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09/08/08

El Punto y la Coma

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Nota: la siguiente entrevista, donde se narran bastantes aspectos biográficos, fue publicada en la revista cultural El Punto y la Coma.

Primero queremos saber detalles del lugar y fecha de nacimiento, padre, madre, hermanos, infancia, adolescencia, juventud y militancia política. Un pantallazo del Santiago de aquellos años no vendría mal como marco para la entrevista.

El nacimiento como tal ocurrió en un sanatorio cuyo nombre no recuerdo, sobre calle La Plata, entre Pellegrini y Salta, donde ahora hay un negocio que se llama Norte Beneficios. Pero yo siento haber nacido en Guasayán, puesto que ese mismo día todos volvimos allá, donde mi mamá vivía como maestra de escuela. Los primeros cielos estrellados, horizontes, voces, caballos, vacas, pájaros que entraron en mi conciencia fueron de allí, de Campo Verde, donde vivíamos con mi tío Agustín.

Mi padre y mi madre estaban dispersos, en dos escuelitas diferentes, ella ahí cerca de Campo Verde, mi papá en Monte Quemado. Quien sabe por qué a mi me dejaron bajo la custodia de mi tío Agustín, que era soltero aún, director de la escuela de Campo Verde, y de mi abuelo, Comisario de Guampacha con su esposa,  Corina Coria, todos viviendo en una casa de Campo Verde.

Esta fue mi familia hasta los cuatro años.

Mi tío recuerda riendo la vez que le arruiné el Registro de la escuela por subirme a la mesa donde él trabajaba y volcar un tintero sobre aquel libro. Enojado, esa misma mañana preparó todas mis cositas, las puso en dos alforjas, y me mandó sobre un burro a la casa de mi mamá (que no debía ser demasiado lejos), acompañado por Dulcirio, un criado. Mi abuela lloraba.

"A la tarde apareció de nuevo, sobre el burro", narra Agustín: "¿Y ahora por qué vuelves?", preguntó. "No me gusta allá. Es fiero. Me voy a quedar a vivir aquí", dijo aquel niño temperamental que yo era. Y con ellos iba a quedarme hasta los cuatro años.

Mi abuelo obtuvo una casa del plan de viviendas en el barrio "Eva Perón", de la ciudad, y más o menos cuando yo tenía tres años -1953- fuimos a vivir con ellos en aquella verdadera casona, pues los planes de vivienda de aquel tiempo construían casas extraordinariamente dignas si uno las compara con lo que se comenzó a hacer mediando los setenta.

La casa era tan grande, que luego mi tío y mi papá se repartirían el espacio, construyendo dos grandes viviendas allí, para sus familias.

Pero en aquel tiempo -los años 50- mi abuelo aprovechó rápidamente el espacio construyendo en el patio del costado un gigantesco encatrado, por donde treparon muy pronto dos plantas de uva negra y uva blanca que comenzaron a ser nuestras delicias en los veranos. Al fondo tenía una huerta, dividida en rectángulos bien ordenados, cada uno con remolacha, rabanitos, lechuga, perejil, achicoria, batata y papa. Cerrando el conjunto, una prolija herradura ancha cultivada con zapallo, calabaza, melón y sandía. Todo eso se podía hacer en aquella casa y se utilizaba para nuestras comidas -que éramos sólo cuatro, mi abuela Jita, mi "Tataviejo", una joven muchacha a quien decíamos la "Petiza" y yo.

En el jardín del frente mi Tataviejo, Brígido Carreras -que por entonces tenía 57 años-, comenzó a practicar todo tipo de injertos con rosales. Y obtenía unas flores gigantescas y exóticas, unas rosas blancas con pintas rojizas, claveles de diferentes colores en la misma planta, y fenómenos así. Solía pasar horas transplantando, haciendo cortes en los tallos para introducir los gajos de otras especies, y yo le ayudaba alcanzándole las herramientas o trasladando algunas plantitas de aquí para allá.

Mi abuelo y mis padres eran peronistas. Mi abuelo era algo filonazi, me hablaba muy bien especialmente del general Rommel, y se lamentaba de que hubiesen perdido la guerra. Pero mi mamá provenía de una familia liberal, se había casado con mi papá adolescente, al parecer más que nada para huir del Colegio de Belén, donde la habían internado al quedar viuda su madre, pues ellos vivían en Garza. Mi mamá dice que las monjas la obligaban a arrodillarse sobre maíces durante horas cuando consideraban que habían cometido alguna transgresión y ella estaba desesperada por salir de allí. Al menos así me lo contaría, mucho después, cuando volviera a verla, pues se fue de Santiago cuando yo tenía cinco años y pudimos conversar nuevamente sólo varios años más tarde.

