02/09/09

Los Grinberg con Cacho Monges

pickups.jpgHugo Mansilla se levantó como a las 11, aquel domingo primaveral de 1965. En el espejo del baño, desde lejos, se miró. Tenía algo oscuro en el cuello. Al acercarse, descubrió un moretón, como si hubiera caminado por allí una araña pollito con su baba. ¿Qué iba a hacer ahora? Para el mediodía estaban invitados, con Julio, a almorzar en la casa de Chongo. Decidió atarse un pañuelo de su mamá, amarillo con flores rojas. Más o menos hacía juego, bajo la camisa marrón.
Ya en el almuerzo, sentados ante la suntuosa mesa de la familia de Chongo, con Julio a su frente, la señora de Sánchez Gramajo le preguntó:
-¿Por qué llevas ese pañuelo al cuello, Huguito? ¿No te da mucho calor?
-Es que anoche, mientras actuábamos, se me ha cortado la cuerda del bajo y me ha pegado en el cuello, señora... me ha quemado, dejándome una marca muy fea -Hugo mintió lo primero que se le ocurrió.
-Ohhh -exclamó doña Elvira asombrada -¿Y cómo es que te quemó? ¿Se calientan las cuerdas del bajo eléctrico?...
-Sí -mintió otra vez Hugo. -Se calientan mucho.
De mirarlo con ojos muy abiertos, Chongo y Julio pasaron a bajar los párpados, concentrándose en la comida para no tentarse.
-Mmm...-murmuró con tono de dudas la señora -no sabía que se calentaban tanto las cuerdas de los instrumentos...

Eso fue cuando los Grinberg con Cacho Monges llevaban ya más de un año de éxitos, en Santiago. El grupo original, iniciado en el invierno de 1964, estaba compuesto por "Beby" Juárez en la batería, "Nuni" Santillán primera guitarra, el "Petiso" Villa en bajo, el "Negro Silva" en guitarra rítmica y Cacho Monges, cantor. Por razones que Julio nunca averiguó, los miembros originales tuvieron que separarse y lo hablaron para reemplazar a "Nuni". Muy poco tiempo después, también Villa abandonó el grupo. Fue reemplazado por "Pinocho" Saldaña. Pero la inestabilidad parecía empecinarse: enseguida se retiraría, asimismo, el "Negro Silva". En su lugar, tocó "Julito" Gutiérrez, un chico amable y rubio, con guitarra eléctrica recién comprada. Todos -menos Julio- vivían en La Banda. La fatalidad, sin embargo, se encargaría de seguir dándole jaques al ensamble: Julito -en un accidente automovilístico que conmovió a la población- murió. Tenía 15 años... Entonces Julio invitó a "su hermano" (por entonces el mejor amigo que tenía) Carlos Sánchez Gramajo (h), a integrar Los Grinberg. "Chongo" aceptó el desafío. Compró una guitarra Jakim, excelente, e ingresó. Julio aún tocaba con su guitarra blanca, nacarada, de dos micrófonos, fabricada por "Chinche" García, adquirida cuando cumplió los catorce años. Para señalar su vocación de pintor, Julio la había mandado a fabricar con forma de paleta. Esa guitarra tenía un inconveniente: era muy pesada. Debido a la ausencia de fábricas metalúrgicas en Santiago, y como debía proveerlas de una resistencia especial, para soportar sin arquearse la tensión de las cuerdas de acero -cosa que en las industriales se solucionaba con un fuerte núcleo metálico-, "Chinche" utilizaba madera de quebracho blanco. Pero así, los músicos, se veían obligados a cargar instrumentos que parecían de plomo, durante horas, sobre los escenarios.
Chinche proveía de guitarras eléctricas, por entonces, a todos los grupos. En el Santiago aún escasamente comunicado con los grandes centros industriales y comerciales, comprar una guitarra eléctrica traída de fuera constituía todo un riesgo. Había que pedírselas a las únicas dos casas de música que por entonces había -Bazar Imperio y Olivares-, y casi sin ninguna seguridad. Los comerciantes pedían "una" guitarra eléctrica (no era un instrumento con mucho mercado en Santiago). Y si la que llegaba de Buenos Aires traía un diapasón duro, o pequeñas fallas... "a mamarla".
Entonces los Rocklands, los Demonios y los Demonios del Ritmo, además de otros grupos menos importantes, solían encargar sus guitarras directamente al "Chinche" García, un electrotécnico de ojos azules, a quien llamaban así por el subido tono rojo de sus mejillas sobre una cara muy pálida. Chinche vivía en la avenida Belgrano, entre Pedro León Gallo y Mitre, a la mano izquierda yendo hacia el Sur. Era una casa antigua, medio ruinosa ya, en cuyos dos primeros salones el hombre tenía montados su taller de electricidad y carpintería.
A Julio lo habían llevado allí "Meca" Helmans y "Pachi" Pinto. Pachi -que vivía en el Pasaje Figueroa, por allí cerca- tenía la primera guitarra eléctrica que Julio conoció, a sus trece años. Julio había quedado tan fascinado con el sonido de esa guitarra, que desde entonces acosaba a su padre para que le pagara una. Cuando llegó la ocasión -casi un año después-, la diseñó escrupulosamente.
Una mañana, mientras estaba haciendo cola en una inmensa sala del edificio de Salud Pública, para obtener certificado de Buena Salud, se le acercó un muchacho más o menos de su edad.
-Hola gato -le dijo- ¿vos sos Julio Carreras?
Sí. Contestó Julio. Más sorprendido en realidad porque lo llamara "gato". Es que Beby, luego iba a saberlo, llamaba a todos así. Por los "Gatos Salvajes", un conjunto rosarino que le encantaba.
-Nosotros estamos formando un conjunto -explicó desinhibidamente Beby, adolescente muy morocho, que llevaba el pelo cortado al rape en los costados y arriba levantándose como flechas, pese a la gomina-, necesitamos una guitarra. El chango que toca no tiene...-agregó con franqueza- y nos han dicho que vos tienes una...
Debido a esa cuestión tan pragmática, fue que Julio comenzó a ensayar con aquel grupito, llamado "Los Juveniles", en La Banda. Cáncer tocaba la segunda guitarra y Cacho Monges cantaba. Todos eran menores de quince años. Su primera -y única- actuación- fue en el Club Tabla Redonda, de La Banda. No había corriente eléctrica allí, por lo que debieron conectar los equipos a una batería. Para un público de hombres con aspecto de campesinos, con sombreros negros y pañuelos al cuello, y muchachas oscuras en vestidos floreados, bajo los algarrobos y unos raquíticos faroles, tocaron "Gavilán Pollero", "Despierta Lorenzo", "Muñequita", de los Pick Ups, conjunto por entonces de Moda. Allí Julio conocería también a un tipo entrañable, ya "grande" (más de veinte años): el "Ñoño" Gallegos. "Ñoño", un agraciado rubio de ojos verdes, iba a ser el "chofer oficial" de los Grinberg, durante toda su trayectoria. Y los acompañaría siempre, con su auto sedán, no sólo en sus viajes, sino también en las farras.

