12/09/09

Alicia

 

En su cumpleaños, el 12 de septiembre

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-La compañera fotógrafa te va a esperar en Sarachaga y Salgueiro -dijo el compañero responsable - A las 8:00 en punto.

-¿Cómo hago para reconocerla?

El responsable me miró como si hubiese dicho una tontería. Con paciencia docente, contestó:

-No te preocupes. Hay pocas tan grandotas como ella. Y va a estar en un fitito amarillo.

En efecto. Me resultó sencillo reconocerla. "Subí", me dijo, abriendo la puerta del fitito. La "compañera fotógrafa" era Alicia Wieland. La fecha: invierno de 1973.

Teníamos que hacer un boletín para el sindicato SMATA. Pero nadie debía enterarse. Era una de las tantas "tareas de solidaridad" de nuestro Partido (Revolucionario de los Trabajadores, dirección política del Ejército Revolucionario del Pueblo). Es que el sindicato de SMATA estaba controlado entonces por los "chinos" (PCR, un partido que no estaba de acuerdo con la lucha armada y había decidido ponerse a la cola del peronismo). Aunque René Salamanca (su Secretario General), estaba al tanto. El PRT pasaba entonces por su momento de mayor poderío y operatividad.

Desde entonces, por más o menos un año nos encontraríamos -prácticamente todos los días. "Ana y Alicia", eran las fotógrafas principales del Equipo de Prensa del PRT. Que abarcaba funciones muy vastas: nuestro ámbito de acción consistía en proveer material informativo para tres medios impresos: el diario El Mundo, de Buenos Aires (corresponsalía Córdoba), la revista Patria Nueva y Posición. Eventualmente colaborábamos con el diario Córdoba, que salía entonces por las tardes.

Fuera de ello, debíamos ocuparnos de hacer prensa para varios sindicatos, agrupados en el Movimiento Sindical Combativo, que conducía Agustín Tosco. En el lenguaje militante, "hacer prensa" podía tratarse desde cubrir periodísticamente un acto hasta imprimir volantes (o escribir artículos, diagramar revistas, supervisar su impresión, distribuir los paquetes, con nuestros vehículos, por todos los centros operativos sindicales de la ciudad).

De tal manera, no parábamos. Desde las seis o siete de la mañana, hasta pasadas las once de la noche, sin dormir la siesta, trajinábamos cada día por mil tareas. A veces, una "tarea urgente" nos obligaba a levantarnos de madrugada. Como aquella noche que "El Vasco" (responsable del PRT), nos despertó a las 3 para leer un documento que debía estar impreso a las 7 para su distribución. "Cebá mate", le decía El Vasco a Nelso del Vecchio, que se dormía. "El Zorro", dirigente de "Poder Obrero", sonreía. Y yo renegaba. Por sí esto fuera poco, cerca de las cuatro debí llevar a "El Zorro" en camioneta hasta un alejado barrio en Ferreyra, donde vivía. Y de allí nomás, partir hacia la imprenta de Oncativo, para que los cinco mil volantes estuvieran impresos a las siete de la mañana como para que pudiéramos comenzar a distribuirlos.

Por si todo esto fuera poco, nos asignaban también tareas de prensa y propaganda del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). No de todo, pues por entonces este era un movimiento que concitaba a miles de jóvenes en Córdoba, provenientes de partidos revolucionarios, sindicatos, centros vecinales, grupos de artistas, cine, teatro, en los cuales había también -por suerte- compañeros que editaban por sí mismos sus volantes, afiches, revistas o boletines. Pero casi todo confluía finalmente en nuestras dos imprentas y la Redacción central: nuestra revista, Posición, una espaciosa casa del barrio Güemes donde vivíamos, además, Nelso del Vecchio y yo.

Junto al PRT, en el FAS confluían el partido Poder Obrero, el Frente Peronista Revolucionario, las FAL "América Latina", "Ché Guevara" y "22 de Agosto", la "Columna Sabino Navarro" de Montoneros y los Comandos Populares de Liberación (peronistas). Además, una nube de pequeños grupos de izquierda, como "Espartaco", con vigencia únicamente en los ámbitos de la Universidad.

 

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La noche del miércoles 27 de febrero de 1974 un grupo de más de cincuenta policías cordobeses ingresó a la Casa de Gobierno provincial y depuso al gobernador peronista Ricardo Obregón Cano y a su vice, el dirigente sindical Atilio López. Los rebeldes se encontraban al mando del Teniente Coronel (RE) Antonio Domingo Navarro.

Eran las 22.55. En la habitación donde se encontraba reunido un grupo de funcionarios provinciales se vivía un clima de extrema tensión. De pronto, la puerta se abrió bruscamente y tres hombres armados con ametralladoras irrumpieron en la sala, obligando a los allí reunidos a salir al pasillo. Uno de los funcionarios inquirió:

-¿Quién es el jefe de este operativo?

-¡Retírese, señor! Oportunamente se le informará-, respondió imperativamente uno de los hombres armados y, acto seguido, obligó al grupo a colocarse en fila para marchar hacia la salida principal de la Casa de Gobierno.

Junto a los mandatarios, los sediciosos detuvieron a unas setenta personas que se encontraban en la gobernación. Entre ellos estaban los ministros de Bienestar Social y de Gobierno, Antonio Lombardich y Elio Alfredo Bonetto; los diputados Luis Bruno y Blas García; el presidente del Banco de la Provincia de Córdoba, Julio Aliciardi; el Fiscal de Estado, Juan Carlos Bruera; el director de Prensa, Alejo Díaz Tiliar; y el hijo y secretario personal del gobernador, Horacio Obregón Cano.

Navarro había sido relevado de su cargo de Jefe de Policía provincial ese día por el gobernador, por considerarlo "poco confiable". Al enterarse del relevo, el militar acuarteló a unos siete mil efectivos a sus órdenes en la ciudad, aduciendo una "infiltración marxista" en el gobierno.

Esa misma tarde, grupos de civiles habían tomado las emisoras LV2 -La Voz del Pueblo- y LV3 -Radio Córdoba- y comenzado a emitir comunicados en apoyo al jefe de la insurrección. Una de las transmisiones sostenía que Navarro representaba "una garantía de orden" y era "el vehículo necesario para el proceso de liberación".

Al caer la noche, se escucharon tiroteos en distintas partes de la ciudad. Civiles armados e identificados con brazaletes rojos comenzaron a circular por las calles.

Acusados por Navarro de "proveer armamento a grupos civiles de conocida militancia marxista", el gobernador y su vice fueron llevados, esa misma noche de miércoles, al Comando Radioeléctrico, donde permanecerían cautivos hasta el viernes 1° de marzo a las 17.30.

 

El jueves 28 a las siete de la mañana andábamos con Alicia en el Centro de Córdoba cubriendo toda la parafernalia desplegada por los insurrectos. Miles de policías, con cascos y uniformes de combate dirigían el fragoroso tránsito de la ciudad, armados como para una guerra. Tanquetas, camiones hidrantes, motociclistas con cascos y escopetas recortadas se acantonaban en las callejas laterales. Recuerdo a Alicia, rubia grandota, de short y ojotas, metiéndose entre los temibles represores para sacarles fotos con su Nikon dotada de varios teleobjetivos.

-¡Adonde va usted! -le gritaban.

-¡Periodista! ¡Diario El Mundo!-, contestaba Alicia, exhibiendo un carnet.

A la distancia pienso: ¡qué locos éramos! Todos -especialmente los canas- sabían que el diario El Mundo, la revista Posición y Patria Nueva, eran solventados por la guerrilla. ¡Y nosotros íbamos a meternos, así con nuestros carnecitos, en la boca del lobo, para obtener las notas!

Cerca de las nueve decidí regresar a la Redacción para escribir algo.

-¡Cuidate, nena! -le dije, al despedirme.

-¡Cuidate vos, "changuito"! -bromeó ella -¡a mí no me va a pasar nada!

Pero le pasó. Ese día la metieron presa, y los abogados del FAS debieron trajinar toda la tarde para poder liberarla.

 

No era broma: el peligro de aquellos represores está apenas patentizado por el horrendo suceso que transcribiré a continuación (Página12 -4 de febrero de 2007):

 

El Partido Comunista acaba de entrar en la causa de la AAA con un caso siniestro y bien documentado: la destrucción de su local en Córdoba el 10 de octubre de 1974, con detenciones y un asesinato.

El acta notarial lleva la firma de dirigentes políticos y funcionarios policiales. Relata las condiciones en que la policía cordobesa entrega el local allanado al Partido Comunista de la ciudad de Córdoba el 10 de octubre de 1974, donde la brutal irrupción a los balazos de policías y civiles continuó con torturas, golpes, simulacros de fusilamientos y la muerte de una militante comunista que se desangró por la hemorragia que le provocó "la introducción del cañón de un arma en la vagina". La patota rompió todo, baleó y saqueó las cajas fuertes y dejó sus marcas en las paredes de la casona de Obispo Trejo 354: varias leyendas con amenazas de muerte y la firma de las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina). Ese documento acaba de ser incorporado a la causa en la que el juez Norberto Oyarbide pidió la detención y extradición de la ex presidente Isabel Perón, por el supuesto delito de haber cobijado bajo el amparo del Estado a la banda paramilitar que asesinó a más de 1000 personas antes del golpe de Estado de 1976.

"Si son comunistas como (Horacio) Guaraní más bien váyanse del país porque los vamos a matar uno por uno. Si cae un policía van a caer tres de ustedes bolches hijos de puta. Las Tres A" (sic), decía la leyenda más extensa que dejaron policías y civiles en una de las paredes del local comunista de la ciudad de Córdoba en octubre del ’74. Las otras, también realizadas con aerosol negro, eran más ofensivas que políticas: "bolches hijos de putas. Tres A"; "zurdos putos", y "zurdos hijos de putas". En el acta también figura el "pomo de aerosol" lleno de "huellas digitales" de quienes hicieron las pintadas en el operativo del que participaba la policía cordobesa. Los comunistas acusaron del crimen de Tita Clelia Hidalgo, una joven de 30 años oriunda de Río Tercero, y las torturas que sufrieron otros 46 militantes que estaban en el local, al interventor federal de la provincia, el brigadier Oscar Lacabanne, y su jefe de policía, Héctor García Rey. "Aquí está la punta del ovillo para descubrir quiénes son las Tres A", denunciaron entonces los dirigentes del PC en Córdoba y Buenos Aires.

El acta notarial, el informe médico realizado por los doctores Osvaldo Khan y Emilio Ruderman sobre los golpes y torturas que recibieron los militantes, documentos fotográficos y el relato de quienes sufrieron los vejámenes y tormentos fueron entregados hace unos días al juez Oyarbide por una delegación del PC. Los comunistas también entregaron otros documentos y una extensa lista de militantes asesinados por las Tres A, y otra con testigos y sobrevivientes de los atentados de la banda paramilitar. Pero le pidieron al juez federal que los incorpore como querellantes en la causa, a la que ya se habían presentado junto a otras organizaciones políticas y de derechos humanos.

El asalto al local comunista en Córdoba fue una de las huellas claras que dejaron las Tres A de sus vínculos con todo el aparato estatal. Poco después de las siete de la tarde del 10 de octubre de 1974, policías y comandos civiles ingresan en la casona de Obispo Trejo disparando ráfagas de armas de guerra -"Itaka, metralletas, pistolas 45"- después de volar la cerradura de la puerta de entrada. El único recaudo que tomaron los comandos cordobeses es que no les vieran las caras. "Nos tiraron a todos boca al piso, mientras disparaban sobre nuestras cabezas y caminaban por encima nuestro repartiendo culatazos y patadas" al grito de "bolches hijos de puta, los vamos a matar a todos", relataron varios de los que vivieron el tormento. Luego fueron separando a distintas personas para torturarlas y exigir que aparezcan "las armas". Así comenzaron los simulacros de fusilamiento a los pequeños grupos que sacaban al patio mientras gatillaban las armas y los disparos repiqueteaban cerca de sus cuerpos. A otras salas del local se llevaban a las mujeres, desde donde "se escuchaban gritos desgarradores".

Tras dos horas de tormentos en los que nunca cesaron los disparos dentro del local, los hicieron formar "con las manos en la nuca" y la "obligación" de mantener los ojos cerrados para pasar por una doble fila de asaltantes que descargaron "patadas, latigazos, culatazos y trompadas" a su paso.

"A ver, uno con credencial de la Federal que salga a la calle" y "sáquenlos, los primeros al móvil 184", ordenó uno de los asaltantes según el relato del dirigente comunista Jorge Caselles. Afuera los subieron a un camión y "nos fueron apilando como fardos uno arriba de otro, lo que hacía que los que quedaran abajo casi ni pudieran respirar", dijo entonces Enrique de Dios. "A estos los vamos a rociar con nafta y los vamos a quemar a todos", volvió a escuchar Caselles antes de que el jefe le ordenara a un subordinado "no tires gases a la esquina (de Trejo y Quirós) porque el viento lo trae para acá".

En la retirada, los comandos volvieron a disparar ráfagas de tiros y proferir amenazas para ahuyentar a los curiosos. La recorrida duró poco. Enseguida llegaron a la División Informaciones de la policía provincial. Allí los volvieron a tirar de cara al piso, formar la fila con las manos en la nuca y los ojos cerrados. Adentro, les vendaron los ojos con jirones de trapos de los carteles que habían traído del asalto, aunque antes algunos lograron ver el patio del lugar con decenas de personas (ver aparte) en las mismas condiciones: con los ojos vendados y manos en la nuca esparcidos por el piso o contra las paredes, varios de ellos esposados. Así estuvieron más de 40 horas, antes de recuperar la libertad, tras otros interrogatorios, amenazas y acusaciones de "asociación ilícita" y "tenencia de munición de guerra".

Pocos días después Clelia Hidalgo murió en el Hospital de Clínicas cordobés. Un policía advirtió la intensa hemorragia -que le produjo que "le introdujeran el cañón de un arma en la vagina"- mientras la interrogaba. Ordenaron su traslado "en calidad de detenida" a la sala policial del policlínico del barrio San Rafael. Tras reiteradas denuncias, y por su delicado estado de salud, fue nuevamente trasladada al Clínicas, pero Clelia no soportó las lesiones que sufrió en el asalto.

El 15 de octubre la policía entregó el local del PC ante un escribano, por exigencia de los comunistas. Allí consta la forma ruinosa en que quedó la casona, los disparos en las paredes, las vainas servidas y las leyendas de las Tres A que dejó el operativo. El acta lleva la rúbrica de tres agentes de la seccional primera de la policía cordobesa: el suboficial ayudante José Amadeo, el sargento Ismael Salta (chapa 162) y el agente de consigna José Moldia (chapa 111).

Isabel Perón había decretado la intervención federal de la provincia tras el golpe institucional que pasó a la historia como "el Navarrazo". El ex jefe de la policía de Córdoba, el teniente coronel Antonio Navarro, tomó la ciudad a punta de pistola con comandos policiales y civiles que arrestaron al gobernador Ricardo Obregón Cano y a su vice Atilio López (luego amenazado y acribillado por las Tres A). Lacabanne, un brigadier que siempre decía actuar en nombre de Isabel, volvió a colgar en el cuartel de la policía cordobesa la fotografía del ex jefe Navarro, que entonces estaba prófugo de la Justicia.

 

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De las cuatro situaciones con Alicia que más recuerdo, dos son festivas. Esto seguramente por la simpatía chispeante y el carácter eternamente bien dispuesto que tenía.

La primera transcurre durante todo un día domingo en el río Cosquín. A la altura de Río Ceballos, habíamos arribado en dos vehículos con varios compañeros del PRT y el Frente Peronista Revolucionario.

Recuerdo que en un momento de nuestro recreo, luego del asado, jugando en el agua me acerqué a ella desde atrás, y empujando fuertemente con mis dos manos la hundí. Durante un rato logré mantenerla abajo, pero su formidable fortaleza pronto le permitió librarse de mi presión.

Por dos veces, ella me devolvería la broma. Era tan fuerte, que al hundirme resultaba desesperante tratar de quitar de mi cabeza aquella potencia de sus manos, que me mantenía bajo del agua. Cuando lo hizo por segunda vez, luego de emerger casi ahogado aduje, pues, que "me estaba congelando", y salí del río, pisando cuidadosamente sobre las piedras que, como un puentecito, conducían a la orilla.

-¡Ahhhh! ¡huyes, cobarde...! -me cargaba Alicia, dándose cuenta de los verdaderos motivos de mi salida.

 

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La segunda fue una fiesta nocturna. Una chica rubiecita, de apellido Gómez, santiagueña, paseaba por Córdoba entonces y me parece haberla encontrado por casualidad. Ella es socióloga ahora, y enseña en la UNSE, según creo. Era -es- muy bonita y algo ingenua. Recuerdo sus ojos muy abiertos al vernos, esa noche, exhibiendo escopetas recortadas, pistolas, y fotografiándonos con esas armas contra un fondo de afiches revolucionarios.

La casa -amplia, de estilo antiguo- era de un dirigente sindical de trabajadores de la Ford. Ya bastante tomado, "La Cigüeña" (lo llamaban así porque era un flaco alto), no tuvo mejor idea que llevarnos a una habitación donde comenzó a extraer, de cajones y armarios, todo tipo de armas.

-¡Te saco una foto!-, le anunció Alicia, trayendo la súper cámara que eternamente llevaba como si fuese una parte más de su cuerpo.

La Cigüeña se puso entonces una boina, ladeada sobre el lado izquierdo de su cara, y se atusó los gigantescos bigotes. Se cruzó una canana con balas de escopeta sobre el pecho y enarboló una recortada. Así ataviado posó frente a un gigantesco retrato del Ché, que tenía pegado arriba del espaldar de su cama.

Todos nos sacamos fotos como esa. Juntos o separados. Ya a la madrugada, Alicia se quedó dormida, en el suelo, a lado de unas macetas... Entonces a mí se me ocurrió ponerle granadas al lado, un fusil entre sus brazos, y fotografiarla...

De allí, directamente, Alicia había ido a trabajar. Durante el día anterior, antes de la fiesta, había cubierto actividades sindicales y de los barrios. Cometió el error de entregar el rollo, tal como lo llevaba, a otros compañeros para que lo revelasen...

¡Cuando los compañeros vieron aquellas fotos, casi cayeron de espaldas!... "¡Qué liberalada!", nos dirían los compañeros después, en tono reprobatorio. Por aquellas fotografías -que por supuesto suprimieron- nos sancionaron, a ella y a mí, dejándonos sin salida el siguiente fin de semana.

 

El 14 de septiembre de 1973, en un gigantesco acto convocado sobre la avenida Vélez Sársfield para repudiar el golpe militar en Chile, conocí a quien sería la compañera de toda mi vida y madre de mis hijas. Gloria estaba detrás de mí, como a veinte metros de distancia, entre los estudiantes universitarios. La segunda vez que me di vuelta y encontré sus ojos, que brillaban, me acerqué con la excusa de pedirle un cigarrillo al "Pato", un gringuito estudiante de medicina, que conocía y las acompañaba junto a su hermana.

Desde entonces, con Gloria, no nos separaríamos más. La cárcel lo hizo, corporalmente, en 1976, pero nuestras almas siguieron unidas, hasta nuestro reencuentro definitivo, en 1982. Por mi esposa es que sé algo más de Alicia, que compartiría esta etapa de su existencia con ella en algunas de las mazmorras del Proceso.

Sé que fue detenida en Córdoba, luego trasladada a Devoto. Durante su detención sufrió varias amenazas de muerte, entre las cuales se contó su traslado de regreso a la Penitenciaría de Córdoba, donde reinaba el tenebroso Menéndez.

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Luego de su libertad estuvo un tiempo en Europa, hasta que las condiciones políticas argentinas le permitieron regresar. Desde entonces, continuó trabajando con organizaciones sociales y asociaciones de Derechos Humanos.

También me enteré, por compañeras de mi esposa, de su fallecimiento, el año pasado. Como un corolario de mi modesta recordación, en el día de su cumpleaños, reproduciré, abajo, el último e-mail que, a sus amigas y amigos, envió "Alisota" -como la llamábamos cariñosamente quienes la conocimos:

 

Original Message -----

From: Alicia Wieland

To: Amigos

Sent: 23 de julio de 2008

Subject: Alisota / Amigos

 

Mis queridos amigos, amigas, reenvío esto que me llegó... hasta su introducción representa todo lo que hubiese dicho y diría para tal día, los quiero mucho y les deseo lo Mejor, Alicia...

 

Hola amigos: les envío estas líneas de Vinicius, que hace muchos años la publicó en los clasificados de un diario de Brasil.

Por supuesto que no es una búsqueda: es la mejor descripción de la amistad que encontré.

Para Ustedes, con el deseo de que sigamos así: siendo amigos...

 

Se busca un amigo

 

No necesita ser hombre o mujer, basta que sea humano.

Basta que tenga sentimientos, que tenga corazón. Necesita hablar y saber callar, y sobre todo oír.

 

Tiene que disfrutar de la poesía, de la madrugada,

del sol, de la luna, del canto de los vientos

y de la canción de la brisa.

 

Debe tener un gran amor, o de lo contrario

sentir la ausencia de ese amor.

Debe respetar el dolor

que todas las personas llevan consigo.

 

Debe guardar secretos sin sacrificarse;

pudo haber sido engañado

(todos los amigos son engañados).

 

No es necesario que sea puro, ni del todo impuro,

pero no debe ser vulgar.

Debe tener un ideal y miedo a perderlo.

 

Debe sentir pena de la persona triste y comprender el inmenso vacío de los solitarios.

 

Debe ser Don Quijote sin despreciar a Sancho.

 

Que sepa conversar de cosas simples, del rocío,

de las grandes lluvias,

de los recuerdos de la infancia.

Se busca un amigo para no enloquecer,

para escuchar la noche o

lo que se vio bello o triste durante el día.

 

Los anhelos y las realizaciones, los sueños y la realidad.

 

Se necesita un amigo para llorar, para asomarse al pasado en busca de memorias queridas.

 

Un amigo que nos abrace sonriendo o llorando,

pero que nos abrace.

 

Vinicius de Moraes

 

Gracias a Marta Quiroga (quien envió un pps con las fotografías al Grupo "Caramelo Mágico": caramelomagico@gruposyahoo.com.ar).