Mi padre comenzó a escribir para la radio cuando derribaron al gobierno peronista y los echaron a todos -Agustín, Mariano y él, los tres hermanos, maestros rurales-. Oscar A. Spaini, un empresario peronista, le hizo un espacio también en su negocio, como administrativo. Pero mi papá, luego de un tiempo, cedió ese espacio a mi tío Agustín, quien más tarde sería designado por Spaini como gerente de la Cámara de Comercio, por entonces de orientación filoperonista.

Mi padre había cobrado prestigio como poeta desde muy joven -él se recibió de Maestro a los 18 años, con medalla de oro. Cultivaba su voz y vestía con elegancia afectada, a la usanza de los poetas románticos. En un tiempo en que todo debía leerse, por la radio, se convirtió en el redactor principal de LV11, Radio del Norte y más tarde en Director Artístico.

Pero lo que sería posiblemente su obra más importante, fue la creación, en 1958 -¡a los treinta años!-, de la Dirección de Cine y Radio Escolar. Él consiguió, como donación de la Embajada Alemana, un hermoso proyector de cine, de 35 mm, con el que llevaban el cine al campo, a lugares adonde jamás se lo había visto. Presentaban películas hermosas, como Shunko, donada por Lautaro Murúa, que durante su filmación se había hecho amigo de mi papá. Era una institución estatal, así que por primera vez en Santiago del Estero se hizo lo que ahora se llama "Cine Móvil", desde el Estado. Hace un par de meses, en un seminario de la Subsecretaría de Cultura, un funcionario dijo que "estaban investigando si hubo alguna vez cine móvil en Santiago". Pues bien, sí lo hubo, comenzó en 1958, fue creado por el Consejo General de Educación, debido a una iniciativa de mi padre, y duró hasta  1975, fecha en que por instigación militar detuvieron acusándolo de "subversivo" a mi padre. 

La ciudad de Santiago era muy hermosa como ámbito durante el periodo de transición en que me tocó habitarla durante mi adolescencia. Uno podía cruzar tranquilamente, por ejemplo, una y otra vez desde la plaza Libertad hasta el Jockey Club y de allí volver -cosa que hacíamos los fines de semana y en vacaciones todas las tardes con mis amigos, pues formábamos barras que se esparcían por los bancos de la plaza, las mesas del Jockey Club, la Confitería Ideal, Siroco, o la galería Lindow, todos espacios deleitosos y amables donde nos exhibíamos los adolescentes, varones y mujeres, de entonces (1965-73), concertábamos todo tipo de combinaciones amistosas o sentimentales, o simplemente conversábamos o nos mirábamos. Por entonces había tan poco tránsito de vehículos con motor en las calles, que prácticamente todo el centro era una gran peatonal. Recuerdo que Utu Álvarez se dio el lujo de atravesar tranquilamente el centro en un hermoso caballo, alazán lavado, cierto mediodía dominguero con sol de invierno, cuando la plaza y las confiterías rebozaban de chicos, y chicas. Utu saludaba a uno y otro costado como si viviéramos en la época de Ibarra, y en el tiempo que él usó para cruzar viniendo desde la Roca hasta la plaza no fue molestado ni por un solo auto.

Los jóvenes hacían cosas así. Para llamar la atención. Me acuerdo que había un muchacho de La Banda, Tufí creo, que una vez se vino con una cupé ford modelo 1930 más o menos, acondicionada de modo exquisito, con la capota abierta, un chofer y él atrás. Ambos, el "chofer" y él, se habían vestido como en los años 30: llevaba frac y galera, y el chofer (un amigo) uniforme azul, con botones dorados, y gorra. Se bajó así -el chofer le abrió la puerta-, frente al Lawn Tennis, y te imaginas, todos lo miraban.

Mi adolescencia transcurría aquí, entonces, tratando de manifestarme de un modo propio en un ámbito provinciano en el cual todos éramos más o menos importantes. Hallé la forma de ser fugazmente importante a través de la guitarra eléctrica, que tocaba en conjuntos sumamente populares entre las clases medias y altas. El mejor fue Los Zombies, que formamos con Hugo Mansilla, Kililo Alfano, Alejandro Bruhn Gauna y Cacho Rigourd. Debo mencionar a Carlos Sánchez Gramajo (h), Mario Busnelli, Daniel Nassif y José María Curto, quienes fueron algunos de los jóvenes músicos, muy prestigiosos en ese tiempo, con quienes también toqué, puesto que con frecuencia se  reorganizaban los grupos, cambiándose sólo de nombre.

Por qué y para quién escribe.

