desde el pescante, lo conducía un chofer, quien vestía de traje y sombrero. Los mateos alquilados para entierros, obligaban a sus conductores llevar fraques negros y sombreros de copa. Brindaron servicios de &quot;taxi&quot; en Santiago y eran guardados por las noches en una &quot;remise&quot; (garage). De donde proviene la costumbre de llamar &quot;remises&quot; a ciertos automóviles de alquiler.&lt;br /&gt; *** La foto de santiagueños en el Parque Aguirre, que se ve al inicio de esta nota, fue tomada en 1932, por el Sr. Gigli, y pertenece al archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago&amp;nbsp;del Estero.&lt;br /&gt; **** La Chacarera del Petiso fue obtenida en el sitio &quot;Folklore de los cuatro rumbos&quot;, http://folcloredeloscuatrorumbos.blogspot.com/&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Escuchar la &quot;&lt;a href=&quot;http://www.blip.tv/file/2540602/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Chacarera del Petiso&lt;/a&gt;&quot;, por los Hermanos Simón.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
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<author>
<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>La novia de Leo Dan</title>
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<updated>2009-10-21T18:10:03-03:00</updated>
<published>2009-08-30T14:15:00-03:00</published>
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<summary> En el verano de 1960 nadie escuchaba a los Beatles en Santiago. Elvis...</summary>
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&lt;p&gt;En el verano de 1960 nadie escuchaba a los Beatles en Santiago. Elvis Presley: apenas una referencia lejana. En los &quot;vermús&quot; juveniles, se bailaba con los Teen Tops y Brenda Lee. Las verdaderas estrellas eran &quot;Los Demonios del Ritmo, con Leo Dan&quot;.&lt;br /&gt; En una sociedad sin televisión (esta llegaría en 1964), nuestra cultura consistía en un circuito cerrado. Siempre animado por personas tangibles...&lt;br /&gt; Yo cumpliría los 11 años en agosto, y aún no iba a los bailes. Los sábados, alguna fiesta de las cercanías proyectaba figuras en mi mente. Acostado en la oscuridad, con la suave brisa inflando las cortinas, y la sombra de los árboles facetando las paredes, me dormía extasiado con las parejas que danzaban (en mi imaginación). Ellas llevaban blancos vestidos largos; ellos trajes oscuros, zapatos relucientes, cabellos aplastados con fijador.&lt;br /&gt; Mi mente percibía detalles. Por ejemplo, un collar de perlas en el largo cuello de una muchacha hispana.&lt;br /&gt; Nuestro modelo de belleza, eran las hispanas. Aún no había irrumpido con tanta fuerza como lo haría muy pronto, la rubiez. Una mujer o un hombre rubios eran un tanto exóticos por entonces. Lo deseable, lo socialmente consagrado, eran las personas blancas con cabellos negros, ondulados. Y unos hermosos ojos oscuros, profundos, bajo una frente serena, sobre un cuello largo, aunque no muy delgado.&lt;br /&gt; Del mismo modo como imaginaba los bailes y las fiestas de gala, yo me representaba las actuaciones de Los Demonios del Ritmo con Leo Dan.&lt;br /&gt; Sentado en una reposera, bajo un nutrido paraíso, que proyectaba sobre mí una sombra suave pues el único farol estaba como a cien metros de mi vereda, debía colocar un cable largo que me permitiera enchufar la radio poniéndola sobre una silla, en el jardín. Algunas noches venía una vecinita, como de 8 o 9 años, y con una naturalidad que me sobrecogía tomaba su lugar a mi lado. Con frecuencia me sentía pecaminoso, debido a las sensaciones que provocaba en mi cuerpo su pierna suave, apoyándose sobre la mía, cuando ambos llevábamos shorts. Ella era muy bonita, un tipo parecido al de &quot;Liz&quot; Taylor, sólo que ¡tan niña!, como para obligarme a constantes autorreproches, cuando osaba sentir siquiera un dejo de erotismo (aunque tampoco sabía entonces que dicha sensación se llamaba así) con su contacto. De inmediato asumía la actitud de &quot;un hombre grande&quot;, ponía a la niña bajo mi responsabilidad, sintiéndome un Caballero medieval y le enseñaba &quot;cuestiones sabias&quot;. Como por ejemplo que la figura de las lunas llenas develaba el perfil de la Virgen sobre un burrito, con el niño en brazos y San José, durante su huida a Egipto.&lt;br /&gt; &lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/01/01/835125454.jpg&quot; alt=&quot;elpibe.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; id=&quot;media-395270&quot; /&gt;Entonces escuchaba a Los Demonios con Leo Dan, viendo en mi cerebro las multitudes que los aclamaban en el Salón Teatro Auditorium de LV 11, Radio del Norte, desde la ciudad de Santiago del Estero, como se ocupaba de recordar constantemente el excelente locutor, un hombre muy buen mozo y engolado, a quien llamaban &quot;El Pibe&quot; Hernández.&lt;br /&gt; Los Demonios del Ritmo tocaban &quot;El rock de la cárcel&quot; y Leo Dan cantaba imitándolo a Enrique Guzmán. Después venían &quot;Confidente de secundaria&quot;,&lt;br /&gt; &quot;Buen rock esta noche&quot;, &quot;Muchacho triste y solitario&quot;... Yo escuchaba esos temas no como mera música bailable, sino como genuinas lecciones de vida. Hacía míos los conceptos expresados por las letras, consideraba aprender sobre la existencia humana a través de sus sentencias.&lt;br /&gt; &quot;Cuando te tomo, de la mano... y tú me dices: yo te quiero... no necesitas ni decirlo... cuando te vi, yo lo comprendí... Es el amor que soñé,&lt;br /&gt; y sin pensar me enamoré...&quot;: tales conceptos dibujaban en mi mente un proyecto, el que debería cumplir cuando tuviera edad suficiente y pudiese tener novia:&lt;br /&gt; &quot;...Cuando de pronto te miré... no sé explicar lo que sentí... supe que sólo esa mujer, sabría hacerme feliz... sin meditarlo me acerqué: te dije &quot;nena&quot; quiero ser, el que te lleve hasta el altar...&quot;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Tomaba en serio cada cuestión que en mi vida emprendía. Entonces me decidí a tocar la guitarra, pues quería subir a un escenario y compartir desde allí lo que mi corazón decía. En realidad ya lo venía haciendo, más o menos irregularmente, desde los 7 u 8 años, pues odiaba las lecciones de piano (no por el instrumento, sino por las tiránicas profesoras), pero no podía vivir sin música. Entonces Víctor Landriel, un muchacho del campo, entenado de mi tío Mariano, que endulzaba sus horas nostálgicas con la guitarra, comenzó a enseñarme con afecto y paciencia algunos punteos. Lo primero que aprendí, recuerdo, fue &quot;Nunca en Domingo&quot;.