31/03/07

Los Zombies

Si usted ha comenzado por aquí, le sugerimos leer también A hard day´s night, para tener más detalles del panorama donde se desarrolla la narración.



Los Zombies fueron el resultado feliz de una experiencia de tres años y medio sobre los escenarios, periodo tan intenso que debiera ser computado quizá como diez. Era el tiempo de nuestra adolescencia además, y sus avatares tan fervorosos, como los numerosos enamoramientos aunque más no fuesen platónicos, envolvían cada una de nuestras por entonces agitadas actividades de músicos requeridos y respetados por público y empresarios. De algún modo comprendía yo que cada una de las sensaciones del alma, tanto sea al conocer una muchacha marplatense junto a la orilla del Canal San Martín en Huaico Hondo, como aquellas lánguidas montañas azules percibidas por entre la llovizna durante la breve y extensa experiencia tucumana, iban a enriquecer haciendo más medulosa la música que luego entregaría a la gente desde el escenario.
Los Zombies fueron resultado de Los Juveniles, Los Grinberg, el Equipo C, los Mods,  los Stockers y alguno que otro grupo donde toqué circunstancialmente aquellos tres años y medio mencionados, varios en compañía de Hugo Mansilla, Carlos Sánchez, Cacho Rigourd, Daniel Nassif, Kililo Alfano y Alejandro Bruhn Gauna, con quienes iríamos a conformar el team ganador, destinado a acaparar la preferencia de las clases más altas de la juventud santiagueña desde 1968 hasta 1972 más o menos, aún después que yo me fuera en 1970. Luego de aquella fecha se incorporaría Body Torresi, de quien no hablaré pues corresponde al periodo en que yo ya no estaba, pero es necesario reconocer.
Con Hugo Mansilla no habíamos sido los primeros en organizar un grupo que abordara temas de los Beatles y en inglés. Nos habían precedido Los Duendes, grupo conformado con fines estudiantiles primero, cuyo ámbito original fuese el Colegio Nacional, para expandirse luego a cumpleaños en casas de familia y terminar convirtiéndose en famoso en todo Santiago sin haber intentado siquiera auto promocionarse. En 1965 cuatro estudiantes secundarios de unos dieciséis años cada uno, Kililo Alfano, Cacho Rigourd, Alejandro Bruhn Gauna y Pancho Vinotti, comenzaron en Santiago la aventura de imitar a los Beatles.
De ellos el alma era sin duda Kililo Alfano. De cabellos finos y rubios que pese a no llevar muy largos caían ingobernables sobre la ancha frente, y extraordinariamente sensibles ojos azules, que parecían estar siempre al borde de las lágrimas, Kililo, además profesor de inglés, poseía el singular don de cantar con el mismo timbre y entonación que John Lennon.
medium_statusquo.jpgNinguno de nosotros queríamos ser músicos de bailes toda la vida, pero había algunos padres que lo veían además como una amenaza para los estudios de sus hijos. Por esa razón Los Duendes se desarmaron antes de alcanzar los escenarios comerciales. Y entonces fue que Hugo pergeñó la idea de organizar un grupo que los continuara.
Al disolverse Los Duendes Hugo buscó a aquellos dispuestos a emprender la actividad musical como un trabajo, para proponerles un régimen de tareas exigente, disciplinado, pero que nos rendiría muy pronto ganancias económicas notables.
Creo que Hugo perseguía en segundo plano librarse de la presión familiar por haber abandonado sus estudios, generando una actividad económica respetable, dentro de nuestra vocación, otra de las cosas que por entonces lo hacían tan semejante a mí. Ello sustentaría el hecho de que durante aquel periodo él y yo fuesemos siempre los motores del grupo, los más interesados en que todo saliera a la perfección.