 

02/09/09

Los Grinberg con Cacho Monges

pickups.jpgHugo Mansilla se levantó como a las 11, aquel domingo primaveral de 1965. En el espejo del baño, desde lejos, se miró. Tenía algo oscuro en el cuello. Al acercarse, descubrió un moretón, como si hubiera caminado por allí una araña pollito con su baba. ¿Qué iba a hacer ahora? Para el mediodía estaban invitados, con Julio, a almorzar en la casa de Chongo. Decidió atarse un pañuelo de su mamá, amarillo con flores rojas. Más o menos hacía juego, bajo la camisa marrón.
Ya en el almuerzo, sentados ante la suntuosa mesa de la familia de Chongo, con Julio a su frente, la señora de Sánchez Gramajo le preguntó:
-¿Por qué llevas ese pañuelo al cuello, Huguito? ¿No te da mucho calor?
-Es que anoche, mientras actuábamos, se me ha cortado la cuerda del bajo y me ha pegado en el cuello, señora... me ha quemado, dejándome una marca muy fea -Hugo mintió lo primero que se le ocurrió.
-Ohhh -exclamó doña Elvira asombrada -¿Y cómo es que te quemó? ¿Se calientan las cuerdas del bajo eléctrico?...
-Sí -mintió otra vez Hugo. -Se calientan mucho.
De mirarlo con ojos muy abiertos, Chongo y Julio pasaron a bajar los párpados, concentrándose en la comida para no tentarse.
-Mmm...-murmuró con tono de dudas la señora -no sabía que se calentaban tanto las cuerdas de los instrumentos...

Eso fue cuando los Grinberg con Cacho Monges llevaban ya más de un año de éxitos, en Santiago. El grupo original, iniciado en el invierno de 1964, estaba compuesto por "Beby" Juárez en la batería, "Nuni" Santillán primera guitarra, el "Petiso" Villa en bajo, el "Negro Silva" en guitarra rítmica y Cacho Monges, cantor. Por razones que Julio nunca averiguó, los miembros originales tuvieron que separarse y lo hablaron para reemplazar a "Nuni". Muy poco tiempo después, también Villa abandonó el grupo. Fue reemplazado por "Pinocho" Saldaña. Pero la inestabilidad parecía empecinarse: enseguida se retiraría, asimismo, el "Negro Silva". En su lugar, tocó "Julito" Gutiérrez, un chico amable y rubio, con guitarra eléctrica recién comprada. Todos -menos Julio- vivían en La Banda. La fatalidad, sin embargo, se encargaría de seguir dándole jaques al ensamble: Julito -en un accidente automovilístico que conmovió a la población- murió. Tenía 15 años... Entonces Julio invitó a "su hermano" (por entonces el mejor amigo que tenía) Carlos Sánchez Gramajo (h), a integrar Los Grinberg. "Chongo" aceptó el desafío. Compró una guitarra Jakim, excelente, e ingresó. Julio aún tocaba con su guitarra blanca, nacarada, de dos micrófonos, fabricada por "Chinche" García, adquirida cuando cumplió los catorce años. Para señalar su vocación de pintor, Julio la había mandado a fabricar con forma de paleta. Esa guitarra tenía un inconveniente: era muy pesada. Debido a la ausencia de fábricas metalúrgicas en Santiago, y como debía proveerlas de una resistencia especial, para soportar sin arquearse la tensión de las cuerdas de acero -cosa que en las industriales se solucionaba con un fuerte núcleo metálico-, "Chinche" utilizaba madera de quebracho blanco. Pero así, los músicos, se veían obligados a cargar instrumentos que parecían de plomo, durante horas, sobre los escenarios.
Chinche proveía de guitarras eléctricas, por entonces, a todos los grupos. En el Santiago aún escasamente comunicado con los grandes centros industriales y comerciales, comprar una guitarra eléctrica traída de fuera constituía todo un riesgo. Había que pedírselas a las únicas dos casas de música que por entonces había -Bazar Imperio y Olivares-, y casi sin ninguna seguridad. Los comerciantes pedían "una" guitarra eléctrica (no era un instrumento con mucho mercado en Santiago). Y si la que llegaba de Buenos Aires traía un diapasón duro, o pequeñas fallas... "a mamarla".
Entonces los Rocklands, los Demonios y los Demonios del Ritmo, además de otros grupos menos importantes, solían encargar sus guitarras directamente al "Chinche" García, un electrotécnico de ojos azules, a quien llamaban así por el subido tono rojo de sus mejillas sobre una cara muy pálida. Chinche vivía en la avenida Belgrano, entre Pedro León Gallo y Mitre, a la mano izquierda yendo hacia el Sur. Era una casa antigua, medio ruinosa ya, en cuyos dos primeros salones el hombre tenía montados su taller de electricidad y carpintería.
A Julio lo habían llevado allí "Meca" Helmans y "Pachi" Pinto. Pachi -que vivía en el Pasaje Figueroa, por allí cerca- tenía la primera guitarra eléctrica que Julio conoció, a sus trece años. Julio había quedado tan fascinado con el sonido de esa guitarra, que desde entonces acosaba a su padre para que le pagara una. Cuando llegó la ocasión -casi un año después-, la diseñó escrupulosamente.
Una mañana, mientras estaba haciendo cola en una inmensa sala del edificio de Salud Pública, para obtener certificado de Buena Salud, se le acercó un muchacho más o menos de su edad.
-Hola gato -le dijo- ¿vos sos Julio Carreras?
Sí. Contestó Julio. Más sorprendido en realidad porque lo llamara "gato". Es que Beby, luego iba a saberlo, llamaba a todos así. Por los "Gatos Salvajes", un conjunto rosarino que le encantaba.
-Nosotros estamos formando un conjunto -explicó desinhibidamente Beby, adolescente muy morocho, que llevaba el pelo cortado al rape en los costados y arriba levantándose como flechas, pese a la gomina-, necesitamos una guitarra. El chango que toca no tiene...-agregó con franqueza- y nos han dicho que vos tienes una...
Debido a esa cuestión tan pragmática, fue que Julio comenzó a ensayar con aquel grupito, llamado "Los Juveniles", en La Banda. Cáncer tocaba la segunda guitarra y Cacho Monges cantaba. Todos eran menores de quince años. Su primera -y única- actuación- fue en el Club Tabla Redonda, de La Banda. No había corriente eléctrica allí, por lo que debieron conectar los equipos a una batería. Para un público de hombres con aspecto de campesinos, con sombreros negros y pañuelos al cuello, y muchachas oscuras en vestidos floreados, bajo los algarrobos y unos raquíticos faroles, tocaron "Gavilán Pollero", "Despierta Lorenzo", "Muñequita", de los Pick Ups, conjunto por entonces de Moda. Allí Julio conocería también a un tipo entrañable, ya "grande" (más de veinte años): el "Ñoño" Gallegos. "Ñoño", un agraciado rubio de ojos verdes, iba a ser el "chofer oficial" de los Grinberg, durante toda su trayectoria. Y los acompañaría siempre, con su auto sedán, no sólo en sus viajes, sino también en las farras.

Con el ingreso de Chongo Julio adquirió mayor influencia en el conjunto. Ya por entonces -mediados del 65-, tocaban temas de los Gatos Salvajes, Horacio Ascheri, Los Iracundos: "La respuesta", "Ojos sin luz", "Mi promesa", "El Golpe", "Calla". Esta hegemonía iba a consolidarse cuando, debido al abandono de "Pinocho" Saldaña, quien debía trasladarse a Córdoba, ingresara Hugo Mansilla.
A instancias de Julio, Hugo compró un bajo eléctrico y comenzó a practicar "matando caballos", pues apenas tuvieron unos días, antes de lanzarlo sobre un escenario. Que no era cualquiera, pues se trataba del Parque de Grandes Espectáculos. Y además actuaban esa noche quienes, por entonces, ya eran "monstruos sagrados": Los Demonios, con Johnny Dellara.
Pasaron bien la prueba. El grupo, que al principio alquilaba un equipo para sus guitarras a quien llamaban "El Petiso Barrón", pudo adquirir instrumentos nuevos y amplificadores, con el producto de sus remuneraciones.
Todos los fines de semana tenían contratos, casi siempre en tres o cuatro clubes. Para cumplir con lo cual debían desarmar los instrumentos, cargarlos en el auto de Ñoño, bajarlos nuevamente y volverlos a armar en el club siguiente, para repetir el operativo cuantas veces fuera necesario. Un buen ejercicio, que les exigía alimentarse bien y cierto descanso luego. Algunas veces, tocaban hasta tres actuaciones en cada club, por noche. Y si tocaban en tres clubes, debían hacer en total nueve actuaciones de media hora cada una, trasladándose para esto y repitiendo el operativo de armar, acarrear, subir y bajar equipos, una y otra vez, entre distintos sitios con seis o siete kilómetros en el medio.iracundos.jpg Esto se intensificaba aún más en los carnavales, período durante el que actuaban todos los días, pero a la siesta y a la noche.
Cierta vez Julio le preguntó a Beby por qué había bautizado "Los Grinberg", al grupo. "Por el judío que nos alquilaba los equipos", contestó el negro. "Todos los equipos tenían, pintado con letra grande, el letrero Grinberg... incluyendo el bombo de la batería... entonces, lo más fácil fue seguir llamándonos así"
Durante los carnavales del 66 Julio se hizo amigo de unos chicos de Tucumán, que cantaban temas de los Beatles traducidos al castellano. Y también cierto potpurrí de cancioncillas populares. Los "sponsoreaba" un joven empresario tucumano, de origen árabe: Karim Melem Dip. Por eso, se llamaban "Los Karim". Se alojaban en el "Grand Hotel", de Diéguez. Como Los Grinberg tocaban también en los bailes y confiterías de Diéguez -Rio Dulce Grill, Parque de Grandes Espectáculos, Confitería Ideal-,
se conocieron y confraternizaron.
A Julio lo deslumbró el tren de vida que llevaban. Almorzaban opíparamente, cenaban en los mejores restaurantes, se calzaban con los más caros mocasines, exhibían pantalones y remeras de boutique. Y esto impresionaba especialmente a las chicas de las clases más altas. Cuando le propusieron ir a tocar con ellos, Julio no dudó. Se sentía ya -a los 16 años- "un profesional". Pensó que iba a hacer mucha plata, en Tucumán.
Así que terminando el carnaval, anunció a sus compañeros la decisión, para que buscaran un guitarrista cuanto antes. No demoraron más de un par de días en hacerlo. En su lugar entraría "Ruly" Barrionuevo, un joven alto y rubio, con cierto aire a Ricky Martin. Sólo que Ricky Martin aún no había nacido. Y este joven era de La Banda. Muy buen músico, poseía un excelente guitarra... así que el conjunto siguió sin trabas.
Y Julio pudo viajar, con "Johnny Perkins y Los Karim", a Tucumán...

Tema relacionado: "Carmina"

Conservatorio Rossini

 

alaria.jpgMi padre tenía un violín. Poco antes alcanzar los tres años, descubrí que golpeándolo contra el soporte de una maciza cama metálica iba a poder abrirlo. Buscaba encontrar allí el secreto de su música. Mi padre me pegó por ello. No sé si demasiado fuerte. Pero la experiencia fue traumática. Así que cuando mi madre preguntó, con tono autoritario: "¿Qué quieres estudiar... violín o piano?", luego de reflexionar unos segundos opté, resignadamente, por decir: "Piano". Yo había pasado los cuatro años ya, pero la palabra "violín" me traía de inmediato reflejos incómodos.

Conocí un piano recién al entrar por primera vez al Conservatorio Rossini-De Paula. Mi profesora no era demasiado paciente. Luisa Santini de Vélez, se llamaba. A regañadientes, me había aceptado: la edad límite hacia abajo estaba fijada en seis años. Y como dije yo apenas superaba los cuatro...

"No, no, no", dijo la señora, sin tomar para nada en cuenta mi presencia. "Yo no quiero renegar con chicos de menos de seis años".

Mi madre no era una persona cuyos propósitos pudieran doblegarse fácilmente. Con insistencia y esa suficiencia de "mujer de alta sociedad" que tenía, impuso finalmente mi inscripción. Debido a lo cual, desde mi primera clase debí componerme como pude, con una anciana algo predispuesta en mi contra. Y que no iba a tolerar muchos errores.

"¡Las muñecas arriba! ¡Las muñecas arriba!", me espetaba, "¿no ves que así endureces los dedos?"

Y cuando me equivocaba en una nota, me pegaba en la mano con una lapicera de metal, muy pesada, que tenía. "Do", me decía "Do, no si, do."

Tenía una hija, relativamente joven (¿unos 22 años, en 1954?... tal vez). Rogaba que me atendiera ella, en lugar de la anciana, pero esto sucedía muy rara vez. Todos los días a la siesta debía ir a practicar. Y presentar la lección dos veces por semana.

El señor Vélez era un sesentón elegante. Como a las cinco de la tarde, brotaba de la espléndida galería con traje y sombrero. Impecable, solía gastar ambos naturales o azulados en el verano, marrones, ocres y grises en invierno. Sombreros según la ocasión. Zapatos relucientes, también de acuerdo con las tonalidades en el resto del vestuario. Un eterno bastón -a veces con manivela en gancho, otras recto (¿tendrá un estoque dentro?, me preguntaba al verlo, influido por tempranas lecturas). Con voz seca nos saludaba, echándonos una mirada de cierta repugnancia, a los chicos y chicas que esperábamos, en los sillones de una salita interna.

Más tarde descubrí para qué se acicalaba tan meticulosamente aquel hombre, todas las tardes. Iba a la plaza. Cierta tarde -como uno o dos años después, cuando me atrevía ya a desviarme un poco del camino prefijado-, en vez de ir hacia la esquina de Independencia y Avellaneda donde debía esperar el colectivo doblé hacia el norte, por la plaza, como yendo hacia la Catedral. Me sorprendí al encontrarme con el señor Vélez allí, impecable, erecto, solo y con expresión aburrida, en uno de esos anchos bancos de madera pintados de verde oscuro, que había. No me atreví a saludarlo. El tampoco me saludó, pese a que no se divisaban otras personas en más de veinte metros a la redonda. Años más tarde, incluso cuando ya ni siquiera iba al conservatorio y me había convertido en un adolescente presuntuoso y algo fatuo, una que otra vez me daba con el ya anciano Vélez en aquel mismo banco. Entonces era yo quien lo miraba levantando la nariz. A veces, él departía con otros ancianos. Todos emperifollados y ceremoniosos, a su semejanza. La última vez que lo vi fue cuando yo tenía como 19 años y tocaba la guitarra eléctrica, en un grupo de jazz, con cierto pianista bonaerense afincado aquí. Incluso me acerqué, para saludar a don Carlitos Lugones, a quien guardaba algún afecto. Según me habían dicho, don Carlitos era hermano de Leopoldo Lugones. Por razones que nunca conocí, habitaba entonces en una modesta pensión del centro. Yo lo trataba desde hacía poco, debido a mi relación con el bonaerense, que también alquilaba allí. Muy anciano, apenas caminaba, por lo cual debía ayudarlo a cruzar las calles, algunas veces, cuando me lo encontraba.

 

avindep-37.jpg

Volvamos al Conservatorio Rossini. Estaba en la esquina de calles Sarmiento y Entre Ríos. Creo que el rigor era un ingrediente sustentado en el éxito que se obtenía, al final. Había dos pianistas -Rodríguez y Rosales, los recuerdo-, como de 18 años, que nos dejaban pasmados con sus interpretaciones. Nosotros -los más chicos-, escuchábamos de fuera, por cierto. Pero lo que oíamos nos asombraba e intimidaba: parecía imposible que dedos humanos estuviesen gestando aquella música, sin una falla, sin una vacilación... las más ligeras polonesas de Chopin, las sonatas más difíciles de Beethoven, las pitagóricas fugas de Bach... "¡Mucho mejor que un disco!", se decía. (Concedamos que los discos, en aquellos tiempos, se escuchaban con ruidos y los parlantes no siempre tenían bastante fidelidad). La anciana estaba orgullosa de ellos.

Cuando se fueron, yo tenía ya edad suficiente -unos once años- como para que doña Luisa me hiciera una que otra confidencia. Una tarde en que la pillé melancólica, me mostró la carta que acababa de recibir de Rodríguez (joven atildado y un tanto zalamero, por quien ella tuviese especial predilección). "¡Está triunfando en Nueva York!", me dijo. "¡Y es como si fuera mi hijo!..."

Otra de las confidencias que la anciana me hizo -y esta vez hasta lagrimeó-, fue la desgracia de su sobrino, Alfredo Alaria. "¡En lo mejor de su carrera!", gimió la anciana. "Se le cortó el tendón de Aquiles! ¡A la altura del tobillo! ¿Te imaginas lo que eso significa como un gran bailarín?" Yo era muy empático: sentí un dolor agudo en el mismo lugar cuando gráficamente la profesora me contó "dicen que fue como un disparo de pistola, cuando se le cortó el tendón -arriba del escenario, durante un ensayo-". Para mi perplejidad bajó una revista El Hogar, que estaba sobre un estante, y abriéndola, me mostró una gran foto: "...mirá... mirá... ¡que expresión desolada!... ¡Ay... pobre mi sobrino! ¡jamás volverá a bailar!"

Luego, me sorprendía siempre de hallar, cada tanto, información sobre Alaria, quien había sido un famosísimo bailarín, coreógrafo, actor de numerosos filmes y recorriera el mundo, triunfando en París con su profesión. Tal como me dijese mi profesora. Recién ahora, al buscar datos sobre el artista, percibo que su segundo apellido era De Paula. Y como nuestro conservatorio se llamaba Rossini-De Paula, infiero que por aquella rama se introducía el parentesco de doña Luisa.

Finalmente, dejé el conservatorio antes de llegar al grado de Profesor Elemental. No regresé jamás a sus aulas. Pero en ellas habían pasado tantas horas de mi existencia, durante los seis años transcurridos, que no bastarían doscientas páginas para contar mis vivencias durante aquel periodo. Por ello es que decidí dejarlas -provisoriamente- fuera de esta breve reseña general, de lo que fuese mi experiencia en el hoy desaparecido conservatorio, Rossini-De Paula.

 

Nota: la fotografía del medio muestra la esquina de Avellaneda e Independencia, en 1937 y fue tomada por el señor Vicente Gigli. Santiago no cambió demasiado hasta finales de la década de 1960. Así que aproximadamente como se ve era la esquina donde yo esperaba el colectivo para volver a casa. Fuente: Archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.

 

01/09/09

El Petiso Fantasma

 

parque-32.jpg

La muerte es una puerta sin regreso para quienes sobrevivimos a alguien amado. Esto le sucedería a mi tío Mariano con el fallecimiento de Chimbi -su primogénito de cinco años- alrededor de 1957. Y a mí algo más tarde al morir, también, Mariano, en 1972. Nada es igual ya.
Tal vez fuera esa desgracia lo que impulsó el regreso -hacia 1958- definitivo de mi tío Mariano a la ciudad. Talentoso, refinado, prontamente ocuparía puestos de importancia en el área docente. Pero su rostro develaba ya, al costado de su fina boca, dos líneas profundas.
Lo designaron director de una bonita Escuela, cuyas ruinas invito a mis lectores apresurarse a ver, pues en cualquier momento algún "avisado" mercader comprará ese espacio por monedas para convertirlo en "Shopping Center". Las ruinas del hermoso edificio -que posee incluso una amplia vivienda para sus cuidadores-, está frente a la placita Belgrano.
De allí hasta nuestras casas -Tío Mariano vivía sobre la General Paz, nosotros en la 24 de Septiembre, ambas detrás del Hogar Escuela-, había unas pocas cuadras.
Caminar por esos lugares era una delicia. Donde terminaba nuestro pequeño barrio de clase media, hacia el sur, había una cancha de fútbol ("Palmeira"); a su derecha, un montecito. Y más a la derecha aún, cerraba el circuito una frondosa finca, propiedad de un matrimonio italiano. No recuerdo su apellido -tal vez nunca lo supe, pues lo que importaba era nuestra amistad con sus hijos, dos mellizos rubiecitos, maravillosamente buenos: Franco y Giorgio.
Majestuosas, las ruinas de un esquelético edificio monumental se dibujaban sobre el perfil del horizonte al finalizar la cancha -por lo demás escasamente utilizada. Se decía que allí había sido un monasterio, abandonado por causas misteriosas. Y que de noche, "las almas de las monjas, espantaban".
Luego una placita con juegos, y enseguida un barrio, también de clase media, pero ya extenso, no recoleto como el nuestro: el Barrio Belgrano. En aquel tenía una amiga a quien nunca más vi, pero recuerdo mucho por su bondad y talento. Se llamaba Ana María Cassé (tal vez se escriba Casseaux, incluso creo que ella algunas veces me lo aclaraba). Nos unía la música. Era mayor que yo -¿tendría entonces quince o dieciséis años?, y yo apenas ocho o nueve... De cabellos castaños, ondulados, vestía con decoro, prolijamente; era bella pero sin estridencias. Sobresalía su carácter: afable y calmo. Cuando iba a su casa en bicicleta -imprevistamente, sólo por algún impulso del momento-, me atendía en la vereda, junto a un florido jardín, en el verano. O según el día, me invitaba a pasar. Generosamente, me prestaba discos. Ella tocaba el piano. A veces, solía hacerlo para mí: temas de jazz, alguna cancioncilla popular...
Hacia el Oeste, estaba limitado el Barrio Belgrano por una Capilla y la mencionada escuela donde ejercía mi tío, rodeando a una preciosa placita.
Majestuosa, la Acequia Belgrano, constelada de gigantescos árboles, abría paso, con sólo cruzar alguno de sus puentecitos, a la franja señorial. A su derecha, siempre al Oeste, se levantaban imponentes edificios, rodeados por parques de ensueño. Entre ellas, justamente donde terminaba la herradura de la placita, estaba la Casa del Gobernador.

Una noticia conmovió a toda la sociedad santiagueña: ¡por las noches, andaba apareciendo, sistemáticamente, un ser sobrenatural! Repentinamente, se acercaba a los pequeños grupos de colegialas, que regresaban de sus escuelas. Muy al estilo "Chito Vozza" (es decir, con erudición, elegancia y respeto), se dirigía a ellas, tras el sólo propósito de disfrutar con su compañía.
A modo de advertencia, sin embargo, comenzó a aparecerse también ante algunas autoridades. Curas párrocos, conductores de "mateos", comisarios... se lo encontraban de repente, mirándolos de un modo sombrío, antes de esfumarse en la oscuridad.
De distintas fuentes de información, todas confiables, llegaban nuevas noticias: ¡el Petiso había sido visto en Tala Pozo! ¡El Petiso, anoche, se les apareció a las chicas de la Escuela del Centenario! ¡El Petiso en el Profesorado de la Normal! ¡El petiso en La Sarmiento!...
A las chicas que iban a la escuela de mi tío Mariano se les apareció cierta noche y al día siguiente nuestra familia sólo hablaba de eso. Si bien de Enseñanza Primaria, al ser Nocturna, iban allí muchachas que por una u otra causa no habían podido hacer sus estudios en edad normal (durante la infancia). Presentaban entonces edades que iban entre los 13 y hasta veinte años, con un promedio de dieciséis. ¡Este era precisamente el target del Petiso!
Mi tío Mariano tenía una alumna a quien alojaba en su casa.* Bella muchacha blanca, de cabellos oscuros cayendo en graciosa melenita alrededor de su cara ovalada, la mañana siguiente nos contó asustada lo ocurrido.
"Salíamos con tres chicas compañeras de la escuela, como a las nueve y media", se estremecía ante la asombrada rueda que componíamos mi abuela Corina, tía Teodora, mi hermanito Gustavo de seis años, yo de ocho, mi pequeña prima Carmen Graciela y detrás nuestras dos muchachas, paradas.