Con el ingreso de Chongo Julio adquirió mayor influencia en el conjunto. Ya por entonces -mediados del 65-, tocaban temas de los Gatos Salvajes, Horacio Ascheri, Los Iracundos: "La respuesta", "Ojos sin luz", "Mi promesa", "El Golpe", "Calla". Esta hegemonía iba a consolidarse cuando, debido al abandono de "Pinocho" Saldaña, quien debía trasladarse a Córdoba, ingresara Hugo Mansilla.
A instancias de Julio, Hugo compró un bajo eléctrico y comenzó a practicar "matando caballos", pues apenas tuvieron unos días, antes de lanzarlo sobre un escenario. Que no era cualquiera, pues se trataba del Parque de Grandes Espectáculos. Y además actuaban esa noche quienes, por entonces, ya eran "monstruos sagrados": Los Demonios, con Johnny Dellara.
Pasaron bien la prueba. El grupo, que al principio alquilaba un equipo para sus guitarras a quien llamaban "El Petiso Barrón", pudo adquirir instrumentos nuevos y amplificadores, con el producto de sus remuneraciones.
Todos los fines de semana tenían contratos, casi siempre en tres o cuatro clubes. Para cumplir con lo cual debían desarmar los instrumentos, cargarlos en el auto de Ñoño, bajarlos nuevamente y volverlos a armar en el club siguiente, para repetir el operativo cuantas veces fuera necesario. Un buen ejercicio, que les exigía alimentarse bien y cierto descanso luego. Algunas veces, tocaban hasta tres actuaciones en cada club, por noche. Y si tocaban en tres clubes, debían hacer en total nueve actuaciones de media hora cada una, trasladándose para esto y repitiendo el operativo de armar, acarrear, subir y bajar equipos, una y otra vez, entre distintos sitios con seis o siete kilómetros en el medio.iracundos.jpg Esto se intensificaba aún más en los carnavales, período durante el que actuaban todos los días, pero a la siesta y a la noche.
Cierta vez Julio le preguntó a Beby por qué había bautizado "Los Grinberg", al grupo. "Por el judío que nos alquilaba los equipos", contestó el negro. "Todos los equipos tenían, pintado con letra grande, el letrero Grinberg... incluyendo el bombo de la batería... entonces, lo más fácil fue seguir llamándonos así"
Durante los carnavales del 66 Julio se hizo amigo de unos chicos de Tucumán, que cantaban temas de los Beatles traducidos al castellano. Y también cierto potpurrí de cancioncillas populares. Los "sponsoreaba" un joven empresario tucumano, de origen árabe: Karim Melem Dip. Por eso, se llamaban "Los Karim". Se alojaban en el "Grand Hotel", de Diéguez. Como Los Grinberg tocaban también en los bailes y confiterías de Diéguez -Rio Dulce Grill, Parque de Grandes Espectáculos, Confitería Ideal-,
se conocieron y confraternizaron.
A Julio lo deslumbró el tren de vida que llevaban. Almorzaban opíparamente, cenaban en los mejores restaurantes, se calzaban con los más caros mocasines, exhibían pantalones y remeras de boutique. Y esto impresionaba especialmente a las chicas de las clases más altas. Cuando le propusieron ir a tocar con ellos, Julio no dudó. Se sentía ya -a los 16 años- "un profesional". Pensó que iba a hacer mucha plata, en Tucumán.
Así que terminando el carnaval, anunció a sus compañeros la decisión, para que buscaran un guitarrista cuanto antes. No demoraron más de un par de días en hacerlo. En su lugar entraría "Ruly" Barrionuevo, un joven alto y rubio, con cierto aire a Ricky Martin. Sólo que Ricky Martin aún no había nacido. Y este joven era de La Banda. Muy buen músico, poseía un excelente guitarra... así que el conjunto siguió sin trabas.
Y Julio pudo viajar, con "Johnny Perkins y Los Karim", a Tucumán...