Cachín Díaz fue el responsable -para mal o para bien- de que yo empezara a escribir de un modo sistemático. Una tarde mientras descansábamos entre guardia y guardia, en la colimba, me preguntó si querría escribir un comentario sobre música, para una nueva sección que se había creado en El Liberal. Quería llevarla al día siguiente. Me liberó de tareas para ello -pues él era cabo dragoneante-, me senté en el escritorio de la guardia, y en un rato le escribí un artículo comentando la música de Blood Sweat and Tears, un conjunto norteamericano que me gustaba. Cuando lo vi de nuevo, unos dos días después, estaba entusiasmado:

-¡A los muchachos, Farreras y Di Piazza, les ha gustado mucho! ¡Me han dicho que escribas todas las semanas, que te van a pagar!...-dijo, apenas me vio.

Me pagaron una suma que debe haber sido como unos cuarenta pesos, por ese artículo, y todos los que seguirían. Pero ver mis notas en el diario, además, me empezó a entusiasmar. En verdad no era tanto que apareciera mi nombre, aunque eso también me daba satisfacción, para qué negarlo, quizá como a un artesano de la madera le satisface firmar una pieza, por ejemplo un buen sillón. Me parecía un fenómeno algo mágico que ayer yo escribiese algo a mano, sobre un papel, y verlo después impreso, embellecido con las imágenes, pues publicaban carátulas de los discos que comentaba o las fotos de los músicos, para complementar.  

Después de ese período -desde fines de 1970 hasta mediados de 1971-, dejé de escribir por un tiempo, para poner un negocio que se llamaba Ojo. También me enamoré por primera vez, y estas dos cuestiones llenaban mi vida. El negocio no duró mucho. Cometí el error que repetiría una y otra vez: pretendí vender buena música, buenos libros, que nada vendido en Ojo fuera banal, pasatista, estupidizante. Había alquilado el local de la Casa Diocesana -ese donde está Lave Rap, ahora, sobre la Independencia, entre Urquiza y Mitre-; había hecho pintar esos dos enormes locales de blanco, decorando las paredes con buenos afiches adquiridos en Buenos Aires. Los exhibidores, fabricados especialmente por un artesano del hierro,  mostraba plenamente las carátulas de los discos contra las paredes blancas. El "Caballo" Pernigotti me había regalado un par de sillones y una mesita de quebracho colorado, luego de traerlos, supongo, de algún obraje suyo, pues estaban cortados directamente sobre gigantescos troncos del quebracho, eran unos muebles hermosos, como de hierro: todavía están, en la terraza de la casa de mi papá, después de haber pasado más de treinta años a la intemperie, como si nada. Había hecho un acuerdo con Kikí Ferreyra para que él ocupase un pequeño sector de los locales, con sus negocios de espectáculos, que iban muy bien con Ojo pues ya en aquel entonces el trabajaba con artistas de gran jerarquía, como Mercedes Sosa o el grupo teatral compuesto por Walter Vidarte, Héctor Alterio, Ana María Picchio y Víctor Laplace. Tenía una empleada muy, pero muy bonita, que había salido Reina del Trigo. Se llamaba Rosita Martín.

Bien. No hacía plata pero me sentía muy bien. Íbamos con Kikí a Buenos Aires, sustentados en parte por Johnny Diéguez, en cuyo Grand Hotel, o en La Jaula, boliche complementario, trabajábamos con Kikí, y también con Acho Vidal, Mario Feijóo, o el Gallego Dougnac.

¿Cómo no escribir, después, tantas cosas interesantes y bellas que me ocurrían?

Por otra parte, el ámbito donde se desenvolvía mi papá -con quien yo pasaba gran parte del día- era muy estimulante. Por ese tiempo él había creado una revista que se llamaba Santiago Educacional. Y tal vez siguiendo el ejemplo del IOSEP, por entonces de reciente formación, se le ocurrió que el Consejo les descontara una suma mínima -digamos veinticinco centavos, por planilla, a los maestros de toda la provincia, cada mes. Y con esos fondos hacían una hermosa  revista, tapa a todo color y láminas internas también a color, que en aquél tiempo era lo máximo. Cada dos meses, se enviaban paquetes a cada escuela, con tantas revistas como maestros había en ella, para que se las distribuyeran.