&lt;br /&gt; Leo Dan representaba, para mi criterio, la encarnación de Enrique Guzmán en Santiago del Estero. Además era buen mozo, peinaba su cabello castaño con el &quot;jopo Presley&quot;, y ostentaba una personalidad agradable. Nunca hablé con él, ni siquiera lo vi de cerca; sólo escuchaba decir: &quot;Leo Dan es humilde&quot;, bueno, &quot;nunca se siente una estrella, comparte su existencia con todos&quot;, es &quot;responsable&quot; (esto con referencia a sus estudios, pues estaba a punto de graduarse como Técnico Agropecuario). Entonces, representaba también, para mí, un modelo.&lt;br /&gt; Poco más tarde, cuando él ya había viajado a Buenos Aires, &quot;para triunfar&quot; completé esa composición de ensueño conociendo a su novia. Debe de haber sido en 1961, según creo, pues este fue el año en que trasladaron la Academia de Bellas Artes a la avenida Belgrano, entre Pueyrredón y Tres de Febrero, muy cerca de mi casa. Debido a ello, podía ir caminando.&lt;br /&gt; Solía cambiar de itinerario, siguiendo repentinas intuiciones, pero con lo rutinario eran las veredas de la ancha avenida Independencia. Allí, sobre la mano izquierda -yendo desde el Sur-, poco antes de la calle Tres de Febrero, donde debía doblar, habitaba esa muchacha... La vi una tarde, recuerdo, suave, apoyada en su ventana del primer piso... Vivían en un chalet morisco, con paredes blancas, techos de tejas a dos aguas, apoyados en tirantes de madera marrón. Casi me detengo extasiado al verla: muchacha rosada, de cabellos castaños, usaba siempre vestidos claros, con volados, y su expresión era dulce y calma. Alguien me dijo luego -no sé quién: &quot;esa es la novia de Leo Dan&quot;.&lt;br /&gt; Pronto tuve más detalles sobre aquella aparición divina: &quot;¡es hija de José Fahrat!...&quot; Esto significaba mucho para mí. José Fahrat era un hombre imponente, a quien yo veía de lejos algunas veces, cuando iba a buscar a mi padre en su trabajo. Tiempos de persecución para familias como la nuestra, con un gobierno impuesto por militares pro-norteamericanos, cada recuperación de un espacio político para la Cultura Nacional era saludado en mi hogar con entusiasmo. El hombre, de grandes bigotes, ojos sardios, fumaba en pipa y usaba un poncho marrón sobre el traje, en invierno. Ello lo hacía lejanamente parecido a Jauretche (todos signos positivos, en nuestra estética nacionalista).&lt;br /&gt; &lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/01/00/1417256103.jpg&quot; alt=&quot;leodan.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; id=&quot;media-395285&quot; /&gt;&lt;br /&gt; Por esas tardes yo había decidido fumar. Creía que esto aceleraría mi madurez y deseaba tener muy rápido una voz bien gruesa.&lt;br /&gt; En esa misma vereda donde vivía la novia de Leo Dan, solían jugar dos chicos, varoncito y mujer, hermanos, de unos siete u ocho años, apellidados Durgam. Una tarde al pasar yo, la chiquilla, rubia, levantó sus ojitos desde los juguetes y me habló:&lt;br /&gt; &quot;Ché, ché...&quot;, exclamó: &quot;qué hora es&quot; (yo llevaba un reluciente relojito cuadrado, chato, sobre mi muñeca e iba en mangas cortas).&lt;br /&gt; En el acto reaccionó su hermano, reconviniéndola:&lt;br /&gt; &quot;¡No le digas ché...!&quot;, censuró a la niña &quot;¡decile señor!... ¿no ves que fuma?...&quot;&lt;br /&gt; Quizá la tarde de un sábado -pues sucedió en un horario en que durante la semana debía ir a la Academia-, regresaba del centro por aquella vereda, preferida ya al saber que allí vivía esa muchacha -y también otra de la que ya conté algo en estos mismos apuntes. Singularmente, ambas referían a Leo Dan: la primera, por ser su novia, la segunda, por llevar un nombre -María Helena-, que el cantante iba a hacer famoso más tarde, con una canción.&lt;br /&gt; Apenas cruzando la esquina de La Normal, mi corazón dio un salto: ¡ella estaba en la puerta!... vaporosa, como en un cuadro de Monet, vestía de blanco y miraba lánguidamente hacia el cielo, apoyada sobre el grueso portón de madera.&lt;br /&gt; Fui reduciendo la velocidad de los pasos a medida que iba acercándome a ella y sin quitar mis ojos de su persona. Al llegar donde estaba, sencillamente me detuve:&lt;br /&gt; &quot;Buenas tardes...&quot;, dije...&lt;br /&gt; &quot;Hola...&quot;, contestó ella...&lt;br /&gt; &quot;¿Es usted la novia de Leo Dan?&quot;, pregunté.&lt;br /&gt; La joven lanzó una corta carcajada, cristalina...&lt;br /&gt; &quot;¡Sí...!&quot;, contestó &quot;pero no me trates de usted... me haces sentir vieja...&quot;&lt;br /&gt; No recuerdo los detalles de nuestra conversación. Recuerdo sólo que yo me sentía volar. Debo de haber estado allí unos veinte minutos, media hora tal vez, hasta que la joven me despidió con un beso luego de avisarme que ya debía entrar.&lt;br /&gt; A partir de entonces me sentí comprometido con su destino. Seguía por las revistas, la radio o los comentarios, la trayectoria de su novio, Leo Dan. Imaginaba un futuro feliz para esa pareja, de cuya mitad femenina me sentía ahora &quot;amigo&quot;.&lt;br /&gt; &lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/00/02/719167497.jpg&quot; alt=&quot;casamiento.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; id=&quot;media-395641&quot; /&gt;Pasando por su vereda, de lejos, a veces la veía en su ventana en lo alto: desde allí, con sus manitas blancas, ella me saludaba.&lt;br /&gt; Muy pronto padecería una de las primeras decepciones sentimentales de mi vida. Por una revista frívola -Radiolandia, creo...- me enteré de que Leo Dan se había casado: ¡con una Reina de Belleza... de Mar del Plata!&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Me sentí muy mal, molesto, indignado... ¡ella, mi amiga, su novia, lo estaba esperando! ¡Era lo que había prometido él!...: ¡Ir a Buenos Aires, triunfar, y volver ya con una sólida posición económica, formar una familia, tener niños en su provincia, Santiago...!&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pero no. Olvidándose de su origen humilde, de que pese a ser de extracción social superior a la suya, la niña lo había aceptado, confiando en su palabra... el ahora exitoso cantante había renegado, no sólo de sus afectos, sino también de su provincia... ¡de su raza!... ¡Pues la marplatense era, incluso, una especie de sajona o germana, muy rubia, de ojos claros!...&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Muchos símbolos nefastos para mi educación familiar.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;A la novia de Leo Dan -que llamo así pues no he grabado su nombre en mi memoria-, nunca más la vi. En verdad, desde lo sucedido, evitaba esa vereda, como avergonzado por el contratiempo. Quise borrar, desde entonces, esta pequeña historia que -para mi sensibilidad de niño que recién asoma a la juventud, lleno de esperanzas- había salido tan mal.&lt;/p&gt;