Tema relacionado: "Carmina"

Conservatorio Rossini

 

alaria.jpgMi padre tenía un violín. Poco antes alcanzar los tres años, descubrí que golpeándolo contra el soporte de una maciza cama metálica iba a poder abrirlo. Buscaba encontrar allí el secreto de su música. Mi padre me pegó por ello. No sé si demasiado fuerte. Pero la experiencia fue traumática. Así que cuando mi madre preguntó, con tono autoritario: "¿Qué quieres estudiar... violín o piano?", luego de reflexionar unos segundos opté, resignadamente, por decir: "Piano". Yo había pasado los cuatro años ya, pero la palabra "violín" me traía de inmediato reflejos incómodos.

Conocí un piano recién al entrar por primera vez al Conservatorio Rossini-De Paula. Mi profesora no era demasiado paciente. Luisa Santini de Vélez, se llamaba. A regañadientes, me había aceptado: la edad límite hacia abajo estaba fijada en seis años. Y como dije yo apenas superaba los cuatro...

"No, no, no", dijo la señora, sin tomar para nada en cuenta mi presencia. "Yo no quiero renegar con chicos de menos de seis años".

Mi madre no era una persona cuyos propósitos pudieran doblegarse fácilmente. Con insistencia y esa suficiencia de "mujer de alta sociedad" que tenía, impuso finalmente mi inscripción. Debido a lo cual, desde mi primera clase debí componerme como pude, con una anciana algo predispuesta en mi contra. Y que no iba a tolerar muchos errores.

"¡Las muñecas arriba! ¡Las muñecas arriba!", me espetaba, "¿no ves que así endureces los dedos?"

Y cuando me equivocaba en una nota, me pegaba en la mano con una lapicera de metal, muy pesada, que tenía. "Do", me decía "Do, no si, do."

Tenía una hija, relativamente joven (¿unos 22 años, en 1954?... tal vez). Rogaba que me atendiera ella, en lugar de la anciana, pero esto sucedía muy rara vez. Todos los días a la siesta debía ir a practicar. Y presentar la lección dos veces por semana.

El señor Vélez era un sesentón elegante. Como a las cinco de la tarde, brotaba de la espléndida galería con traje y sombrero. Impecable, solía gastar ambos naturales o azulados en el verano, marrones, ocres y grises en invierno. Sombreros según la ocasión. Zapatos relucientes, también de acuerdo con las tonalidades en el resto del vestuario. Un eterno bastón -a veces con manivela en gancho, otras recto (¿tendrá un estoque dentro?, me preguntaba al verlo, influido por tempranas lecturas). Con voz seca nos saludaba, echándonos una mirada de cierta repugnancia, a los chicos y chicas que esperábamos, en los sillones de una salita interna.

Más tarde descubrí para qué se acicalaba tan meticulosamente aquel hombre, todas las tardes. Iba a la plaza. Cierta tarde -como uno o dos años después, cuando me atrevía ya a desviarme un poco del camino prefijado-, en vez de ir hacia la esquina de Independencia y Avellaneda donde debía esperar el colectivo doblé hacia el norte, por la plaza, como yendo hacia la Catedral. Me sorprendí al encontrarme con el señor Vélez allí, impecable, erecto, solo y con expresión aburrida, en uno de esos anchos bancos de madera pintados de verde oscuro, que había. No me atreví a saludarlo. El tampoco me saludó, pese a que no se divisaban otras personas en más de veinte metros a la redonda. Años más tarde, incluso cuando ya ni siquiera iba al conservatorio y me había convertido en un adolescente presuntuoso y algo fatuo, una que otra vez me daba con el ya anciano Vélez en aquel mismo banco. Entonces era yo quien lo miraba levantando la nariz. A veces, él departía con otros ancianos. Todos emperifollados y ceremoniosos, a su semejanza. La última vez que lo vi fue cuando yo tenía como 19 años y tocaba la guitarra eléctrica, en un grupo de jazz, con cierto pianista bonaerense afincado aquí. Incluso me acerqué, para saludar a don Carlitos Lugones, a quien guardaba algún afecto. Según me habían dicho, don Carlitos era hermano de Leopoldo Lugones. Por razones que nunca conocí, habitaba entonces en una modesta pensión del centro. Yo lo trataba desde hacía poco, debido a mi relación con el bonaerense, que también alquilaba allí. Muy anciano, apenas caminaba, por lo cual debía ayudarlo a cruzar las calles, algunas veces, cuando me lo encontraba.