Trevi

Aquella víspera de Navidad de 1966 todo salió bien en Trevi, entonces, y yo me fui tranquilo a bailar esa noche en el Lawn Tennis seguro de que tendría trabajo nuevamente y comenzaría el año muy próximo con renovadas reponsabilidades.
Es que desde mi regreso en septiembre de Tucumán, de donde el único beneficio objetivo conseguido en seis largos meses era una damajuana de vino "patero" traído como regalo no desinteresado para mi papá, tampoco había logrado reinsertarme en algún grupo, vagaba, para la visión de mis mayores, sin rumbo claro. Aunque muy bien ocupaba yo mi vida leyendo historias de músicos, historietas o dibujando, saliendo con amigos para intercambiar no pocas conversaciones profundas, sensibles, que nos dejaban enriquecidos con la experiencia compartida, de fuera se percibía seguramente sólo a un adolescente algo hosco, que "jugaba" con la guitarra, se encerraba durante horas en su habitación y al anochecer salía para regresar en horas en que los demás dormían. Mi tío Agustín coincidió conmigo una de esas tardes en que salía y todo el tiempo que llevó nuestro camino hacia el centro fue ocupado por un sermón durísimo, que debí soportar con oscuro dolor, pues creía sinceramente que él estaba en lo cierto, pero también que yo no podía emprender con honestidad para mi vida otro sentido que el que le estaba dando. Así la conformación de Los Mods fue una pequeña bendición para mí: con el paraguas protector de ese trabajo remunerado pude resistir durante un año la embestida de mi padre que esta vez quería inscribirme en el colegio privado San José. Nuestras primeras presentaciones públicas "en serio" con los Mods fueron para el carnaval de 1967. Y allí comenzó una cadena de éxitos que no se detendría hasta el momento de retirarme en los 70. Hugo Mansilla había conseguido un buen contrato en la nueva Confitería Ideal, que había construido Diéguez (h), la cual en poco tiempo se había ganado la preferencia de las clases altas en Santiago. El doctor en Economía había derribado la antigua confitería Ideal, que enriqueciera a su padre -un inmigrante español- para levantar en su sitio un gigantesco hotel de ¡cinco pisos!, una enormidad para el Santiago de Entonces, y en las plantas baja y entrepisos, hasta el segundo, había iniciado un complejo que después se ampliaría, de lugares de esparcimiento para todas las edades. La modernizada Ideal de la planta baja era ocupada pues por los mayores de 30 años, mientras que la juventud se reunía en el primero y segundo entrepiso. Generalmente estos sitios altos eran copados por una generación de entre 15 y 19 años promedio, lo cual dejaba una franja importante fuera (quienes, entre los 20 y 30, no querían compartir espacio con los "pendejos", y tampoco estar entre los "viejos", tal circunstancia se resolvería más tarde, con una remodelación que convertiría esos espacios en La Jaula, uno de los primeros boliches a media luz de Santiago,  pero eso llegaría recién en los 70).

 