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<author>
<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>The Stockers</title>
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<updated>2009-08-01T00:21:11-03:00</updated>
<published>2009-07-11T12:03:00-03:00</published>
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<summary> El nombre fue idea de Kililo. Según él significaba algo así como &quot;los...</summary>
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&lt;p&gt;El nombre fue idea de Kililo. Según él significaba algo así como &quot;los loquitos&quot;. -Aunque no se puede traducir literalmente, porque es una expresión idiomática de los ingleses-, explicó doctoralmente Kililo, mientras Hugo Mansilla y yo, legos, callábamos respetuosamente. Hoy buscando en internet hallé sólo tres traducciones: &quot;los maniáticos&quot;, &quot;los obsesivos&quot;, &quot;los acosadores&quot;.&lt;br /&gt; Éramos cuatro: Marcelo Oller, en batería, Kililo Alfano, guitarra y voz, Hugo Mansilla, bajo y voz, y yo guitarra.&lt;br /&gt; Hugo no había podido resignarse a la humillación inferida por el Flaco Curto, y andaba empeñado en demostrar su capacidad para organizar un conjunto de primera.&lt;br /&gt; Lo del Flaco había ocurrido varios meses atrás, en la primavera del 66, según creo, durante una actuación en el Lawn Tennis. Estábamos todos nerviosos, pues la Coca Cola, que organizaba esto a lo grande, había montado un altísimo escenario metálico, desde donde se veía a la gente desde la distancia. Y nos sentíamos demasiado exhibidos, con la agravante de unos poderosísimos reflectores que nos iluminaban, encegueciéndonos. Desde mi puesto únicamente alcanzaba a distinguir bien los reflejos en la gran pileta de natación y los lejanos eucaliptus del parque. Todo el tiempo el Flaco Curto -quien como muchos porteños era hiperactivo, neurótico y agresivo- se la había pasado regañando a Hugo sobre el escenario. Como se sabe, este tipo de actitudes no hacen más que aumentar la inseguridad en quien las recibe, provocándole más errores. Lo cierto es que al día siguiente, en el Grand Hotel donde ensayábamos, sucedió una discusión muy desagradable entre el Flaco y Hugo. Después de la cual terminaron su relación de una manera fulminante. En el discurso del Flaco habían abundado las consideraciones despectivas. Por ello mi alusión del principio: esto resultó a la postre, para Hugo, un incentivo más.&lt;br /&gt; Los ensayos de los Stockers -como terminaron llamándonos, pues el &quot;The&quot; solía perderse en nuestra charla coloquial- solíamos hacerlos en Trevi, donde también transcurriría nuestra breve pero intensa actividad artística. Era el otoño del 67.&lt;br /&gt; Nos llevábamos bien. Marcelo era un joven agradable, bastante parco, y disciplinado. Hugo, inquieto, rezongón, sustentaba sin embargo por formación familiar la sociabilidad barroca de los santiagueños, lo cual era imprescindible en nuestra cultura, aún colonial en los 60. Kililo, &quot;loquito&quot;, cultivaba este aspecto en realidad más como un rol, por medio del cual obtenía extraordinaria popularidad entre la juventud de entonces.&lt;br /&gt; Desde las primeras actuaciones fuimos aclamados. Enseguida &quot;Johnny&quot; Diéguez -el magnate rector de entonces-, puso sus ojos en nosotros. Y como Lito Prieto, el empresario de Trevi, era su competidor inmediato, nos hizo ofertas para actuar &quot;exclusivamente&quot; en su confitería, La Ideal.&lt;br /&gt; La música que tocábamos, siguiendo la actitud de los Mod´s, era aún bastante ecléctica. Con el ingreso de Kililo, introdujimos los temas famosos de los Beatles, que él manejaba a la perfección. Pero seguimos tocando composiciones de Status Quo, The Who o Credence Clearwater Revival, de acuerdo a una tradición iniciada entre Hugo y yo.&lt;br /&gt; Una noche -ya casi al final de nuestro ensamble- tuvimos oportunidad de lucir otro aspecto de nuestras posibilidades musicales. Por alguna razón que no puedo determinar muy bien hoy, Kililo no había venido. Era un sábado, la noche de mayor concurrencia en Trevi. Nosotros debíamos actuar dos veces, pero lo que provocaba mayor inquietud era la presencia de un conjunto de Buenos Aires, que había sido promocionado como excelente.&lt;br /&gt; &lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/01/02/1784633734.jpg&quot; alt=&quot;the-who--my-generation.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: left; margin: 0.2em 1.4em 0.7em 0;&quot; id=&quot;media-379816&quot; /&gt;Estábamos algo nerviosos, entonces, pues temíamos resultar opacados por los porteños ante nuestro público. Así las cosas, la confitería comenzó a llenarse y llegó la hora de subir al escenario. Pero Kililo no aparecía. En su casa no estaba y tampoco habíamos podido localizarlo en otros lugares adonde llamamos. Hugo estaba demudado, y cuando decidimos subir pese a todo me dijo: &quot;yo no quiero cantar, vamos a hacer temas instrumentales&quot;. Fue algo inusual. Tal vez intimidado también por la presencia de los porteños, Hugo no quiso arriesgarse. Además, creo que tenía algún problema de garganta (un resfrío o algo así). Entonces subimos los tres, Marcelo, Hugo y yo, al escenario. Desde arriba se veían las luces y la multitud alrededor de la pista, aún vacía, como un espectáculo ominoso. Arrancamos con un rock improvisado, en &lt;em&gt;mi&lt;/em&gt; mayor. De inmediato, salieron cuatro parejas a bailar.&lt;br /&gt; Eso nos dio ánimo. Nuestro sonido era excelente, lo cual nos ayudó mucho a la hora de competir. Pues como se verá, los porteños resultaron un fiasco, principalmente por la endebles de sus equipos. Tocamos temas populares deljazz y bossa nova, como &quot;De buen humor&quot;, &quot;Caravana&quot;, &quot;Acuarela Brasileña&quot;, &quot;Tico Tico no fuba&quot;; otros de moda por entonces, como &quot;Rezo una pequeña plegaria&quot;, en la versión de los Tijuana Brass y también canciones populares adaptadas, como &quot;Dalila&quot; de Tom Jones o &quot;Penny Lane&quot;. Eran todos temas con los cuales yo estaba muy familiarizado, por haber estado tocando ya casi un año con mi anterior grupo, instrumental.