 

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Volvamos al Conservatorio Rossini. Estaba en la esquina de calles Sarmiento y Entre Ríos. Creo que el rigor era un ingrediente sustentado en el éxito que se obtenía, al final. Había dos pianistas -Rodríguez y Rosales, los recuerdo-, como de 18 años, que nos dejaban pasmados con sus interpretaciones. Nosotros -los más chicos-, escuchábamos de fuera, por cierto. Pero lo que oíamos nos asombraba e intimidaba: parecía imposible que dedos humanos estuviesen gestando aquella música, sin una falla, sin una vacilación... las más ligeras polonesas de Chopin, las sonatas más difíciles de Beethoven, las pitagóricas fugas de Bach... "¡Mucho mejor que un disco!", se decía. (Concedamos que los discos, en aquellos tiempos, se escuchaban con ruidos y los parlantes no siempre tenían bastante fidelidad). La anciana estaba orgullosa de ellos.

Cuando se fueron, yo tenía ya edad suficiente -unos once años- como para que doña Luisa me hiciera una que otra confidencia. Una tarde en que la pillé melancólica, me mostró la carta que acababa de recibir de Rodríguez (joven atildado y un tanto zalamero, por quien ella tuviese especial predilección). "¡Está triunfando en Nueva York!", me dijo. "¡Y es como si fuera mi hijo!..."

Otra de las confidencias que la anciana me hizo -y esta vez hasta lagrimeó-, fue la desgracia de su sobrino, Alfredo Alaria. "¡En lo mejor de su carrera!", gimió la anciana. "Se le cortó el tendón de Aquiles! ¡A la altura del tobillo! ¿Te imaginas lo que eso significa como un gran bailarín?" Yo era muy empático: sentí un dolor agudo en el mismo lugar cuando gráficamente la profesora me contó "dicen que fue como un disparo de pistola, cuando se le cortó el tendón -arriba del escenario, durante un ensayo-". Para mi perplejidad bajó una revista El Hogar, que estaba sobre un estante, y abriéndola, me mostró una gran foto: "...mirá... mirá... ¡que expresión desolada!... ¡Ay... pobre mi sobrino! ¡jamás volverá a bailar!"

Luego, me sorprendía siempre de hallar, cada tanto, información sobre Alaria, quien había sido un famosísimo bailarín, coreógrafo, actor de numerosos filmes y recorriera el mundo, triunfando en París con su profesión. Tal como me dijese mi profesora. Recién ahora, al buscar datos sobre el artista, percibo que su segundo apellido era De Paula. Y como nuestro conservatorio se llamaba Rossini-De Paula, infiero que por aquella rama se introducía el parentesco de doña Luisa.

Finalmente, dejé el conservatorio antes de llegar al grado de Profesor Elemental. No regresé jamás a sus aulas. Pero en ellas habían pasado tantas horas de mi existencia, durante los seis años transcurridos, que no bastarían doscientas páginas para contar mis vivencias durante aquel periodo. Por ello es que decidí dejarlas -provisoriamente- fuera de esta breve reseña general, de lo que fuese mi experiencia en el hoy desaparecido conservatorio, Rossini-De Paula.

 

Nota: la fotografía del medio muestra la esquina de Avellaneda e Independencia, en 1937 y fue tomada por el señor Vicente Gigli. Santiago no cambió demasiado hasta finales de la década de 1960. Así que aproximadamente como se ve era la esquina donde yo esperaba el colectivo para volver a casa. Fuente: Archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.

 

01/09/09

El Petiso Fantasma

 