Los fans de los Mods

Pese a las intenciones de Hugo Mansilla, los Mods resultaron finalmente golondrinas de verano. Mario Busnelli debió trasladarse a Tucumán en marzo de 1967, por razones de familia que no recuerdo, y nos quedamos sin baterista. No es que fuese muy bueno en realidad, creo que estaba allí más que nada por ser primo de Hugo. Nos había costado una enormidad que aprendiera los temas necesarios, y otro tanto para lograr que se adaptase al escenario. Demasiado fuerte, de brazos pesados, rompía palillos a granel. Pero en Santiago los bateristas eran los integrantes más difíciles de conseguir, pues no cualquiera podía desembolsar lo que costaba un equipo completo al menos con redoblante, platillo, bombo, charleston y tam-tam que se necesitaba.
El Carnaval de 1967 en la Confitería Ideal, fue para las clases altas de Santiago también el de nuestra revelación. Por primera vez podían bailar con un grupo que ponía sobre el escenario una representación extraordinariamente eficaz de Los Beatles. Aunque Hugo Mansilla, por prudencia, ya que poseía también el don de la objetividad, había insistido que sólo una parte de nuestro repertorio fuese de los Beatles. Por esos tiempos había salido en Uruguay cierto grupo llamado Los Shakers (que en inglés significaba "cocteleras"), que habían pergeñado una imitación simplificada de los por entonces endiosados Beatles, quienes por su parte abordaban ya temas muy complejos, incluyendo instrumentos exóticos como el citar.medium_shakers.3.jpg
Hugo, además, era la primera voz: y tenía un timbre más parecido al de John Fogerty -que por esos tiempos no había tenido mucha difusión- que al de alguno de los Beatles. Por ello también intentábamos mezclar temas de Status Quo -grupo casi desconocido por entonces en la Argentina-, que permitiera ciertas licencias protectoras a nuestra falta de posibilidades aún de imitar a la perfeccion a los genios de Liverpool.
Como decía, la primera actuación de los Mods tuvo un suceso extraordinario. Sólo éramos cuatro: "Chongo" Sánchez, Hugo Mansilla, Mario Busnelli y yo.  Durante un tiempo iba a tocar la batería con nosotros también Marcelo Oller, un joven de Forres, novio por entonces de una de las hermanas de Hugo. Nuestro sonido -logrado durante extenuantes horas de ensayo- era poderoso y preciso, una imitación casi perfecta de los originales. Otro aspecto es que éramos muy jóvenes, agraciados, "blancos" (en una sociedad y sector social que aprecia mucho este factor), y pertenecientes a familias "conocidas" entre las clases altas.
Cuando arrancamos con Eight days a week, un tema que nos había costado "sangre dolor y lágrimas" para conocer hasta en su último detalle, se levantó un clamor. Jamás se había escuchado un conjunto así en Santiago.  
Pronto se formaría a nuestro alrededor un grupito de jóvenes que conformaría un "Club de Fans", dispuesto a acompañarnos y aclamarnos adonde fuéramos (no eran muchos los lugares pues en aquellos tiempos la sociedad más selecta bailaba sólo en el Lawnn Tennis, el Jockey Club, La Ideal y fiestas particulares. Aún Trevi, que había nacido con el objeto de albergarlos, era mirado con cierta reserva por las clases altas santiagueñas, particularmente las chicas, quienes fijaban lógicamente esas pautas).  De ellos recuerdo sólo algunos nombres: Carlín Díaz Yolde, Toti Lindow, Susana Taboada, Alejandro Gómez Jensen, Viviana Jozami, Teresita Lastra, Mónica Utrera... Yo no conocía los nombres de todos, pues aparte del núcleo central se movían más de cincuenta chicos y chicas alrededor del núcleo mencionado, que iban a cualquier lugar adonde nosotros tocáramos. Alejandro Bruhn Gauna, otro de nuestros fans, había formado parte en Los Duendes y pronto subiría también a los escenarios.
Al desarmarse los Mods, un músico de Balcarce (Buenos Aires) que había decidido quedarse en Santiago luego de arribar con otro grupo, nos propuso formar un conjunto "instrumental". El "Flaco" Curto -pues de él se trataba- había comprado un pequeño órgano eléctrico (novedad por entonces) y quería hacer temas populares. Como suele ocurrir tenía ya un contrato para actuar en cierto baile de gala del Lawn Tennis a mediados de marzo y teníamos poco más de una semana para ensayar. Chongo, Hugo y yo aceptamos la propuesta con gusto pues aunque no nos entusiasmaba mucho el tipo de música que el Flaco proponia -dentro de la tradición melódica y el jazz-, eso ahuyentaba el fantasma de la inactividad y carencia de recursos económicos por el momento.
Pero desde un principio nos dimos cuenta que habría problemas entre el Flaco Curto y Hugo Mansilla. El bonaerense era un músico de academia, demasiado exigente y algo cólerico, en tanto que Hugo -al igual que nosotros- venía de una formación autodidáctica. Aunque el factor central quizá fuese que Curto además de organista era bajista, amante del liderazgo y Hugo por su parte también gustaba de cierta ubicación conductora, al menos autonomía en su integración al grupo.
Lo cierto es que después de aquella actuación del Lawn Tennis, cumplida con bastante esfuerzo y contradicciones muy incómodas (arriba del escenario surgían desacuerdos entre el Flaco  y Hugo que los otros tratábamos de morigerar), el Flaco Curto decidió disolver el conjunto. Ni siquiera recuerdo su nombre, pues nos lo pusimos para esa única actuación.

Equipo C

Recibí un llamado del Flaco Curto, algunos días después, invitándome a una reunión en Trevi. Trevi además de su pista de baile -en la 24 de Septimbre, entre 9 de Julio y Urquiza-, tenía delante un rectángulo, coquetamente decorado en rojo y negro, que funcionaba como Café.
Cuando llegué, a eso de las nueve de la noche, estaba con un joven alto y buen mozo. Era Cacho Rigourd. Lito Prieto, que apoyaba económicamente a Curto, lo había convencido para que se integrara, aunque sus padres no estuvieran de acuerdo pues temían por sus estudios en el Colegio Nacional. El Flaco enseguida nos comunicó su proyecto: hacer entre los tres "el mejor conjunto instrumental de Santiago". Cacho iba a ser el baterista. Lo había sido ya con éxito de Los Duendes. El Flaco se había jugado invirtiendo todos sus ahorros en un órgano mucho más grande que el anterior, verdadero prodigio que imitaba el bajo, la trompeta y el saxo, además de otros varios efectos, con un poder de sustentación en sus manos que necesitaba sólo de una batería y mi guitarra para instalar un sonido muy potente sobre el escenario. Dentro de la oferta se incluía un poderoso equipo amplificador que Lito Prieto compraría al contado para mí y yo debería pagar en cuotas a descontar de las actuaciones, que convertiría a mi guitarra en una de las mejores de la ciudad. Acepté porque había quedado sin trabajo y cuando me preguntaron qué nombre se me ocurría pensé un poco y dije: -"Equipo C", pues somos tres, ¿no?... "A", "B" y "C"...