&lt;br /&gt; Como dije, la actuación de los porteños no satisfizo. Apenas lograron colocar unas pocas parejas en la pista, y aún estas la abandonaron enseguida. En las posteriores charlas con aquellos jóvenes, pues compartíamos una mesa de la confitería, Hugo había perdido por completo las arrugas que antes surcaran su frente y exhibía un talante ganador. Estaba, por lo demás, eufórico. Pero debo rescatar nuevamente un matiz de su personalidad. Y es que aún en tales circunstancias, cuando habíamos demostrado notablemente ser superiores a los otros chicos, no se permitió el más mínimo gesto de suficiencia en su conversación con los porteños.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Por esos tiempos yo tenía un benefactor: Homero Luna. Trabajaba como representante en Santiago de todos los sellos discográficos más importantes: RCA, EMI, Odeón. Supongo que se hizo amigo de mi papá en el periodo en que este era director artístico de LV11, la Radio. Este hombre solía regalarme discos, que él recibía para promoción, casi todas las semanas.&lt;br /&gt; Por lo demás era jovial, agradable. Impecablemente vestido -aunque sin ostentación-, un poco calvo, apenas regordete, de rasgos en la misma constitución étnica de Gardel, cultivaba una sonrisa, además, semejante a la del Zorzal Criollo.&lt;br /&gt; Todas las semanas iba yo a su casa, sobre la calle Mitre, a pocos metros de la Independencia. Miraba con anhelo apenas reprimido las cajas recién abiertas sobre la mesa, de donde este amigo comenzaba a extraer long plays flamantes (algunos encerrados en plástico, ¡una novedad &quot;tecnológica&quot; que además nos proveía la certeza de ser los primeros en manipular ese disco!) ...&lt;br /&gt; The Who, Status Quo, Three Dog Night, Fletwod Mac... ¡todos ellos los conocimos nosotros gracias a Homero!... Y por varios años yo había conocido y conocería también, las últimas grabaciones de Joao y Astrud Gilberto con Stan Getz, Sergio Mendes y Brazil '66, Frank Sinatra, Eric Burdon, Jetrho Tull...&lt;br /&gt; Como allí a la vuelta nomás estaba la oficina de mi papá, yo caminaba esos pocos metros del ángulo recto con tanta ansiedad como si hubieran sido kilómetros, pues en aquel sitio estaban los equipos con los que iba a escuchar estos tesoros recién adquiridos.&lt;br /&gt; Ya he dicho que mi padre manejaba la repartición donde era autoridad máxima como si fuese un feudo propio. En tal carácter, ser su hijo me había otorgado un privilegio importante: podía usar el poderoso equipo con el que habitualmente se proyectaba cine y sus gigantescos parlantes, para escuchar música hasta saciarme. Esto iba a durar varios años aún -sumándose a los que ya traía de antes, desde fines de los 50-, por lo cual en mi consciencia no existían fronteras de pertenencia. Podía ir allí a la hora que se me antojara, fuese de noche o de día, pues para facilitar todo, mi padre me había permitido hacer una copia de la llave para la entrada principal y su oficina y conocía el sitio donde hallar las llaves de las otras dependencias. (Era un edificio inmenso, al estilo de las antiguas casas &quot;chorizo&quot;, con un larguísimo patio embaldosado en el medio y un parquecito atrás.)&lt;br /&gt; Bien. Solía llamarlo por teléfono a Hugo. Pocas palabras bastaban. &quot;Tengo discos nuevos&quot;, decía. &quot;Ahora voy&quot;, contestaba él. Y nos poníamos, juntos, a descubrir los temas que podíamos (o nos atrevíamos) a tocar.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;strong&gt;El loro brasileño&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Mi abuela tenía un loro muy colorido. Pero no hablaba. Solamente chillaba, todo el tiempo, ¡y cómo! Ella decía que era brasileño.&lt;br /&gt; Una mañana de sábado, estaba yo cavilando muy preocupado en la esquina de la Ideal. Mi preocupación sucedía porque Hugo Mansilla, la tarde anterior, me había dicho:&lt;br /&gt; -Mañana a la noche tengo dos pendejas para salir, ¡haceme pierna!&lt;br /&gt; -Bueno, pero no me vayas a enchufar un bagayo-, contesté yo.&lt;br /&gt; -¡No, boludo! ¡Qué pendejas! ¡Y chicas bien, no arañas!&lt;br /&gt; Pero esa mañana, cuando fui a pedirle plata a mi papá, había dicho:&lt;br /&gt; -¡Eh, chango! ¡Ayer te he dado cien pesos! ¿Ya no tienes nada?&lt;br /&gt; -Es que tenía que pagarle a la modista, que me había hecho cuatro camisas, si no no me las iba a entregar...-contesté yo y era verdad.&lt;br /&gt; -Bueno, querido, disculpame pero no voy a mantener todos tus gastos, ¿acaso no dijiste que ibas a sostenerte con lo que ganabas en el conjunto, para no estudiar?&lt;br /&gt; Me mató. Cada vez que mi papá hablaba de &quot;estudiar&quot; entrábamos en área tormentosa, por lo que yo prefería retirarme.&lt;br /&gt; Bueno, estaba pues aquel sábado en la esquina de la Ideal, que los changos habían bautizado &quot;Mar del Plata&quot; (&quot;Viento y Arena&quot;: Diéguez estaba construyendo lo que sería su Grand Hotel), y las toneladas de arena soltaban efluvios ásperos que nos envolvían a veces en aquella esquina, con forma de cruz, donde quién sabe por qué fenómeno físico el viento parecía soplar con mayor fuerza que en cualquier otro lugar de Santiago. Pues allí estaba, como dije, preocupado.&lt;br /&gt; Cuando llegó Alejandro Bruhn Gauna. Alejandro -un año y medio menor que yo, así que por entonces debía andar por los quince años-, era muy elegante. Hijo predilecto, su madre se ocupaba hasta del último detalle en su vestuario. Alto, espigado, llevaba una camisa con grandes cuadros azules, arremangada sin una arruga hasta la mitad de los bíceps.&lt;br /&gt; -¿Qué andas haciendo? -le dije, luego que nos saludamos.&lt;br /&gt; -¡Eh, callate, estoy re embolado!- contestó.&lt;br /&gt; -¿Por qué?&lt;br /&gt; -He ido al mercado, para buscar un loro que me gustaba, pero ya lo habían vendido.&lt;br /&gt; -¿Y no había otro? -pregunté.&lt;br /&gt; -¡Sí, pero no me gustan, son loros ordinarios!&lt;br /&gt; -Yo tengo un loro brasileño -dije, intuyendo que estaba a punto de cometer un pecado.&lt;br /&gt; -¿Ah, sí? -se interesó vivamente Alejandro- ¿cómo es?&lt;br /&gt; -¡Bellísimo! -exageré- ¡tiene muchos colores, es pequeñito, con un piquito inclinado!...