parque-32.jpg

La muerte es una puerta sin regreso para quienes sobrevivimos a alguien amado. Esto le sucedería a mi tío Mariano con el fallecimiento de Chimbi -su primogénito de cinco años- alrededor de 1957. Y a mí algo más tarde al morir, también, Mariano, en 1972. Nada es igual ya.
Tal vez fuera esa desgracia lo que impulsó el regreso -hacia 1958- definitivo de mi tío Mariano a la ciudad. Talentoso, refinado, prontamente ocuparía puestos de importancia en el área docente. Pero su rostro develaba ya, al costado de su fina boca, dos líneas profundas.
Lo designaron director de una bonita Escuela, cuyas ruinas invito a mis lectores apresurarse a ver, pues en cualquier momento algún "avisado" mercader comprará ese espacio por monedas para convertirlo en "Shopping Center". Las ruinas del hermoso edificio -que posee incluso una amplia vivienda para sus cuidadores-, está frente a la placita Belgrano.
De allí hasta nuestras casas -Tío Mariano vivía sobre la General Paz, nosotros en la 24 de Septiembre, ambas detrás del Hogar Escuela-, había unas pocas cuadras.
Caminar por esos lugares era una delicia. Donde terminaba nuestro pequeño barrio de clase media, hacia el sur, había una cancha de fútbol ("Palmeira"); a su derecha, un montecito. Y más a la derecha aún, cerraba el circuito una frondosa finca, propiedad de un matrimonio italiano. No recuerdo su apellido -tal vez nunca lo supe, pues lo que importaba era nuestra amistad con sus hijos, dos mellizos rubiecitos, maravillosamente buenos: Franco y Giorgio.
Majestuosas, las ruinas de un esquelético edificio monumental se dibujaban sobre el perfil del horizonte al finalizar la cancha -por lo demás escasamente utilizada. Se decía que allí había sido un monasterio, abandonado por causas misteriosas. Y que de noche, "las almas de las monjas, espantaban".
Luego una placita con juegos, y enseguida un barrio, también de clase media, pero ya extenso, no recoleto como el nuestro: el Barrio Belgrano. En aquel tenía una amiga a quien nunca más vi, pero recuerdo mucho por su bondad y talento. Se llamaba Ana María Cassé (tal vez se escriba Casseaux, incluso creo que ella algunas veces me lo aclaraba). Nos unía la música. Era mayor que yo -¿tendría entonces quince o dieciséis años?, y yo apenas ocho o nueve... De cabellos castaños, ondulados, vestía con decoro, prolijamente; era bella pero sin estridencias. Sobresalía su carácter: afable y calmo. Cuando iba a su casa en bicicleta -imprevistamente, sólo por algún impulso del momento-, me atendía en la vereda, junto a un florido jardín, en el verano. O según el día, me invitaba a pasar. Generosamente, me prestaba discos. Ella tocaba el piano. A veces, solía hacerlo para mí: temas de jazz, alguna cancioncilla popular...
Hacia el Oeste, estaba limitado el Barrio Belgrano por una Capilla y la mencionada escuela donde ejercía mi tío, rodeando a una preciosa placita.
Majestuosa, la Acequia Belgrano, constelada de gigantescos árboles, abría paso, con sólo cruzar alguno de sus puentecitos, a la franja señorial. A su derecha, siempre al Oeste, se levantaban imponentes edificios, rodeados por parques de ensueño. Entre ellas, justamente donde terminaba la herradura de la placita, estaba la Casa del Gobernador.

Una noticia conmovió a toda la sociedad santiagueña: ¡por las noches, andaba apareciendo, sistemáticamente, un ser sobrenatural! Repentinamente, se acercaba a los pequeños grupos de colegialas, que regresaban de sus escuelas. Muy al estilo "Chito Vozza" (es decir, con erudición, elegancia y respeto), se dirigía a ellas, tras el sólo propósito de disfrutar con su compañía.
A modo de advertencia, sin embargo, comenzó a aparecerse también ante algunas autoridades. Curas párrocos, conductores de "mateos", comisarios... se lo encontraban de repente, mirándolos de un modo sombrío, antes de esfumarse en la oscuridad.
De distintas fuentes de información, todas confiables, llegaban nuevas noticias: ¡el Petiso había sido visto en Tala Pozo! ¡El Petiso, anoche, se les apareció a las chicas de la Escuela del Centenario! ¡El Petiso en el Profesorado de la Normal! ¡El petiso en La Sarmiento!...
A las chicas que iban a la escuela de mi tío Mariano se les apareció cierta noche y al día siguiente nuestra familia sólo hablaba de eso. Si bien de Enseñanza Primaria, al ser Nocturna, iban allí muchachas que por una u otra causa no habían podido hacer sus estudios en edad normal (durante la infancia). Presentaban entonces edades que iban entre los 13 y hasta veinte años, con un promedio de dieciséis. ¡Este era precisamente el target del Petiso!
Mi tío Mariano tenía una alumna a quien alojaba en su casa.* Bella muchacha blanca, de cabellos oscuros cayendo en graciosa melenita alrededor de su cara ovalada, la mañana siguiente nos contó asustada lo ocurrido.
"Salíamos con tres chicas compañeras de la escuela, como a las nueve y media", se estremecía ante la asombrada rueda que componíamos mi abuela Corina, tía Teodora, mi hermanito Gustavo de seis años, yo de ocho, mi pequeña prima Carmen Graciela y detrás nuestras dos muchachas, paradas.

"Queríamos comprar caramelos en el almacén, y cuando íbamos cruzando la placita, de repente... un hombre apareció en medio de nosotros"...
Ninguna de las cuatro lo había escuchado llegar (pese a que por entonces y especialmente de noche, nuestra ciudad era muy silenciosa, escasos motores turbaban su calma y apenas los cascos de uno que otro "mateo" resonaba alejándose por momentos).
"Se metió en el medio de nosotros", se estremecía Catalina, la joven protegida de mis tíos, la cual rondaría entonces los dieciocho años. "¡A mí y Dorita, nos ha tomado del brazo!"
HnosSimon.jpgLas chicas se asustaron tanto que perdieron el habla. Después de saludarlas, el Petiso siguió con ellas, diciéndoles galanterías, hasta el final de la plaza. Mas desapareció, apenas las jóvenes hubieron pisado la vereda del Almacén.