La revista tenía gran nivel. Colaboraban en ellas personas muy inteligentes y capaces, como el licenciado Pedro Luna o Graciela Arán de Rizzo Patrón. Cada uno recibía su paga, estrictamente, como correspondía. Mi padre era el director de la institución -que por entonces había transformado su nombre en Dirección de Técnicas Audiovisuales, y más tarde Servicios Técnicos Educacionales, incorporando también un Centro de Documentación Educativa. Ahora había varios empleados, seleccionados entre los más inteligentes en el Consejo de Educación. Recuerdo por ejemplo a la señora Emalina López de Mansilla y a Pepito Balderrama. Estaba también, entre lo colaboradores más estrechos de mi padre, mi tío, Mariano Carreras, quien por entonces ya tenía una feraz carrera docente y había llegado a la máxima categoría: Supervisor. El "círculo áureo" que muchas veces por las tardes se reunía con mi papá estaba compuesto por Pedro Luna, mi tío Mariano, el doctor Juan Manuel Acuña, el ingeniero Braceras, "Pocho" Scarone Moyano. Todos tipos brillantes, yo solía estar silencioso en un rincón, durante horas, sin cansarme de escuchar. Frecuentemente se integraban también a las conversaciones Alfredo Gogna, Francisco René Santucho, Alberto Alba, Alberto Soli, Clementina Rosa Quenel, y con seguridad pasaba por aquellas oficinas cualquier tipo imaginativo o aventurero que viniese de otros lugares del mundo, en nuestro país o el extranjero. Entonces la vida era muy interesante e intensa para mí.   

Después que debí cerrar el negocio porque me daba pérdidas, a mediados de 1972,  fue el tiempo que con mi novia, que se llamaba Clara Beatriz Ledesma Medina y vivía en el Pasaje Figueroa, comenzamos a hacernos de izquierda. Ella estudiaba Ingeniería Forestal y en ese entonces la facultad era un hervidero de militantes revolucionarios. Yo venía ya de una creciente radicalización ideológica, empezada a los 18 años luego de la muerte del Ché Guevara, y sustentada más tarde durante la colimba, en que retomé la lectura dando preferencia a autores nacionalistas de izquierda, como Hernández Arregui, Jauretche, Rodolfo Walsh o revistas densamente políticas como Planeta, de Louis Pauwels y Jacques Bergier.   

Formamos un grupo al que bautizamos Ser, eligiendo como logotipo un perfil de Jimi Hendrix dibujado por mí; por ese entonces todo lo hacíamos juntos, ya, con Clara. También sacamos dos números de una revista (la primera fue increíble, pues la hicimos durante dos días encerrándonos a la siesta en el banco Coscrea, del cual un empleado, hermano de un miembro de Ser, nos prestaba en secreto las llaves, usando un mimeógrafo... salimos ese domingo como a las nueve de la noche, con el compañero de Ser que no quiero nombrar para no botonearlo, que era quien conseguía la llave, cubiertos de tinta negra hasta la frente, pero felices, con quinientos ejemplares de una revista de 16 páginas empaquetados, el primer número de Ser.) También hicimos, tal vez esto lo más importante, el primer Recital de Música Contemporánea (rock nacional) de Santiago. Esto sería muy largo de contar, y participaron más de cincuenta personas en ese grupo, por lo que en honor al tiempo de ustedes lo voy a dejar para otra oportunidad.

Allí empecé a escribir de nuevo. Yo escribía todos los volantes de Ser, que causaban envidia en las organizaciones políticas, pues solían despertar ecos importantes. También, obviamente, con la Clary, hacíamos todos los artículos de la revista. María Mercedes Tenti de Laitán conserva un ejemplar, que ya tiene mejor nivel gráfico, pues fue hecho en la Imprenta Amoroso, con carácter profesional.   

Bueno, para esa revista había escrito un artículo que se llamaba, creo, "Educación y dependencia". Una tarde de sábado, luego del almuerzo, se lo di a mi padre para que lo corrigiera. Él lo tomó con seriedad, fue a sentarse en un lugar apartado y lo leyó de un tirón. Enseguida vino a mi pieza, me entregó el artículo y me dijo: "No tengo nada que corregirte. Los conceptos vertidos aquí son precisos y profundos. Has alcanzado ya una gran madurez intelectual" Pocos días antes me había dicho, refiriéndose al Editorial: "Vos tienes un don: todo lo que escribes, es interesante e induce a leerlo. Debes aprovecharlo, formándote con gran disciplina en las ciencias que necesites desarrollar." Para mí, esas dos frases fueron un gigantesco espaldarazo. A partir de entonces escribía constantemente, sobre cualquier tema, y leía durante horas -en realidad, como te decía, ya venía leyendo, con voracidad algo desmesurada, desde los 18 años, aunque también había leído mucho durante la infancia.

La Librería Dimensión fue nuestro refugio cotidiano, con Clara. Su dueña, Gilda de Santucho, me daba los libros que yo quisiera, para que los pagase como pudiera, así mi afecto y agradecimiento hacia ella son muy grandes. Cierto día de 1972 me llegó una carta ofreciéndome la corresponsalía del periódico quincenal de izquierda Nuevo Hombre, que se imprimía en Buenos Aires. Su director era Silvio Frondizi. Iba a ser ad honorem, pero acepté fascinado, no me explicaba cómo ellos sabían de mí. Más tarde ocurrió lo mismo con la revista Posición, de Córdoba, que tiraba 5.000 ejemplares. Finalmente, ya después de que me hubieran invitado a integrar el equipo editorial estable, para lo cual debí trasladarme a vivir en Córdoba -ahí ya sí con un sueldo-, me enteré que el artífice de todas esas invitaciones había sido Francisco René Santucho, quien por entonces integraba la dirección nacional del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). En Córdoba, también integré la Redacción en la corresponsalía del diario El Mundo, de Buenos Aires, y la revista Patria Nueva.