&lt;br /&gt; A partir de ese momento, pese a la advertencia interior (&quot;no lo hagas, no lo hagas&quot;), continué implacable con el plan que se había perfilado instantáneamente en la corteza de mi cerebro.&lt;br /&gt; -¿Y habla? -preguntó mi amigo.&lt;br /&gt; -Todavía no. Pero aprenderá... es muy chiquito, aún... sólo es cuestión de enseñarle, con paciencia... (¡Una vil mentira! El loro chillaba como un condenado, nos habían dicho que era lo único capaz de hacer, todos en la casa deseábamos que se escapase o le ocurriera algún accidente, menos mi abuela... Pero el loro estaba de lo más contento sobre un travesaño del comedor, ni por asomo intentaba irse, aunque permanecía suelto.)&lt;br /&gt; -¿Y no lo quieres vender?&lt;br /&gt; Si Alejandro no hubiera preguntado eso. Si no hubiese caído en el influjo de mi seductora descripción del animalito. Una culpa menos hubiese atormentado después mi consciencia. (Pero tampoco habría podido hacerle de pierna con las chicas esa noche a Hugo Mansilla, lo cual hubiese resultado asimismo un papelón. La vida nos somete a contradictorias encrucijadas.)&lt;br /&gt; Yo estaba esperando que me preguntara si lo queríamos vender.&lt;br /&gt; -¿Cuánto pagas? - lancé como respuesta.&lt;br /&gt; -Cuarenta pesos... es todo lo que tengo -contestó Alejandro, que era muy honesto y un poco cándido.&lt;br /&gt; -Bueno, dame la plata, y hoy a la siesta te lo llevo a tu casa.&lt;br /&gt; -¿En serio? -quiso saber Alejandro.&lt;br /&gt; -Claro, boludo, sabes que no me gusta perder el tiempo en huevadas, a mí. No hablo al pedo.&lt;br /&gt; -Bueno, tomá -, confió en mí mi amigo, sacando los cuatro billetes crujientes de su bolsillo y entregándomelos.&lt;br /&gt; Me fui con una sensación de culpa que con el tiempo no haría más que acrecentarse (aunque solía bloquearla, por ratos). Apenas llegué a casa, busqué una caja de zapatos, vacía, y la llevé disimuladamente a mi pieza. Allí le hice varios agujeritos en su tapa, con una tijera. También preparé una bolsa de lona, con manijas, de las que se usaban para ir al almacén.&lt;br /&gt; Durante el almuerzo no hablé una palabra, enfrascado en mi plan. Esto debe de haber suscitado las sospechas de mi abuela, quizás.&lt;br /&gt; Pacientemente, esperé que todos fueran a dormir la siesta. Mi habitación quedaba hacia un costado de la casa, junto al patio, con una galería pequeña de por medio con la cocina y esta al lado del comedor. Arriba, sobre un travesaño de metal, que servía para sostener las varas de las cortinas, tranquilamente dormía el lorito. Mi plan era capturar al loro, introducirlo en la caja, y salir luego por el costado de la casa, que daba a un jardín frente a la vereda. Había preparado una vendita como de quince centímetros por tres de ancho, cortando una sábana vieja. Era para atarle el pico al animalito.&lt;br /&gt; Ninguna puerta hizo ruido. Pese a que afuera había resolana, las cortinas y persianas mantenían una penumbra tenue en la cocina y el comedor. Con un movimiento rapidísimo cacé a loro de la cabecita, apretándole también el pico, para impedirle chillar. Diestramente se lo até luego con la venda, sin hacerle daño. Sin inconvenientes lo puse dentro de la caja. La tapé, y en puntas de pie, sin el menor ruido pues iba calzado con alpargatas, me dirigí otra vez hacia la puerta de la galería. Fue en ese momento que escuché la voz:&lt;br /&gt; -Adónde vas, muchacho, con ese loro.&lt;br /&gt; Era mi abuela. Como un fantasma, en camisón blanco, desde la densa penumbra que respaldaba el hueco rectangular constituido por la puerta de su habitación y el baño, me observaba. Tal vez había observado todo. ¡No me salió ninguna respuesta! ¡Ninguna explicación! Luego de un silencio larguísimo, la venerable anciana dijo:&lt;br /&gt; -Ponelo otra vez en el travesaño.&lt;br /&gt; Con la cabeza abatida, contrito, caminé nuevamente hacia &quot;el hogar&quot; de nuestro lorito y luego de acuclillarme para desatarlo, tomándole cuidadosamente el pico con dos dedos para que no me mordiera, lo regresé a su travesaño. Él sacudió un poco la cabeza, pero no chilló. Parecía sorprendido, sin comprender muy bien lo que había pasado.&lt;br /&gt; No fui a la casa de Alejandro ni lo llamé para darle ninguna explicación. Las cartas estaban echadas. Como el hermano de Taras Bulba, marchando hacia el combate donde iba a asesinar su propia sangre, decidí no devolver el dinero, confiando en que más adelante iba a hacerlo, cuando nos pagaran las actuaciones del grupo. &quot;Será como un préstamo&quot;, intenté convencerme. Pero no lo conseguí. A todas luces, si no entregaba el loro, constituiría una estafa.&lt;br /&gt; Quise dormir la siesta pero no pude.&lt;br /&gt; Esa noche salimos con las chicas, como había prometido Hugo, pero en vez de dos se vinieron tres. De cualquier modo, no hubo interés de uno ni otro lado en algún tipo de romance. Así que todo transcurrió como una salida más. Fuimos a la Ideal, arriba, sitio de moda. Meticulosamente pagué mi parte de los carlitos, gaseosas y helados luego... con la plata de Alejandro.&lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/02/01/362006866.jpg&quot; alt=&quot;60s.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; float: right; margin: 0.2em 0 1.4em 0.7em;&quot; id=&quot;media-379948&quot; /&gt;&lt;br /&gt; No recuerdo a la que parecía interesarle a Hugo, pero las otras dos eran esa clase de changuitas frívolas, educadas para interesarse sólo en ropas o historias banales. Así que no ocurrió aquella noche nada singular. Salvo un &quot;pequeño&quot; incidente:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;strong&gt;Camilo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Camilo Luñíz era el terror de los &quot;chicos bien&quot; por entonces. Más menos de nuestra edad -17 años promedio-, deambulaba por el centro mirando con ojos penentrantes a uno y otro lado, para elegir a quién perturbar. Deficiente mental, era peligroso, pues solía enojarse con facilidad y sus modales resultaban sumamente ásperos. Además, sus hermanos o su padre, normales pero también violentos, tomaban revancha si alguien reaccionaba en contra del muchacho. Por lo demás, todos los miembros de la familia eran robustos, y se parecían en esos ojos fríos, duros, pequeñitos, muy claros y con el iris negro, como los de los perros siberianos.&lt;br /&gt; Departíamos muy tranquilamente con las tres chicas, al fondo del ancho entrepiso, alrededor de una mesita junto al escenario y un gran ventanal, cuando lo vimos aparecer, salvando con grandes trancos la breve escalinata.