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07/05/20

Mi implicación en el copamiento del cuartel de Villa María

Durante toda la noche y la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1974, un fuerte contingente guerrillero del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), dominó completamente la Fábrica Militar de Villa María. El copamiento no fue simple y los tiroteos se prolongaron hasta bien entrada la mañana del día siguiente.
Esa misma tarde del 10 de agosto, el ERP iba a intentar un poderoso ataque al Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada, en Catamarca. La acción fracasó por haber delatado a los guerrilleros un campesino, a quien el "Colorado" Irurzun, uno de sus comandantes, dejara ir considerándolo inofensivo. Pero igualmente se produjeron allí gravísimos enfrentamientos armados, con saldo de numerosos muertos y heridos.recorte.png
Por mi parte, esa noche había ido a esperar a mi novia a la Terminal, adonde ella llegó como a las 21.00, proveniente de San Francisco, su ciudad (en la frontera entre Córdoba y Santa Fe). La invité a comer algo, en un pequeño bar, de junto a la placita. Así que a la hora en que comenzaba el ataque a la Fábrica Militar de Villa María (21:30), estábamos allí, comiendo costeletas con puré, y de postre, budín de pan con dulce de leche, según vagamente recuerdo. No teníamos ninguna información sobre los sucesos que estaban ocurriendo en simultáneo.
Ambos vivíamos muy preocupados, en esos días. El cuñado de Gloria -un médico-, casi un mes antes había logrado escapar milagrosamente de un allanamiento. Con su esposa e hijita, vivían desde entonces escondidos, en diferentes lugares. Mi novia Gloria, tenía encuentros secretos con su hermana, pero no sabía prácticamente nada sobre José Luis, sólo genéricos "está bien, con los compañeros".
No sólo era esto, sin embargo. El "Comando Libertadores de América", rama cordobesa de la Triple A, acosaba criminalmente a los militantes revolucionarios. Casi todos los días los diarios informaban de uno, dos o varios jóvenes, hombres y mujeres, acribillados a balazos, a veces con signos de torturas. Casi siempre eran "militantes de superficie": es decir, personas relacionadas a veces con la guerrilla, pero no combatientes, sino miembros de organizaciones legales. Como abogados, periodistas, dirigentes sindicales o vecinales, etcétera.
Con 23 años de edad, yo era por entonces redactor de dos revistas cordobesas, quincenales: Posición y Patria Nueva. Había sido miembro de la corresponsalía del diario El Mundo, hasta su cierre. E integraba el Equipo de Prensa del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). Tenía motivos para preocuparme, pues. Desarmado, expuesto públicamente a cada momento, constituía una presa fácil.
En parte por eso es que había solicitado, a través de las vías jerárquicas, que me enviaran a combatir a Tucumán, en la Compañía de Monte del ERP. La respuesta había sido "No. Sos importante donde estás".
2020-05-07 19_06_20-.jpgEn efecto, no sólo me ocupaba de redactar artículos o noticias, sino también, por mis conocimientos de arte, del diseño y diagramación de las publicaciones. Además, teníamos por entonces una importante imprenta pública, donde recaía sobre mis espaldas una buena parte del trabajo editorial. Y más: en numerosas oportunidades, había tenido que viajar a Oncativo, donde teníamos un taller, llevando resmas de papel en la camioneta, para ocuparme luego de la corrección de originales de plomo fundido, recién tipeados en la linotipo.
Mi novia, en tanto, con 20 años, era estudiante de medicina. Hacía materias de 3º y 4º año. Integraba también un frente legal del FAS, haciendo trabajo en una villa muy humilde -El Libertador-, donde atendían un dispensario gratuito junto a vecinos, enfermeros y médicos.
Bien. Esa noche, pues, ambos un poco abatidos, por las tareas y las muertes cotidianas, producto de aquella guerra, nos despedimos como a las 22:30 en la puerta de su casa, a sólo tres cuadras de la Terminal.