El más grande del grupo era el Flaco, que ya tenía sus buenos 23 años, mientras que Cacho y yo contábamos con sólo 17 cada uno. medium_getzgilberto.2.jpgCacho, buen mozo, de rasgos finos, ojos grandes y cabello castaño claro, era un joven parco y nervioso. Parecía siempre apurado y, al igual que Hugo Mansilla, estaba dotado con un inusual sentido práctico. Sea por su carácter reservado, sea por tener conciencia de lo difícil que era conseguir un baterista, el Flaco nunca se metió con él, a diferencia de a mí, disparándome de vez en cuando alguna chicana que nos llevaría a pequeñas disputas. Es que el Flaco era muy nervioso y necesitaba disputar, muy al estilo de los porteños, tierra de donde provenía. En cambio nosotros, los santiagueños, solemos ser de discutir poco y pasar rápidamente a los golpes, pero no por cualquier pequeñez.Hicimos un grupo muy ajustado en lo musical y eso nos benefició con un contrato exclusivo por el cual debíamos tocar en Trevi todas las noches hasta finalizar el año. Los días de semana debíamos hacer una sola presentación y si daba el público podíamos extendernos a dos: en cambio los sábados necesariamente teníamos que subir al escenario tres veces. Los domingos, en invierno, requerían a veces que tocásemos en horas de siesta. Esto era muy cómodo ya que permitía dejar los instrumentos armados indefinidamente sobre el escenario, donde los miércoles y viernes debíamos, además, ensayar. Hacíamos esto entre las cinco y las siete de la tarde, más o menos.De cualquier manera el grupo corrió peligro nuevamente pues Cacho Rigourd en cierto momento tuvo que dejar de tocar, por presiones familiares según creímos. Pero el Flaco tenía un as en la manga. Pidió a Cacho que tocara una semana más y en el próximo ensayo se apareció con Daniel Nassif, un baterista que ya tenía apalabrado.

Daniel también era muy joven -unos 16 años- y era extraordinariamente buen mozo. No lo conocíamos pues se había desempeñado hasta entonces en grupos que tocaban música popular en bailes de barrio, aunque muy profesionales. Sus hermanos, que lo tenían como niño mimado, lo habían provisto de una de las baterías más completas que existían en Santiago. Así que la baja de Cacho, antes de ser un problema, se convirtió en un avance gracias a la previsión del Flaco, pues adquirimos no sólo un excelente baterista, sino también unos instrumentos impresionantes, ya que además de bombo, redoblante y charleston su batería reluciente contaba con tres tam-tams, bongó y dos platillos gigantescos.

Así, el verano del 68 nos sorprendió con el Equipo C trabajando a full y considerado el mejor y más cotizado grupo instrumental de Santiago, tal como el Flaco Curto quería.Hacíamos temas de Stan Getz -que por entonces, con Astrud y Joao Gilberto, se había puesto otra vez de moda-, clásicos adaptados como el Sueño de Amor, de Lizt, y jazz, además de la adaptacion de muchos boleros tradicionales. Nuestra música se dirigía principalemente a personas de entre 30 y 50 años, de clases media y alta, que era una franja generacional disputada entre Diéguez y Lito Prieto para su oferta comercial. Durante todo el año 67, entonces, gracias a la idea del Flaco Curto Lito Prieto disfrutó de superioridad en convocatoria, y especialmente mayores ingresos en este rubro, ya que como se sabe esta franja suele disponer de mayores recursos que los adolescentes.Pero Hugo Mansilla no se había quedado quieto. Pronto -en el invierno- lanzó su nuevo grupo, los Stockers, en la Confitería Ideal. Estaba compuesto, además de él, por Alejandro Bruhn Gauna, Kililo Alfano... ¡y Cacho Rigourd! Al parecer una cuestión de lealtad había primado en los sentimientos de Cacho, pues se trataba, aparte de Hugo, de sus dos compañeros en el inicio de esta actividad, los ex Duendes Alejandro y Kililo.

