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  • Howard Hughes

    Life, español

    Mi padre solía comprar Life en Español. La traía, cada semana, a veces junta con otras revistas. Y las dejaba sobre el escritorio. De inmediato yo tomaba Life -u O'Cruzeiro- y comenzaba a mirar las grandes fotos, página por página. Así es que un día me topé con un informe especial sobre Howard Hugges. No sé si de inmediato o en algún otro momento, lo leí completo. Me impresionó tanto, que recuerdo ese reporte hasta hoy, a mis 72 años. Pese a que por entonces tenía unos 11 o 12.  Y en el periodo intermedio pasaron por mis ojos, y mi mente, cientos de miles de páginas e innumerables imágenes.
    Básicamente, lo que el informe decía, era que el multimillonario Howard Hughes, estaba recluido en un búnker gigantesco, construido expresamente para ello, en un lugar del desierto mexicano. Tenía 50 años, era dueño de la empresa aeronáutica Lockheed, entre otros inmensos negocios mundiales, algunos heredados -como el del petróleo. Hasta entonces había tenido decenas de amantes, entre las más famosas, Jean Harlow, Ginger Rogers, Katharine Hepburn o Bette Davis.

    Life, español


    ¿Cuál era la razón por la que Hughes, a sus cincuenta años, siendo uno de los hombres más ricos del mundo -o quizá el más rico- había decidido aislarse? Miedo el contagio. Sus laboratorios le habían hecho conocer que los humanos vivimos rodeados, en nuestras atmósfera, por millones de microorganismos. Algunos portadores de potenciales contagios. Ello hizo que, desde entonces, hasta sus setenta y un años -edad en que fallecería, en 1976 (este dato lo obtuve ahora), existió encerrado. Sin recibir a nadie, salvo a sus enfermeras, médicos, y uno o que otro administrador de confianza. Siempre los visitantes con escafandras,  cubiertos de pie a cabeza con uniformes sanitarios, para que sus respiraciones no pusieran en peligro al obsesivo magnate, ni tampoco hubiese posibilidad alguna de contacto físico. El artículo de Life en Español contaba -esto me impresionó mucho- que al tiempo de aquel informe periodístico -allá por 1962- las enfermeras se daban con que, cada vez que se les permitía entrar para cortarle las uñas,  las de su mano habían crecido tanto, que ya tendían a enrollarse.