La muerte de Clara me sumió en un periodo depresivo que duró poco, pues luego de eso (que fue lo peor que me pasó en la vida) me dije: o me suicido, o vivo con honor e hidalguía, haciendo siempre lo que me parezca el bien, aunque me cueste lo que sea.

Ya por entonces, a los veintitrés años, la escritura se había convertido en mi trabajo diario.

Quiénes son sus autores preferidos en el orden mundial, nacional y local.

Me estremeció desde niño el Martín Fierro de José Hernández, vibré en la adolescencia leyendo Facundo (pero ese libro, escrito para difamar al caudillo, sólo intensificó en mí la admiración que sentía por él);  a los 18 años leí a Jorge Luis Borges y me gustó mucho, también Cortázar, Gudiño Kieffer, García Márquez y varios del Boom Latinoamericano, que por entonces -68, 69- estaba en su mayor efervescencia. Yo vengo de una formación historietística en la infancia. Tuve la inmensa suerte de ser niño y adolescente justo cuando la Argentina se convirtió en la meca mundial de la historieta, con guionistas y dibujantes de quienes no dudo fueron los mejores del mundo. Digo Hugo Pratt, José Luis Salinas, Roume, Casalla, Vogt, Solano López, Breccia, Durañona... y Ohesterheld... el gran, el inmenso Ohesterheld.

Pero con el tiempo los que fueron quedando en mi gusto, como preferidos, aquellos que uno desea leer una y otra vez, sin cansarse, fueron solamente tres: Edgar Allan Poe, Hermann Hesse y H. P. Lovecraft.

En el orden local, el único que me llegó a gustar mucho fue Horacio Quiroga, y en el local-local,  el Shunko de Jorge Washington Ábalos. Moisés Carol tiene historias magníficas, pero muchas veces arruinadas por su enredada escritura. Me gustaría leer algo más de lo poquito que vi de Carlos Abregú Virreina, Roberto Castro, Carlos Bernabé Gómez o Andrónico Gil Rojas, pero no se consigue.

Cuáles serían los escritores santiagueños indispensables en cualquier biblioteca.

El mencionado Jorge Washington Ábalos, Clementina Rosa Quenel, Blanca Irurzum, Canal Feijóo, Betty Alba, Felipe Rojas, Alberto Alba, los hermanos Wagner; también, si se lo considera santiagueño, Ricardo Rojas. Y un libro, que no es de un escritor, sino de un especialista en literatura: Santiago en sus letras, de José Andrés Rivas. Este libro recoge muchas de las mejores páginas de la literatura santiagueña, inéditas o imposibles hoy de hallar.

Actualmente hay autores que me parecen buenos, como escritores, que tienen libros necesarios; por ejemplo, Guillermo Pinto, y Juan Manuel Aragón (h).

¿Los santiagueños gustan leer los autores locales?

Me parece que no, porque nadie se interesa por editar ni promover la literatura local. Por lo general los libros que salen aquí son pagados por sus propios autores, aunque lleven algún supuesto sello editorial.

¿Escribir es un oficio o un divertimento?, ¿por qué?

Para mí es una profesión. Trabajo en ella como un constructor o un carpintero. Me pongo plazos y objetivos, horarios, volúmenes de producción y los cumplo.

Todas las cosas que hice en mi vida, desde niño, fueron así. Cuando decidí dibujar y pintar, me sometía por voluntad propia a horas de agobiador ejercicio.

Con la guitarra fue lo mismo.

Tal vez la autora de ese criterio fuese una profesora de piano durante mi infancia, la señora Luisa Santini de Vélez. En el conservatorio Rossini, donde me inscribieron a los cuatro años, solía ponerme dos horas por día ante el piano repitiendo, una y otra vez, ejercicios de cuatro o cinco notas recurrentes, monótonas.

Recuerdo que solían agarrarme unas horribles cosquillas en la columna a la altura del coxis y ganas de huir corriendo de aquellas obligaciones extenuantes. Pero finalmente vencía a mi propia desesperación, y cumplía esas tareas con dignidad.

¿Le produce dolor escribir, como dicen algunos autores, siente placer o tiene otra sensación?