De verdad hicieron un conjunto muy bueno. Alejandro imitaba a la perfección a Paul McCarthney, y con Kililo haciendo la voz de John Lennon y Hugo los temas más fuertes, como Twist and shouts, ya que poseía una voz muy potente, pudieron lanzarse de lleno hacia los temas de los Beatles.

Los Zombies

En los carnavales de 1966 yo había conocido una muchachita porteña, "Vikinga" singular, de mi misma edad, que durante mi aventura tucumana me había sorprendido con algunas cartas. (Una parte de la historia es el argumento de Carmina) En el verano de 1968 me dieron ganas de verla y como había ahorrado bastantes pesos por ganancias excepcionales a Fin de Año, decidí hacerlo. Simplemente se lo comuniqué al Flaco Curto, que se fastidió muchísimo y me prohibió hacerlo, so pena de reemplazarme si me iba. Solamente lo miré con desprecio y me fui.El resultado fue que al regresar de Buenos Aires Toti Sequeira había ingresado al Equipo C en mi lugar. Todavía seguía llamándose así, pero su número había aumentado hasta llegar a cinco integrantes. Chongo Sánchez, a quien yo había incluido por ser mi mejor amigo, seguía tocando y esto a mí me dolió. "Cómo mi hermano -así nos llamábamos- va a permitir que pongan a otro en mi lugar y no ha renunciado", pensaba, y me quedó una llaga en el corazón.La decisión de Curto era de lo más comprensible: Carnaval es el tiempo en que más se gana en Santiago, pues los conjuntos conocidos tocan durante jornadas extenuantes en horarios corridos que a veces comienzan al mediodía y terminan a la madrugada del día siguiente; pero se pagan también tres o cuatro veces más de lo normal.Curto tenía proyectado acaparar un abanico de clubes, además de Trevi y el Río Dulce Grill, que ya nos habían contratado, y no es que yo fuera a faltar durante ese periodo, sino que el Flaco quería ensayar más temas, con mayor rigor, para ofrecer un espectáculo "impresionante" en cada actuación. Y yo no regresaría más que dos o tres días antes. Entonces por ese capricho de ir a ver a una chica a Buenos Aires durante diez días, me quedé nuevamente sin trabajo.Por suerte se enfermó el guitarrista de un conjunto mediocre y pude tocar en unos bailes de La Banda, de donde regresaba cada madrugada a mirar con melancolía los últimos estertores de los bailes en La Ideal.De verdad no recuerdo ahora cómo fue que también losmedium_revolver.jpg Stockers desaparecieron, y un buen día Hugo Mansilla me volvió a hablar para construir un tercer grupo imitando a los Beatles. Por cierto la invitación me encantó pues no solamente era esa música la que yo ansiaba tocar sino también volvía a insertarme en un medio -el de las clases más altas- al que ellos pertenecían, mucho más estimulante para un joven que el de los bailes populares. En el paréntesis después de terminados los Mods, los selectos fans habían seguido a sus sucesores, los Stockers, y yo había ingresado a una nueva realidad, la de Trevi, compuesta por una clase media menos pudiente, que a pesar de resultar animada de vez en cuando por turistas de otras provincias, no se presentaba tan atractiva como la anterior. Cuando Hugo Mansilla me preguntó qué nombre podíamos ponerle al conjunto, le pedí que me dejara pensar. En casa estaba leyendo la historia de "Papá Doc" Duvalier, el terrible dictador que gobernaba Haití en base a la magia negra, y me gustó la sonoridad de un nombre que allí vi: "Zombie". Anoté dos o tres más, para elegir. Pero a Hugo le gustó el primero, y nos quedamos con ese.La formación original de Los Zombies estaba compuesta así: Kililo Alfano, primera voz y segunda guitarra; Alejandro Bruhn Gauna, segunda voz y guitarra, yo primer guitarra y ninguna voz, Cacho Rigourd batería sin voz y Hugo Mansilla, bajo y voz.  
Desde fines de 1968 hasta fines de 1969 este conjunto alcanzaría el máximo nivel en su capacidad tanto para imitar a los Beatles como en la preferencia popular. Ampliando nuestro espectro social, nos habíamos abierto a la gente de Trevi, además de tocar algunas veces en otros bailes un poquito más populares. No daba para más: los Beatles eran por entonces una música aceptada únicamente por sectores medios y altos en Santiago. Mas dentro de esa franja -constituida por centenares de jóvenes-, los Zombies reinaron indiscutidamente hasta su disolución final, según creo hacia 1972, dos años después de que yo me fuera, por razones que tal vez en otra parte contaré.  