&lt;br /&gt; Lo que temíamos sucedió. Para infortunio de Hugo, la única silla desocupada de nuestra mesa estaba junto a él, a su izquierda. Odio confesar que esta circunstancia me alivió, cuando vi sentarse al voluminoso muchacho al lado de mi amigo. Hugo se puso pálido. A su derecha tenía a la bella muchacha, rubia, con quien hasta el momento se había enfrascado en una conversación intimista, dejando al resto bajo mi cuidado. Y del otro lado... a Camilo. Como era habitual, Camilo llevaba saco y pantalón verdosos, desteñidos, sobre camisa oscura, con el cuello prendido sin corbata... ¡y zapatillas! Algo que no se usaba ni por error entonces. Un tanto pelirrojo, le hacían un corte medio-americano, pero sus pelos quedaban erectos, como flechas, en la región superior de la cabeza (más tarde podría haber sido clasificado entre los punk).&lt;br /&gt; Mansilla hizo como si no lo hubiera visto. Siguió conversando con su amiguita, sin volverse en ningún momento hacia donde se asentara el &quot;stocker&quot;. Una estrategia arriesgadísima tratándose de Camilo.&lt;br /&gt; Como era de esperar, este comenzó a importunarlo. &quot;Ché, ché...&quot;, le decía, con su voz áspera, tironeando el hombro de la fina campera que Hugo calzaba. &quot;¡Chéeé! ¿A qué hora juega Argentina con Brasil!?&quot; Hugo tal vez no sabía ni le importaba eso, pero aunque lo supiese, había decidido directamente ignorarlo, apostando tal vez a que se aburriera y se fuese.&lt;br /&gt; Yo no las tenía todas conmigo. Con las chicas estábamos cortados, casi no hablábamos, pendientes de lo que ocurría enfrente nuestro. Obstinado, el anormal no se ocupaba de nosotros, sin embargo. Miraba como a través nuestro, fastidiado, luego de cada intento por llamar la atención de Hugo, quien seguía hablando como si disertara, mirando directamente al rostro de la otra chica.&lt;br /&gt; &quot;¡Chéeé! ¡Chéeé! ¡A qué hora juega Brasil!&quot;, insistía Camilo. Hasta que pareció cansarse.&lt;br /&gt; Con un hilo de esperanza, contuvimos la respiración, al ver sus ojos vacíos volverse hacia la escalera, y escrutar rápidamente hacia otras mesas. Pero repentinaemente, se dio vuelta hacia Hugo y con su manota abierta, le dió una cachetada en la pierna cuyo chasquido debió de percibirse en todo el salón, a pesar de la música (que no estaba muy alta). El palmadón hizo temblar a Hugo -y debe de haberle dolido bastante-. De pálido antes, su rostro se puso como la grana.&lt;br /&gt; Pero no hizo nada. De manera augusta, mi amigo, habitualmente movedizo e inquieto, permanecía ahora como Palemón, aquél asceta inmóvil en la estilita. ¡Otra vez Camilo le dió un cachetazo sonoro sobre la pierna!... Después de pegarle, y ante la absoluta indiferencia de Hugo, que asimilaba el dolor con estoicismo, el bodoque miraba otra vez hacia la escalera... sólo para volver a golpear con más fuerza sobre el muslo de nuestro amigo.&lt;br /&gt; A la tercera vez que lo hizo, yo temí que Hugo le pegase una trompada. Seguramente entre los dos, no sólo íbamos a dominarlo, sino que podríamos haberlo tirado por la ventana si nos lo proponíamos. Pero con los antecedentes de esa familia, esto significaría introducirnos en un porvenir minado.&lt;br /&gt; Además -esto era lo que realmente nos detenía-, ¡qué papelón! ¡qué vergüenza, pelearnos como animales con aquel insano, generar un escándalo, en aquel ambiente de jóvenes tan refinados, bellos, elegantes!...&lt;br /&gt; Pero para nuestra fortuna, todo terminó allí. Bruscamente, como se había sentado, Camilo se incorporó para irse. Fue como si una bendición nos hubiera soplado, entonces. Y ya nada impropio sucedió.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;strong&gt;Corolario&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Varias semanas después no había logrado devolver el dinero a Alejandro. Cuando tenía algún billete, priorizaba mis gastos en el acto. Como todo adolescente pequeño burgués y egoísta -yo lo era a veces hasta el extremo-, siempre que tenía dinero... tenía también algo personal que me interesaba comprar. O alguna salida con chicas, o una nueva funda para mi guitarra... El recuerdo de mi mala acción se introducía en mis pensamientos, apenas Lito Prieto empezaba a contar los billetes para entregárnolos. Pero inmediatamente después, las buenas intenciones eran desplazadas por los deseos.&lt;br /&gt; Hasta que una mañana -nunca la olvidaré- como a eso de las once, iba caminando por la vereda de las confiterías, pavoneándome entre las mesitas repletas de chicas lindas y conocidos, cuando me topé de frente en ese angosto pasillo con la mamá de Alejandro.&lt;br /&gt; Era una bella mujer, como de 38 años, morena. Llevaba un vestido floreado, ancho, de cintura ajustada y vuelos, como solían usar entonces las mujeres adultas, hasta las pantorrillas. Si había algo que me impresionaba de aquella señora era su dignidad. Su rostro, sobre un cuello largo, siempre orgulloso, proyectándose hacia delante, inducía al respeto.&lt;br /&gt; -Buenos días, señora- saludé, con la mejor sonrisa que pude, mientras sentía ese frío como el de un ascensor arrancando de golpe con nosotros dentro.&lt;br /&gt; -Buenos días -contestó ella-. Pero cuando quise pasar, agregó: -vení para acá, Julio.&lt;br /&gt; Como Caín me detuve, alelado.&lt;br /&gt; -¡Me parece increíble lo que le has hecho a mi hijo! -espetó, con voz severa pero sin perder su suavidad elegante.&lt;br /&gt; -Sí, señora, es que...&lt;br /&gt; -¡No me des ninguna explicación! -siguió- Escuchame: le vas a devolver hoy mismo ese dinero que le arrebataste a mi hijo, ¿entiendes?&lt;br /&gt; -Sí señora, hoy mismo... -alcancé a articular.&lt;br /&gt; -Antes del atardecer de hoy quiero que mi hijo me diga que le has devuelto el dinero, ¿entiendes?&lt;br /&gt; -Sí, señora, hoy mismo, hoy mismo... -tartamudeé.&lt;br /&gt; Lo hice. No recuerdo ahora si tenía el dinero o lo pedí prestado a alguien. Lo cierto es que esa misma tarde, Alejandro pudo decirle a su mamá que yo había ido a llevarle la suma de la operación fallida a su casa.&lt;/p&gt;
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<name>Julio Carreras (h)</name>
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<title>Anécdotas &quot;culturales&quot;</title>
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<published>2009-06-09T12:50:00-03:00</published>