Escribir cansa mucho. Especialmente los ojos. No, no lo hago por placer. Si fuera por mí, no escribiría. Lo que más me gustó hacer desde chico es pasear por los montes de Santiago. Acostarme en el suelo durante horas, mirar esos pequeños "bichitos" blancos que juegan contra el cielo celeste en los días de sol. O bañarme en el río.  Esas cosas me gusta hacer, no escribir ni programar los argumentos que escribo.

Si escribo, es porque creo que hay muchas cosas importantes que puedo decir, y también realidades que puedo ayudar a mejorar, escribiendo.

¿Debe cumplir una misión ética el escritor o solamente proporcionar un buen momento a sus lectores?

A las empresas editoriales les conviene que el escritor produzca bellas composiciones dentro de una ideología multivalente, permisiva. Que el libro también sea sólo un objeto de placer. Porque la base del comercio capitalista es que el objeto de uso agote su valor intrínseco, para que el consumidor -así lo llaman ellos- salga desesperado, si tiene dinero, a buscar un objeto nuevo. Que lo haga olvidarse de sí mismo, náufrago doliente en el perverso mundo de relaciones equívocas creado, precisamente, por el capitalismo.

Así aparecen y desaparecen escritores como este brasileño mefistofélico, que ya ni me acuerdo cómo se llama, medio degenerado, de quien decían también que era amante de la Bolocco (cuando ya estaba con Menem). "Búm", sus libros se venden como choripanes en La Bombonera durante una final de Boca y River. ¿Y después? Puf, desaparece. Ni sus nietos se acuerdan de él. Hacen mucha guita, por lo general, como Britney Spears o Madonna. Pero nadie puede decirme que esas dos minas son, ni felices ni verdadero ejemplo para nadie. 

La misión ética que debe cumplir un escritor, según creo, es ser cada vez mejor, acercarse cada vez más, en su vida personal, a la perfección. ¿Por qué? Pues porque si es responsable, se trata de alguien que tiene acceso, por sus estudios, a las mayores fuentes de sabiduría que creó la humanidad en su ya larga evolución de 50.000 años.

¿Y de qué se trata la perfección? Nadie vaya a creer que es vestirse bien o ponerse cada día anillos de oro distintos, a cual más sofisticado. Buda y Jesucristo nos indicaron muy claramente qué es la perfección. Basta con estudiar profundamente sus enseñanzas, y perseverar cada día en practicarlas con mayor eficiencia. Lo cual no es nada fácil, pero creo que sí es posible, al menos acercarse a ella, como muchos grandes sabios lo han demostrado, en estos últimos 2.000 años.

¿Es cierto que para escribir primero hay que vivir?

Blaise Cendrars dice eso. También me di cuenta que al leer libros de personas que habían tenido una vida muy intensa, o practicaban estrictamente aquellas ciencias o disciplinas de las que escribían, eran mucho más convincentes e interesantes de leer.

Personalmente desde niño siempre quise tener una vida tranquila. Ser un buen pequeño burgués, con una casita modesta pero linda, vivir rodeado de mi familia. Cruelmente me persiguió la fatalidad desde la infancia. Gran parte de mi vida transcurrió bajo tormentas políticas, sentimentales o sociales. La muerte, que desde niño me provocaba un dolor insoportable, una y otra vez me burló, fagocitando a seres muy queridos. Algunas veces me quejé, interiormente, de tal destino. Pero ahora no: con el amor y el arrepentimiento, el esfuerzo por tratar de ser cada día un poquito mejor, las cosas, dentro de mí, fueron armonizándose. Y  al pasar los años logré entrar en una etapa de constante tranquilidad y paz. Al presente periodo intenté reflejarlo en un libro, parecido a un diario, que se llama Fulgor de los damascos.

En literatura, no hay cosa que más me guste que inventar un argumento metafísico, imposible, y convertirlo a través de palabras engarzadas, en algo convincente, real. Como esa vez, en 1986, que El Liberal publicó un cuento, El Malamor, y alguien a quien no conocía llamó por teléfono para que "le diéramos más datos", pues creía que se trataba de una historia real. Guillermo Abregú, que por ese entonces estaba a cargo de la sección Cultura, me lo pasó.  "No, doctor", le dije por teléfono (era un médico, Anelli)... "esa historia es totalmente inventada". 

Usted ha escrito novelas, cuentos, ensayos, poesías, artículos periodísticos. En cuál de estos rubros se siente más cómodo.

Me gusta escribir cuentos. No muy largos, ni demasiado cortos. Y como les decía, cuando más totalmente imaginarios son, mejor. Siento una satisfacción especial cuando los releo, luego de haberlos corregido, pasado en limpio y dejado descansar, al menos una semana, al considerarlos terminados.