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A hard day´s night

Escuché por primera vez a los Beatles en la radio de mi tío Mariano. Eran principios del año 1964. Sintonizaba Radio Chilena, lo recuerdo, cuando me magnetizó un tema desde sus primeros acordes. A hard day´s night...
Ese día por la tarde yo tenía que ir a casa de un joven que me había propuesto hacer un reemplazo en su conjunto. Se hacía llamar "Ruben Perkins". Su contrabajista se había enfermado y ellos debían actuar en el Parque de Grandes Espectáculos.
Caminé esa tarde las 12 cuadras más o menos que separaban mi casa de la suya con esa música en la cabeza: A hard day´s night...
Rubén Perkins conocía también a Los Beatles. Pero no le gustaban. "Esa música nunca va a tener éxito aquí", dijo. Qué música deberíamos tocar nosotros: la de Los Teenagers, Los Pick Up... conjuntos porteños que cantaban en castellano. Y por cierto, la de Leo Dan. Imitándolo, Rubén ensayaba con temas propios, pues -aunque no me lo dijo ni yo lo sabía- tenía el propósito ya de grabar un LP en Buenos Aires.
medium_beatles4.2.jpgMi primer actuación en un escenario tan importante iba a ser un poco traumática. Sucedió así:
Como yo era un chico de 14 años, los otros se veían en la obligación de "cargarme". El primero Rubén Perkins. "Vos tienes que bailar con mucha fuerza al tocar", me había asegurado. Desde el primer tema, que era un rock´n roll, me puse a moverme como un parkinsoniano. Abajo, los Demonios del Ritmo -que también eran tipos grandes- comenzaron a hacer palmas. Se reían mucho, pero al principio creía que era por estar divertidos.
Cuando se empezaron a juntar más y más changos para acompañar mis contorsiones con palmas, y se reían a carcajadas, algo no me gustó. Entonces me di vuelta para mirar a mis costados, y vi que ninguno de los miembros del grupo bailaba. Y todos -incluyendo una chica, novia de Ruben Perkins, que cantaba-, me miraban, riéndose de mí.
Entonces comprendí la cargada, y dejé de moverme.
-¡Eh, movete, lo estás haciendo bien!-, me espetó Rubén Perkins, que tenía el labio inferior avanzado y con una especie de plataforma decreciente, como los tucanes.
-No-contesté yo-, ya no.
Como todos desde muy niño había padecido bromas crueles y una que otra paliza de muchachos mayores, casi siempre en patotas. A diferencia de todos, quizá, yo no olvidaba fácilmente. Y como si la vida tuviese algún secreto mecanismo de compensación, tarde o temprano terminaba encontrándome con el desgraciado en alguna situación donde me era posible ya ejercer una superioridad otorgada por los años. Pero quizá más tarde podremos hablar de estas cosas; ahora habíamos empezado para hacerlo de los Beatles.

 

Los Grinberg

 