Villa Maríarecort.jpg

Tomé desde mi adolescencia el hábito de levantarme temprano, consolidándolo después del servicio militar. Mi principal motivación existencial fue -y es-, la religión cristiana. Lo primero que hacía, entonces, era leer La Biblia, que me había propuesto explorar ordenada y sistemáticamente. Para ello, subía a la terraza, en casa de mi tía, quien me daba alojamiento. Ella -viuda de un militar- dormía.
Como a las 7 de la mañana escuché desde allí sonar el teléfono: para que mi tía no se molestara, bajé corriendo las escaleras. Era mi novia, Gloria. Angustiada, agitada, me dijo que su cuñado había muerto. Lo había escuchado por el informativo, de la radio. Me dijo que con su otro cuñado, un contador, oficial de la policía y su hermana -empleada policial, estudiante de abogacía- irían a la Jefatura de Villa María, donde habían informado por la radio que estaba el cadáver. Me pidió que la acompañase.
Fui. En el auto hicimos el trayecto -como dos horas de viaje, si mal no recuerdo-, barajando toda clase de conjeturas sobre aquél copamiento, del cual conocíamos solamente lo que iba diciendo la radio. Posteriormente, por medio de la esposa de José Luis, nos enteramos que él había integrado el contingente de Sanidad de los guerrilleros. Y que escapando, ya luego de que todo hubiese terminado, el médico, al divisar a la distancia un control policial, entró bruscamente a una ruta desconocida, hacia el costado. Aquello fue fatal: la ruta estaba en construcción; por la altísima velocidad no pudo evitar una zanja con hierros salientes, el auto comenzó a dar vueltas en el aire. José Luis murió, y su acompañante, Manuel Alberto González "Joaquín", uno de los jefes del operativo, sobrevivió y sería capturado inmediatamente por la policía.
Al llegar a la Jefatura policial de Villa María, nos atendieron con fría profesionalidad; pero luego de 10 minutos, en vez de siquiera permitirnos ver el cadáver, como esperábamos, nos detuvieron.
Desde allí nos trasladaron en un camión celular a la División Investigaciones, de Córdoba. En esa dependencia nos separaron, llevándome a un patio, donde me pusieron contra una pared, con las manos esposadas detrás. A unos diez metros de mí, había un hombre, rubio, como de cuarenta años, con quien me prohibieron hablar. Allí permanecimos los dos, parados contra la pared, toda aquella larga noche y parte del día siguiente. El hombre se quejaba y decía que era inocente: al parecer lo habían detenido por un robo común.
Como a las seis de la tarde del día siguiente, sin haber comido nada, me tomaron una declaración, en la cual conté más o menos lo que dije arriba (sin mencionar, por supuesto, que también era miembro del PRT-ERP). El policía, benévolo, consideró oportuno aconsejarme: "Vos pareces un buen chico", me dijo: "alejate de esa familia... ¡son todos guerrilleros! Y volvete a Santiago, aquí la mano se va a poner muy dura..." (1)
Mi novia, su madre, hermana y cuñado, luego de declarar en la Jefatura, habían sido liberados aquella misma noche, antes que yo. Inmediatamente viajaron a San Francisco, para el entierro de José Luis, cuyo cadáver había retirado ya su familia. Viajé también, para participar de un multitudinario entierro, pues su familia, de prósperos comerciantes, era muy popular en esa ciudad.

La lista

Desatendiendo los consejos del policía, continué mi noviazgo con Gloria. De hecho, yo había aceptado integrarme al área Prensa y Propaganda del PRT-ERP antes de conocernos. Y la militancia de ella había sido algo que iba a unirnos más, además de la atracción mutua que sustentábamos. En los primeros días de noviembre de 1974, nos casamos. El sacerdote, un santafesino, era simpatizante de Montoneros. Fue el único sacerdote católico que conocí en mi vida subsistiendo económicamente de su propio trabajo. Había rechazado el salario estatal y trabajaba, como tornero mecánico, en una fábrica metalúrgica, de 8 a 12 y de 14 a 18. A las 20, todos los días, celebraba misa. Su parroquia -Nuestra Señora del Perpetuo Socorro- era relativamente pequeña y bonita, algo alejada del centro. El coro, compuesto por jóvenes de la JP, preparó para nosotros (pues se lo habíamos pedido), "La Biblia", de Vox Dei. Con esa música nos casamos, jurando ante Dios acompañarnos mutuamente "en las buenas y las malas". Cosa que, como se verá, logramos cumplir.