También ha publicado algunas revistas y colaboró en otras. Cuál le parece que fue la más importante, qué significó en su vida y cómo cree que influyó esa revista en Santiago.

Para mí la revista más importante que hicimos, con Juan Manuel Aragón (h), es Quipu. Después hice otras con sentido algo utilitario, como La Razón del Consumidor, o espiritual, como Arcos. También me marcó el trabajo en revistas de Córdoba, durante mi juventud, como Patria Nueva o Posición, donde alcanzábamos una excelencia técnica por entonces difícil de lograr aquí. Pero Quipu de Cultura fue la publicación justa, en el momento justo, y los contenidos justos que debíamos dar a conocer en aquel periodo histórico.

Seguramente ha influido en varios lectores santiagueños, eso se va viendo en un periodo largo de tiempo. La mayor influencia que suele darse es que esos lectores modifiquen sus vidas, para bien, y también que reproduzcan, apropiándoselos, aquellos contenidos, para transformarlos en nuevas obras de arte o pensamientos acrecentadores.

Debemos tener en cuenta, también, que Quipu se vendía sólo parcialmente aquí. De quinientos ejemplares, aquí se vendían más o menos la mitad. El resto iba a otras provincias, principalmente Córdoba. Allí teníamos una corresponsal extraordinaria, Ivana Alochis, joven escritora y profesora universitaria, que llegó a vender, ella sola, unos doscientos ejemplares.

Hablo reiteradamente de "vender", pues no teníamos un centavo de capital, y encima nuestros ingresos personales eran bastante magros. Así que cada número de Quipu se hacía con el dinero obtenido por las ventas del anterior. Si no se vendía un número, el número siguiente no salía. Así de simple.

Y Quipu dejó de salir porque a mí me contrataron en El Liberal, para que hiciera el suplemento de Cultura, y Juan comenzó a trabajar en el Nuevo Diario. Entonces ya no nos quedaba tiempo para seguirla haciendo como queríamos, con un muy buen nivel. Sin embargo, no nos lamentamos: "cada cosa suele tener su tiempo bajo el sol".

¿Qué significó en mi vida? Un momento de crecimiento espiritual. Recuerdo que una tarde, releyendo un Editorial, me di cuenta de lo que constituía el verdadero poder. Me di cuenta de que el poder no lo controlan quienes tienen grandes capitales, edificios, instalaciones o armas. El poder lo manejan quienes son capaces de controlar su interior. El Universo es una gran dínamo, una fuente inagotable de energía. El nodo desde donde se conectan los entes, de todo tipo, con ese centro de poder universal está en el interior de cada ser.  Comprender eso, modificó sustancialmente mi vida. Y ocurrió como parte del proceso para las ediciones de Quipu.

Qué está escribiendo en estos momentos.

Ahora, además de numerosos artículos que siempre escribo para medios en Internet, estoy pasando en limpio una novela que escribí de un tirón entre la primavera de 1989 y el verano, tórrido, del 90. Esa novela tendría también una trayectoria tórrida.

Luego de escribirla, se la di para pasar en limpio a una especie de amiga que por entonces tenía, quien me cobró demasiado y (como yo no sabía nada de computadoras entonces), no me advirtió que podía guardar el contenido en disquetes. Luego, en tres copias, la mandé (apresuradamente) al concurso de Planeta, que no ganó. Cuando un amigo porteño fue a retirarla, le dijeron que la mitad de las carpetas, inexplicablemente, se habían perdido (eran seis carpetones voluminosos, que había hecho encuadernar en El Liberal).

Cuando más tarde tuve una imprenta, encomendé a uno de los empleados que tipeara nuevamente la novela. Pasó tres meses haciendo nada más que eso (y cobrando un sueldo para hacerlo), pero lo hizo mal. La copia final quedó llena de errores, ortográficos y de tipeado, lo cual me deprimió bastante.

Entonces ocurrió algo en mi vida personal que me fastidió mucho, y para no descargar mi ira sobre nadie, en un arranque de amargura tomé todos los originales (cuatro cuadernos grandes que había escrito a mano) y todas las copias de la novela y los corté en varios pedacitos con la guillotina de la imprenta, tirándolos luego a un gran tacho de basura.

Varios días después, cuando ya me había pasado la furia pero quedaba algo de amargor subyacente, como una borra en mi alma, descubrí un paquete extraño arriba de unos estantes, que me llamó la atención. Al bajarlo y abrirlo vi que habia quedado allí... ¡una copia de la novela! La peor, la más llena de tachones y errores, impresa en hojas de descarte, alguna con manchas de tinta o impresiones que no tenían nada que ver al otro lado de las páginas.