Entonces gobernaba Santiago del Estero don Eduardo Miguel. Hombre campechano, elegante y alto, de cuidado bigote cano, gustaba trasladarse hasta la sede gubernamental -frente a la plaza San Martín- en mateo. Declinaba de vez en cuando el auto oficial, para que la gente lo pudiera ver y saludarlos. En esos finales de los 50 no se reunían multitudes tensas al mezclarse las celebridades con el público: se las contemplaba con naturalidad. Don Eduardo Miguel solía atravesar por la mano derecha de la Acequia Belgrano, saludando con la mano cada tanto a los transeúntes, en un "coche de plaza", ** las más o menos veinte cuadras que separaban su residencia del edificio gubernamental.
"Don Eduardo", le gritaba repentinamente algún ciudadano, al verlo venir: "¿cuándo lo van a agarrar al Petiso?"
"¡Para qué quieres que lo agarremos, m´hijo! ¡Si las trata a las chicas mejor que sus maridos!", bromeaba el gobernador.
Tanta popularidad alcanzó el Petiso, tanto se hablaba de él en casas, reuniones, bailes y confiterías, que los Hermanos Simón, por entonces el conjunto musical más popular de Santiago, decidieron dedicarle una chacarera:

"Tanto ruido hace la gente,
por el petiso fantasma;
si se topa con mi suegra
se le va a acabar la fama"
...decía en su primera estrofa. Y después:

"Dicen que a un conductor
se le sentó en el pescante;
falta que al gobernador,
a él también me lo espante.

"Un guapo salió a buscarlo
por las termas de Río Hondo;
al otro día lo hallaron
disparando por Huaico Hondo.

"¡Ahijuna con el petiso,
que no respeta las canas!
Si es que no le meten preso,
seguirá haciendo macanas.

Y si, por casualidad,
la mujer tiene mellizos:
uno se parece al padre
y el otro igual al petiso...

Viuditas y solteronas
ya no cierran las ventanas:
deseando están la visita
de algún "petiso fantasma".

Dicen que es peludo y chueco,
narigudo y cabezón,
pero que nadie le oculte
a los hermanos Simón.

¡Ahijuna con el petiso,
que no respeta las canas!
Si es que no le meten preso,
seguirá haciendo macanas...

Durante varios meses la figura fea pero impecablemente vestida y seductora del fantasmal petiso coloreó las anécdotas de toda una población que por entonces constituía, en realidad, sólo una "gran familia". Ninguna tragedia ni situación desagradable vino a empañar esta singular incursión temporaria de aquel personaje, a quien el consenso de indoctos y sabios otorgaba, unánimemente, la condición de "sobrenatural".
Si ningún aviso, también, tal como había iniciado su vigencia, el Petiso desapareció. Para no volver. Y hasta hoy, pocas veces -quizá ninguna públicamente- se lo recordó.

* Era frecuente que Mariano Carreras Coria trajese niños o niñas de lugares remotos y sin escuelas, para que completasen sus estudios en la ciudad. Lo hacía desinteresadamente, sólo para cumplir hasta los extremos, dentro de sus posibilidades, la vocación docente.
** Comúnmente llamado "Mateo" era un carruaje con techo de gruesa tela impermeabilizada sobre estructuras de metal, tirado por un caballo o dos. Desde el pescante, lo conducía un chofer, quien vestía de traje y sombrero. Los mateos alquilados para entierros, obligaban a sus conductores llevar fraques negros y sombreros de copa. Brindaron servicios de "taxi" en Santiago y eran guardados por las noches en una "remise" (garage). De donde proviene la costumbre de llamar "remises" a ciertos automóviles de alquiler.
*** La foto de santiagueños en el Parque Aguirre, que se ve al inicio de esta nota, fue tomada en 1932, por el Sr. Gigli, y pertenece al archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.
**** La Chacarera del Petiso fue obtenida en el sitio "Folklore de los cuatro rumbos", http://folcloredeloscuatrorumbos.blogspot.com/

Escuchar la "Chacarera del Petiso", por los Hermanos Simón.

 