Hugo Mansilla fue la primer "alma gemela" que encontré en este, uno de mis más íntimos entusiasmos. No fue mucho después; creo que, más o menos, hacia fines de 1965... Por aquél tiempo mi padre era director de Técnicas Audiovisuales en la Provincia, y su secretaria general se llamaba Emalina López de Mansilla.
Como suele ocurrir en la provincia de Santiago del Estero, de tradición "hidalga", el jefe de una oficina administrativa es considerado casi como un Señor Feudal propietario de todos sus elementos, incluyendo edificios públicos que los contienen. Se comprende entonces que para mí la oficina "de mi padre" fuera una especie de continuación de la casa familiar. Iba allí todas las tardes, y lo singular (visto desde una perspectiva que no sea la santiagueña) es que era tratado como una (semi) autoridad por carácter transitivo. Con más razón si se consideraba que mi padre había fundado esa institución, con lo cual había adquirido una carácter conductor que se consideraba ya prácticamente vitalicio.
La señora Emalina era una dama impecable en su indumentaria -de carácter severo aunque gusto refinado-, sumamente educada en su expresión oral. Lloviznaba y me había puesto a hojear unos libros con grandes fotografías, aburrido, cuando nuestra conversación se introdujo quién sabe por qué vericuetos en mi "profesión": la música.
-Tengo un hijo que es músico, también... -dijo ella.
-¿Ah sí?-, me interesé rápido.
-Acaba de regresar de Córdoba... lo mandamos a estudiar en la Escuela de Mecánica de la Aeronáutica, pero no le gustó...
-¿Qué toca?
-Dice que el bajo...- contestó ella.
-¡Mire usted! ¡Precisamente nos está haciendo falta un bajo en el conjunto!- exclamé.
-Si quieres, vete a verlo... seguro que debe estar ahí, porque se pasa escuchando música todo el día...
La casa de los Mansilla era un edificio imponente para el Santiago de ese tiempo, con dos plantas y ocupando una extensión que parecía prolongarse hacia la cuadra paralela por detrás. Me atendió un chico rubio, más bien pequeño de estatura pero un tanto fornido, que me invitó a pasar.
Entrar por primera vez a la casa de Hugo Mansilla fue para mí como hacerlo en una película extranjera. Pocas veces ingresaba en esos ambientes tan limpios, ordenados, amplios, amoblados con gusto como eran aquellas habitaciones. Mas lo que me fascinó haciéndome ignorar cualquier otra consideración fue que en un living anchísimo, junto a un "combinado" impresionante, había esparcidos sobre la alfombra tres o cuatro LP de los Beatles... ¡prácticamente todos los que habían salido!...
Desde entonces hasta hoy la vida unió nuestros destinos. Y aunque por largos años ni siquiera nos vimos, y cada uno eligió caminos e incluso ideas muy diferentes, esta amistad sobrevivió a todo cambio.
Por entonces yo tocaba en un conjunto de muchachos humildes, de La Banda, que me habían ido a buscar a principios del 64 por el solo factor de que yo tenía guitarra eléctrica...
Se llamaban Los Grinberg. Cuando pregunté al baterista y líder del conjunto por qué lo habían bautizado así, me contestó con sencillez. "Porque así se llamaba el judío que nos alquilaba los equipos". Tocábamos temas de un grupo muy famoso entonces, "Los Pick Up", que tenía a Horacio Ascheri como vocalista: una hermosa voz con letras bastante profundas para lo que por entonces se escuchaba. Tuvimos la suerte de que enseguida aparecieron "Los Iracundos" con muy buenos temas y casi al mismo tiempo "Los Gatos Salvajes". Este era un grupo rosarino con mucha imaginación: su cantante, Litto Nebbia, trascendería con vuelo propio más tarde, pero todo el grupo salía de lo común. Nosotros tocábamos "La respuesta" (primer simple de ese conjunto), apenas salió.
Al momento de conocer a Hugo yo llevaba ya más de un año de actuaciones exitosas. Nuestro grupo era disciplinado, manteniendo un régimen de tres o cuatro ensayos por semana, nos actualizábamos constantemente y teníamos bastantes buenos equipos. La edad promedio, 17 años, permitía que casi todo lo que ganábamos pudiéramos reinvertirlo en el grupo. Así fue que en poco tiempo me armé de una hermosa guitarra Jakim -imitación Fender, pues en 1965 para tener una fender había que importarla de Inglaterra- y mi primer equipo propio, además de la guitarra nacarada que a los trece años me había regalado mi padre.
Hacia fines del invierno ocurrió algo trágico: nuestro segundo guitarrista, Julito, un joven rubiecito, agraciado, murió en un accidente de tránsito. Por un breve lapso lo reemplazó un muchacho a quien le decían "cancer" (por lo feo, aunque en realidad no era para tanto); pero cáncer era demasiado buen guitarrista como para soportar mucho tiempo el dejarme el primer lugar a mí que -debo reconocer- técnicamente era inferior. Así que después de unas pocasmedium_gatosalvajes.jpg actuaciones se fue.
Encima Pinocho, nuestro bajista, tenía que dejarnos en diciembre pues iba a comenzar sus estudios de medicina y para ello había que trasladarse a la provincia de Córdoba. Así que Hugo vino a aparecer como anillo al dedo. Con dos inconvenientes: el primero, que no tenía instrumento (algo de fácil solución, como se verá) y el que resultaría más problemático era que nunca había estado arriba de un escenario.
El padre de Hugo le facilitó los recursos para que este adquiriera un hermoso bajo Jakim y un equipo a crédito, así que a los tres días de habernos conocido Hugo ya estaba ensayando con Los Grinberg, en La Banda.
Así llegamos a la noche del sábado en que debíamos actuar en el Parque de Grandes Espectáculos, un lugar imponente, donde se reunían unas 1.000 personas cada semana para bailar con las mejores orquestas. Para los músicos santiagueños ser contratado por la empresa Diéguez -que regenteaba el coliseo- era un signo de haber alcanzado los primeros lugares en la preferencia popular.
Nos tocó actuar primeros -otro signo, el de que no éramos tan importantes como Los Demonios con Johnny Dellara, quienes actuarían en el horario central. Apenas subimos a armar los instrumentos Beby -el baterista- nos cuchicheó, "ché gatos, miren, ahí están los Demonios, qué hijos de puta, se han puesto justo abajo del escenario para sacarnos el cuero: tenemos que tocar bien".
Caco Monges, el cantor, decidió empezar con "El golpe", un tema que nos permitía lucirnos por sus arreglos ingeniosos: empezaba con una exclamación: "El golpe", anunciaba Cacho Monges e inmediatamente el bajo iniciaba un punteo rítmico y contagiante.
-¡El Golpe"-, exclamó Cacho Monges... y no pasó nada.
Todos nos dimos vuelta a mirar a Hugo Mansilla: estaba duro, como si hubiese visto un fantasma... ¡no atinaba a hacer nada! En esa fracción de segundo comprendí lo que debía hacer y como por reflejo bajé el botón de graves y empecé a bordonear el canto que debía haber efectuado el bajo.    
Los Demonios, que nos miraban de abajo... ¡no se dieron cuenta del cambio!... Hugo, paralizado por el terror, no había comenzado a tocar hasta que se largó toda la orquesta, pero finalmente se integró a la perfección.
Después de las cargadas, que le llovieron, le bajamos la caña a Cacho, pues no debió haber elegido un tema donde quedaba tan expuesto un joven que por primera vez subía a un escenario... ¡y tan importante!
Con los Grinberg vivimos momentos felices e interesantes, que en otro apartado contaré. Hasta que comenzando el 66 yo me fui a Tucumán y Hugo continuó pero solamente hasta el invierno de ese mismo año.
Hacia fines del 66 regresé a Santiago, y Hugo, que estaba formando un grupo para abordar temas de los Beatles, me habló. Sucedía que Pancho Vinotti, un joven que iba a iniciar sus estudios para oficial en el Liceo Militar, debía irse justamente cuando el conjunto estaba listo para comenzar a actuar... entonces yo debía llenar ese espacio.
Pancho tocó en la presentación del grupo, que fue en Trevi, para la Navidad de 1966 e inmediatamente yo lo reemplacé. Además de Pancho Vinotti en el grupo tocaba Mario Busnelli, batería, Carlos Sánchez Gramajo (h) segunda guitarra y Hugo Mansilla (el bajo). Si bien decíamos que en el grupo "no había líderes" Hugo se había constituido en su conductor natural pues era el más disciplinado y empeñoso, además de conocer algo de electrónica, lo cual lo dotaba de un aura de protector de los equipos.  