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&lt;p&gt;Como muchos saben, entre los años 1976 y 1983, en Argentina gobernó la dictadura militar más sangrienta y perversa de toda su historia. A mi esposa y a mí nos tocó estar presos durante 7 años, y un año más con &quot;libertad vigilada&quot;. A poco de restituidas las instituciones democráticas, en Santiago del Estero asumió como gobernador el peronista Carlos Arturo Juárez. El intendente de la municipalidad Capital -sorpresivamente- fue el opositor Bruno Volta. En La Banda, segunda ciudad más importante, un obstetra, también peronista, José Claudio Olivera.&lt;/p&gt; &lt;div style=&quot;text-align: left&quot;&gt; &lt;div style=&quot;text-align: left&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://fulgor.blogspirit.com/media/02/00/1996521686.3.jpg&quot; id=&quot;media-367310&quot; alt=&quot;21b.jpg&quot; style=&quot;border-width: 0; margin: 0.7em 0;&quot; /&gt;&lt;/div&gt; 1983&lt;/div&gt; &lt;p&gt;&lt;br /&gt; No había sido fácil para nosotros sostener la economía familiar. Hasta el momento, gracias a 31 grandes murales pintados en Mailín -un santuario popular- habíamos podido comprar una pequeña casita en un barrio obrero. Gracias a la espaciada venta de alguno de mis cuadros, lográbamos flotar modestamente, aparte de haber ido adquiriendo los muebles básicos y heladera, ventilador, algo de vajilla... etcétera. Durante una visita a Pozo Hondo, donde mi hermano Gustavo era párroco, quise comprar en cuotas un radiograbador que me gustó mucho. El &quot;Gringo&quot; Pesce, comerciante local, me dijo &quot;llévelo: se lo regalo&quot;... Menciono estas cosas pues para nosotros, que veníamos de un infierno carcelario desértico, destructivo, cada circunstancia de la realidad constituía ahora un pequeño milagro.&lt;br /&gt; Había logrado crear un Taller de Dibujo y Pintura, en la biblioteca popular &quot;Juan B. Alberdi&quot;, donde concurrían, pagando una módica mensualidad, 32 niños y 6 adultos. Esto gracias al presidente de la biblioteca, un socialista democrático, Mario B. Zalazar. José Luis Castiglione -ex compañero de secundaria en el Colegio San José-, me había otorgado, casi desde que saliera de la cárcel, una colaboración periódica en El Liberal, por lo cual se me remuneraba con otra suma modesta. También las monjas Doroteas aportaban un frugal salario por dictar un par de horas de Dibujo en su colegio &quot;Sagrado Corazón&quot;. En ese entonces yo con casi 34 años y mi esposa con 30, habíamos procreado ya nuestra segunda hijita (lo cual había sido un acontecimiento tan maravilloso que las lágrimas acuden con su sola recordación hasta el día de hoy).&lt;br /&gt; Otras tareas por las que recibía pequeños ingresos eran un programa de radio en LV11, entonces bajo la dirección de Eduardo Maidana, un importante periodista demócrata cristiano. Y un &quot;micro&quot; informativo de cinco minutos, por la misma radio AM, en el popular programa &quot;ómnibus&quot; de Juan Manuel Carabajal, que ocupaba todas las mañanas de los días hábiles. Tenía igualmente una audición en Radio Nacional, pero esta era gratuita. Ansiábamos obtener ingresos con más regularidad.&lt;br /&gt; El Ministro de Educación y Cultura de Juárez era Edvino Paz, un antiguo y prestigioso militante peronista. Mi padre había sido restituido en su puesto de Director de Servicios Técnicos Educacionales por Juárez (el mismo que, cediendo a las presiones militares, lo destituyera antes del golpe). Como eran viejos amigos y compañeros de militancia con Edvino, le pedí hablarlo para obtener un puesto en el área de Cultura. Mi padre levantó el teléfono, se comunicó con él, y luego de cortar me indicó: &quot;dice Edvino que vayas ahora mismo&quot;. Ya en su despacho, el Ministro de Educación y Cultura decide designarme asesor de la directora de Cultura de la Provincia. &quot;Es una chica joven... sin experiencia... y además, maestra jardinera&quot;, me dice el profesor Paz.&lt;br /&gt; Contentísimo (por cierto, mi esposa también), me presento al día siguiente, bien temprano, ante la señora &quot;Chichí&quot; de Muratore. Me atiende amablemente, pero enseguida me doy cuenta de que algo no encajaba del todo. &quot;Disculpemé, voy a consultar&quot;, me dice la joven y agraciada mujer. Hace un llamado telefónico. Con cara solemne, me comunica luego:&lt;br /&gt; &quot;La señora Nina no sabe nada de esto... va a tener que ir usted a hablar con ella... Y hasta que ella lo autorice, lamentablemente yo no lo puedo aceptar&quot;.&lt;br /&gt; ¿Quién era &quot;la señora Nina&quot;? ¡No tenía ninguna función en el gobierno! ¡Pero pesaba más que el Ministro de Educación y Cultura!&lt;br /&gt; Regresé a casa amargado. Mi esposa volvió a amargarse, también. Porque sabía que yo no iba a humillarme ante esa mujer, la segunda esposa del gobernador Juárez, a quien todo el mundo consideraba una arpía. Fin de la primera anécdota, del lado &quot;peronista&quot;.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Del lado &quot;radical&quot;: Luis Giribaldi, un médico con cuya familia guardaba una larga y profunda relación, me consiguió una entrevista con Bruno Volta, para mi programa de radio &quot;Tiempo de Vivir&quot;. Fue a la siesta, en una vacía confitería céntrica. &quot;Yo todavía no puedo creer que hayamos ganado... no me pregunte a quién voy a poner como funcionarios... ni siquiera habíamos pensado en la posibilidad de gobernar&quot;, contestó Volta a una pregunta para la radio. Cuando salíamos, hablé aparte con Luis, y le dije: &quot;si hay un puesto para mí, en Cultura, el área en que me siento capacitado... pues te pido que consideres mi candidatura&quot;. &quot;Bueno&quot;, contestó Giribaldi, &quot;en quince días más o menos, vení a verme&quot;. Puntualmente fui, por cierto. Con Giribaldi, de un modo que consideré insólito, iba a suceder algo muy semejante a lo de Edvino Paz.&lt;br /&gt; &quot;Presentate ante la directora de Cultura&quot;, me dijo. &quot;Decile que yo te he designado su asesor&quot;. Giribaldi era entonces el flamante Secretario de Gobierno del Intendente. La directora, una profesora de inglés, me recibió asimismo con aparente cordialidad. Pero al segundo día, apenas llegué a trabajar, me llamó y dijo: &quot;Señor Carreras, he estado hablando con mis correligionarios radicales, los concejales... y ellos están en desacuerdo con que se designe como asesor a alguien que no pertenece a nuestro partido... en todo caso, usted vaya a hablar con ellos, pero de ninguna manera puedo aceptarlo mientras usted no venga con su autorización&quot;.