30/08/09

La novia de Leo Dan

En el verano de 1960 nadie escuchaba a los Beatles en Santiago. Elvis Presley: apenas una referencia lejana. En los "vermús" juveniles, se bailaba con los Teen Tops y Brenda Lee. Las verdaderas estrellas eran "Los Demonios del Ritmo, con Leo Dan".
En una sociedad sin televisión (esta llegaría en 1964), nuestra cultura consistía en un circuito cerrado. Siempre animado por personas tangibles...
Yo cumpliría los 11 años en agosto, y aún no iba a los bailes. Los sábados, alguna fiesta de las cercanías proyectaba figuras en mi mente. Acostado en la oscuridad, con la suave brisa inflando las cortinas, y la sombra de los árboles facetando las paredes, me dormía extasiado con las parejas que danzaban (en mi imaginación). Ellas llevaban blancos vestidos largos; ellos trajes oscuros, zapatos relucientes, cabellos aplastados con fijador.
Mi mente percibía detalles. Por ejemplo, un collar de perlas en el largo cuello de una muchacha hispana.
Nuestro modelo de belleza, eran las hispanas. Aún no había irrumpido con tanta fuerza como lo haría muy pronto, la rubiez. Una mujer o un hombre rubios eran un tanto exóticos por entonces. Lo deseable, lo socialmente consagrado, eran las personas blancas con cabellos negros, ondulados. Y unos hermosos ojos oscuros, profundos, bajo una frente serena, sobre un cuello largo, aunque no muy delgado.
Del mismo modo como imaginaba los bailes y las fiestas de gala, yo me representaba las actuaciones de Los Demonios del Ritmo con Leo Dan.
Sentado en una reposera, bajo un nutrido paraíso, que proyectaba sobre mí una sombra suave pues el único farol estaba como a cien metros de mi vereda, debía colocar un cable largo que me permitiera enchufar la radio poniéndola sobre una silla, en el jardín. Algunas noches venía una vecinita, como de 8 o 9 años, y con una naturalidad que me sobrecogía tomaba su lugar a mi lado. Con frecuencia me sentía pecaminoso, debido a las sensaciones que provocaba en mi cuerpo su pierna suave, apoyándose sobre la mía, cuando ambos llevábamos shorts. Ella era muy bonita, un tipo parecido al de "Liz" Taylor, sólo que ¡tan niña!, como para obligarme a constantes autorreproches, cuando osaba sentir siquiera un dejo de erotismo (aunque tampoco sabía entonces que dicha sensación se llamaba así) con su contacto. De inmediato asumía la actitud de "un hombre grande", ponía a la niña bajo mi responsabilidad, sintiéndome un Caballero medieval y le enseñaba "cuestiones sabias". Como por ejemplo que la figura de las lunas llenas develaba el perfil de la Virgen sobre un burrito, con el niño en brazos y San José, durante su huida a Egipto.
elpibe.jpgEntonces escuchaba a Los Demonios con Leo Dan, viendo en mi cerebro las multitudes que los aclamaban en el Salón Teatro Auditorium de LV 11, Radio del Norte, desde la ciudad de Santiago del Estero, como se ocupaba de recordar constantemente el excelente locutor, un hombre muy buen mozo y engolado, a quien llamaban "El Pibe" Hernández.
Los Demonios del Ritmo tocaban "El rock de la cárcel" y Leo Dan cantaba imitándolo a Enrique Guzmán. Después venían "Confidente de secundaria",
"Buen rock esta noche", "Muchacho triste y solitario"... Yo escuchaba esos temas no como mera música bailable, sino como genuinas lecciones de vida. Hacía míos los conceptos expresados por las letras, consideraba aprender sobre la existencia humana a través de sus sentencias.
"Cuando te tomo, de la mano... y tú me dices: yo te quiero... no necesitas ni decirlo... cuando te vi, yo lo comprendí... Es el amor que soñé,
y sin pensar me enamoré...": tales conceptos dibujaban en mi mente un proyecto, el que debería cumplir cuando tuviera edad suficiente y pudiese tener novia:
"...Cuando de pronto te miré... no sé explicar lo que sentí... supe que sólo esa mujer, sabría hacerme feliz... sin meditarlo me acerqué: te dije "nena" quiero ser, el que te lleve hasta el altar..."