Por fortuna estaba visitándome en la imprenta en ese momento una amiga entrañable, Tamara Sperat, a quien conté la historia, pues delante de ella había desarmado el paquete. Entonces me dijo, "no hagas nada ahora... dámela, yo te la voy a guardar, hasta que estés bien y decidas sin presiones qué vas a hacer... de paso, la leo". Estuvo cerca de un año en su casa. Y cuando ella decidió trasladarse a otra provincia, tuve que ir a retirarla.

Estuvo allí en una bolsa de plástico, bajo otros paquetes, durante algunos años. Pero cuando empecé a tipearla de nuevo, y por lo tanto leerla, me di cuenta de que es algo muy importante en mi vida dejar bien corregida y terminada esta novela. Por eso es que ahora me puse, con todo ahínco, a tipearla completamente otra vez.

Y se sabe que pasar en limpio para un escritor nunca es sólo eso. En el proceso de transcripción agrego capítulos, mejoro otros, quito lo que ahora, algo más maduro espero, se me presenta como superfluo.

Se llama El alma en cada abrazo. Es una historia de amor de los 70.

La lectura, según algunos, es un hábito que se va perdiendo. ¿Es importante rescatarlo?, ¿por qué?

Esta alarma por el supuesto decrecimiento de la lectura yo nunca lo compartí. Desde sus inicios, hacia fines de los 70. Desde aquél tiempo es que se machaca con que "cada vez se lee menos", que "los niños son cada vez más analfabetos", y se toma la tarea de "promover la lectura" como una sagrada misión.

Yo creo que siempre, desde la aparición del libro, la gente común leyó poco. O leyó obras de escasa trascendencia, como los millones de folletines que se difundían en Francia hacia finales del siglo XIX. Hay que tener en cuenta que en ese entonces los libros -explotados por los capitalistas como una industria editorial-, ocupaban en la existencia de las personas el sitio que hoy está llenando el televisor.

No me parece tampoco una "sagrada misión" meterle medio a la fuerza a la gente la "obligación moral" de leer, son pena de ser estigmatizado de otro modo como un oscurantista regresivo. Esto en parte porque veo que muchos de quienes se ocupan de estas campañas de promoción hacen su negocio de ello, obteniendo buenos salarios, viáticos y otros beneficios que estarían ausentes de sus vidas sin dicho "apostolado". Y también, por cierto, la que más se benefician, que son las gigantescas empresas editoriales que necesitan imperiosamente, no tanto que lean, sino que compren sus productos -es decir, los libros.   

Es que la lectura siempre tiene algo de trabajo, de tarea, nunca es un "placer" completo. Al leer un libro, después de cien o doscientas páginas te arden los ojos, el cuerpo se te acalambra, si lees muchos libros llega un momento en que comienza a molestarte la columna.

Sucede que, como escuchar música clásica, o desentrañar la física cuántica, leer es una de las actividades que mayores beneficios trae a los seres humanos. Leer es la mejor actividad para ejercitar el pensamiento, y se aprende a pensar sistemáticamente, precisamente, leyendo. Entonces, así como para todo ser humano la gimnasia debería ser algo imprescindible, también leer lo debería, pues como digo el pensar es como mover los músculos. Si no los ejercitas -a los músculos- o se atrofian o se deforman.

Pero bueno. Así como hay tantos obesos en Santiago, porque no tienen la voluntad suficiente para comer solamente lo necesario y mantener una dieta sana, así también hay personas que tienen la mente deforme porque no son capaces de leer más allá de alguna que otra noticia social en el diario. Y por eso los rectores de sus pensamientos son personajes tan tristes como Maradona, Tinelli o Mirtha Legrand.   

Sin embargo, aquellos que ejercitan sistemáticamente su pensamiento a través de la lectura, lo seguirán haciendo, desaparezcan o no los libros, los diarios y cualquier otra página impresa. Seguirán leyendo en las computadoras, en holografías, o comoquiera que se presenten los textos mediante el desarrollo de nuevas tecnologías.

El papiro, o los rollos de corteza, que atesoraban los conocimientos, por ejemplo en la Biblioteca de Alejandría, y eran tan importantes para el mundo antiguo, desaparecieron, y no por eso las siguientes generaciones quedaron sin lectores.

¿Qué le diría a quien se inicia como escritor?

Es una linda profesión. Sólo que tienes que trabajar el doble. Tienes que trabajar -si quieres dejar escrito algo de verdadera importancia- en construir primero tus conocimientos, luego tu vida interior, por fin tu lenguaje, para escribir tus libros. Y tienes que trabajar en cualquier cosa, a veces hasta barriendo calles, si no queda otra, para obtener algún recurso económico (si quieres tener familia). Pues aunque la humanidad se ha beneficiado y ha obtenido sus avances espirituales casi exclusivamente por causa de los conceptos que han transmitido los escritores, nadie le paga a alguien para que sea solamente escritor.