"Queríamos comprar caramelos en el almacén, y cuando íbamos cruzando la placita, de repente... un hombre apareció en medio de nosotros"...
Ninguna de las cuatro lo había escuchado llegar (pese a que por entonces y especialmente de noche, nuestra ciudad era muy silenciosa, escasos motores turbaban su calma y apenas los cascos de uno que otro "mateo" resonaba alejándose por momentos).
"Se metió en el medio de nosotros", se estremecía Catalina, la joven protegida de mis tíos, la cual rondaría entonces los dieciocho años. "¡A mí y Dorita, nos ha tomado del brazo!"
HnosSimon.jpgLas chicas se asustaron tanto que perdieron el habla. Después de saludarlas, el Petiso siguió con ellas, diciéndoles galanterías, hasta el final de la plaza. Mas desapareció, apenas las jóvenes hubieron pisado la vereda del Almacén.

Entonces gobernaba Santiago del Estero don Eduardo Miguel. Hombre campechano, elegante y alto, de cuidado bigote cano, gustaba trasladarse hasta la sede gubernamental -frente a la plaza San Martín- en mateo. Declinaba de vez en cuando el auto oficial, para que la gente lo pudiera ver y saludarlos. En esos finales de los 50 no se reunían multitudes tensas al mezclarse las celebridades con el público: se las contemplaba con naturalidad. Don Eduardo Miguel solía atravesar por la mano derecha de la Acequia Belgrano, saludando con la mano cada tanto a los transeúntes, en un "coche de plaza", ** las más o menos veinte cuadras que separaban su residencia del edificio gubernamental.
"Don Eduardo", le gritaba repentinamente algún ciudadano, al verlo venir: "¿cuándo lo van a agarrar al Petiso?"
"¡Para qué quieres que lo agarremos, m´hijo! ¡Si las trata a las chicas mejor que sus maridos!", bromeaba el gobernador.
Tanta popularidad alcanzó el Petiso, tanto se hablaba de él en casas, reuniones, bailes y confiterías, que los Hermanos Simón, por entonces el conjunto musical más popular de Santiago, decidieron dedicarle una chacarera:

"Tanto ruido hace la gente,
por el petiso fantasma;
si se topa con mi suegra
se le va a acabar la fama"
...decía en su primera estrofa. Y después:

"Dicen que a un conductor
se le sentó en el pescante;
falta que al gobernador,
a él también me lo espante.

"Un guapo salió a buscarlo
por las termas de Río Hondo;
al otro día lo hallaron
disparando por Huaico Hondo.

"¡Ahijuna con el petiso,
que no respeta las canas!
Si es que no le meten preso,
seguirá haciendo macanas.

Y si, por casualidad,
la mujer tiene mellizos:
uno se parece al padre
y el otro igual al petiso...

Viuditas y solteronas
ya no cierran las ventanas:
deseando están la visita
de algún "petiso fantasma".

Dicen que es peludo y chueco,
narigudo y cabezón,
pero que nadie le oculte
a los hermanos Simón.

¡Ahijuna con el petiso,
que no respeta las canas!
Si es que no le meten preso,
seguirá haciendo macanas...

Durante varios meses la figura fea pero impecablemente vestida y seductora del fantasmal petiso coloreó las anécdotas de toda una población que por entonces constituía, en realidad, sólo una "gran familia". Ninguna tragedia ni situación desagradable vino a empañar esta singular incursión temporaria de aquel personaje, a quien el consenso de indoctos y sabios otorgaba, unánimemente, la condición de "sobrenatural".
Si ningún aviso, también, tal como había iniciado su vigencia, el Petiso desapareció. Para no volver. Y hasta hoy, pocas veces -quizá ninguna públicamente- se lo recordó.

* Era frecuente que Mariano Carreras Coria trajese niños o niñas de lugares remotos y sin escuelas, para que completasen sus estudios en la ciudad. Lo hacía desinteresadamente, sólo para cumplir hasta los extremos, dentro de sus posibilidades, la vocación docente.
** Comúnmente llamado "Mateo" era un carruaje con techo de gruesa tela impermeabilizada sobre estructuras de metal, tirado por un caballo o dos. Desde el pescante, lo conducía un chofer, quien vestía de traje y sombrero. Los mateos alquilados para entierros, obligaban a sus conductores llevar fraques negros y sombreros de copa. Brindaron servicios de "taxi" en Santiago y eran guardados por las noches en una "remise" (garage). De donde proviene la costumbre de llamar "remises" a ciertos automóviles de alquiler.
*** La foto de santiagueños en el Parque Aguirre, que se ve al inicio de esta nota, fue tomada en 1932, por el Sr. Gigli, y pertenece al archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.
**** La Chacarera del Petiso fue obtenida en el sitio "Folklore de los cuatro rumbos", http://folcloredeloscuatrorumbos.blogspot.com/

Escuchar la "Chacarera del Petiso", por los Hermanos Simón.

 

30/08/09

La novia de Leo Dan

En el verano de 1960 nadie escuchaba a los Beatles en Santiago. Elvis Presley: apenas una referencia lejana. En los "vermús" juveniles, se bailaba con los Teen Tops y Brenda Lee. Las verdaderas estrellas eran "Los Demonios del Ritmo, con Leo Dan".
En una sociedad sin televisión (esta llegaría en 1964), nuestra cultura consistía en un circuito cerrado. Siempre animado por personas tangibles...
Yo cumpliría los 11 años en agosto, y aún no iba a los bailes. Los sábados, alguna fiesta de las cercanías proyectaba figuras en mi mente. Acostado en la oscuridad, con la suave brisa inflando las cortinas, y la sombra de los árboles facetando las paredes, me dormía extasiado con las parejas que danzaban (en mi imaginación). Ellas llevaban blancos vestidos largos; ellos trajes oscuros, zapatos relucientes, cabellos aplastados con fijador.
Mi mente percibía detalles. Por ejemplo, un collar de perlas en el largo cuello de una muchacha hispana.
Nuestro modelo de belleza, eran las hispanas. Aún no había irrumpido con tanta fuerza como lo haría muy pronto, la rubiez. Una mujer o un hombre rubios eran un tanto exóticos por entonces. Lo deseable, lo socialmente consagrado, eran las personas blancas con cabellos negros, ondulados. Y unos hermosos ojos oscuros, profundos, bajo una frente serena, sobre un cuello largo, aunque no muy delgado.
Del mismo modo como imaginaba los bailes y las fiestas de gala, yo me representaba las actuaciones de Los Demonios del Ritmo con Leo Dan.
Sentado en una reposera, bajo un nutrido paraíso, que proyectaba sobre mí una sombra suave pues el único farol estaba como a cien metros de mi vereda, debía colocar un cable largo que me permitiera enchufar la radio poniéndola sobre una silla, en el jardín. Algunas noches venía una vecinita, como de 8 o 9 años, y con una naturalidad que me sobrecogía tomaba su lugar a mi lado. Con frecuencia me sentía pecaminoso, debido a las sensaciones que provocaba en mi cuerpo su pierna suave, apoyándose sobre la mía, cuando ambos llevábamos shorts. Ella era muy bonita, un tipo parecido al de "Liz" Taylor, sólo que ¡tan niña!, como para obligarme a constantes autorreproches, cuando osaba sentir siquiera un dejo de erotismo (aunque tampoco sabía entonces que dicha sensación se llamaba así) con su contacto. De inmediato asumía la actitud de "un hombre grande", ponía a la niña bajo mi responsabilidad, sintiéndome un Caballero medieval y le enseñaba "cuestiones sabias". Como por ejemplo que la figura de las lunas llenas develaba el perfil de la Virgen sobre un burrito, con el niño en brazos y San José, durante su huida a Egipto.
elpibe.jpgEntonces escuchaba a Los Demonios con Leo Dan, viendo en mi cerebro las multitudes que los aclamaban en el Salón Teatro Auditorium de LV 11, Radio del Norte, desde la ciudad de Santiago del Estero, como se ocupaba de recordar constantemente el excelente locutor, un hombre muy buen mozo y engolado, a quien llamaban "El Pibe" Hernández.
Los Demonios del Ritmo tocaban "El rock de la cárcel" y Leo Dan cantaba imitándolo a Enrique Guzmán. Después venían "Confidente de secundaria",
"Buen rock esta noche", "Muchacho triste y solitario"... Yo escuchaba esos temas no como mera música bailable, sino como genuinas lecciones de vida. Hacía míos los conceptos expresados por las letras, consideraba aprender sobre la existencia humana a través de sus sentencias.
"Cuando te tomo, de la mano... y tú me dices: yo te quiero... no necesitas ni decirlo... cuando te vi, yo lo comprendí... Es el amor que soñé,
y sin pensar me enamoré...": tales conceptos dibujaban en mi mente un proyecto, el que debería cumplir cuando tuviera edad suficiente y pudiese tener novia:
"...Cuando de pronto te miré... no sé explicar lo que sentí... supe que sólo esa mujer, sabría hacerme feliz... sin meditarlo me acerqué: te dije "nena" quiero ser, el que te lleve hasta el altar..."

Tomaba en serio cada cuestión que en mi vida emprendía. Entonces me decidí a tocar la guitarra, pues quería subir a un escenario y compartir desde allí lo que mi corazón decía. En realidad ya lo venía haciendo, más o menos irregularmente, desde los 7 u 8 años, pues odiaba las lecciones de piano (no por el instrumento, sino por las tiránicas profesoras), pero no podía vivir sin música. Entonces Víctor Landriel, un muchacho del campo, entenado de mi tío Mariano, que endulzaba sus horas nostálgicas con la guitarra, comenzó a enseñarme con afecto y paciencia algunos punteos. Lo primero que aprendí, recuerdo, fue "Nunca en Domingo".
Leo Dan representaba, para mi criterio, la encarnación de Enrique Guzmán en Santiago del Estero. Además era buen mozo, peinaba su cabello castaño con el "jopo Presley", y ostentaba una personalidad agradable. Nunca hablé con él, ni siquiera lo vi de cerca; sólo escuchaba decir: "Leo Dan es humilde", bueno, "nunca se siente una estrella, comparte su existencia con todos", es "responsable" (esto con referencia a sus estudios, pues estaba a punto de graduarse como Técnico Agropecuario). Entonces, representaba también, para mí, un modelo.
Poco más tarde, cuando él ya había viajado a Buenos Aires, "para triunfar" completé esa composición de ensueño conociendo a su novia. Debe de haber sido en 1961, según creo, pues este fue el año en que trasladaron la Academia de Bellas Artes a la avenida Belgrano, entre Pueyrredón y Tres de Febrero, muy cerca de mi casa. Debido a ello, podía ir caminando.
Solía cambiar de itinerario, siguiendo repentinas intuiciones, pero con lo rutinario eran las veredas de la ancha avenida Independencia. Allí, sobre la mano izquierda -yendo desde el Sur-, poco antes de la calle Tres de Febrero, donde debía doblar, habitaba esa muchacha... La vi una tarde, recuerdo, suave, apoyada en su ventana del primer piso... Vivían en un chalet morisco, con paredes blancas, techos de tejas a dos aguas, apoyados en tirantes de madera marrón. Casi me detengo extasiado al verla: muchacha rosada, de cabellos castaños, usaba siempre vestidos claros, con volados, y su expresión era dulce y calma. Alguien me dijo luego -no sé quién: "esa es la novia de Leo Dan".
Pronto tuve más detalles sobre aquella aparición divina: "¡es hija de José Fahrat!..." Esto significaba mucho para mí. José Fahrat era un hombre imponente, a quien yo veía de lejos algunas veces, cuando iba a buscar a mi padre en su trabajo. Tiempos de persecución para familias como la nuestra, con un gobierno impuesto por militares pro-norteamericanos, cada recuperación de un espacio político para la Cultura Nacional era saludado en mi hogar con entusiasmo. El hombre, de grandes bigotes, ojos sardios, fumaba en pipa y usaba un poncho marrón sobre el traje, en invierno. Ello lo hacía lejanamente parecido a Jauretche (todos signos positivos, en nuestra estética nacionalista).
leodan.jpg
Por esas tardes yo había decidido fumar. Creía que esto aceleraría mi madurez y deseaba tener muy rápido una voz bien gruesa.
En esa misma vereda donde vivía la novia de Leo Dan, solían jugar dos chicos, varoncito y mujer, hermanos, de unos siete u ocho años, apellidados Durgam. Una tarde al pasar yo, la chiquilla, rubia, levantó sus ojitos desde los juguetes y me habló:
"Ché, ché...", exclamó: "qué hora es" (yo llevaba un reluciente relojito cuadrado, chato, sobre mi muñeca e iba en mangas cortas).
En el acto reaccionó su hermano, reconviniéndola:
"¡No le digas ché...!", censuró a la niña "¡decile señor!... ¿no ves que fuma?..."
Quizá la tarde de un sábado -pues sucedió en un horario en que durante la semana debía ir a la Academia-, regresaba del centro por aquella vereda, preferida ya al saber que allí vivía esa muchacha -y también otra de la que ya conté algo en estos mismos apuntes. Singularmente, ambas referían a Leo Dan: la primera, por ser su novia, la segunda, por llevar un nombre -María Helena-, que el cantante iba a hacer famoso más tarde, con una canción.
Apenas cruzando la esquina de La Normal, mi corazón dio un salto: ¡ella estaba en la puerta!... vaporosa, como en un cuadro de Monet, vestía de blanco y miraba lánguidamente hacia el cielo, apoyada sobre el grueso portón de madera.
Fui reduciendo la velocidad de los pasos a medida que iba acercándome a ella y sin quitar mis ojos de su persona. Al llegar donde estaba, sencillamente me detuve:
"Buenas tardes...", dije...
"Hola...", contestó ella...
"¿Es usted la novia de Leo Dan?", pregunté.
La joven lanzó una corta carcajada, cristalina...
"¡Sí...!", contestó "pero no me trates de usted... me haces sentir vieja..."
No recuerdo los detalles de nuestra conversación. Recuerdo sólo que yo me sentía volar. Debo de haber estado allí unos veinte minutos, media hora tal vez, hasta que la joven me despidió con un beso luego de avisarme que ya debía entrar.
A partir de entonces me sentí comprometido con su destino. Seguía por las revistas, la radio o los comentarios, la trayectoria de su novio, Leo Dan. Imaginaba un futuro feliz para esa pareja, de cuya mitad femenina me sentía ahora "amigo".
casamiento.jpgPasando por su vereda, de lejos, a veces la veía en su ventana en lo alto: desde allí, con sus manitas blancas, ella me saludaba.
Muy pronto padecería una de las primeras decepciones sentimentales de mi vida. Por una revista frívola -Radiolandia, creo...- me enteré de que Leo Dan se había casado: ¡con una Reina de Belleza... de Mar del Plata!

Me sentí muy mal, molesto, indignado... ¡ella, mi amiga, su novia, lo estaba esperando! ¡Era lo que había prometido él!...: ¡Ir a Buenos Aires, triunfar, y volver ya con una sólida posición económica, formar una familia, tener niños en su provincia, Santiago...!

Pero no. Olvidándose de su origen humilde, de que pese a ser de extracción social superior a la suya, la niña lo había aceptado, confiando en su palabra... el ahora exitoso cantante había renegado, no sólo de sus afectos, sino también de su provincia... ¡de su raza!... ¡Pues la marplatense era, incluso, una especie de sajona o germana, muy rubia, de ojos claros!...

Muchos símbolos nefastos para mi educación familiar.

A la novia de Leo Dan -que llamo así pues no he grabado su nombre en mi memoria-, nunca más la vi. En verdad, desde lo sucedido, evitaba esa vereda, como avergonzado por el contratiempo. Quise borrar, desde entonces, esta pequeña historia que -para mi sensibilidad de niño que recién asoma a la juventud, lleno de esperanzas- había salido tan mal.

14:15 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (8) | Email esto | Tags: santiago, estero, leo dan

11/07/09

The Stockers

El nombre fue idea de Kililo. Según él significaba algo así como "los loquitos". -Aunque no se puede traducir literalmente, porque es una expresión idiomática de los ingleses-, explicó doctoralmente Kililo, mientras Hugo Mansilla y yo, legos, callábamos respetuosamente. Hoy buscando en internet hallé sólo tres traducciones: "los maniáticos", "los obsesivos", "los acosadores".
Éramos cuatro: Marcelo Oller, en batería, Kililo Alfano, guitarra y voz, Hugo Mansilla, bajo y voz, y yo guitarra.
Hugo no había podido resignarse a la humillación inferida por el Flaco Curto, y andaba empeñado en demostrar su capacidad para organizar un conjunto de primera.
Lo del Flaco había ocurrido varios meses atrás, en la primavera del 66, según creo, durante una actuación en el Lawn Tennis. Estábamos todos nerviosos, pues la Coca Cola, que organizaba esto a lo grande, había montado un altísimo escenario metálico, desde donde se veía a la gente desde la distancia. Y nos sentíamos demasiado exhibidos, con la agravante de unos poderosísimos reflectores que nos iluminaban, encegueciéndonos. Desde mi puesto únicamente alcanzaba a distinguir bien los reflejos en la gran pileta de natación y los lejanos eucaliptus del parque. Todo el tiempo el Flaco Curto -quien como muchos porteños era hiperactivo, neurótico y agresivo- se la había pasado regañando a Hugo sobre el escenario. Como se sabe, este tipo de actitudes no hacen más que aumentar la inseguridad en quien las recibe, provocándole más errores. Lo cierto es que al día siguiente, en el Grand Hotel donde ensayábamos, sucedió una discusión muy desagradable entre el Flaco y Hugo. Después de la cual terminaron su relación de una manera fulminante. En el discurso del Flaco habían abundado las consideraciones despectivas. Por ello mi alusión del principio: esto resultó a la postre, para Hugo, un incentivo más.
Los ensayos de los Stockers -como terminaron llamándonos, pues el "The" solía perderse en nuestra charla coloquial- solíamos hacerlos en Trevi, donde también transcurriría nuestra breve pero intensa actividad artística. Era el otoño del 67.
Nos llevábamos bien. Marcelo era un joven agradable, bastante parco, y disciplinado. Hugo, inquieto, rezongón, sustentaba sin embargo por formación familiar la sociabilidad barroca de los santiagueños, lo cual era imprescindible en nuestra cultura, aún colonial en los 60. Kililo, "loquito", cultivaba este aspecto en realidad más como un rol, por medio del cual obtenía extraordinaria popularidad entre la juventud de entonces.
Desde las primeras actuaciones fuimos aclamados. Enseguida "Johnny" Diéguez -el magnate rector de entonces-, puso sus ojos en nosotros. Y como Lito Prieto, el empresario de Trevi, era su competidor inmediato, nos hizo ofertas para actuar "exclusivamente" en su confitería, La Ideal.
La música que tocábamos, siguiendo la actitud de los Mod´s, era aún bastante ecléctica. Con el ingreso de Kililo, introdujimos los temas famosos de los Beatles, que él manejaba a la perfección. Pero seguimos tocando composiciones de Status Quo, The Who o Credence Clearwater Revival, de acuerdo a una tradición iniciada entre Hugo y yo.
Una noche -ya casi al final de nuestro ensamble- tuvimos oportunidad de lucir otro aspecto de nuestras posibilidades musicales. Por alguna razón que no puedo determinar muy bien hoy, Kililo no había venido. Era un sábado, la noche de mayor concurrencia en Trevi. Nosotros debíamos actuar dos veces, pero lo que provocaba mayor inquietud era la presencia de un conjunto de Buenos Aires, que había sido promocionado como excelente.
the-who--my-generation.jpgEstábamos algo nerviosos, entonces, pues temíamos resultar opacados por los porteños ante nuestro público. Así las cosas, la confitería comenzó a llenarse y llegó la hora de subir al escenario. Pero Kililo no aparecía. En su casa no estaba y tampoco habíamos podido localizarlo en otros lugares adonde llamamos. Hugo estaba demudado, y cuando decidimos subir pese a todo me dijo: "yo no quiero cantar, vamos a hacer temas instrumentales". Fue algo inusual. Tal vez intimidado también por la presencia de los porteños, Hugo no quiso arriesgarse. Además, creo que tenía algún problema de garganta (un resfrío o algo así). Entonces subimos los tres, Marcelo, Hugo y yo, al escenario. Desde arriba se veían las luces y la multitud alrededor de la pista, aún vacía, como un espectáculo ominoso. Arrancamos con un rock improvisado, en mi mayor. De inmediato, salieron cuatro parejas a bailar.
Eso nos dio ánimo. Nuestro sonido era excelente, lo cual nos ayudó mucho a la hora de competir. Pues como se verá, los porteños resultaron un fiasco, principalmente por la endebles de sus equipos. Tocamos temas populares deljazz y bossa nova, como "De buen humor", "Caravana", "Acuarela Brasileña", "Tico Tico no fuba"; otros de moda por entonces, como "Rezo una pequeña plegaria", en la versión de los Tijuana Brass y también canciones populares adaptadas, como "Dalila" de Tom Jones o "Penny Lane". Eran todos temas con los cuales yo estaba muy familiarizado, por haber estado tocando ya casi un año con mi anterior grupo, instrumental.
Como dije, la actuación de los porteños no satisfizo. Apenas lograron colocar unas pocas parejas en la pista, y aún estas la abandonaron enseguida. En las posteriores charlas con aquellos jóvenes, pues compartíamos una mesa de la confitería, Hugo había perdido por completo las arrugas que antes surcaran su frente y exhibía un talante ganador. Estaba, por lo demás, eufórico. Pero debo rescatar nuevamente un matiz de su personalidad. Y es que aún en tales circunstancias, cuando habíamos demostrado notablemente ser superiores a los otros chicos, no se permitió el más mínimo gesto de suficiencia en su conversación con los porteños.