Tomaba en serio cada cuestión que en mi vida emprendía. Entonces me decidí a tocar la guitarra, pues quería subir a un escenario y compartir desde allí lo que mi corazón decía. En realidad ya lo venía haciendo, más o menos irregularmente, desde los 7 u 8 años, pues odiaba las lecciones de piano (no por el instrumento, sino por las tiránicas profesoras), pero no podía vivir sin música. Entonces Víctor Landriel, un muchacho del campo, entenado de mi tío Mariano, que endulzaba sus horas nostálgicas con la guitarra, comenzó a enseñarme con afecto y paciencia algunos punteos. Lo primero que aprendí, recuerdo, fue "Nunca en Domingo".
Leo Dan representaba, para mi criterio, la encarnación de Enrique Guzmán en Santiago del Estero. Además era buen mozo, peinaba su cabello castaño con el "jopo Presley", y ostentaba una personalidad agradable. Nunca hablé con él, ni siquiera lo vi de cerca; sólo escuchaba decir: "Leo Dan es humilde", bueno, "nunca se siente una estrella, comparte su existencia con todos", es "responsable" (esto con referencia a sus estudios, pues estaba a punto de graduarse como Técnico Agropecuario). Entonces, representaba también, para mí, un modelo.
Poco más tarde, cuando él ya había viajado a Buenos Aires, "para triunfar" completé esa composición de ensueño conociendo a su novia. Debe de haber sido en 1961, según creo, pues este fue el año en que trasladaron la Academia de Bellas Artes a la avenida Belgrano, entre Pueyrredón y Tres de Febrero, muy cerca de mi casa. Debido a ello, podía ir caminando.
Solía cambiar de itinerario, siguiendo repentinas intuiciones, pero con lo rutinario eran las veredas de la ancha avenida Independencia. Allí, sobre la mano izquierda -yendo desde el Sur-, poco antes de la calle Tres de Febrero, donde debía doblar, habitaba esa muchacha... La vi una tarde, recuerdo, suave, apoyada en su ventana del primer piso... Vivían en un chalet morisco, con paredes blancas, techos de tejas a dos aguas, apoyados en tirantes de madera marrón. Casi me detengo extasiado al verla: muchacha rosada, de cabellos castaños, usaba siempre vestidos claros, con volados, y su expresión era dulce y calma. Alguien me dijo luego -no sé quién: "esa es la novia de Leo Dan".
Pronto tuve más detalles sobre aquella aparición divina: "¡es hija de José Fahrat!..." Esto significaba mucho para mí. José Fahrat era un hombre imponente, a quien yo veía de lejos algunas veces, cuando iba a buscar a mi padre en su trabajo. Tiempos de persecución para familias como la nuestra, con un gobierno impuesto por militares pro-norteamericanos, cada recuperación de un espacio político para la Cultura Nacional era saludado en mi hogar con entusiasmo. El hombre, de grandes bigotes, ojos sardios, fumaba en pipa y usaba un poncho marrón sobre el traje, en invierno. Ello lo hacía lejanamente parecido a Jauretche (todos signos positivos, en nuestra estética nacionalista).
leodan.jpg
Por esas tardes yo había decidido fumar. Creía que esto aceleraría mi madurez y deseaba tener muy rápido una voz bien gruesa.
En esa misma vereda donde vivía la novia de Leo Dan, solían jugar dos chicos, varoncito y mujer, hermanos, de unos siete u ocho años, apellidados Durgam. Una tarde al pasar yo, la chiquilla, rubia, levantó sus ojitos desde los juguetes y me habló:
"Ché, ché...", exclamó: "qué hora es" (yo llevaba un reluciente relojito cuadrado, chato, sobre mi muñeca e iba en mangas cortas).
En el acto reaccionó su hermano, reconviniéndola:
"¡No le digas ché...!", censuró a la niña "¡decile señor!... ¿no ves que fuma?..."
Quizá la tarde de un sábado -pues sucedió en un horario en que durante la semana debía ir a la Academia-, regresaba del centro por aquella vereda, preferida ya al saber que allí vivía esa muchacha -y también otra de la que ya conté algo en estos mismos apuntes. Singularmente, ambas referían a Leo Dan: la primera, por ser su novia, la segunda, por llevar un nombre -María Helena-, que el cantante iba a hacer famoso más tarde, con una canción.
Apenas cruzando la esquina de La Normal, mi corazón dio un salto: ¡ella estaba en la puerta!... vaporosa, como en un cuadro de Monet, vestía de blanco y miraba lánguidamente hacia el cielo, apoyada sobre el grueso portón de madera.
Fui reduciendo la velocidad de los pasos a medida que iba acercándome a ella y sin quitar mis ojos de su persona. Al llegar donde estaba, sencillamente me detuve:
"Buenas tardes...", dije...
"Hola...", contestó ella...
"¿Es usted la novia de Leo Dan?", pregunté.
La joven lanzó una corta carcajada, cristalina...
"¡Sí...!", contestó "pero no me trates de usted... me haces sentir vieja..."
No recuerdo los detalles de nuestra conversación. Recuerdo sólo que yo me sentía volar. Debo de haber estado allí unos veinte minutos, media hora tal vez, hasta que la joven me despidió con un beso luego de avisarme que ya debía entrar.
A partir de entonces me sentí comprometido con su destino. Seguía por las revistas, la radio o los comentarios, la trayectoria de su novio, Leo Dan. Imaginaba un futuro feliz para esa pareja, de cuya mitad femenina me sentía ahora "amigo".
casamiento.jpgPasando por su vereda, de lejos, a veces la veía en su ventana en lo alto: desde allí, con sus manitas blancas, ella me saludaba.
Muy pronto padecería una de las primeras decepciones sentimentales de mi vida. Por una revista frívola -Radiolandia, creo...- me enteré de que Leo Dan se había casado: ¡con una Reina de Belleza... de Mar del Plata!

Me sentí muy mal, molesto, indignado... ¡ella, mi amiga, su novia, lo estaba esperando! ¡Era lo que había prometido él!...: ¡Ir a Buenos Aires, triunfar, y volver ya con una sólida posición económica, formar una familia, tener niños en su provincia, Santiago...!

Pero no. Olvidándose de su origen humilde, de que pese a ser de extracción social superior a la suya, la niña lo había aceptado, confiando en su palabra... el ahora exitoso cantante había renegado, no sólo de sus afectos, sino también de su provincia... ¡de su raza!... ¡Pues la marplatense era, incluso, una especie de sajona o germana, muy rubia, de ojos claros!...

Muchos símbolos nefastos para mi educación familiar.

A la novia de Leo Dan -que llamo así pues no he grabado su nombre en mi memoria-, nunca más la vi. En verdad, desde lo sucedido, evitaba esa vereda, como avergonzado por el contratiempo. Quise borrar, desde entonces, esta pequeña historia que -para mi sensibilidad de niño que recién asoma a la juventud, lleno de esperanzas- había salido tan mal.

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