iglesia.jpg                               Casamiento de Julio y Gloria

No teníamos dinero ni demasiado tiempo para "lunas de miel". Entonces pasamos nuestra primera noche en un regular hotel en Córdoba, y de allí decidimos radicarnos en Santiago del Estero. Los meses anteriores habían sido cruentos y deprimentes, los sectores revolucionarios estaban siendo masacrados por fuerzas policiales, militares y numerosas bandas de asesinos operando en conjunto.
En Santiago, mi padre era un alto funcionario en el área Educacional y mi tío, su hermano, diputado justicialista. Nuestro plan era conseguir un trabajo para mí y que Gloria terminara sus estudios viajando a Córdoba periódicamente. O en último caso, que los abandonara, hasta que mejorase la situación.
Pero una mañana, a las 6 aproximadamente, mi padre, que leía el diario a esa hora, vino a despertarnos. En primera plana de El Liberal, había salido una lista de "guerrilleros buscados por el copamiento del cuartel militar de Villa María". Y figuraba mi nombre completo.
Debimos ocultarnos, pues, y luego de un par de semanas, decidimos salir de la provincia. Mi padre había comprado los diarios de Córdoba, Tucumán y Buenos Aires... ¡y en todos ellos se había publicado la maldita lista!
Regresamos a San Francisco.

San Francisco

Desde mediados de julio habíamos perdido prácticamente contacto orgánico con el PRT-ERP. En aquella circunstancia, por segunda vez, se me había ordenado "proletarizarme". Como no había logrado hacerlo la primera -en abril-,  se iban a suspender mis actividades en la imprenta y la prensa partidaria, hasta que yo lograse ingresar, como obrero, en alguna fábrica. Al suspendérseme las tareas, se suspendió también la pequeña remuneración que recibía. Así que esta vez ingresamos, con mi novia, en un túnel de dificultades económicas, que no iba a resolverse hasta algo después de nuestro casamiento.
Las razones de aquella "proletarización" obligatoria, era mi "soberbia pequeñoburguesa". Esta "desviación", detectada por la cúpula del PRT, me había llevado a cuestionar con frecuencia ciertas políticas, en particular ciertas acciones guerrilleras. (2)
Entonces, manteníamos una relación irregular, a través de las hermanas de Gloria, y algunos compañeros de base que nos conocían e improvisaban con nosotros tareas eventuales, como reuniones barriales o volanteadas.
Al salir de Santiago, creyendo que era peor llevar mis documentos que dejarlos, hice esto último. Si mi nombre había sido publicado en todos los diarios del país, acusándome de copar un cuartel, tal vez podría intentar ganar tiempo como indocumentado si llegaba a toparme con alguna patrulla.
Pocos días después de llegar a San Francisco, conseguí que La Voz de San Justo me comprara de vez en cuando algún artículo. Pero no era bastante -además de riesgoso-: había prometido a mi esposa apoyarla para que termine sus estudios. Debía conseguir un trabajo regular.
La solución surgió de un militante que trabajaba por su cuenta, con una cuadrilla de albañiles. Me ofreció integrarla y acepté. Jamás había tomado en mis manos una pala, o siquiera una cuchara, pero aprendí. Y estuve haciendo eso durante unos cinco meses. Luego conseguí un puesto de Encargado de Personal en una importante fábrica metalúrgica.
En el ínterin, habíamos retomado los contactos con el Partido. Para mi sorpresa, y debido a la muerte en un enfrentamiento armado de un compañero, de 21 años, responsable de la Zona a que pertenecía San Francisco... me designaron a mí.
Cuando tomé contacto con todos los militantes de la zona (que integraban también las pequeñas ciudades vecinas de Brinkmann y Porteña), decidí que en nuestra zona no se efectuarían acciones armadas. (3) Por qué razón. Había notado que San Francisco por entonces constituía una próspera isla fabril, donde los obreros descendían de inmigrantes piamonteses que apenas 60 o 70 años atrás, habían venido juntos con quienes hoy eran sus patrones. No había allí "odio de clases": las familias de obreros y patrones departían innumerables situaciones, incluso casándose a veces sus hijos entre ellos.
Bien. Así permaneció nuestra área hasta mi detención. (4)