Por esos tiempos yo tenía un benefactor: Homero Luna. Trabajaba como representante en Santiago de todos los sellos discográficos más importantes: RCA, EMI, Odeón. Supongo que se hizo amigo de mi papá en el periodo en que este era director artístico de LV11, la Radio. Este hombre solía regalarme discos, que él recibía para promoción, casi todas las semanas.
Por lo demás era jovial, agradable. Impecablemente vestido -aunque sin ostentación-, un poco calvo, apenas regordete, de rasgos en la misma constitución étnica de Gardel, cultivaba una sonrisa, además, semejante a la del Zorzal Criollo.
Todas las semanas iba yo a su casa, sobre la calle Mitre, a pocos metros de la Independencia. Miraba con anhelo apenas reprimido las cajas recién abiertas sobre la mesa, de donde este amigo comenzaba a extraer long plays flamantes (algunos encerrados en plástico, ¡una novedad "tecnológica" que además nos proveía la certeza de ser los primeros en manipular ese disco!) ...
The Who, Status Quo, Three Dog Night, Fletwod Mac... ¡todos ellos los conocimos nosotros gracias a Homero!... Y por varios años yo había conocido y conocería también, las últimas grabaciones de Joao y Astrud Gilberto con Stan Getz, Sergio Mendes y Brazil '66, Frank Sinatra, Eric Burdon, Jetrho Tull...
Como allí a la vuelta nomás estaba la oficina de mi papá, yo caminaba esos pocos metros del ángulo recto con tanta ansiedad como si hubieran sido kilómetros, pues en aquel sitio estaban los equipos con los que iba a escuchar estos tesoros recién adquiridos.
Ya he dicho que mi padre manejaba la repartición donde era autoridad máxima como si fuese un feudo propio. En tal carácter, ser su hijo me había otorgado un privilegio importante: podía usar el poderoso equipo con el que habitualmente se proyectaba cine y sus gigantescos parlantes, para escuchar música hasta saciarme. Esto iba a durar varios años aún -sumándose a los que ya traía de antes, desde fines de los 50-, por lo cual en mi consciencia no existían fronteras de pertenencia. Podía ir allí a la hora que se me antojara, fuese de noche o de día, pues para facilitar todo, mi padre me había permitido hacer una copia de la llave para la entrada principal y su oficina y conocía el sitio donde hallar las llaves de las otras dependencias. (Era un edificio inmenso, al estilo de las antiguas casas "chorizo", con un larguísimo patio embaldosado en el medio y un parquecito atrás.)
Bien. Solía llamarlo por teléfono a Hugo. Pocas palabras bastaban. "Tengo discos nuevos", decía. "Ahora voy", contestaba él. Y nos poníamos, juntos, a descubrir los temas que podíamos (o nos atrevíamos) a tocar.

El loro brasileño

Mi abuela tenía un loro muy colorido. Pero no hablaba. Solamente chillaba, todo el tiempo, ¡y cómo! Ella decía que era brasileño.
Una mañana de sábado, estaba yo cavilando muy preocupado en la esquina de la Ideal. Mi preocupación sucedía porque Hugo Mansilla, la tarde anterior, me había dicho:
-Mañana a la noche tengo dos pendejas para salir, ¡haceme pierna!
-Bueno, pero no me vayas a enchufar un bagayo-, contesté yo.
-¡No, boludo! ¡Qué pendejas! ¡Y chicas bien, no arañas!
Pero esa mañana, cuando fui a pedirle plata a mi papá, había dicho:
-¡Eh, chango! ¡Ayer te he dado cien pesos! ¿Ya no tienes nada?
-Es que tenía que pagarle a la modista, que me había hecho cuatro camisas, si no no me las iba a entregar...-contesté yo y era verdad.
-Bueno, querido, disculpame pero no voy a mantener todos tus gastos, ¿acaso no dijiste que ibas a sostenerte con lo que ganabas en el conjunto, para no estudiar?
Me mató. Cada vez que mi papá hablaba de "estudiar" entrábamos en área tormentosa, por lo que yo prefería retirarme.
Bueno, estaba pues aquel sábado en la esquina de la Ideal, que los changos habían bautizado "Mar del Plata" ("Viento y Arena": Diéguez estaba construyendo lo que sería su Grand Hotel), y las toneladas de arena soltaban efluvios ásperos que nos envolvían a veces en aquella esquina, con forma de cruz, donde quién sabe por qué fenómeno físico el viento parecía soplar con mayor fuerza que en cualquier otro lugar de Santiago. Pues allí estaba, como dije, preocupado.
Cuando llegó Alejandro Bruhn Gauna. Alejandro -un año y medio menor que yo, así que por entonces debía andar por los quince años-, era muy elegante. Hijo predilecto, su madre se ocupaba hasta del último detalle en su vestuario. Alto, espigado, llevaba una camisa con grandes cuadros azules, arremangada sin una arruga hasta la mitad de los bíceps.
-¿Qué andas haciendo? -le dije, luego que nos saludamos.
-¡Eh, callate, estoy re embolado!- contestó.
-¿Por qué?
-He ido al mercado, para buscar un loro que me gustaba, pero ya lo habían vendido.
-¿Y no había otro? -pregunté.
-¡Sí, pero no me gustan, son loros ordinarios!
-Yo tengo un loro brasileño -dije, intuyendo que estaba a punto de cometer un pecado.
-¿Ah, sí? -se interesó vivamente Alejandro- ¿cómo es?
-¡Bellísimo! -exageré- ¡tiene muchos colores, es pequeñito, con un piquito inclinado!...
A partir de ese momento, pese a la advertencia interior ("no lo hagas, no lo hagas"), continué implacable con el plan que se había perfilado instantáneamente en la corteza de mi cerebro.
-¿Y habla? -preguntó mi amigo.
-Todavía no. Pero aprenderá... es muy chiquito, aún... sólo es cuestión de enseñarle, con paciencia... (¡Una vil mentira! El loro chillaba como un condenado, nos habían dicho que era lo único capaz de hacer, todos en la casa deseábamos que se escapase o le ocurriera algún accidente, menos mi abuela... Pero el loro estaba de lo más contento sobre un travesaño del comedor, ni por asomo intentaba irse, aunque permanecía suelto.)
-¿Y no lo quieres vender?
Si Alejandro no hubiera preguntado eso. Si no hubiese caído en el influjo de mi seductora descripción del animalito. Una culpa menos hubiese atormentado después mi consciencia. (Pero tampoco habría podido hacerle de pierna con las chicas esa noche a Hugo Mansilla, lo cual hubiese resultado asimismo un papelón. La vida nos somete a contradictorias encrucijadas.)
Yo estaba esperando que me preguntara si lo queríamos vender.
-¿Cuánto pagas? - lancé como respuesta.
-Cuarenta pesos... es todo lo que tengo -contestó Alejandro, que era muy honesto y un poco cándido.
-Bueno, dame la plata, y hoy a la siesta te lo llevo a tu casa.
-¿En serio? -quiso saber Alejandro.
-Claro, boludo, sabes que no me gusta perder el tiempo en huevadas, a mí. No hablo al pedo.
-Bueno, tomá -, confió en mí mi amigo, sacando los cuatro billetes crujientes de su bolsillo y entregándomelos.
Me fui con una sensación de culpa que con el tiempo no haría más que acrecentarse (aunque solía bloquearla, por ratos). Apenas llegué a casa, busqué una caja de zapatos, vacía, y la llevé disimuladamente a mi pieza. Allí le hice varios agujeritos en su tapa, con una tijera. También preparé una bolsa de lona, con manijas, de las que se usaban para ir al almacén.
Durante el almuerzo no hablé una palabra, enfrascado en mi plan. Esto debe de haber suscitado las sospechas de mi abuela, quizás.
Pacientemente, esperé que todos fueran a dormir la siesta. Mi habitación quedaba hacia un costado de la casa, junto al patio, con una galería pequeña de por medio con la cocina y esta al lado del comedor. Arriba, sobre un travesaño de metal, que servía para sostener las varas de las cortinas, tranquilamente dormía el lorito. Mi plan era capturar al loro, introducirlo en la caja, y salir luego por el costado de la casa, que daba a un jardín frente a la vereda. Había preparado una vendita como de quince centímetros por tres de ancho, cortando una sábana vieja. Era para atarle el pico al animalito.
Ninguna puerta hizo ruido. Pese a que afuera había resolana, las cortinas y persianas mantenían una penumbra tenue en la cocina y el comedor. Con un movimiento rapidísimo cacé a loro de la cabecita, apretándole también el pico, para impedirle chillar. Diestramente se lo até luego con la venda, sin hacerle daño. Sin inconvenientes lo puse dentro de la caja. La tapé, y en puntas de pie, sin el menor ruido pues iba calzado con alpargatas, me dirigí otra vez hacia la puerta de la galería. Fue en ese momento que escuché la voz:
-Adónde vas, muchacho, con ese loro.
Era mi abuela. Como un fantasma, en camisón blanco, desde la densa penumbra que respaldaba el hueco rectangular constituido por la puerta de su habitación y el baño, me observaba. Tal vez había observado todo. ¡No me salió ninguna respuesta! ¡Ninguna explicación! Luego de un silencio larguísimo, la venerable anciana dijo:
-Ponelo otra vez en el travesaño.
Con la cabeza abatida, contrito, caminé nuevamente hacia "el hogar" de nuestro lorito y luego de acuclillarme para desatarlo, tomándole cuidadosamente el pico con dos dedos para que no me mordiera, lo regresé a su travesaño. Él sacudió un poco la cabeza, pero no chilló. Parecía sorprendido, sin comprender muy bien lo que había pasado.
No fui a la casa de Alejandro ni lo llamé para darle ninguna explicación. Las cartas estaban echadas. Como el hermano de Taras Bulba, marchando hacia el combate donde iba a asesinar su propia sangre, decidí no devolver el dinero, confiando en que más adelante iba a hacerlo, cuando nos pagaran las actuaciones del grupo. "Será como un préstamo", intenté convencerme. Pero no lo conseguí. A todas luces, si no entregaba el loro, constituiría una estafa.
Quise dormir la siesta pero no pude.
Esa noche salimos con las chicas, como había prometido Hugo, pero en vez de dos se vinieron tres. De cualquier modo, no hubo interés de uno ni otro lado en algún tipo de romance. Así que todo transcurrió como una salida más. Fuimos a la Ideal, arriba, sitio de moda. Meticulosamente pagué mi parte de los carlitos, gaseosas y helados luego... con la plata de Alejandro.60s.jpg
No recuerdo a la que parecía interesarle a Hugo, pero las otras dos eran esa clase de changuitas frívolas, educadas para interesarse sólo en ropas o historias banales. Así que no ocurrió aquella noche nada singular. Salvo un "pequeño" incidente:

Camilo

Camilo Luñíz era el terror de los "chicos bien" por entonces. Más menos de nuestra edad -17 años promedio-, deambulaba por el centro mirando con ojos penentrantes a uno y otro lado, para elegir a quién perturbar. Deficiente mental, era peligroso, pues solía enojarse con facilidad y sus modales resultaban sumamente ásperos. Además, sus hermanos o su padre, normales pero también violentos, tomaban revancha si alguien reaccionaba en contra del muchacho. Por lo demás, todos los miembros de la familia eran robustos, y se parecían en esos ojos fríos, duros, pequeñitos, muy claros y con el iris negro, como los de los perros siberianos.
Departíamos muy tranquilamente con las tres chicas, al fondo del ancho entrepiso, alrededor de una mesita junto al escenario y un gran ventanal, cuando lo vimos aparecer, salvando con grandes trancos la breve escalinata.
Lo que temíamos sucedió. Para infortunio de Hugo, la única silla desocupada de nuestra mesa estaba junto a él, a su izquierda. Odio confesar que esta circunstancia me alivió, cuando vi sentarse al voluminoso muchacho al lado de mi amigo. Hugo se puso pálido. A su derecha tenía a la bella muchacha, rubia, con quien hasta el momento se había enfrascado en una conversación intimista, dejando al resto bajo mi cuidado. Y del otro lado... a Camilo. Como era habitual, Camilo llevaba saco y pantalón verdosos, desteñidos, sobre camisa oscura, con el cuello prendido sin corbata... ¡y zapatillas! Algo que no se usaba ni por error entonces. Un tanto pelirrojo, le hacían un corte medio-americano, pero sus pelos quedaban erectos, como flechas, en la región superior de la cabeza (más tarde podría haber sido clasificado entre los punk).
Mansilla hizo como si no lo hubiera visto. Siguió conversando con su amiguita, sin volverse en ningún momento hacia donde se asentara el "stocker". Una estrategia arriesgadísima tratándose de Camilo.
Como era de esperar, este comenzó a importunarlo. "Ché, ché...", le decía, con su voz áspera, tironeando el hombro de la fina campera que Hugo calzaba. "¡Chéeé! ¿A qué hora juega Argentina con Brasil!?" Hugo tal vez no sabía ni le importaba eso, pero aunque lo supiese, había decidido directamente ignorarlo, apostando tal vez a que se aburriera y se fuese.
Yo no las tenía todas conmigo. Con las chicas estábamos cortados, casi no hablábamos, pendientes de lo que ocurría enfrente nuestro. Obstinado, el anormal no se ocupaba de nosotros, sin embargo. Miraba como a través nuestro, fastidiado, luego de cada intento por llamar la atención de Hugo, quien seguía hablando como si disertara, mirando directamente al rostro de la otra chica.
"¡Chéeé! ¡Chéeé! ¡A qué hora juega Brasil!", insistía Camilo. Hasta que pareció cansarse.
Con un hilo de esperanza, contuvimos la respiración, al ver sus ojos vacíos volverse hacia la escalera, y escrutar rápidamente hacia otras mesas. Pero repentinaemente, se dio vuelta hacia Hugo y con su manota abierta, le dió una cachetada en la pierna cuyo chasquido debió de percibirse en todo el salón, a pesar de la música (que no estaba muy alta). El palmadón hizo temblar a Hugo -y debe de haberle dolido bastante-. De pálido antes, su rostro se puso como la grana.
Pero no hizo nada. De manera augusta, mi amigo, habitualmente movedizo e inquieto, permanecía ahora como Palemón, aquél asceta inmóvil en la estilita. ¡Otra vez Camilo le dió un cachetazo sonoro sobre la pierna!... Después de pegarle, y ante la absoluta indiferencia de Hugo, que asimilaba el dolor con estoicismo, el bodoque miraba otra vez hacia la escalera... sólo para volver a golpear con más fuerza sobre el muslo de nuestro amigo.
A la tercera vez que lo hizo, yo temí que Hugo le pegase una trompada. Seguramente entre los dos, no sólo íbamos a dominarlo, sino que podríamos haberlo tirado por la ventana si nos lo proponíamos. Pero con los antecedentes de esa familia, esto significaría introducirnos en un porvenir minado.
Además -esto era lo que realmente nos detenía-, ¡qué papelón! ¡qué vergüenza, pelearnos como animales con aquel insano, generar un escándalo, en aquel ambiente de jóvenes tan refinados, bellos, elegantes!...
Pero para nuestra fortuna, todo terminó allí. Bruscamente, como se había sentado, Camilo se incorporó para irse. Fue como si una bendición nos hubiera soplado, entonces. Y ya nada impropio sucedió.

Corolario

Varias semanas después no había logrado devolver el dinero a Alejandro. Cuando tenía algún billete, priorizaba mis gastos en el acto. Como todo adolescente pequeño burgués y egoísta -yo lo era a veces hasta el extremo-, siempre que tenía dinero... tenía también algo personal que me interesaba comprar. O alguna salida con chicas, o una nueva funda para mi guitarra... El recuerdo de mi mala acción se introducía en mis pensamientos, apenas Lito Prieto empezaba a contar los billetes para entregárnolos. Pero inmediatamente después, las buenas intenciones eran desplazadas por los deseos.
Hasta que una mañana -nunca la olvidaré- como a eso de las once, iba caminando por la vereda de las confiterías, pavoneándome entre las mesitas repletas de chicas lindas y conocidos, cuando me topé de frente en ese angosto pasillo con la mamá de Alejandro.
Era una bella mujer, como de 38 años, morena. Llevaba un vestido floreado, ancho, de cintura ajustada y vuelos, como solían usar entonces las mujeres adultas, hasta las pantorrillas. Si había algo que me impresionaba de aquella señora era su dignidad. Su rostro, sobre un cuello largo, siempre orgulloso, proyectándose hacia delante, inducía al respeto.
-Buenos días, señora- saludé, con la mejor sonrisa que pude, mientras sentía ese frío como el de un ascensor arrancando de golpe con nosotros dentro.
-Buenos días -contestó ella-. Pero cuando quise pasar, agregó: -vení para acá, Julio.
Como Caín me detuve, alelado.
-¡Me parece increíble lo que le has hecho a mi hijo! -espetó, con voz severa pero sin perder su suavidad elegante.
-Sí, señora, es que...
-¡No me des ninguna explicación! -siguió- Escuchame: le vas a devolver hoy mismo ese dinero que le arrebataste a mi hijo, ¿entiendes?
-Sí señora, hoy mismo... -alcancé a articular.
-Antes del atardecer de hoy quiero que mi hijo me diga que le has devuelto el dinero, ¿entiendes?
-Sí, señora, hoy mismo, hoy mismo... -tartamudeé.
Lo hice. No recuerdo ahora si tenía el dinero o lo pedí prestado a alguien. Lo cierto es que esa misma tarde, Alejandro pudo decirle a su mamá que yo había ido a llevarle la suma de la operación fallida a su casa.

09/06/09

Anécdotas "culturales"

Como muchos saben, entre los años 1976 y 1983, en Argentina gobernó la dictadura militar más sangrienta y perversa de toda su historia. A mi esposa y a mí nos tocó estar presos durante 7 años, y un año más con "libertad vigilada". A poco de restituidas las instituciones democráticas, en Santiago del Estero asumió como gobernador el peronista Carlos Arturo Juárez. El intendente de la municipalidad Capital -sorpresivamente- fue el opositor Bruno Volta. En La Banda, segunda ciudad más importante, un obstetra, también peronista, José Claudio Olivera.

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1983


No había sido fácil para nosotros sostener la economía familiar. Hasta el momento, gracias a 31 grandes murales pintados en Mailín -un santuario popular- habíamos podido comprar una pequeña casita en un barrio obrero. Gracias a la espaciada venta de alguno de mis cuadros, lográbamos flotar modestamente, aparte de haber ido adquiriendo los muebles básicos y heladera, ventilador, algo de vajilla... etcétera. Durante una visita a Pozo Hondo, donde mi hermano Gustavo era párroco, quise comprar en cuotas un radiograbador que me gustó mucho. El "Gringo" Pesce, comerciante local, me dijo "llévelo: se lo regalo"... Menciono estas cosas pues para nosotros, que veníamos de un infierno carcelario desértico, destructivo, cada circunstancia de la realidad constituía ahora un pequeño milagro.
Había logrado crear un Taller de Dibujo y Pintura, en la biblioteca popular "Juan B. Alberdi", donde concurrían, pagando una módica mensualidad, 32 niños y 6 adultos. Esto gracias al presidente de la biblioteca, un socialista democrático, Mario B. Zalazar. José Luis Castiglione -ex compañero de secundaria en el Colegio San José-, me había otorgado, casi desde que saliera de la cárcel, una colaboración periódica en El Liberal, por lo cual se me remuneraba con otra suma modesta. También las monjas Doroteas aportaban un frugal salario por dictar un par de horas de Dibujo en su colegio "Sagrado Corazón". En ese entonces yo con casi 34 años y mi esposa con 30, habíamos procreado ya nuestra segunda hijita (lo cual había sido un acontecimiento tan maravilloso que las lágrimas acuden con su sola recordación hasta el día de hoy).
Otras tareas por las que recibía pequeños ingresos eran un programa de radio en LV11, entonces bajo la dirección de Eduardo Maidana, un importante periodista demócrata cristiano. Y un "micro" informativo de cinco minutos, por la misma radio AM, en el popular programa "ómnibus" de Juan Manuel Carabajal, que ocupaba todas las mañanas de los días hábiles. Tenía igualmente una audición en Radio Nacional, pero esta era gratuita. Ansiábamos obtener ingresos con más regularidad.
El Ministro de Educación y Cultura de Juárez era Edvino Paz, un antiguo y prestigioso militante peronista. Mi padre había sido restituido en su puesto de Director de Servicios Técnicos Educacionales por Juárez (el mismo que, cediendo a las presiones militares, lo destituyera antes del golpe). Como eran viejos amigos y compañeros de militancia con Edvino, le pedí hablarlo para obtener un puesto en el área de Cultura. Mi padre levantó el teléfono, se comunicó con él, y luego de cortar me indicó: "dice Edvino que vayas ahora mismo". Ya en su despacho, el Ministro de Educación y Cultura decide designarme asesor de la directora de Cultura de la Provincia. "Es una chica joven... sin experiencia... y además, maestra jardinera", me dice el profesor Paz.
Contentísimo (por cierto, mi esposa también), me presento al día siguiente, bien temprano, ante la señora "Chichí" de Muratore. Me atiende amablemente, pero enseguida me doy cuenta de que algo no encajaba del todo. "Disculpemé, voy a consultar", me dice la joven y agraciada mujer. Hace un llamado telefónico. Con cara solemne, me comunica luego:
"La señora Nina no sabe nada de esto... va a tener que ir usted a hablar con ella... Y hasta que ella lo autorice, lamentablemente yo no lo puedo aceptar".
¿Quién era "la señora Nina"? ¡No tenía ninguna función en el gobierno! ¡Pero pesaba más que el Ministro de Educación y Cultura!
Regresé a casa amargado. Mi esposa volvió a amargarse, también. Porque sabía que yo no iba a humillarme ante esa mujer, la segunda esposa del gobernador Juárez, a quien todo el mundo consideraba una arpía. Fin de la primera anécdota, del lado "peronista".

Del lado "radical": Luis Giribaldi, un médico con cuya familia guardaba una larga y profunda relación, me consiguió una entrevista con Bruno Volta, para mi programa de radio "Tiempo de Vivir". Fue a la siesta, en una vacía confitería céntrica. "Yo todavía no puedo creer que hayamos ganado... no me pregunte a quién voy a poner como funcionarios... ni siquiera habíamos pensado en la posibilidad de gobernar", contestó Volta a una pregunta para la radio. Cuando salíamos, hablé aparte con Luis, y le dije: "si hay un puesto para mí, en Cultura, el área en que me siento capacitado... pues te pido que consideres mi candidatura". "Bueno", contestó Giribaldi, "en quince días más o menos, vení a verme". Puntualmente fui, por cierto. Con Giribaldi, de un modo que consideré insólito, iba a suceder algo muy semejante a lo de Edvino Paz.
"Presentate ante la directora de Cultura", me dijo. "Decile que yo te he designado su asesor". Giribaldi era entonces el flamante Secretario de Gobierno del Intendente. La directora, una profesora de inglés, me recibió asimismo con aparente cordialidad. Pero al segundo día, apenas llegué a trabajar, me llamó y dijo: "Señor Carreras, he estado hablando con mis correligionarios radicales, los concejales... y ellos están en desacuerdo con que se designe como asesor a alguien que no pertenece a nuestro partido... en todo caso, usted vaya a hablar con ellos, pero de ninguna manera puedo aceptarlo mientras usted no venga con su autorización".
Por si haga falta, consigno que jamás fui a "hablar con los concejales".