&lt;br /&gt; Por si haga falta, consigno que jamás fui a &quot;hablar con los concejales&quot;.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Veinte años más tarde, hacia el 2003 creo ¡volví a toparme con esta mujercita, ocupando nuevamente la dirección municipal de Cultura! Se llamaba -o se llama- Catalina Riera de Méndez. Yo había ido a la municipalidad, cuyo intendente era el actual gobernador, Zamora, por una idea. Viendo la plazoleta de tras de mi casa, perpetuamente descuidada y con sus plantas sobreviviendo a duras penas gracias a los siempre escasos esfuerzos de los vecinos, se me había ocurrido la necesidad de un monumento escultórico en su centro. Durante una intendencia anterior se había bautizado a la placita &quot;Juan A. Figueroa&quot; (periodista importantísimo y casi olvidado, fundador del diario El Liberal, de Santiago del Estero). Me parecía inaudito que tantos inútiles y zánganos de la administración pública tuvieran su busto en esta Capital y nuestro primer Periodista importante no.&lt;br /&gt; Como nos han acostumbrado a hacernos cargo, cuando proponemos un proyecto al Estado, de la mentalidad pedestre de los funcionarios, de sus necesidades políticas y de su conveniencia funcional, yo había esbozado tres argumentos:&lt;br /&gt; 1) Iba a ser una obra más para inaugurar, de absoluto consenso entre la población.&lt;br /&gt; 2) Permitiría a un escultor destacado, dotarnos de una obra de valor y obtener un trabajo, cosa no muy frecuente en esa área (pensaba proponer a &quot;Tutti&quot; Delgado).&lt;br /&gt; 3) En última instancia, cumpliría la función práctica de erigirse como un obstáculo definitivo para las hordas de muchachones que usaban la plaza como cancha de fútbol, destruyendo fatalmente cualquier intento de parquización hasta el momento.&lt;br /&gt; Bien. No tenía idea de quién era directora de cultura municipal en ese momento. Creía que la propuesta era muy conveniente, bajo cualquier análisis con un mínimo de sentido común.&lt;br /&gt; ¡Me sorprendió mucho encontrarme con esta mujer allí, cuando me hicieron pasar a su despacho!... Ella, en cambio, no se inmutó y siguió masticando tranquilamente su medialuna, acompañando al café con leche humeante que ingería.&lt;br /&gt; ¡Atrás de ella colgaba uno de mis cuadros, al óleo! Percibiendo mis ojos muy abiertos, me dijo:&lt;br /&gt; &quot;¿Se acuerda? Se lo compré cuando usted hacía poco había salido de la cárcel... ¡para ayudarlo!&quot;&lt;br /&gt; ¡Dios mío! ¡Yo había creído de verdad en el valor artístico de mis pinturas!...&lt;br /&gt; Y la mujer, ya anciana, consideró necesario agregar, cual &quot;nodriza&quot; regañona:&lt;br /&gt; &quot;Espero que usted haya abandonado, ya, esas ideas subversivas que tenía...!&quot;&lt;br /&gt; ¿Por qué no me fui en ese mismo momento? Su simpleza era tan inimputable, sin embargo, que decidí ignorarla y exponer mi proyecto. Pero allí fue cuando me dio el golpe de gracia:&lt;br /&gt; &quot;Bueno, Carreras&quot;, me dijo, sacudiendo sus manitas de uñas bien pintadas para quitar el polvillo de las medialunas &quot;prepare el proyecto y presenteló... pero no le aseguro nada... en el proyecto ponga también costos de materiales y si conoce algún empresario que pueda apoyarlo con donaciones... ¡ah! y también va a tener que hacer una campaña entre los vecinos, para que entre todos se decidan a aportar fondos, para construirlo&quot;...&lt;br /&gt; Me pareció increíble... le estaba dando en bandeja una idea no sólo conveniente para el municipio, sino necesaria, de alto valor cultural... ¡Y pretendía, prácticamente, que también me ocupara de su construcción, para ir ellos sólo en el momento de inaugurarlo!...&lt;br /&gt; Esta vez, sí, me ausenté conteniendo a duras penas mi ira. Y hasta hoy no he vuelto a ver -por suerte- a la mencionada señora.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Última anécdota. Volvamos al año 1983. En la ciudad de La Banda, durante los ultimos meses de dictadura, se había creado un Museo de Bellas Artes. Al igual que en la anterior dictadura de Onganía, ante su fracaso los militares apelaron a políticos democristianos para la transición. Y estos a su vez a otros sectores, para hacer &quot;digerible&quot; su gobierno. Así, en la Dirección de Cultura había recalado Aída Isaac de Castiñeira, socióloga, mujer de notable inteligencia y seguidora con su esposo, un también notable poeta, de Abelardo Ramos (FIP). A su vez, cuando hubo necesidad de un director para el Museo, Aída recurrió al licenciado Ángel &quot;Lito&quot; Garay, un artista proveniente de la Franja Morada (UCR).&lt;br /&gt; Mas para su desdicha ganó la intendencia el Justicialismo. Entonces ocurrió algo que me sorprendería siempre, por su generosidad: Lito Garay fue a hablar especialmente con el nuevo director de Cultura, para pedirle que por favor no designaran allí a personas ineptas. Es que era vox pópuli en La Banda que un ambicioso puntero de la Juventud Peronista Juarista, Amadeo Silván, solicitaba ese puesto para él. ¿Su experiencia en las artes? Ninguna. Era electricista. Pero presentaba a su favor las fichas de afiliaciones que había conseguido, con su solo esfuerzo.&lt;br /&gt; El profesor Orestes Pereyra, respetado intelectual y antiguo justicialista, escuchó a Lito. Cuando el licenciado en Artes Plásticas terminó de informarle, preguntó:&lt;br /&gt; -¿Usted conoce a alguien para sugerir?&lt;br /&gt; Entonces Lito, que ya tenía la respuesta preparada, exclamó:&lt;br /&gt; &quot;Julio Carreras. Él es una persona idónea, y además pertenece a una antigua familia peronista&quot;.&lt;br /&gt; Más o menos de esta manera parece que ocurrieron las cosas. Yo me enteré a causa de que una mañana, al ir a la oficina de mi padre en busca de novedades, me recibió diciéndome:&lt;br /&gt; &quot;Llamó el profesor Orestes Pereyra, director de Cultura de La Banda... dice que quiere ofrecerte un puesto allá...&quot;&lt;br /&gt; Contesté: &quot;¿Me prestas el auto, papá? ¡Quiero ir inmediatamente a La Banda!&quot;.&lt;br /&gt; Y así, de esta forma tan poco convencional, fue como obtuve mi primer puesto de jerarquía, con un salario digno y en un área que tanto amaba, apenas dos meses después de haber terminado mi Libertad Vigilada.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; 
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