La cárcel

Los pocos días de enero, febrero y marzo de 1976 que pasé en la cárcel de Córdoba, fueron relativamente benévolos. Ello porque los presos políticos estábamos comprendidos por un régimen similar al de los comunes, es decir: visitas semanales de las familias, también visita "privada" (con nuestras esposas, una vez por semana), recibir paquetes, libros, salidas al patio dos veces por día, pabellón de celdas abiertas, etcétera. Las organizaciones -ERP y Montoneros- habían convertido eso en una verdadera escuela de cuadros. Y las celdas eran inmensas bibliotecas, donde se estudiaba y generaban documentos partidarios o completos informes de situación, en base al análisis de los diarios. El golpe militar terminó con todo eso. No sólo nos quitaron absolutamente nuestras posesiones, sino rompieron a culatazos los vidrios de las ventanas, para que nos muriésemos de frío allí dentro, si era posible. Etcétera. No contaré aquí los padecimientos de aquél periodo, pues precisaría un libro. (5)
Pero como no habían podido cortar nuestros contactos secretos con presos comunes -y a través de ellos con el exterior-, pronto la presión de los organismos Internacionales de Derechos Humanos, que recibían nuestros informes puntualmente, los obligaron a "blanquearnos" nuevamente.
Así, hacia diciembre de 1976, la mayoría de los presos políticos del país -unos 7.000- habíamos sido trasladados a cárceles de máxima seguridad, pero "legales": las mujeres a Villa Devoto, los hombres a Sierra Chica, La Plata y Rawson.
En Sierra Chica, recibí pues la notificación de dos causas judiciales contra mí. Una era previsible, "Asociación Ilícita, Violación del Art. (no recuerdo qué número) y portación ilegal de armas (por el revolver calibre 32 que habían secuestrado en nuestra casa luego de detenerme). La otra, pese a que la esperaba, me sorprendió: "Participación en el Copamiento del Cuartel Militar de Villa María".
Ambas se sustanciaban en el juzgado federal de Eudoro Vázquez Cuestas, un petimetre de 34 años, designado a dedo por los militares en Villa María. Y mi "defensor" era un personaje estrafalario, cuyo nombre no recuerdo, pero sí que me mareó con su aliento alcohol y tabaco, durante su primer simulacro en la cárcel de Sierra Chica.
Para "ablandarme", me habían puesto 10 días en el calabozo, sin poder bañarme ni siquiera dormir bien. Así que a la primera de las dos únicas indagatorias judiciales con Vázquez Cuestas y su séquito, debí concurrir barbudo, sucio, asustado ante la luz del día después de haber transcurrido todos los anteriores en un tubo de cemento oscuro y casi sin ventilación. Ante mí tenía unos tipos trajeados, perfumados, que me miraban, pese a ello, con cierto singular interés. El "abogado defensor" (Rius, ahora recordé su apellido), me llevó unos metros aparte, para recomendarme que "por mi bien" confesara todo lo que sabía. Por cierto, no me hice cargo de nada delictuoso, pese a que el secretario del juez leyó otras declaraciones que me incriminaban. Solamente acepté haber tenido una militancia revolucionaria, y lo que era muy fácil de averiguar, esto es, el haber escrito y diagramado medios de prensa socialistas y populares.
Sin embargo, no entendía la razón por la cual me incriminaban en el copamiento de Villa María. Suponía que, luego de que presionados por la ultraderecha designaran jefe de policía de Córdoba al temible represor y miembro de la Triple A, comisario de la Federal Héctor García Rey, se habían visto obligados a generar una "lista", en la que me incluyeron. Mucho tiempo después, descubriría que no era así.

La "reconstrucción"