Veinte años más tarde, hacia el 2003 creo ¡volví a toparme con esta mujercita, ocupando nuevamente la dirección municipal de Cultura! Se llamaba -o se llama- Catalina Riera de Méndez. Yo había ido a la municipalidad, cuyo intendente era el actual gobernador, Zamora, por una idea. Viendo la plazoleta de tras de mi casa, perpetuamente descuidada y con sus plantas sobreviviendo a duras penas gracias a los siempre escasos esfuerzos de los vecinos, se me había ocurrido la necesidad de un monumento escultórico en su centro. Durante una intendencia anterior se había bautizado a la placita "Juan A. Figueroa" (periodista importantísimo y casi olvidado, fundador del diario El Liberal, de Santiago del Estero). Me parecía inaudito que tantos inútiles y zánganos de la administración pública tuvieran su busto en esta Capital y nuestro primer Periodista importante no.
Como nos han acostumbrado a hacernos cargo, cuando proponemos un proyecto al Estado, de la mentalidad pedestre de los funcionarios, de sus necesidades políticas y de su conveniencia funcional, yo había esbozado tres argumentos:
1) Iba a ser una obra más para inaugurar, de absoluto consenso entre la población.
2) Permitiría a un escultor destacado, dotarnos de una obra de valor y obtener un trabajo, cosa no muy frecuente en esa área (pensaba proponer a "Tutti" Delgado).
3) En última instancia, cumpliría la función práctica de erigirse como un obstáculo definitivo para las hordas de muchachones que usaban la plaza como cancha de fútbol, destruyendo fatalmente cualquier intento de parquización hasta el momento.
Bien. No tenía idea de quién era directora de cultura municipal en ese momento. Creía que la propuesta era muy conveniente, bajo cualquier análisis con un mínimo de sentido común.
¡Me sorprendió mucho encontrarme con esta mujer allí, cuando me hicieron pasar a su despacho!... Ella, en cambio, no se inmutó y siguió masticando tranquilamente su medialuna, acompañando al café con leche humeante que ingería.
¡Atrás de ella colgaba uno de mis cuadros, al óleo! Percibiendo mis ojos muy abiertos, me dijo:
"¿Se acuerda? Se lo compré cuando usted hacía poco había salido de la cárcel... ¡para ayudarlo!"
¡Dios mío! ¡Yo había creído de verdad en el valor artístico de mis pinturas!...
Y la mujer, ya anciana, consideró necesario agregar, cual "nodriza" regañona:
"Espero que usted haya abandonado, ya, esas ideas subversivas que tenía...!"
¿Por qué no me fui en ese mismo momento? Su simpleza era tan inimputable, sin embargo, que decidí ignorarla y exponer mi proyecto. Pero allí fue cuando me dio el golpe de gracia:
"Bueno, Carreras", me dijo, sacudiendo sus manitas de uñas bien pintadas para quitar el polvillo de las medialunas "prepare el proyecto y presenteló... pero no le aseguro nada... en el proyecto ponga también costos de materiales y si conoce algún empresario que pueda apoyarlo con donaciones... ¡ah! y también va a tener que hacer una campaña entre los vecinos, para que entre todos se decidan a aportar fondos, para construirlo"...
Me pareció increíble... le estaba dando en bandeja una idea no sólo conveniente para el municipio, sino necesaria, de alto valor cultural... ¡Y pretendía, prácticamente, que también me ocupara de su construcción, para ir ellos sólo en el momento de inaugurarlo!...
Esta vez, sí, me ausenté conteniendo a duras penas mi ira. Y hasta hoy no he vuelto a ver -por suerte- a la mencionada señora.

Última anécdota. Volvamos al año 1983. En la ciudad de La Banda, durante los ultimos meses de dictadura, se había creado un Museo de Bellas Artes. Al igual que en la anterior dictadura de Onganía, ante su fracaso los militares apelaron a políticos democristianos para la transición. Y estos a su vez a otros sectores, para hacer "digerible" su gobierno. Así, en la Dirección de Cultura había recalado Aída Isaac de Castiñeira, socióloga, mujer de notable inteligencia y seguidora con su esposo, un también notable poeta, de Abelardo Ramos (FIP). A su vez, cuando hubo necesidad de un director para el Museo, Aída recurrió al licenciado Ángel "Lito" Garay, un artista proveniente de la Franja Morada (UCR).
Mas para su desdicha ganó la intendencia el Justicialismo. Entonces ocurrió algo que me sorprendería siempre, por su generosidad: Lito Garay fue a hablar especialmente con el nuevo director de Cultura, para pedirle que por favor no designaran allí a personas ineptas. Es que era vox pópuli en La Banda que un ambicioso puntero de la Juventud Peronista Juarista, Amadeo Silván, solicitaba ese puesto para él. ¿Su experiencia en las artes? Ninguna. Era electricista. Pero presentaba a su favor las fichas de afiliaciones que había conseguido, con su solo esfuerzo.
El profesor Orestes Pereyra, respetado intelectual y antiguo justicialista, escuchó a Lito. Cuando el licenciado en Artes Plásticas terminó de informarle, preguntó:
-¿Usted conoce a alguien para sugerir?
Entonces Lito, que ya tenía la respuesta preparada, exclamó:
"Julio Carreras. Él es una persona idónea, y además pertenece a una antigua familia peronista".
Más o menos de esta manera parece que ocurrieron las cosas. Yo me enteré a causa de que una mañana, al ir a la oficina de mi padre en busca de novedades, me recibió diciéndome:
"Llamó el profesor Orestes Pereyra, director de Cultura de La Banda... dice que quiere ofrecerte un puesto allá..."
Contesté: "¿Me prestas el auto, papá? ¡Quiero ir inmediatamente a La Banda!".
Y así, de esta forma tan poco convencional, fue como obtuve mi primer puesto de jerarquía, con un salario digno y en un área que tanto amaba, apenas dos meses después de haber terminado mi Libertad Vigilada.

 

09/08/08

El Punto y la Coma

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Nota: la siguiente entrevista, donde se narran bastantes aspectos biográficos, fue publicada en la revista cultural El Punto y la Coma.

Primero queremos saber detalles del lugar y fecha de nacimiento, padre, madre, hermanos, infancia, adolescencia, juventud y militancia política. Un pantallazo del Santiago de aquellos años no vendría mal como marco para la entrevista.

El nacimiento como tal ocurrió en un sanatorio cuyo nombre no recuerdo, sobre calle La Plata, entre Pellegrini y Salta, donde ahora hay un negocio que se llama Norte Beneficios. Pero yo siento haber nacido en Guasayán, puesto que ese mismo día todos volvimos allá, donde mi mamá vivía como maestra de escuela. Los primeros cielos estrellados, horizontes, voces, caballos, vacas, pájaros que entraron en mi conciencia fueron de allí, de Campo Verde, donde vivíamos con mi tío Agustín.

Mi padre y mi madre estaban dispersos, en dos escuelitas diferentes, ella ahí cerca de Campo Verde, mi papá en Monte Quemado. Quien sabe por qué a mi me dejaron bajo la custodia de mi tío Agustín, que era soltero aún, director de la escuela de Campo Verde, y de mi abuelo, Comisario de Guampacha con su esposa,  Corina Coria, todos viviendo en una casa de Campo Verde.

Esta fue mi familia hasta los cuatro años.

Mi tío recuerda riendo la vez que le arruiné el Registro de la escuela por subirme a la mesa donde él trabajaba y volcar un tintero sobre aquel libro. Enojado, esa misma mañana preparó todas mis cositas, las puso en dos alforjas, y me mandó sobre un burro a la casa de mi mamá (que no debía ser demasiado lejos), acompañado por Dulcirio, un criado. Mi abuela lloraba.

"A la tarde apareció de nuevo, sobre el burro", narra Agustín: "¿Y ahora por qué vuelves?", preguntó. "No me gusta allá. Es fiero. Me voy a quedar a vivir aquí", dijo aquel niño temperamental que yo era. Y con ellos iba a quedarme hasta los cuatro años.

Mi abuelo obtuvo una casa del plan de viviendas en el barrio "Eva Perón", de la ciudad, y más o menos cuando yo tenía tres años -1953- fuimos a vivir con ellos en aquella verdadera casona, pues los planes de vivienda de aquel tiempo construían casas extraordinariamente dignas si uno las compara con lo que se comenzó a hacer mediando los setenta.

La casa era tan grande, que luego mi tío y mi papá se repartirían el espacio, construyendo dos grandes viviendas allí, para sus familias.

Pero en aquel tiempo -los años 50- mi abuelo aprovechó rápidamente el espacio construyendo en el patio del costado un gigantesco encatrado, por donde treparon muy pronto dos plantas de uva negra y uva blanca que comenzaron a ser nuestras delicias en los veranos. Al fondo tenía una huerta, dividida en rectángulos bien ordenados, cada uno con remolacha, rabanitos, lechuga, perejil, achicoria, batata y papa. Cerrando el conjunto, una prolija herradura ancha cultivada con zapallo, calabaza, melón y sandía. Todo eso se podía hacer en aquella casa y se utilizaba para nuestras comidas -que éramos sólo cuatro, mi abuela Jita, mi "Tataviejo", una joven muchacha a quien decíamos la "Petiza" y yo.

En el jardín del frente mi Tataviejo, Brígido Carreras -que por entonces tenía 57 años-, comenzó a practicar todo tipo de injertos con rosales. Y obtenía unas flores gigantescas y exóticas, unas rosas blancas con pintas rojizas, claveles de diferentes colores en la misma planta, y fenómenos así. Solía pasar horas transplantando, haciendo cortes en los tallos para introducir los gajos de otras especies, y yo le ayudaba alcanzándole las herramientas o trasladando algunas plantitas de aquí para allá.

Mi abuelo y mis padres eran peronistas. Mi abuelo era algo filonazi, me hablaba muy bien especialmente del general Rommel, y se lamentaba de que hubiesen perdido la guerra. Pero mi mamá provenía de una familia liberal, se había casado con mi papá adolescente, al parecer más que nada para huir del Colegio de Belén, donde la habían internado al quedar viuda su madre, pues ellos vivían en Garza. Mi mamá dice que las monjas la obligaban a arrodillarse sobre maíces durante horas cuando consideraban que habían cometido alguna transgresión y ella estaba desesperada por salir de allí. Al menos así me lo contaría, mucho después, cuando volviera a verla, pues se fue de Santiago cuando yo tenía cinco años y pudimos conversar nuevamente sólo varios años más tarde.

Mi padre comenzó a escribir para la radio cuando derribaron al gobierno peronista y los echaron a todos -Agustín, Mariano y él, los tres hermanos, maestros rurales-. Oscar A. Spaini, un empresario peronista, le hizo un espacio también en su negocio, como administrativo. Pero mi papá, luego de un tiempo, cedió ese espacio a mi tío Agustín, quien más tarde sería designado por Spaini como gerente de la Cámara de Comercio, por entonces de orientación filoperonista.

Mi padre había cobrado prestigio como poeta desde muy joven -él se recibió de Maestro a los 18 años, con medalla de oro. Cultivaba su voz y vestía con elegancia afectada, a la usanza de los poetas románticos. En un tiempo en que todo debía leerse, por la radio, se convirtió en el redactor principal de LV11, Radio del Norte y más tarde en Director Artístico.

Pero lo que sería posiblemente su obra más importante, fue la creación, en 1958 -¡a los treinta años!-, de la Dirección de Cine y Radio Escolar. Él consiguió, como donación de la Embajada Alemana, un hermoso proyector de cine, de 35 mm, con el que llevaban el cine al campo, a lugares adonde jamás se lo había visto. Presentaban películas hermosas, como Shunko, donada por Lautaro Murúa, que durante su filmación se había hecho amigo de mi papá. Era una institución estatal, así que por primera vez en Santiago del Estero se hizo lo que ahora se llama "Cine Móvil", desde el Estado. Hace un par de meses, en un seminario de la Subsecretaría de Cultura, un funcionario dijo que "estaban investigando si hubo alguna vez cine móvil en Santiago". Pues bien, sí lo hubo, comenzó en 1958, fue creado por el Consejo General de Educación, debido a una iniciativa de mi padre, y duró hasta  1975, fecha en que por instigación militar detuvieron acusándolo de "subversivo" a mi padre. 

La ciudad de Santiago era muy hermosa como ámbito durante el periodo de transición en que me tocó habitarla durante mi adolescencia. Uno podía cruzar tranquilamente, por ejemplo, una y otra vez desde la plaza Libertad hasta el Jockey Club y de allí volver -cosa que hacíamos los fines de semana y en vacaciones todas las tardes con mis amigos, pues formábamos barras que se esparcían por los bancos de la plaza, las mesas del Jockey Club, la Confitería Ideal, Siroco, o la galería Lindow, todos espacios deleitosos y amables donde nos exhibíamos los adolescentes, varones y mujeres, de entonces (1965-73), concertábamos todo tipo de combinaciones amistosas o sentimentales, o simplemente conversábamos o nos mirábamos. Por entonces había tan poco tránsito de vehículos con motor en las calles, que prácticamente todo el centro era una gran peatonal. Recuerdo que Utu Álvarez se dio el lujo de atravesar tranquilamente el centro en un hermoso caballo, alazán lavado, cierto mediodía dominguero con sol de invierno, cuando la plaza y las confiterías rebozaban de chicos, y chicas. Utu saludaba a uno y otro costado como si viviéramos en la época de Ibarra, y en el tiempo que él usó para cruzar viniendo desde la Roca hasta la plaza no fue molestado ni por un solo auto.

Los jóvenes hacían cosas así. Para llamar la atención. Me acuerdo que había un muchacho de La Banda, Tufí creo, que una vez se vino con una cupé ford modelo 1930 más o menos, acondicionada de modo exquisito, con la capota abierta, un chofer y él atrás. Ambos, el "chofer" y él, se habían vestido como en los años 30: llevaba frac y galera, y el chofer (un amigo) uniforme azul, con botones dorados, y gorra. Se bajó así -el chofer le abrió la puerta-, frente al Lawn Tennis, y te imaginas, todos lo miraban.

Mi adolescencia transcurría aquí, entonces, tratando de manifestarme de un modo propio en un ámbito provinciano en el cual todos éramos más o menos importantes. Hallé la forma de ser fugazmente importante a través de la guitarra eléctrica, que tocaba en conjuntos sumamente populares entre las clases medias y altas. El mejor fue Los Zombies, que formamos con Hugo Mansilla, Kililo Alfano, Alejandro Bruhn Gauna y Cacho Rigourd. Debo mencionar a Carlos Sánchez Gramajo (h), Mario Busnelli, Daniel Nassif y José María Curto, quienes fueron algunos de los jóvenes músicos, muy prestigiosos en ese tiempo, con quienes también toqué, puesto que con frecuencia se  reorganizaban los grupos, cambiándose sólo de nombre.

Por qué y para quién escribe.

Cachín Díaz fue el responsable -para mal o para bien- de que yo empezara a escribir de un modo sistemático. Una tarde mientras descansábamos entre guardia y guardia, en la colimba, me preguntó si querría escribir un comentario sobre música, para una nueva sección que se había creado en El Liberal. Quería llevarla al día siguiente. Me liberó de tareas para ello -pues él era cabo dragoneante-, me senté en el escritorio de la guardia, y en un rato le escribí un artículo comentando la música de Blood Sweat and Tears, un conjunto norteamericano que me gustaba. Cuando lo vi de nuevo, unos dos días después, estaba entusiasmado:

-¡A los muchachos, Farreras y Di Piazza, les ha gustado mucho! ¡Me han dicho que escribas todas las semanas, que te van a pagar!...-dijo, apenas me vio.

Me pagaron una suma que debe haber sido como unos cuarenta pesos, por ese artículo, y todos los que seguirían. Pero ver mis notas en el diario, además, me empezó a entusiasmar. En verdad no era tanto que apareciera mi nombre, aunque eso también me daba satisfacción, para qué negarlo, quizá como a un artesano de la madera le satisface firmar una pieza, por ejemplo un buen sillón. Me parecía un fenómeno algo mágico que ayer yo escribiese algo a mano, sobre un papel, y verlo después impreso, embellecido con las imágenes, pues publicaban carátulas de los discos que comentaba o las fotos de los músicos, para complementar.  

Después de ese período -desde fines de 1970 hasta mediados de 1971-, dejé de escribir por un tiempo, para poner un negocio que se llamaba Ojo. También me enamoré por primera vez, y estas dos cuestiones llenaban mi vida. El negocio no duró mucho. Cometí el error que repetiría una y otra vez: pretendí vender buena música, buenos libros, que nada vendido en Ojo fuera banal, pasatista, estupidizante. Había alquilado el local de la Casa Diocesana -ese donde está Lave Rap, ahora, sobre la Independencia, entre Urquiza y Mitre-; había hecho pintar esos dos enormes locales de blanco, decorando las paredes con buenos afiches adquiridos en Buenos Aires. Los exhibidores, fabricados especialmente por un artesano del hierro,  mostraba plenamente las carátulas de los discos contra las paredes blancas. El "Caballo" Pernigotti me había regalado un par de sillones y una mesita de quebracho colorado, luego de traerlos, supongo, de algún obraje suyo, pues estaban cortados directamente sobre gigantescos troncos del quebracho, eran unos muebles hermosos, como de hierro: todavía están, en la terraza de la casa de mi papá, después de haber pasado más de treinta años a la intemperie, como si nada. Había hecho un acuerdo con Kikí Ferreyra para que él ocupase un pequeño sector de los locales, con sus negocios de espectáculos, que iban muy bien con Ojo pues ya en aquel entonces el trabajaba con artistas de gran jerarquía, como Mercedes Sosa o el grupo teatral compuesto por Walter Vidarte, Héctor Alterio, Ana María Picchio y Víctor Laplace. Tenía una empleada muy, pero muy bonita, que había salido Reina del Trigo. Se llamaba Rosita Martín.

Bien. No hacía plata pero me sentía muy bien. Íbamos con Kikí a Buenos Aires, sustentados en parte por Johnny Diéguez, en cuyo Grand Hotel, o en La Jaula, boliche complementario, trabajábamos con Kikí, y también con Acho Vidal, Mario Feijóo, o el Gallego Dougnac.

¿Cómo no escribir, después, tantas cosas interesantes y bellas que me ocurrían?

Por otra parte, el ámbito donde se desenvolvía mi papá -con quien yo pasaba gran parte del día- era muy estimulante. Por ese tiempo él había creado una revista que se llamaba Santiago Educacional. Y tal vez siguiendo el ejemplo del IOSEP, por entonces de reciente formación, se le ocurrió que el Consejo les descontara una suma mínima -digamos veinticinco centavos, por planilla, a los maestros de toda la provincia, cada mes. Y con esos fondos hacían una hermosa  revista, tapa a todo color y láminas internas también a color, que en aquél tiempo era lo máximo. Cada dos meses, se enviaban paquetes a cada escuela, con tantas revistas como maestros había en ella, para que se las distribuyeran.

La revista tenía gran nivel. Colaboraban en ellas personas muy inteligentes y capaces, como el licenciado Pedro Luna o Graciela Arán de Rizzo Patrón. Cada uno recibía su paga, estrictamente, como correspondía. Mi padre era el director de la institución -que por entonces había transformado su nombre en Dirección de Técnicas Audiovisuales, y más tarde Servicios Técnicos Educacionales, incorporando también un Centro de Documentación Educativa. Ahora había varios empleados, seleccionados entre los más inteligentes en el Consejo de Educación. Recuerdo por ejemplo a la señora Emalina López de Mansilla y a Pepito Balderrama. Estaba también, entre lo colaboradores más estrechos de mi padre, mi tío, Mariano Carreras, quien por entonces ya tenía una feraz carrera docente y había llegado a la máxima categoría: Supervisor. El "círculo áureo" que muchas veces por las tardes se reunía con mi papá estaba compuesto por Pedro Luna, mi tío Mariano, el doctor Juan Manuel Acuña, el ingeniero Braceras, "Pocho" Scarone Moyano. Todos tipos brillantes, yo solía estar silencioso en un rincón, durante horas, sin cansarme de escuchar. Frecuentemente se integraban también a las conversaciones Alfredo Gogna, Francisco René Santucho, Alberto Alba, Alberto Soli, Clementina Rosa Quenel, y con seguridad pasaba por aquellas oficinas cualquier tipo imaginativo o aventurero que viniese de otros lugares del mundo, en nuestro país o el extranjero. Entonces la vida era muy interesante e intensa para mí.   

Después que debí cerrar el negocio porque me daba pérdidas, a mediados de 1972,  fue el tiempo que con mi novia, que se llamaba Clara Beatriz Ledesma Medina y vivía en el Pasaje Figueroa, comenzamos a hacernos de izquierda. Ella estudiaba Ingeniería Forestal y en ese entonces la facultad era un hervidero de militantes revolucionarios. Yo venía ya de una creciente radicalización ideológica, empezada a los 18 años luego de la muerte del Ché Guevara, y sustentada más tarde durante la colimba, en que retomé la lectura dando preferencia a autores nacionalistas de izquierda, como Hernández Arregui, Jauretche, Rodolfo Walsh o revistas densamente políticas como Planeta, de Louis Pauwels y Jacques Bergier.   

Formamos un grupo al que bautizamos Ser, eligiendo como logotipo un perfil de Jimi Hendrix dibujado por mí; por ese entonces todo lo hacíamos juntos, ya, con Clara. También sacamos dos números de una revista (la primera fue increíble, pues la hicimos durante dos días encerrándonos a la siesta en el banco Coscrea, del cual un empleado, hermano de un miembro de Ser, nos prestaba en secreto las llaves, usando un mimeógrafo... salimos ese domingo como a las nueve de la noche, con el compañero de Ser que no quiero nombrar para no botonearlo, que era quien conseguía la llave, cubiertos de tinta negra hasta la frente, pero felices, con quinientos ejemplares de una revista de 16 páginas empaquetados, el primer número de Ser.) También hicimos, tal vez esto lo más importante, el primer Recital de Música Contemporánea (rock nacional) de Santiago. Esto sería muy largo de contar, y participaron más de cincuenta personas en ese grupo, por lo que en honor al tiempo de ustedes lo voy a dejar para otra oportunidad.

Allí empecé a escribir de nuevo. Yo escribía todos los volantes de Ser, que causaban envidia en las organizaciones políticas, pues solían despertar ecos importantes. También, obviamente, con la Clary, hacíamos todos los artículos de la revista. María Mercedes Tenti de Laitán conserva un ejemplar, que ya tiene mejor nivel gráfico, pues fue hecho en la Imprenta Amoroso, con carácter profesional.   