 

Los Mods

 

Una pequeña referencia: por entonces todos éramos en cierta manera conservadores, de ninguna manera queríamos asumir actitudes de ruptura con la sociedad ni mucho menos ofensivas. Por ello fue que entre otros más audaces, preferimos elegir un nombre, "Los Mods", que aludía al sector más prolijo de los nuevos pelilargos ingleses, aquel que aún cuidaba el aspecto exterior a diferencia de los Hippies, cuyos exponentes solían escandalizar a los mayores por su desaliño y aparente suciedad.
Por aquél entonces -comienzos de 1967- había en Santiago dos grandes empresas que rivalizaban en el área de los espectáculos bailables: la de Ramón Diéguez (h) y la del emergente Lito Prieto. Ambas apuntaban a los sectores altos y medios de la sociedad, por lo cual frecuentemente apelaban a recursos extraordinarios y hasta al espionaje para ventajar al competidor con sus programaciones.
Lito Prieto había traído números tan importantes entonces como Los Iracundos o Leo Dan, además de un sinfín de ventrílocuos, magos y otros músicos de carteleras nacionales.
Diéguez no necesitaba acciones demasiado esforzadas pues traía el capital cultural de más de veinte años de grandes números en el Parque de Grandes Espectáculos, propiedad de su padre. Pero el anciano Diéguez estaba traspasando las responsabilidades por completo a su hijo, "Johnny", quien para garantizar buen desempeño al frente de la empresa había adquirido el título de Doctor en Ciencias Económicas en la Universidad de La Plata.