Repentinamente, a fines de 1979, a unos cuarenta presos políticos extraídos de diferentes cárceles, nos trasladaron nuevamente a Córdoba. En cuclillas, con los ojos vendados, las manos esposadas atrás, atados con largas cadenas al piso del avión y la prohibición absoluta de movernos... eran algunas de las "comodidades turísticas" durante aquellos traslados.
Al llegar a Córdoba, nos encerraron en celdas individuales, que sólo tenían un pequeño recuadro en la puerta de chapa y madera, para recibir la comida. Igualmente nos comunicábamos, con golpeteos morse y pequeños papelitos que los presos comunes que repartían la comida, nos proveían. Pero nadie sabía la razón de aquél traslado (era frecuente que los dictadores militares eligiesen un grupo de prisioneros para asesinarlos, o sólo castigarlos con cárcel más dura, en represalia por alguna acción de la guerrilla afuera; suponíamos algo de eso). Pero pronto empezamos a darnos cuenta: todos quienes allí estábamos teníamos algo en común. La causa Villa María.
De alguna manera que consideré milagrosa, mi padre logró averiguar dónde estaba. Y aún más: conseguir que un sacerdote pudiera entrar a verme. Una noche, por la ventanilla, me pudo hablar durante diez minutos, pues no accedían a abrirme la puerta. En voz alta, para que todos escucharan, conversamos. Me dijo que mi padre me mandaba ánimo, me recomendó que rezara y un dato muy relevante: el juez Vázquez Cuestas planeaba una reconstrucción del copamiento al cuartel de Villa María... con nosotros como protagonistas.
Antes de que se fuera el sacerdote, en una rápida conversación de ventana a ventana, decidimos lo que íbamos a hacer. Una huelga de hambre hasta morir si era necesario. Pero no nos prestaríamos al simulacro. Con Luciano Benjamín Menéndez al frente del III Cuerpo, era seguro que iban a ponernos fusiles descargados en las manos... y luego acribillarnos. Los medios de todo el país iban a titular después, como ya estaban acostumbrados: "Subversivos muertos luego de intentar fugarse".
Le pedimos al padre (lamentablemente no recuerdo su nombre, sólo que era de origen italiano y tenía unos 50 años) que avisara a mi papá y a todos los que pudiera sobre nuestra decisión.
Al día siguiente comenzamos a negarnos a recibir comida. También el segundo día. Pero no alcanzamos a llegar al cuarto día sin comer cuando, para nuestro asombro, fuimos trasladados al piso superior, donde había 8 presos políticos, con quienes ahora podíamos comunicarnos...
¿Qué había pasado? Había caído Menéndez. Tras un intento de otro golpe militar, para endurecer aún más -si cabía- la dictadura, había sido finalmente relevado por Videla.
Esto modificó nuestra situación, y la "reconstrucción" finalmente nunca se hizo.

Por qué "Villa María"

Sólo 34 o 35 años después de todo aquello, debido a un documento al que tuve acceso por mi profesión de periodista, pude entender la razón por la cual había sido incriminado en aquella causa, que me perseguía, es verdad, como un mal karma, desde el momento mismo de su concreción.
El documento -un resumen judicial, titulado "Informe ataque FMPE Villa María" (6), explica la razón por la que se me incriminó. En una de sus páginas, dice que uno de los "integrantes del Estado Mayor del ERP, cercano a Santucho, y luego colaborador de la División Inteligencia de la Policía de la Provincia de Córdoba", declara extensamente sobre su participación en el copamiento del cuartel de Villa María (donde dice haber iniciado el ataque) y provee una larga lista de nombres... donde figuro yo. ¿Y quién es este "jefe del ERP", quebrado? Carlos Moore. Apodado "Charlie".

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Luego de algunos datos sobre mi actividad periodística, "A Carrera", dice el documento, "lo reconoce Charlie Moore. La mujer de Carrera no habría estado en el copamiento, pero sí la cuñada, casada con el Dr. Boscarol" (sic).
Pero ¿quién es y de dónde me conocía este Charlie Moore? Yo recuerdo su nombre, y entre sombras su figura, pues mis ojos estaban vendados durante los once días en que me tuvieron torturándome en la División Información de la Policía de Córdoba, antes de enviarme a la cárcel. Estaba allí junto con un tal López, a quien llamaban "Kent". Ellos interrogaban a los prisioneros, "con conocimiento de causa", pero a mí no me interrogó Moore, sino "Kent".
Recuerdo que conversaban, al lado de la celda donde me echaban por las noches, y el tal "Charlie" me parecía lisa y llanamente un chiflado. Hablaba de ir a "trabajar en Nigeria, como mercenarios", pues al parecer les habían prometido liberarlos "por los servicios prestados". Al ingresar a la cárcel, y narrar estas vivencias a los compañeros, ellos completaron mi información diciéndome que "Charlie Moore venía de un grupo de derecha, emergente de Tacuara, MP17 de Octubre, y se había pasado al ERP", y que López (Kent) efectivamente había sido miembro del Estado Mayor del ERP, pero se había pasado el enemigo junto con su esposa. Ambos "colaboraban" en los interrogatorios, ocupándose de las mujeres la esposa de Kent.
De tal manera, pues, vine a enterarme, tantos años después, el por qué de mi inaudita incriminación en un copamiento en el que no participé. Y por causa del cual estuve a punto de perder la vida, en ocasión del simulacro de "reconstrucción" organizado por Menéndez.
¿Por qué me incluyó Moore en esa lista? ¿De dónde me conocía? ¿O eligió mi nombre, entre varios que le mostraron, al azar? Creo que nunca lo sabré. Y la verdad, es que ya tampoco me interesa. Sólo quería dejar consignados, en honor a la verdad, los sucesos, tal como realmente sucedieron. (7)