Bueno, para esa revista había escrito un artículo que se llamaba, creo, "Educación y dependencia". Una tarde de sábado, luego del almuerzo, se lo di a mi padre para que lo corrigiera. Él lo tomó con seriedad, fue a sentarse en un lugar apartado y lo leyó de un tirón. Enseguida vino a mi pieza, me entregó el artículo y me dijo: "No tengo nada que corregirte. Los conceptos vertidos aquí son precisos y profundos. Has alcanzado ya una gran madurez intelectual" Pocos días antes me había dicho, refiriéndose al Editorial: "Vos tienes un don: todo lo que escribes, es interesante e induce a leerlo. Debes aprovecharlo, formándote con gran disciplina en las ciencias que necesites desarrollar." Para mí, esas dos frases fueron un gigantesco espaldarazo. A partir de entonces escribía constantemente, sobre cualquier tema, y leía durante horas -en realidad, como te decía, ya venía leyendo, con voracidad algo desmesurada, desde los 18 años, aunque también había leído mucho durante la infancia.

La Librería Dimensión fue nuestro refugio cotidiano, con Clara. Su dueña, Gilda de Santucho, me daba los libros que yo quisiera, para que los pagase como pudiera, así mi afecto y agradecimiento hacia ella son muy grandes. Cierto día de 1972 me llegó una carta ofreciéndome la corresponsalía del periódico quincenal de izquierda Nuevo Hombre, que se imprimía en Buenos Aires. Su director era Silvio Frondizi. Iba a ser ad honorem, pero acepté fascinado, no me explicaba cómo ellos sabían de mí. Más tarde ocurrió lo mismo con la revista Posición, de Córdoba, que tiraba 5.000 ejemplares. Finalmente, ya después de que me hubieran invitado a integrar el equipo editorial estable, para lo cual debí trasladarme a vivir en Córdoba -ahí ya sí con un sueldo-, me enteré que el artífice de todas esas invitaciones había sido Francisco René Santucho, quien por entonces integraba la dirección nacional del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). En Córdoba, también integré la Redacción en la corresponsalía del diario El Mundo, de Buenos Aires, y la revista Patria Nueva.

La muerte de Clara me sumió en un periodo depresivo que duró poco, pues luego de eso (que fue lo peor que me pasó en la vida) me dije: o me suicido, o vivo con honor e hidalguía, haciendo siempre lo que me parezca el bien, aunque me cueste lo que sea.

Ya por entonces, a los veintitrés años, la escritura se había convertido en mi trabajo diario.

Quiénes son sus autores preferidos en el orden mundial, nacional y local.

Me estremeció desde niño el Martín Fierro de José Hernández, vibré en la adolescencia leyendo Facundo (pero ese libro, escrito para difamar al caudillo, sólo intensificó en mí la admiración que sentía por él);  a los 18 años leí a Jorge Luis Borges y me gustó mucho, también Cortázar, Gudiño Kieffer, García Márquez y varios del Boom Latinoamericano, que por entonces -68, 69- estaba en su mayor efervescencia. Yo vengo de una formación historietística en la infancia. Tuve la inmensa suerte de ser niño y adolescente justo cuando la Argentina se convirtió en la meca mundial de la historieta, con guionistas y dibujantes de quienes no dudo fueron los mejores del mundo. Digo Hugo Pratt, José Luis Salinas, Roume, Casalla, Vogt, Solano López, Breccia, Durañona... y Ohesterheld... el gran, el inmenso Ohesterheld.

Pero con el tiempo los que fueron quedando en mi gusto, como preferidos, aquellos que uno desea leer una y otra vez, sin cansarse, fueron solamente tres: Edgar Allan Poe, Hermann Hesse y H. P. Lovecraft.

En el orden local, el único que me llegó a gustar mucho fue Horacio Quiroga, y en el local-local,  el Shunko de Jorge Washington Ábalos. Moisés Carol tiene historias magníficas, pero muchas veces arruinadas por su enredada escritura. Me gustaría leer algo más de lo poquito que vi de Carlos Abregú Virreina, Roberto Castro, Carlos Bernabé Gómez o Andrónico Gil Rojas, pero no se consigue.

Cuáles serían los escritores santiagueños indispensables en cualquier biblioteca.

El mencionado Jorge Washington Ábalos, Clementina Rosa Quenel, Blanca Irurzum, Canal Feijóo, Betty Alba, Felipe Rojas, Alberto Alba, los hermanos Wagner; también, si se lo considera santiagueño, Ricardo Rojas. Y un libro, que no es de un escritor, sino de un especialista en literatura: Santiago en sus letras, de José Andrés Rivas. Este libro recoge muchas de las mejores páginas de la literatura santiagueña, inéditas o imposibles hoy de hallar.

Actualmente hay autores que me parecen buenos, como escritores, que tienen libros necesarios; por ejemplo, Guillermo Pinto, y Juan Manuel Aragón (h).

¿Los santiagueños gustan leer los autores locales?

Me parece que no, porque nadie se interesa por editar ni promover la literatura local. Por lo general los libros que salen aquí son pagados por sus propios autores, aunque lleven algún supuesto sello editorial.

¿Escribir es un oficio o un divertimento?, ¿por qué?

Para mí es una profesión. Trabajo en ella como un constructor o un carpintero. Me pongo plazos y objetivos, horarios, volúmenes de producción y los cumplo.

Todas las cosas que hice en mi vida, desde niño, fueron así. Cuando decidí dibujar y pintar, me sometía por voluntad propia a horas de agobiador ejercicio.

Con la guitarra fue lo mismo.

Tal vez la autora de ese criterio fuese una profesora de piano durante mi infancia, la señora Luisa Santini de Vélez. En el conservatorio Rossini, donde me inscribieron a los cuatro años, solía ponerme dos horas por día ante el piano repitiendo, una y otra vez, ejercicios de cuatro o cinco notas recurrentes, monótonas.

Recuerdo que solían agarrarme unas horribles cosquillas en la columna a la altura del coxis y ganas de huir corriendo de aquellas obligaciones extenuantes. Pero finalmente vencía a mi propia desesperación, y cumplía esas tareas con dignidad.

¿Le produce dolor escribir, como dicen algunos autores, siente placer o tiene otra sensación?

Escribir cansa mucho. Especialmente los ojos. No, no lo hago por placer. Si fuera por mí, no escribiría. Lo que más me gustó hacer desde chico es pasear por los montes de Santiago. Acostarme en el suelo durante horas, mirar esos pequeños "bichitos" blancos que juegan contra el cielo celeste en los días de sol. O bañarme en el río.  Esas cosas me gusta hacer, no escribir ni programar los argumentos que escribo.

Si escribo, es porque creo que hay muchas cosas importantes que puedo decir, y también realidades que puedo ayudar a mejorar, escribiendo.

¿Debe cumplir una misión ética el escritor o solamente proporcionar un buen momento a sus lectores?

A las empresas editoriales les conviene que el escritor produzca bellas composiciones dentro de una ideología multivalente, permisiva. Que el libro también sea sólo un objeto de placer. Porque la base del comercio capitalista es que el objeto de uso agote su valor intrínseco, para que el consumidor -así lo llaman ellos- salga desesperado, si tiene dinero, a buscar un objeto nuevo. Que lo haga olvidarse de sí mismo, náufrago doliente en el perverso mundo de relaciones equívocas creado, precisamente, por el capitalismo.

Así aparecen y desaparecen escritores como este brasileño mefistofélico, que ya ni me acuerdo cómo se llama, medio degenerado, de quien decían también que era amante de la Bolocco (cuando ya estaba con Menem). "Búm", sus libros se venden como choripanes en La Bombonera durante una final de Boca y River. ¿Y después? Puf, desaparece. Ni sus nietos se acuerdan de él. Hacen mucha guita, por lo general, como Britney Spears o Madonna. Pero nadie puede decirme que esas dos minas son, ni felices ni verdadero ejemplo para nadie. 

La misión ética que debe cumplir un escritor, según creo, es ser cada vez mejor, acercarse cada vez más, en su vida personal, a la perfección. ¿Por qué? Pues porque si es responsable, se trata de alguien que tiene acceso, por sus estudios, a las mayores fuentes de sabiduría que creó la humanidad en su ya larga evolución de 50.000 años.

¿Y de qué se trata la perfección? Nadie vaya a creer que es vestirse bien o ponerse cada día anillos de oro distintos, a cual más sofisticado. Buda y Jesucristo nos indicaron muy claramente qué es la perfección. Basta con estudiar profundamente sus enseñanzas, y perseverar cada día en practicarlas con mayor eficiencia. Lo cual no es nada fácil, pero creo que sí es posible, al menos acercarse a ella, como muchos grandes sabios lo han demostrado, en estos últimos 2.000 años.

¿Es cierto que para escribir primero hay que vivir?

Blaise Cendrars dice eso. También me di cuenta que al leer libros de personas que habían tenido una vida muy intensa, o practicaban estrictamente aquellas ciencias o disciplinas de las que escribían, eran mucho más convincentes e interesantes de leer.

Personalmente desde niño siempre quise tener una vida tranquila. Ser un buen pequeño burgués, con una casita modesta pero linda, vivir rodeado de mi familia. Cruelmente me persiguió la fatalidad desde la infancia. Gran parte de mi vida transcurrió bajo tormentas políticas, sentimentales o sociales. La muerte, que desde niño me provocaba un dolor insoportable, una y otra vez me burló, fagocitando a seres muy queridos. Algunas veces me quejé, interiormente, de tal destino. Pero ahora no: con el amor y el arrepentimiento, el esfuerzo por tratar de ser cada día un poquito mejor, las cosas, dentro de mí, fueron armonizándose. Y  al pasar los años logré entrar en una etapa de constante tranquilidad y paz. Al presente periodo intenté reflejarlo en un libro, parecido a un diario, que se llama Fulgor de los damascos.

En literatura, no hay cosa que más me guste que inventar un argumento metafísico, imposible, y convertirlo a través de palabras engarzadas, en algo convincente, real. Como esa vez, en 1986, que El Liberal publicó un cuento, El Malamor, y alguien a quien no conocía llamó por teléfono para que "le diéramos más datos", pues creía que se trataba de una historia real. Guillermo Abregú, que por ese entonces estaba a cargo de la sección Cultura, me lo pasó.  "No, doctor", le dije por teléfono (era un médico, Anelli)... "esa historia es totalmente inventada". 

Usted ha escrito novelas, cuentos, ensayos, poesías, artículos periodísticos. En cuál de estos rubros se siente más cómodo.

Me gusta escribir cuentos. No muy largos, ni demasiado cortos. Y como les decía, cuando más totalmente imaginarios son, mejor. Siento una satisfacción especial cuando los releo, luego de haberlos corregido, pasado en limpio y dejado descansar, al menos una semana, al considerarlos terminados.

También ha publicado algunas revistas y colaboró en otras. Cuál le parece que fue la más importante, qué significó en su vida y cómo cree que influyó esa revista en Santiago.

Para mí la revista más importante que hicimos, con Juan Manuel Aragón (h), es Quipu. Después hice otras con sentido algo utilitario, como La Razón del Consumidor, o espiritual, como Arcos. También me marcó el trabajo en revistas de Córdoba, durante mi juventud, como Patria Nueva o Posición, donde alcanzábamos una excelencia técnica por entonces difícil de lograr aquí. Pero Quipu de Cultura fue la publicación justa, en el momento justo, y los contenidos justos que debíamos dar a conocer en aquel periodo histórico.

Seguramente ha influido en varios lectores santiagueños, eso se va viendo en un periodo largo de tiempo. La mayor influencia que suele darse es que esos lectores modifiquen sus vidas, para bien, y también que reproduzcan, apropiándoselos, aquellos contenidos, para transformarlos en nuevas obras de arte o pensamientos acrecentadores.

Debemos tener en cuenta, también, que Quipu se vendía sólo parcialmente aquí. De quinientos ejemplares, aquí se vendían más o menos la mitad. El resto iba a otras provincias, principalmente Córdoba. Allí teníamos una corresponsal extraordinaria, Ivana Alochis, joven escritora y profesora universitaria, que llegó a vender, ella sola, unos doscientos ejemplares.

Hablo reiteradamente de "vender", pues no teníamos un centavo de capital, y encima nuestros ingresos personales eran bastante magros. Así que cada número de Quipu se hacía con el dinero obtenido por las ventas del anterior. Si no se vendía un número, el número siguiente no salía. Así de simple.

Y Quipu dejó de salir porque a mí me contrataron en El Liberal, para que hiciera el suplemento de Cultura, y Juan comenzó a trabajar en el Nuevo Diario. Entonces ya no nos quedaba tiempo para seguirla haciendo como queríamos, con un muy buen nivel. Sin embargo, no nos lamentamos: "cada cosa suele tener su tiempo bajo el sol".

¿Qué significó en mi vida? Un momento de crecimiento espiritual. Recuerdo que una tarde, releyendo un Editorial, me di cuenta de lo que constituía el verdadero poder. Me di cuenta de que el poder no lo controlan quienes tienen grandes capitales, edificios, instalaciones o armas. El poder lo manejan quienes son capaces de controlar su interior. El Universo es una gran dínamo, una fuente inagotable de energía. El nodo desde donde se conectan los entes, de todo tipo, con ese centro de poder universal está en el interior de cada ser.  Comprender eso, modificó sustancialmente mi vida. Y ocurrió como parte del proceso para las ediciones de Quipu.

Qué está escribiendo en estos momentos.

Ahora, además de numerosos artículos que siempre escribo para medios en Internet, estoy pasando en limpio una novela que escribí de un tirón entre la primavera de 1989 y el verano, tórrido, del 90. Esa novela tendría también una trayectoria tórrida.

Luego de escribirla, se la di para pasar en limpio a una especie de amiga que por entonces tenía, quien me cobró demasiado y (como yo no sabía nada de computadoras entonces), no me advirtió que podía guardar el contenido en disquetes. Luego, en tres copias, la mandé (apresuradamente) al concurso de Planeta, que no ganó. Cuando un amigo porteño fue a retirarla, le dijeron que la mitad de las carpetas, inexplicablemente, se habían perdido (eran seis carpetones voluminosos, que había hecho encuadernar en El Liberal).

Cuando más tarde tuve una imprenta, encomendé a uno de los empleados que tipeara nuevamente la novela. Pasó tres meses haciendo nada más que eso (y cobrando un sueldo para hacerlo), pero lo hizo mal. La copia final quedó llena de errores, ortográficos y de tipeado, lo cual me deprimió bastante.

Entonces ocurrió algo en mi vida personal que me fastidió mucho, y para no descargar mi ira sobre nadie, en un arranque de amargura tomé todos los originales (cuatro cuadernos grandes que había escrito a mano) y todas las copias de la novela y los corté en varios pedacitos con la guillotina de la imprenta, tirándolos luego a un gran tacho de basura.

Varios días después, cuando ya me había pasado la furia pero quedaba algo de amargor subyacente, como una borra en mi alma, descubrí un paquete extraño arriba de unos estantes, que me llamó la atención. Al bajarlo y abrirlo vi que habia quedado allí... ¡una copia de la novela! La peor, la más llena de tachones y errores, impresa en hojas de descarte, alguna con manchas de tinta o impresiones que no tenían nada que ver al otro lado de las páginas.

Por fortuna estaba visitándome en la imprenta en ese momento una amiga entrañable, Tamara Sperat, a quien conté la historia, pues delante de ella había desarmado el paquete. Entonces me dijo, "no hagas nada ahora... dámela, yo te la voy a guardar, hasta que estés bien y decidas sin presiones qué vas a hacer... de paso, la leo". Estuvo cerca de un año en su casa. Y cuando ella decidió trasladarse a otra provincia, tuve que ir a retirarla.

Estuvo allí en una bolsa de plástico, bajo otros paquetes, durante algunos años. Pero cuando empecé a tipearla de nuevo, y por lo tanto leerla, me di cuenta de que es algo muy importante en mi vida dejar bien corregida y terminada esta novela. Por eso es que ahora me puse, con todo ahínco, a tipearla completamente otra vez.

Y se sabe que pasar en limpio para un escritor nunca es sólo eso. En el proceso de transcripción agrego capítulos, mejoro otros, quito lo que ahora, algo más maduro espero, se me presenta como superfluo.

Se llama El alma en cada abrazo. Es una historia de amor de los 70.

La lectura, según algunos, es un hábito que se va perdiendo. ¿Es importante rescatarlo?, ¿por qué?

Esta alarma por el supuesto decrecimiento de la lectura yo nunca lo compartí. Desde sus inicios, hacia fines de los 70. Desde aquél tiempo es que se machaca con que "cada vez se lee menos", que "los niños son cada vez más analfabetos", y se toma la tarea de "promover la lectura" como una sagrada misión.

Yo creo que siempre, desde la aparición del libro, la gente común leyó poco. O leyó obras de escasa trascendencia, como los millones de folletines que se difundían en Francia hacia finales del siglo XIX. Hay que tener en cuenta que en ese entonces los libros -explotados por los capitalistas como una industria editorial-, ocupaban en la existencia de las personas el sitio que hoy está llenando el televisor.

No me parece tampoco una "sagrada misión" meterle medio a la fuerza a la gente la "obligación moral" de leer, son pena de ser estigmatizado de otro modo como un oscurantista regresivo. Esto en parte porque veo que muchos de quienes se ocupan de estas campañas de promoción hacen su negocio de ello, obteniendo buenos salarios, viáticos y otros beneficios que estarían ausentes de sus vidas sin dicho "apostolado". Y también, por cierto, la que más se benefician, que son las gigantescas empresas editoriales que necesitan imperiosamente, no tanto que lean, sino que compren sus productos -es decir, los libros.   

Es que la lectura siempre tiene algo de trabajo, de tarea, nunca es un "placer" completo. Al leer un libro, después de cien o doscientas páginas te arden los ojos, el cuerpo se te acalambra, si lees muchos libros llega un momento en que comienza a molestarte la columna.

Sucede que, como escuchar música clásica, o desentrañar la física cuántica, leer es una de las actividades que mayores beneficios trae a los seres humanos. Leer es la mejor actividad para ejercitar el pensamiento, y se aprende a pensar sistemáticamente, precisamente, leyendo. Entonces, así como para todo ser humano la gimnasia debería ser algo imprescindible, también leer lo debería, pues como digo el pensar es como mover los músculos. Si no los ejercitas -a los músculos- o se atrofian o se deforman.

Pero bueno. Así como hay tantos obesos en Santiago, porque no tienen la voluntad suficiente para comer solamente lo necesario y mantener una dieta sana, así también hay personas que tienen la mente deforme porque no son capaces de leer más allá de alguna que otra noticia social en el diario. Y por eso los rectores de sus pensamientos son personajes tan tristes como Maradona, Tinelli o Mirtha Legrand.   

Sin embargo, aquellos que ejercitan sistemáticamente su pensamiento a través de la lectura, lo seguirán haciendo, desaparezcan o no los libros, los diarios y cualquier otra página impresa. Seguirán leyendo en las computadoras, en holografías, o comoquiera que se presenten los textos mediante el desarrollo de nuevas tecnologías.

El papiro, o los rollos de corteza, que atesoraban los conocimientos, por ejemplo en la Biblioteca de Alejandría, y eran tan importantes para el mundo antiguo, desaparecieron, y no por eso las siguientes generaciones quedaron sin lectores.

¿Qué le diría a quien se inicia como escritor?

Es una linda profesión. Sólo que tienes que trabajar el doble. Tienes que trabajar -si quieres dejar escrito algo de verdadera importancia- en construir primero tus conocimientos, luego tu vida interior, por fin tu lenguaje, para escribir tus libros. Y tienes que trabajar en cualquier cosa, a veces hasta barriendo calles, si no queda otra, para obtener algún recurso económico (si quieres tener familia). Pues aunque la humanidad se ha beneficiado y ha obtenido sus avances espirituales casi exclusivamente por causa de los conceptos que han transmitido los escritores, nadie le paga a alguien para que sea solamente escritor.

09/01/08

SER

Nota: en los anteojos de la Clary se ve el 1º Recital de SER (2ª Foto). El que está en la primera foto soy yo, apenas algunos meses antes de los acontecimientos que narro.

 

Otoño es la estación más hermosa en Santiago. Comenzando la década de los 70, la Libertad desde la Moreno bordeaba la antigua estación del Ferrocarril Belgrano y sus árboles, fragantes y frondosos, eran tan antiguos como los mismos rieles. Cerca de las doce y media estábamos terminando nuestra conversación con Guillermo Bravo, bajo una providencial cornisa en la esquina de 12 de Octubre, frente a la comisaría cuarta. Eso porque lloviznaba. Cuando bajando desde las vías, por la vereda, vimos aparecer a Lali Alcorta. Era un joven buenmozo, de modos sencillos y cordiales, pero llamaba mucho la atención porque en un tiempo en que esto era raro, llevaba los cabellos largos, casi hasta la altura de los hombros.
Así comenzó para mí la historia del Grupo SER.
754353c5e99eb04378081ce4695f7fcb.jpgAhora pienso que hubiera sido interesante poner cuatro personas a las cinco de la mañana, hora en que llegaba el tren, en las esquinas de la Moreno, Pedro León Gallo, Rivadavia y Francisco de Aguirre. Las que tomando como centro la Estación del Ferrocarril formaban exactamente una cruz. Para después pedirles una descripción del fenómeno y sus sensaciones ante él. Seguramente escucharíamos historias diferentes (que coincidirían en cuestiones generales, pero posiblemente con importantes disidencias).
Algo así ocurrió con el Grupo SER. Desde su paulatina disolución -que comenzaría por motivos políticos, antes de finalizar el 72-, hasta hoy se discuten muchos detalles, se cuentan y se recuentan datos sobre aquél o este episodio.
Yo soy una de esas personas que vio llegar el tren. Narraré aquí sólo una de tales experiencias.

La ropa del Ché

Juan Navarro dice que yo iba caminando por las vías del ferrocarril, como a las tres de la tarde, bajo la llovizna y él, que iba en sentido contrario por la calle lateral, en bicicleta, me invitó a la zappada.* Y es cierto. Pero también es cierto que Lali Alcorta, ese mismo mediodía en que nos encontrara en la esquina de 12 de Octubre y Libertad conversando con Guillermo Bravo, ya lo había hecho. Así que había ido a mi casa, sobre la Libertad pasando la Aguirre, allí muy cerca, para almorzar junto a mi abuelo y mi abuela, con quienes vivía y enseguida, sin apenas echar una leve siestita, regresé.
78ad12657d02134f6c96bffa881a9efe.jpg Por ese tiempo yo usaba borceguíes y al caminar por sobre las elevadas vías entre las piedrecillas y bajo la llovizna me felicitaba de encontrar una ocasión para probar su resistencia. También vaqueros viejos y camisa de Grafa. El pelo me había crecido bastante y no me lo peinaba. La barba, incipiente, sombreaba mi mejilla aún con rasgos de adolescente. Por qué iba así. Porque con frecuencia me imaginaba ser el Ché Guevara. Y en vez de caminar por unas antiguas vías de mi bucólico barrio en Santiago, caminar por entre los guijarros en los áridos montes de Bolivia, buscando un senderito para huir de los esbirros del régimen proimperialista.
Poco antes -apenas dos o tres meses atrás- había sido un "pendejo concheto", con negocio propio y auto en un medio donde aún no había demasiadas personas que contasen con un vehículo propio. Por cierto el auto era de mi padre y el negocio mismo jamás hubiese existido sin su apoyo económico. Pero éstos eran aspectos que no podían percibirse desde el exterior. Para los chicos y chicas que me veían yo era un joven agraciado, elegante al estilo de fines de los '60 (buenas remeras, pantalones de hilo, mocasines de cuero crudo, etcétera) y siempre con bastante dinero en el bolsillo.
Violentamente comencé a aparecer con la indumentaria "del Ché Guevara". Por si esto fuese poco, cerré el negocio. No era de revolucionarios sacar partido de las necesidades de sus hermanos. El tema era que, pese a estar lleno de intenciones combativas y sociedades fraternas en la imaginación, aún no había encontrado ningún partido en el que ingresar. Y en eso andaba. Por ello mi conversación con Guillermo Bravo, en la esquina donde nos encontró Lali Alcorta: Guillermo, dirigente máximo de la Juventud Socialista, estaba poco a poco persuadiéndome para que me afiliase al Partido Socialista Popular.

 

* Zappada. En aquél tiempo se usaba tal designación para un encuentro entre músicos, libre, en el cual cada quien aportaba sus instrumentos y conocimientos musicales para improvisar en conjunto. La palabra había nacido por los proverbiales encuentros en el departamento de Frank Zappa, músico underground estadounidense, conocido entonces solamente por los iniciados.

 

La zappada

Al entrar en la casa de Lali -donde se hacía la zappada-, me sorprendí. En el patio, bajo un galpón, se había formado ya un impresionante grupo. A los primeros que discerní fue a Mario Abraham (a quien le decíamos "El Gordo"), Ricardo "el Petizo" Santillán, Lucky Gómez, Tito Galván. Los había visto sobre algún escenario en el pasado, por eso los reconocí enseguida. A Tito lo conocía por haber compartido presentaciones de nuestro conjunto y el suyo en algún club. Había varios muchachos más, y dos tres chicas, a quienes no conocía.
Lo impresionante para mí (como para todo músico), eran los instrumentos. Dos baterías, equipos poderosos para guitarras, bajo, voces... Dos muchachos analizaban el sonido de un gigantesco platillo Zildjian, otros miraban, dándolo vueltas, de un lado u otro, un bajo Fender... En un medio modesto (el cual ni siquiera miré demasiado), se había logrado reunir una cantidad de instrumentos valiosos, como para un megarecital.  
Esta impresión se agigantó cuando salí, para escuchar desde lejos...
-¡Suena como Deep Purple!... -les dije asombrado a tres o cuatro con quienes me junté en la vereda.
Era de noche ya. No había parado de lloviznar. Con los cabellos y la ropa humedecida, éramos felices sin embargo. La música envolvía nuestros espíritus y los unificaba. Entonces fue que dije:
-¿Qué les parece si nos juntamos y damos a esto un carácter más permanente?
En realidad la conversación fue más larga. En realidad yo ya iba con la intención de buscar algún tipo de organización con aquellos muchachos de barrio. Después que se fuera Lali, por la mañana, Guillermo me había dicho "a ver si se puede trabajar políticamente con estos chicos". Y a mí me había interesado la idea. No para unirlos al Partido Socialista Popular, como sugería Guillermo, sino porque había comprendido el valor político de la organización social y andaba buscando precisamente eso: un grupo con el que trabajar.
Había frecuentado la Juventud Peronista, y de vez en cuando iba con la Juventud del PSP -a la cual me acercara un amigo, Guido Picco, estudiante avanzado de Ciencias Económicas. Ninguna me satisfacía por completo. Uno de los factores para esto consistía en que ambas organizaciones "juveniles", finalmente eran manipuladas por los viejos, que controlaban el Partido. Yo quería una organización de jóvenes y para los jóvenes, trabajando desinteresadamente por un mundo mejor.   
También frecuentamos, con mi novia Clary, los grupos estudiantiles. Ella era estudiante de Ingeniería Forestal, la facultad donde estaban los más combativos y politizados. Pero yo no era estudiante. Tampoco me interesaba demasiado su mundo, ni sus organizaciones, las cuales por otro lado tenían pautas propias y a veces, también, respondían a algún partido político igualmente manejado de afuera...
Así que mis intenciones, al proponer esa noche una reunión organizativa para la siguiente semana, eran políticas, lo confieso. Pero sin ningún objetivo partidario, sino con el único propósito de conformar una agrupación fuerte, de músicos de rock y artistas, que nos permitiera imprimir nuestra huella en la vida social de Santiago. E integrarnos, independientemente, a las luchas revolucionarias en que gran parte de la juventud argentina se empeñaba -a veces, hasta perdiendo la vida- entonces.

 

Reunión en lo de Loro

La reunión en la casa de Loro (así le decían, amistosamente, a "Lucky" Gómez, de quien se me olvidó su nombre real pues ambos, "Loro" y "Lucky" bastaban), fue muy exitosa. Unos veinte o treinta jóvenes participaron, entre músicos y amigos. Ya esa primera noche, sorpresivamente, se presentaron unos estudiantes de Ingeniería Forestal que se habían enterado del asunto. Después sabría que militaban en el PRT*. También fue Guillermo Bravo.
De entrada supe que iba a convertirme en una especie de líder en el naciente grupo. Nos ubicaron, con Clara (a quien conocieron y empezaron a amar esa noche), en la cabecera de una larga mesa, al fondo. Desde allí dominábamos todo, incluyendo la entrada a la casa que Loro habitaba con sus padres. Clara tenía una personalidad muy luminosa, por su simpatía, que parecía emanar de sus poros, envolviendo a quien la trataba.
Propuse organizarnos como un grupo comunitario, para compartir todo lo que teníamos. Instrumentos, dinero, tiempo, conocimientos. ¿El propósito? Hacer buena música y llevarla a los más humildes. "Buena" para nosotros significaba para nosotros diferente de la música comercial, que por entonces inundaba a la humanidad con melodías pegadizas e insustanciales.
Con Clara habíamos conversado mucho sobre cómo los mejores grupos musicales que visitaran Santiago sólo podían ser vistos y escuchados por sectores de elite en Santiago. Por ejemplo, Arco Iris, de Gustavo Santaolalla, había actuado las dos veces que viniera en el Lawn Tennis. Como agravante a ser este un club para clases altas, sólo un puñadito de "iniciados" de estas clases gustaban un tipo de música como la que por entonces hacía el grupo de Santaolalla.
Entonces, nuestro propósito más fuerte era "llevar la música a sus verdaderos dueños", los sectores populares. Porque también veíamos, con Clara, que casi todos los grandes músicos, a lo largo de la historia, no surgían de las clases llamadas "altas", sino precisamente de las clases más humildes. Entonces constituía un verdadero robo el que solamente los adinerados pudiesen gozar finalmente de esos productos elevados de la Cultura, que se habían fraguado durante siglos a veces en el riquísimo cuenco social del pueblo.

* Partido Revolucionario de los Trabajadores. Dirección política del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), una de las dos organizaciones guerrilleras más fuertes por entonces en la Argentina.      

Escenario

Para que se tenga una idea de cómo era Santiago, transcribo aquí textualmente el capítulo introductorio a la novela El Alma en Cada Abrazo, que escribí hacia fines de los 80 sobre estos mismos temas.

Fotos:
1. Capilla de las Montoneras. Clara vivía a menos de una cuadra de allí, en el Pasaje Figueroa.
2. El primer Recital de SER.

c530deacc9a80c33ec788236d7cd90fb.jpgDurante el periodo referido aquí (1970-1972), la ciudad de Santiago del Estero está habitada por unas 50.000 familias (algo más de 150.000 personas). De ellas, el 10 por ciento vive en el centro de la ciudad y está conformada por las clases de mayores ingresos. Estas controlan el poder político y social.
El resto habita en diferentes barrios, cada vez más pobres cuanto más lejos del centro han logrado ubicarse. Sólo algunos espacios relativamente alejados, como una franja del Sur de la ciudad, sobre la Avenida Belgrano, o un poco menos, El Zanjón –a unos 15 kilómetros– han sido elegidos por miembros de las clases pudientes para edificar viviendas residenciales o fincas de fin de semana.
En los barrios, el 10 por ciento de su población es muy pobre, el 50 por ciento subsiste mayoritariamente por ingresos provenientes de empleos subalternos en la administración pública y el 30 por ciento restante son empleados de comercio.
Del 10 por ciento dominante, más de la mitad ocupan puestos jerárquicos de la Administración Pública. El resto son comerciantes. Los profesionales universitarios –mayormente médicos, abogados, escribanos y contadores–, superponen su actividad privada con algún cargo en la Administración Pública.
En lo cultural la población ciudadana vive todavía una especie de autismo aldeano, que comienza a ser fisurado, lentamente, por la televisión. Prevalece, sin embargo, una mentalidad medieval, “actualizada” a través de pátinas sucesivas de conservadorismo liberal decimonónico. Un catolicismo en todo semejante al de la España franquista reina, de un modo agobiante y absoluto. En los barrios, predomina completamente el peronismo y su imaginario nacionalista. El folklore y el tango son patrimonio casi exclusivo de los barrios, mientras en el centro se escucha Jazz, Bossa Nova y clásicos, entre los mayores, mientras que los jóvenes bailan con The Beatles, y rock estadounidense o europeo. Los jóvenes de los barrios bailan con Los Iracundos, Palito Ortega, Leonardo Favio, Los Ángeles Negros y grupos locales de cumbia.
El tipo racial predominante oscila entre lo latino y aborigen, constituyendo alrededor de un 95 % de la población. Las características predominantes en hombres y mujeres es un tipo de tez trigueña, cabellos castaños oscuros, ojos marrones, estatura media  –promedio en hombres, 1,70, en mujeres 1,60 – de cuerpos esbeltos. Un 2 por ciento se compone de árabes y el 3 por ciento restante se divide entre centroeuropeos, aborígenes más puros, y otras etnias apenas representadas. Por cierto este esquema no alcanza para comprender las numerosas variedades étnicas que habitan la ciudad de Santiago, donde pueden hallarse desde rubios y rubias de cabellos muy claros, con ojos azules, en un extremo del abanico, hasta personas con tez muy oscura y ojos negros. El color es también un indicador social, puesto que los más blancos suelen formar parte de la clase que habita el centro, mientras en los barrios es normal el tono oscuro de la piel. Pero no resulta extraña la presencia de rubios entre las clases más humildes y personas de piel oscura entre los más ricos.
Las clases pudientes se reúnen en dos confiterías céntricas: la Ideal y Siroco,  y dos clubes: el Jockey Club y el Lawn Tennis Club. El Club Sirio Libanés, donde también se reúnen bastantes familias del centro, sólo convoca a fiestas abiertas excepcionalmente. Sus instalaciones, bastante lujosas, son frecuentadas normalmente por descendientes de árabes. Apenas un par de años antes entraron en la aceptación social los “boliches” donde, imitando los de otras ciudades más grandes, se baila a media luz. Los que existen en 1971 son cuatro: Help,  La Jaula,  Safari, Vinicius.
Las clases populares, en cambio, se divierten en clubes de fútbol o básquet, que organizan bailes cada fin de semana en sus instalaciones. Los más importantes de entonces llegan a siete: Red Star BBC, Huaico Hondo BBC, Comercio BBC, Gimnasia y Esgrima BBC, Villa Constantina BBC, Central Córdoba y Mitre. Sin la regularidad de estos, muchas bibliotecas populares o clubes más pequeños organizan también bailes, generalmente contratando conjuntos locales.
Mientras que de los espacios festivos céntricos el único capaz de albergar una concurrencia masiva es el Lawn Tennis, los clubes de barrio han sido pensados para mucha gente: algunos de ellos tienen capacidad para más de mil personas.
Espacios sociales de diversión vigentes durante muchos años, como el Club Bancario o el Parque de Grandes Espectáculos han caído recientemente en desuso. El Río Dulce Grill, gigantesca pista de baile con un monumental escenario, construida casi encima del río por un empresario hotelero, fue pionera en el intento de generar un espacio abierto para los barrios en las cercanías del centro. Tuvo una vigencia relativa entre 1965 y 1970, más o menos. 
Existe una férrea delimitación clasista de los espacios públicos: el centro –salvo la zona del Mercado Armonía–, constituye el dominio exclusivo de las clases pudientes, que se manejan allí a sus anchas. Raramente los miembros de familias barriales se aventuran en el centro de la ciudad, salvo para algún trámite administrativo o alguna compra especial. Recíprocamente, resulta muy extraño ver a alguien de las clases altas visitando los barrios. Hay jóvenes del centro –especialmente las mujeres– que jamás han pisado las calles absolutamente de ningún barrio de la ciudad. Muchos de ellos conocen Buenos Aires y Mar del Plata. Algunos viajan allí habitualmente o en sus vacaciones.
Los jóvenes del centro que estudian carreras universitarias lo hacen en Córdoba o Tucumán. En Santiago se ha abierto sólo una universidad católica, a fines de los 60, pero ofrece muy pocas carreras. La Facultad de Ingeniería Forestal, de creación reciente, es una especie de delegación del Estado nacional, y su estudiantado, que pronto se convertiría en un importante factor de cambio ideológico, proviene en un gran porcentaje de otras provincias argentinas. Pocos jóvenes de los barrios estudian carreras universitarias. De entre ellos, quienes pueden costearse los aranceles se inscriben en la Universidad Católica. También Ingeniería Forestal capta, a inicios de los 70, algunos estudiantes de estos sectores.
La arquitectura del centro de Santiago está dominada por las Iglesias, todas de estilos más o menos góticos. La Catedral es la de mayor tamaño y está al frente de la plaza principal, donde también se levanta el Cabildo, ocupado entonces por la Policía Provincial. Otras grandes capillas son La Merced, San Francisco y Las Franciscanas, Belén, Santo Domingo, y San Roque –esta última la única más o menos alejada de la plaza céntrica, ya que las demás se han levantado todas en un recuadro de no más de 10 cuadras de lado.
Perduran en el centro muchos edificios de los siglos XVIII y XIX, algunos construidos con adobe, de techos altos, anchas galerías y patios espaciosos. En los barrios prevalece, sobre un relativo caos estético, la casa cuadrada, chata, de ladrillos, también con galerías, jardines y a veces muchísimo espacio ocupado por los patios, donde es frecuente hallar árboles gigantescos. Muchas de ellas colindan con pequeñas zonas montuosas. Mientras en el centro todas las calles son pavimentadas –existen todavía algunas pocas con adoquines– en los barrios son de tierra, y sólo pavimentadas algunas avenidas, siempre las que conducen al centro.

b10e27ffd2fc1796a5b69f10f77204b9.jpgFoto, de izquierda a derecha: Tito Galván, Juan Navarro, Lucky Gómez

 

No hay muchos automóviles en el Santiago de entonces, y casi todos son propiedad de alguna familia céntrica. En los barrios sólo se ven muy pocas camionetas, usadas para repartos, algunos camiones –frecuentemente de propiedad del Estado o empresas, que los dejan en manos de sus choferes–, y algunas motocicletas, aunque tampoco de un modo abundante. El vehículo popular por excelencia es la bicicleta. Todavía algunas familias de barrio poseen pequeños carruajes con sus caballos.

La Sáenz Peña era en ese entonces un bulevar. Frente a la casa de Loro había pues un espacio arbolado, con bancos y canteros de ladrillo henchidos de flores, que dividía la ancha avenida en dos manos. Todo esto nos han quitado los idiotas que han gobernado la provincia de Santiago en los últimos 40 años. Ahora allí queda sólo una anchísima franja de cemento, con olor a podrido, pues han tapado la acequia de la Colón y una ancha cloaca que corría por debajo del bulevar. Casi no quedan árboles, miles de vehículos de todo tipo rugen constantemente y en días de calor este sector se convierte en un verdadero infierno. Igual tarea han efectuado los gobernantes idiotas -civiles o militares- con la acequia de la Belgrano.
En el tiempo en que se formaba el Grupo SER todavía existían estas hermosas avenidas pletóricas de jardines y árboles. En la misma esquina donde se juntaban la Belgrano y la Sáenz Peña había un gran kiosco, construido sobre un puente en la acequia, donde los jóvenes íbamos a comer lomitos o desayunar luego de las fiestas al amanecer.

 

Preparando el Recital

65d6f446ca4410fe2cc34d0d4315a9e6.jpgEn la casa de Loro, la primera noche, se decidió organizar un Recital de Música Contemporánea. Esto se haría por primera vez en Santiago. Fieles a nuestra propuesta de hacerlo en un lugar adonde tuvieran acceso los sectores más humildes de la sociedad, se decidió también solicitar en préstamo el local de la biblioteca Francisco de Aguirre, en Villa Constantina. Muy cerca de allí había nacido prácticamente, SER, pues en la casa de Lali Alcorta, a una cuadra y media, se había hecho la primera zappada.
De entrada se destacaron nítidamente los músicos profesionales: Tito Galván, Lucky Gómez, "German" Ledesma, Mario Abraham. Acostumbrados a la disciplina de los ensayos y las actuaciones a horario, comprendieron el valor de la organización enseguida. Ellos serían también quienes iban a aportar casi todos los instrumentos.
Había otro grupo -los de músicos más bien vocacionales pero sin práctica en escenarios-, que tampoco habían podido adquirir instrumentos. La mayor parte de ellos eran a quienes llamaban "los hippies", pues llevaban el pelo muy largo y en general adherían a las doctrinas pacifistas de esa corriente norteamericana.  
Se decidió también hacer una revista, para difundir nuestras ideas. Por de pronto, se harían volantes. Designados para hacer los trámites y conseguir la biblioteca para el Recital: Clary y Julio. Designados para para hacer la revista: Clary y Julio. Designados para redactar, diseñar, diagramar e imprimir los volantes: Clary y Julio. Como se ve, una gran responsabilidad había recaído sobre la parejita.6beda4cd92a1873c4ed3fc05c21a62cc.jpg
En parte por esto es que Julio decidió no tocar en ningún grupo. Pese a que tenía dos guitarras eléctricas (que en este tráfago perdería), las puso a disposición del grupo, mas él mismo no tocaría. Atravesaba ese período imbuido por una especie de fervor místico revolucionario. Su modelo era entonces -y lo sigue siendo hoy- la primitiva comunidad cristiana, por ello cuando hubo que proponer un símbolo que representara a SER, él enseguida dibujó un pez. El ICHTUS, con el que los primeros cristianos se identificaban entre sí, en las catacumbas, durante la época de la cruel persecución romana.
Pero a decir verdad, se trató sólo de una sabia división de tareas, pues cada quien se ocuparía de lo que manejaba mejor. Así, los músicos deberían organizarse en grupos, por afinidades, y ensayar a presión para llegar con los suficientes temas para el Recital, que deseaban hacer en invierno, en julio a más tardar. Era una tarea para la que debían poner gran empeño, pues los profesionales tocaban en grupos donde se hacía desde cumbia a ese rock pasatista como el de Los Iracundos. Y lo que se iba a ensayar era Almendra, Manal, La Cofradía de la Flor Solar, Alma y Vida, Vox Dei, Aquelarre... como máxima concesión Pedro y Pablo, el dúo de Cantilo, que se proponían tomar de modelo Cacho Galván y Severo.
En realidad, se trataba de algo más difícil aún, pues los mencionados grupos argentinos se tomaban sólo como referencia (como también Jimi Hendrix o Crosby, Stills, Nash & Young). El desafío era hacer nuestros propios temas, con letras propias dirigidas a los más humildes en Santiago del Estero.
Y fue lo que se presentaría más tarde en el Recital.

 

Un aniversario del cordobazo

Los sucesos anteriores transcurrieron durante el mes de abril de 1972. Para el 29 de Mayo de ese año, las organizaciones estudiantiles habían convocado a una gran manifestación conmemorativa del Tercer Aniversario del Cordobazo. Se defenderían, además, varias consignas: contra la dictadura militar (que ya llevaba cinco años sobre la Argentina), por la libertad para elegir Centros de Estudiantes, por la Universidad Nacional, contra los altísimos aranceles de la Universidad Católica.
La Universidad Católica, controlada por un pequeño grupo de la Democracia Cristiana, imponía sus intereses a la sociedad, impidiendo que se estableciera aquí una delegación de la Universidad Nacional. Esto era fácil para el grupo de poder, pues gobernaba la provincia Carlos Jensen, un abogado representante de la Democracia Cristiana.
Una pequeña grieta parecía abierta con la reciente instalación de la Facultad de Ingeniería Forestal, no como parte de la Universidad Católica sino como embrión de la futura UNSE. Pero aún esta era controlada por "Maquinita" Ledesma, un democristiano "de la primera hora". Tal vez algo ecléctico, pues le había salido un hijo peronista-montonero y otro del ERP. El segundo pronto moriría durante un enfrentamiento armado contra el Ejército Antinacional en Tucumán.
El mismo Juan Carlos Onganía, fundador de la dictadura militar, era cursillista, es decir, un cofrade nacional de la camarilla que gobernaba Santiago. Por si todo esto fuera poco, otros miembros de la Democracia Cristiana eran propietarios de El Liberal -único y secular diario de la provincia-, Canal 7 (el único medio televisivo) y LV11 (la única radio). El anillo de poder estaba entonces cerrado, de un modo férreo y hermético. Santiago era un feudo militar democristiano.
Pese a todo, se había ido conformando un fuerte movimiento estudiantil, cuyos principales animadores eran estudiantes de Ingeniería Forestal, muchos de ellos de otras provincias argentinas. Pero también "La Católica" había parido notables líderes estudiantiles, como Coli Bader, dirigente estudiantil de la Facultad de Ciencias Sociales.
Niño mimado de los mismos democristianos al principio, que lo hicieron destacado periodista en Canal 7 aún sin cumplir los 21 años, Coli rompió con valentía esos vínculos, optando por la militancia contra el poder. Hijo de alemanes, era rubio, alto, elocuente y buen mozo, cosa que seguramente influyó mucho en los propietarios de la TV santiagueña, a la hora de intentar cooptarlo.