(1) Aquella misma noche allanaron la casa de mi tía, en Alta Córdoba. Dora Manzanelli de Salguero, por entonces de unos 57 años, mantuvo la calma. Los numerosos policías revisaron toda la casa -que era bastante grande- incluyendo la espaciosa habitación, patio de por medio, que mi tía me prestaba. Sólo encontraron unos 200 libros, en esa habitación, pero ni siquiera los tocaron: buscaban armas. Pese a ello, mi tía quedó tan asustada, que en el acto hizo sacar todos los libros, trasladándolos a la casa de un compañero de facultad de uno de sus hijos, en otro barrio. Al regresar, consideré que por respeto a ella debía irme de allí. Así es que busqué los libros, se los entregué para guardarlos a un compañero santiagueño, de apellido Escobar, que se había ofrecido para ello. Y me fui a vivir a una pieza alquilada, en cierta pensión para estudiantes que había cerca del Parque Sarmiento. Algunos años después, iba a enterarme de que ese buen amigo, Escobar, había muerto al resistir un allanamiento policial. Y mis libros, al parecer fueron vendidos por la policía, pues una compañera de mi esposa le contó, en la cárcel, haber comprado varios de ellos, con mi nombre escrito a birome, en alguna de las librerías de usados en Córdoba.
(2) Lo singular era que Francisco René Santucho, fundador del FRIP (origen remoto del PRT), compartía conmigo estas críticas. Él me visitaba en secreto, por haber sido amigo de mi padre y el aprecio personal que me profesaba. Residía en Tucumán, pero como integraba el Comité Central del PRT, venía a Córdoba con cierta frecuencia. Sin embargo, representaba una corriente minoritaria -o tal vez solitaria-, por lo cual había sido desplazado a tareas que se consideraban de segundo orden, esto es, la edición de la bibliografía legal del partido. En tal condición, me había encargado la redacción de una pequeña pieza histórica "El fusilamiento del Cabo Paz". Fue la última tarea que realicé para Prensa del PRT, y se editó como librito en la imprenta de Córdoba capital, con el sello de "Nuestra América".
(3) Se debatió largamente la posibilidad de copar los camiones de Sancor, que atravesaban la ruta que une Santa Fe con varios pueblos de Córdoba. Pero fue desechada, por dos razones: una, la aversión que podía provocar en ese pueblo pacífico la sola exhibición de armas. Peor aún si el camionero se resistía y resultaba herido. Segundo, por entonces no había pobres en San Francisco, como para repartirles la leche obtenida por esos medios.
Dos acciones "militares" se efectuaron, durante mi gestión como responsable general. Una fue ingresar a la finca de un teniente coronel, jefe de la Fábrica Militar de San Francisco. Un compañero averiguó que el hombre guardaba allí algunas armas, en un galponcito. Su único guardián era un gigantesco dogo negro. Fuimos cuatro compañeros, de quienes solamente iba armado yo, con un revolver Colt, 32 largo. Al perro le dimos 2 grandes lonjas de carne y no nos molestó. Con un gran alicate cortamos las cadenas en la puerta del depósito, y recuperamos allí dos fusiles Mauser, una carabina Mauser, varias cajas con balas y una pistola Ballester Molina, calibre 45. Las trasladamos a otra finca, de un compañero, y solíamos usarlas en ese lugar para hacer prácticas de tiro.
La segunda "acción" surgió a raíz de que Pedro Luis Prato, un médico, co propietario del principal sanatorio de San Francisco y militante del PRT, fue amenazado "por las tres A". Había recibido un llamado telefónico una tarde, anunciándole que "esa noche lo iban a hacer boleta". Me avisó por teléfono, y le indiqué evacuar a toda su familia. El envió a su esposa y sus hijos a Córdoba; entonces, llevando la carabina mauser, la pistola y el revolver, fui aquella noche para acompañarlo en su casa. Era una construcción sólida y grande, en pleno centro de San Francisco. Ocupé una habitación en la planta alta, desde la cual se dominaba la calle. A Prato le indiqué dormir en otra que daba al patio. Le entregué el revólver y le dije: si ocurre algo, te vas inmediatamente por la ventana, y avisas al diario, a la radio y a la policía. Pero no ocurrió nada. Bastante tiempo más tarde, como un año después que a mí, a Prato lo detuvieron, también. En la cárcel, nos reíamos recordando aquella anécdota.
(4) El comisario Tissera, subjefe de Informaciones, me insinuó el último día de mi permanencia en ese destacamento de torturas, que alguien les había dicho "todo sobre mí" . Su propósito era demostrar que no me habían creído nada de lo que yo dijera -esto es, que sólo "trabajaba" llevando y trayendo paquetes para el ERP, a cambio de dinero-. Agregó que "ellos sabían que yo era el responsable" del PRT-ERP allí. No me habían torturado hasta matarme, sólo porque el interventor de la provincia, recientemente, había salido en la TV, diarios y radios "prohibiendo las torturas policiales" en Córdoba. Esto debido a la muerte, en esa misma dependencia y pocos días atrás, del militante de la JP Osvaldo Ciriani*, quien era a su vez hijo de un influyente funcionario justicialista (al momento de mi detención, en enero de 1976, aún gobernaba nuestro país el Justicialismo).
(5) Los de la "democracia" tampoco habían sido "tiempos apacibles", sin embargo. Nuestra primera -y única- comparecencia ante un juez, antes del golpe, se vio interrumpida por un intenso tiroteo. Nos habían trasladado con una custodia numerosa, hasta el Palacio de Justicia. Junto con nosotros, iba Horacio Mendizábal, dirigente montonero, a quien asimismo iban a tomar declaración. El abogado de Mendizábal le había llevado una pistola. Con esta, Mendizábal inmovilizó al magistrado y salió por la ventana. Un grupo de apoyo montonero lanzaba ráfagas, en tanto, para cubrir la huída. Nos ordenaron, a mí y a mi esposa, tirarnos bajo de las mesas. Los policías estaban mucho más asustados que nosotros. La jornada terminó con Mendizábal libre, y la orden superior de que a partir de entonces, los jueces deberían ir al penal para tomarnos declaración.
(6) Hacia el año 2006, el Sr. Arturo Larrabure, envió por e-mail a la agencia @DIN, una serie de documentos presentados ante la Justicia para reabrir la investigación sobre la muerte de su padre, el Tte. Coronel Argentino del Valle Larrabure. Entre ellos venía una copia de las declaraciones de Charlie Moore, ex guerrillero que colaboró varios años en la represión ilegal de policía y Ejército. En ellas, este individuo nos menciona a mí y a Alicia Wieland, compañera periodista en medios de Córdoba, como participantes del grupo que tomó el batallón. Hasta el día de hoy no tengo la menor idea de la razón por la cual fui incluido por este personaje en dicha lista.

En el Libro "La busqueda", una larga entrevista efectuada por el comisario Miguel Robles (34 años después), Charlie Moore afirma que su criterio "era salvar a los compañeros, introduciéndolos en la causa Villa María". Porque los militares planeaban montar un gran show con aquella causa. Y condenarnos a todos, pero por cierto utilizarlo, también, como una muestra de que respetaban los mecanismos judiciales de la Constitución. Entonces, cuando él sabía que a alguien lo iban a ejecutar... les decía a los jefes del D2 que ese era uno de los que habían participado en Villa María. De esa manera -según él-, lograba que los trasladaran a la cárcel y los pusieran a disposición del juez.


(7) Finalmente fui sobreseído y eximido de culpa y cargos, creo que hacia 1982, a través de un proceso al cual jamás pude acceder, debido a que en esos tiempos las acciones judiciales eran para nosotros más misteriosas y ocultas que las de la Inquisición medieval.

* Su abogado defensor, Miguel Hugo Vaca Narvaja Yofre, con quien compartí el pabellón en la cárcel, había sido detenido por haber difundido a través de la prensa fotografías del cadáver de su cliente bárbaramente torturado, a fines de 1975. En los primeros meses después del golpe militar, fue sacado de la cárcel por un comando militar, y fusilado junto a los militantes Higinio Aroldo Toranzo (PRT) y Gustavo Adolfo De Breuil (Montoneros). Al hermano de De Breuil, llevado también por los militares al campo de fusilamiento le dijeron: "A vos te llevamos de vuelta, y les dices a los otros que si la guerrilla sigue jodiendo, a todos les va a pasar esto".

 

Documentación judicial

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