Esa tarde tibia de mediados de otoño unos 700 estudiantes habían tomado prácticamente la plaza Libertad, principal en Santiago. Era una cantidad inusitada, teniendo en cuenta que la totalidad de alumnos universitarios tal vez no alcanzace entonces el número de 3.000. Pero debieron dispersarse. La policía había embestido con bastones de goma y lanzando gases lacrimógenos.    
Pero el altísimo grado de organización existente entre los estudiantes santiagueños había previsto esa posibilidad. Entonces se habían formado comandos, que coordinaba una mesa de todas los agrupaciones estudiantiles, fijando postas de recambio para reconcentrarse una y otra vez, continuando con los actos.
Así, jóvenes, parejitas o pequeños grupos que simulaban ser inocentes paseantes, iban rápidamente en autos y motocicletas, o a pie, al encuentro de los grupos que se dispersaban, avisándoles de los nuevos lugares para el encuentro.
De la plaza Libertad se pasó al Pasaje Diego de Rojas, ancho espacio que ofrecía múltiples vías de escape, y ante un nuevo avance policial, la placita San Martín. Esta, frente a la Casa de Gobierno, era un lugar clave porque además, a su costado se levantaba el Convento de Belén. Esta casa religiosa era, además de Colegio Secundario para las clases altas, sede nocturna de la Facultad de Ciencias Económicas. Y se consideraba un conflicto emblemático el que llevaba adelante el semiclandestino Centro de Estudiantes de Económicas con la dirección democristiana de la Universidad. Así que uno de los propósitos de máxima, formulados por los activistas, era tomar la Facultad de Ciencias Económicas, un hecho sin precedentes en Santiago.66371dbf6c3144212e59b7b9898e39f9.jpg

Efectivamente, ante un nuevo embate policial, cubiertos de gases lacrimógenos y resistiendo tras barricadas que habían montado hasta cortar la calle Jujuy entre Belgrano y Juárez Celman, los estudiantes lograron convencer a las monjas para que abriesen las gigantescas puertas de roble en el costado del Convento. Una marea humana atravesó entonces ese portal, que se volvió a cerrar albergando dentro una asamblea estudiantil fervorosa y triunfal. 
Coli Bader, que actuaba como coordinador de los oradores, cedió entonces la palabra a Julio, quien habló en nombre de SER para adherirse a la toma de la facultad, la conmemoración del Cordobazo y el repudio a la dictadura militar. Pero no sólo eso, sino propuso buscar el apoyo obrero y popular, afirmando que era la única manera de dar continuidad a este primer éxito.
Por asamblea fue facultado, junto a "Kike", un militante del PRT, para ir a la sede del Partido Socialista Popular, donde se reunían sus delegados del interior. Otros estudiantes fueron designados para hablar con los delegados de la CGT, también esa noche en asamblea.
Eludiendo los controles policiales, los dos equipos cumplieron eficazmente con su misión. Pero ambos fracasaron: las ancianas burocracias del Partido Socialista Popular y de la CGT, escandalizadas por lo que hacían los jóvenes, rechazaron en absoluto siquiera emitir una sencilla nota de adhesión para difundir por los medios.
Esa noche, Julio y Clary no sólo se quedaron a tomar la facultad de Ciencias Económicas, sino que provistos con aerosol se ocuparon de llenar las paredes interiores del Convento con pintadas de SER y su pez cristiano (al cual nadie interpretó como tal). El Liberal publicaría al día siguiente: "una nueva agrupación subversiva ha aparecido en Santiago: se denomina SER, y las fuerzas de seguridad no conocen muy claramente su origen". 
Por solicitud del rector de la Universidad Católica y el gobernador Jensen, ambos "cristianos", fuerzas militares rodearon completamente la manzana donde se levantaba el Convento de Nuestra Señora de Belén. Desde sus altos techos, a la madrugada, Julio y Clara vieron las sombras de los soldados, ocupando toda la plaza San Martín, echados tras los morteros y ametralladoras pesadas con los que apuntaban al Convento.
Finalmente, cerca de las seis de la mañana, se pactó el fin de la toma, con la condición de que no se maltrataría a los jóvenes ni se los encarcelaría. Jensen y Cerro, acompañados por el jefe de la guarnición militar, un coronel, prometieron que sólo se los llevaría a la Jefatura Policial "para identificarlos" y luego se los liberaría. Y así se hizo. En grupos de a 10 fueron trasladados en camiones militares o celulares a la jefatura de policía, a la cual los hicieron ingresar por atrás (calle Pellegrini). Allí, en larguísimas filas, tuvieron que esperar a que los policías les entintaran los dedos y consignaran sus datos en una ficha con sus datos. Julio se desocupó cerca del mediodía y lo primero que hizo fue llamar a la casa de Clara, pues los militares habían separado hombres de mujeres. Clara estaba bien.
Pero él tuvo un incidente muy duro con su padre, quien advertido, había quitado los afiches con las figuras de Marx y el Ché Guevara de su habitación. Y la tormenta que Clara vivió con sus padres, asimismo, fue indecible. Ambas familias eran de derecha (la de Clara, liberal, la de Julio, nacionalista).
Pero esto no fue lo peor, ya que estaban acostumbrados y agobiados por estas situaciones, que se repetían casi cotidianamente para ambos jóvenes novios.
Por la tarde, con un diario El Liberal arrugado en las manos, Lali Alcorta recibió con reclamos a Julio cuando fue a visitarlo: "un grupo de miembros de SER estamos muy desconformes con esto", le dijo Lali a Julio. "Nadie autorizó a que se utilice nuestro nombre en acciones subversivas".
El grupo que estaba desconforme eran unos ocho o diez:  a quienes internamente se denominaba "los hippies". Uno de los miembros de ese grupo sería quien vendería más tarde la guitarra eléctrica que Julio generosamente le había prestado. Pero mentiría que "unos hippies porteños se la habían robado". Otro de ellos, no pudiendo soportar tanta deslealtad, le contaría un tiempo después a Julio la verdad. El mismo que vendiera la mejor guitarra de Julio es quien después se esforzaría por conseguir que la historia de SER se contara "a su modo".

 

El recital

La Foto del volante de SER anunciando el Recital, que contiene la Declaración del Principios al dorso, nos fue enviada por Daniel Gerez. 

deec406159a232c12dbdef7b0e336cd9.jpgEse 2 de julio amaneció lluvioso y muy frío. De cualquier modo, todos fueron a la biblioteca Francisco de Aguirre en Villa Constantina, a las 8 de la mañana. Sólo para decidir que postergarían el recital para el próximo domingo. El contratiempo no hizo más que estimularlos: en una campaña que fortalecía la anterior, empapelaron los rincones y las paredes de la ciudad con un afichito en tamaño papel oficio. Tras del rostro perfilado de Jimi Hendrix, el volante manifestaba los fundamentos del Grupo SER: comunidad de bienes, solidaridad, preferencia por los más humildes, Paz, Amor, Libertad. Abajo, habían dibujado el pez.
Dibujado sobre un stencil, el volante había sido impreso subrepticiamente en un mimeógrafo del banco COSCREA, donde trabajaba un hermano de Tito Galván.
Ninguno de los escasos medios locales había publicado la más mínima referencia al recital. Pero aquel domingo 9 de julio de 1972, de hermoso sol, la biblioteca Francisco de Aguirre se llenó completamente de jóvenes que fueron de todos lados a escuchar los conjuntos presentados por el Grupo SER.
Durante todo aquel día, los grupos desfilaron sobre el escenario, haciendo los temas que con tanto esfuerzo habían compuesto y ensayado una y otra vez sacrificando horas de sus noches varias veces por semana, durante aquellos dos meses transcurridos.
Coli Bader hacía de presentador, y entre conjunto y conjunto, leía proclamas revolucionarias. Ana María Amado, una periodista que luego de pasar por la TV local había recalado en el Canal 13 de Buenos Aires, estaba en Santiago y había venido especialmente a ver el recital.
Más tarde, Lito Garay, uno de los miembros más silenciosos de SER, escribiría una crónica que publicaría la revista Pelo, por entonces la principal de Argentina especializada en rock.
Julio había pedido a un amigo un grabador SONY de potencia extraordinaria, para registrar toda la música.
Jorge Castro, quien era ingeniero electrónica y se había perfeccionado en EE.UU., había traído este grabador desde allí.
El Negro Gramajo sacó muchas fotos: creemos que la de Clary y la del grupo sobre el escenario (únicas que tenemos) fueron tomadas por él.
Julio y Clara habían trajinado desde las 6 de la mañana, el primero en la Estanciera de su tío Mariano, la segunda en el Mehari de su padre, trayendo los equipos y a algunos miembros de los conjuntos que vivían lejos.
A las 10 de la mañana, cuando empezó el Recital, bajo un sol esplendoroso, la potencia de los equipos atrajo cada vez a más gente, hasta completar la capacidad de la cancha. Pronto los curiosos, que ya no podían entrar, comenzaron a montarse sobre las pareder linderas, para ver desde allí el espectáculo.
Todos los grupos actuaron de un modo formidable. Fue un maravilloso ejemplo de cómo, cuando se toca por "amor al arte", el ser humano se vuelve incansable. La música escuchada aquél día fue algo que jamás se había podido gustar de un modo tan completo en Santiago. Desde la Cofradía de la Flor Solar, pasando por Jimi Hendrix, Joan Báez, Aquelarre, los aportes más novedosos de la música de rock se hicieron presentes allí. Se destacaron dos chicas, que cantaban muy bien: Graciela Bravo y Elvira, cuyo apellido no recuerdo, pero por entonces era la novia de Eduardo Cortez. 
SER junto una relativamente importante cantidad de dinero con las entradas, que se vendían a un costo bajísimo, y la venta de gaseosas y choripanes durante todo el día. Estas ganancias serían aplicadas íntegramente a pagar la cantidad fijada por la Comisión de la biblioteca, en concepto de gastos de electricidad, y con el resto se compraría papel y stenciles para imprimir el número 1 de la revista.
Hasta que se fue el sol y avanzó la noche sobre la ciudad, los grupos siguieron actuando sobre el escenario. Algunos improvisando, otros que no estaban programados y pidieron subir.
Habían ido ese día estudiantes universitarios, jóvenes del centro de Santiago y de diferentes barrios. Cansados, felices, con el corazón y la mente llenos de música, se dispersaron al fin, en pequeños grupos, cerca de las once de la noche.

El revoltijo de SER 

Enrique Gavioli era un chico del centro que había integrado los grupos de fans de Los Zombies y conocía a Julio desde entonces. Rubio y de ojos claros, bien parecido, tocaba con seguridad la guitarra eléctrica y cantaba. Él bautizó a su grupo "Claridad", en homenaje a Clara, de quien todos decían que era "el alma de SER".
Sin embargo, las acciones del 29 de mayo y otras posteriores, menos espectaculares pero también políticas, inquietaban al grupo de hippies. SER había sido detectado por los grupos estudiantiles y partidos de izquierda como presa potencial, y muchos jóvenes de esa procedencia participaban de sus reuniones con el propósito de captar militantes.
Julio tenía la idea de no adherir como organización a ninguna otra, y con tal propósito determinó la realización de grupos de estudio, cuya función sería estudiar en conjunto, reuniéndose dos o tres veces por semana. Para ello contaban ahora con una casa, que un primo de Lucky, residente en Buenos Aires, había cedido en préstamo. 
Pero ocurría que como eran ya demasiados -unos cincuenta, más o menos-, él no podía participar en todas las reuniones. Clara, que participaba de uno de los grupos en que se habían dividido, le contó cierta vez que Eduardo Hisse, al parecer dirigente estudiantil del PRT, había ido a una reunión a proponerles que se adhiriesen a ese partido, brazo político de la guerrilla del ERP.
Hecho una furia, Julio buscó a Hisse, y lo halló frente a su casa, sobre la avenida Irigoyen, cuando este se aprestaba a salir. Es que Hisse no sólo había roto así la intimidad del grupo, sino cuando Clara le dijo que cualquier decisión que tomaran debía ser con el conocimiento de Julio, el militante guerrillero contestó: "tu novio es un pequeño burgués individualista... para él no es esta invitación".
La discusión con el otro fue durísima y Julio la terminó diciéndole: "veremos quién de los dos va a hacer más por la revolución, vos o yo".2495f201039ab9e5b743d4decb7b7942.jpg
Por otra parte, un grupo del Poder Joven, de Silo, se había adherido también a SER y participaban de sus reuniones. Integrado por Eduardo Martinez, Pancho Aragonés, Tomás Favre y otros cuyos nombres no recuerdo, entre ellos una porteña de la cual se decía que era informante de la cana, no sabíamos bien si intentaban captar gente en nuestro grupo o sólo buscaban cobijo en él, por afinidad general.
Un médico, del cual lo único que recuerdo es que llevaba como apellido Tarchini, iba de vez en cuando en representación del Partido Revolucionario Trotskista Posadista. Con su esposa, también médica, ellos contaron que este minúsculo partido, conducido desde Francia por un ex futbolista, exigía a sus militantes donar todo el producto de sus salarios. Luego el comité central determinaba cuánto de esos salarios volvería a cada uno de quienes lo ganaban, analizando "sus necesidades reales". Este singular partido sostenía que las tareas principales del militante eran tratar de tomar contacto con los extraterrestres y hacer un frente con ellos. Pues -según Posada-, como ellos estaban mucho más evolucionados que nosotros, pues con seguridad ya eran socialistas.
En una de estas reuniones de estudio, cuando Julio decía que no debíamos confundir el concepto de Revolución, pues a veces los militares la habían utilizado para designar sus golpes, Mario Mignani, se despachó con que también en la TV nos confundían cuando a veces usaban esa palabra en frases como "revolución en el lavado"... una propaganda de Jabón Ala.

 

La revista de SER

Un domingo desde las 8 de la mañana nos encerramos con Tito Galván en el subsuelo del Banco Coscrea para imprimir la revista. Salimos de allí con la cara, las manos y la ropa embadurnados con esa tinta aceitosa, cuando ya sobre la ciudad el cielo se había puesto oscuro. Creo que los dos éramos felices. El hermano de Tito trabajaba en el Banco, y arriesgando su empleo había puesto a disposición de nosotros la llave del local. Por supuesto lo único que usamos fue el mimeógrafo. Lo demás, papel, tinta, broches, dos sanguches de milanesa (que, si no me equivoco  había preparado la madre de Tito) y una gaseosa para el almuerzo, lo habíamos traído nosotros. Tuvimos que lavar el mimeógrafo con nafta, dejando todo impecable, por respeto y para que nadie se diera cuenta de que habíamos estado.
Al salir, llevábamos como podíamos, bajo los brazos, cada uno cuatro paquetes, que contenían en total 500 revistas, de 28 páginas cada una. Así, caminando con los paquetes, llegamos hasta la casa de Loro, en la Sáenz Peña y Colón, donde las guardamos.
1e503bfe921e7f23fefc7ba37737cef8.jpgTodo, desde los textos, los dibujos que ilustraban los artículos, el tipeado y grabación de los sténciles, era obra nuestra. Nos habíamos dividido por equipos, dos o tres, los que se animaban a escribir o tipear algo. Así, Chupo (Ramón Orlando Ledesma), con Tito, habían emprendido la historia de Sandino, el antiimperialista nicaragüense, Lucky y Clary la historia del Rock Nacional, creo... y poco más, pues no había demasiados que quisieran, o pudieran, escribir.
Al día siguiente volvimos a organizarnos por equipos para recorrer las escuelas secundarias. Loro, Enrique Gavioli y Tito fueron a la Escuela Normal, me parece; con Chupo y Clary elegimos las escuelas Centenario y Patricias Argentinas (turno tarde). Luego de pedir autorización a las directoras, recorríamos aula por aula estas escuelas, ofreciendo la revista. Primero explicábamos qué era SER (o qué queríamos que fuese). Mientras yo hablaba, Clary iba dejando, banco por banco, un ejemplar de la revista para que la hojearan. Luego, decíamos que solicitábamos 1 peso a los interesados, no en concepto de "venta", sino sólo para recuperar gastos y poder sacar el número siguiente.    
Tuvimos un éxito moderado en ello. Logramos reunir algún dinero. Pero la sombra de la censura, el miedo y la represión se abatía sobre nosotros nuevamente:
-Una señora de mi barrio me ha dicho que esta revista parece hecha por resentidos sociales... -dijo Chupo durante una reunión.
El Negro Gramajo, que casualmente estaba allí, reflexionó:
-Habría que contestarle a la señora que en esta sociedad perversa, el que no se sienta resentido seguro que es un enfermo...
Pedimos dos o tres presupuestos para imprimir el segundo número (por respeto al hermano de Tito, a quien no queríamos volver a arriesgar y porque sin duda lograríamos una edición con más nitidez). El más barato era el de Amoroso. Allí fuimos, pero cuando debíamos retirar la publicación ya lista, no nos alcanzaba el dinero ni para los dos tercios de lo que nos cobraban. El encargado nos solicitó esto: que al menos pagásemos los dos tercios y firmásemos un documento por el resto.
La revista había quedado hermosa. Perfecta, prolija, llevaba, recuerdo, un dibujo de Quino en la tapa, que durante horas había copiado cuidadosamente, con pluma y tinta china para que hicieran el clissé.
Mi abuela materna, que vivía en Brasil, me había hecho un regalo ese fin de año al venir. Un crucifijo de oro y piedras, con cadena también de oro. "Este crucifijo me dejó tu abuelo, al morir...", había dicho. "...ha permanecido por más de 150 años en manos de los Revainera... te lo doy a vos, porque sos el que más se parece a él". Era tan pesado, con una cadena tan gruesa, además, que nunca lo usé. Lo tenía guardado por allí, en mi pieza.
En la calle Pellegrini había un localcito donde recibían joyas y otros objetos en empeño. Fuimos con Clara una tarde y lo dejamos, a cambio de más o menos la cantidad que nos faltaba. El tipo nos dio mucho menos de lo que esperaba. Sentí repugnancia e indignación, por la manera en que aquel mercader se aprovechaba de la gente en apuros que concurría allí, ofreciendo precios ridículos a cambio de objetos valisímos como este, que por necesidad uno debía dejar en sus manos.
Hasta el día de hoy siento un poco de angustia y dudas respecto de si actué bien o no. Más para convencerme a mí mismo, pues me sentía violando una herencia sagrada, dije a Clara al salir:
-Un verdadero cristiano, como intentamos ser nosotros, no puede tener semejantes joyas... hay tanta gente que no come, tantos niños que no pueden educarse... debemos hacer algo para cambiar todo esto... la revista que estamos haciendo, vale más que cualquier joya...
La imprenta quedaba apenas a dos cuadras de allí, así que retiramos los paquetes con los 500 ejemplares, los cargamos en el Citröen de Clary y los llevamos otra vez a la casa de Loro.

Grupo Claridad
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Foto: Contra Cultura http://www.metroflog.com/notienesentido (el nombre del grupo era un homenaje, en vida, a Clara Beatriz Ledesma Medina).

 

El final de SER

Con Clara habíamos tenido varias reuniones con jóvenes de Huaico Hondo y la comisión directiva de su club. Acordamos organizar un recital de SER, semejante al de la biblioteca Francisco de Aguirre, para septiembre.  Estábamos llegando a agosto ya y el plazo era muy breve. Es cierto que el anterior recital se había preparado también en un lapso corto. Pero cada vez surgían más diferencias y divisiones en SER, en proporción directa con el crecimiento numérico de sus miembros o simpatizantes.
Yo me esforzaba por hacer las mil actividades que me había propuesto; frecuentaba, además de SER, los centros de estudiantes universitarios, la Juventud Peronista, el FIP, en fin, cualquier organización política o social que nos permitiera ampliar nuestra inserción en la efervescencia popular de entonces. Con ese propósito viajamos con mi novia, también, en un colectivo del PSP, a una Asamblea Nacional de la Federación Universitaria Argentina, en Rosario. Clary y yo queríamos un SER independiente, pero politizado. No nos iba a ser posible conseguirlo.
Por una parte, se había ido formando un grupo interno opuesto a toda politización.
Por otra parte, el PRT (dirección del ERP), había captado, sin mi conocimiento, a varios de nuestros mejores cuadros. Poco a poco me había ido dando cuenta, y más tarde uno de ellos me lo dijo claramente.
El 22 de agosto de 1972 mataron a los guerrilleros que no habían podido huir en Trelew. Una de las asesinadas, Ana María Villarreal de Santucho, había sido una dulce maestra de Arte en mi tránsito a la adolescencia desde la niñez. ¿Cómo podían haber matado tan bárbaramente a aquel ángel? Recuerdo que esa mañana lloré mirando sus fotografías, con el diario en las manos. Entonces me dije que había llegado para mí la hora de combatir. Pero no sabía cómo ni donde hacerlo. Los del ERP, habían hablado con mis compañeros de SER para integrarlos, pero no conmigo. Me consideraban "un individualista pequeño burgués".
Como si todo esto fuera poco, nuestra relación con mi familia y la familia de Clary atravesaba su peor momento. 
Fue entonces que decidí llamar a una asamblea de SER y proponer una medida audaz: dotar al nombre, SER, de una denominación explicativa: "Santiago del Estero Revolucionario". Quería reconstruir la mística, proponiendo nuevos objetivos. Pero fracasé.
Sólo ocho miembros no estuvieron de acuerdo pero la discusión fue intensa y ellos se retiraron para siempre. El resto, sin embargo, no tenía demasiado entusiasmo con llevar adelante un programa de acción. Infiltrados por el PRT, los compañeros captados se guiaban ahora por pautas que les bajaba su organización. Quienes habíamos quedado éramos una mayoría, pero una gran parte pertenecían a partidos u organizaciones externas: PC, PSP, JP, FIP, Poder Joven... SER, prácticamente, se estaba disolviendo...
Entonces postergamos el recital de Huaico Hondo hasta una fecha indefinida.
Las angustias provocadas por todos estos acontecimientos nos llevaron a una ruptura con Clary en octubre. Por entonces, mis nervios estaban tan sobrecargados que una noche, durante una reunión multitudinaria de la Juventud Peronista en Huaico Hondo, entre la música para mí insoportable y la gente que se divertía, sentí que me iba a desvanecer. Entonces empecé a caminar hacia cualquier lado, buscando aire.b2d33cdd51bd136bea1bdd9c2db7250a.jpg Recuerdo que me metí, con mis alpargatas y mi pantalón de Grafa, entre unos matorrales pues a cada rato debía detenerme debido a las espinas que entraban bajo mi planta o me arañaban la piel. Eran como las 2 de la madrugada, y lo peor es que me perdí, además de que a cada tanto debía aferrarme a algún árbol para no caerme. Estaba atacado, además, por unas náuseas insoportables.
Al día siguiente, apenas me levanté -cerca del mediodía-, tomé el poquito dinero que tenía y me fuí a Tucumán. Allí, con la recomendación de mi hermano, que entonces era seminarista, me aceptaron para hacer un retiro espiritual en el Monasterio de El Siambón.
Cuando regresé había recuperado el control de mí mismo pero nada sería igual.
El peor infierno que atravesé en mi existencia se avecinaba, a galope tendido. Mas eso ya no forma parte de la presente historia.

Esto, es lo más esencial que yo puedo contar de SER. Conozco otras historias, pues el grupo que se abrió logró reconstruirlo, con propósitos exclusivamente musicales, y organizó otros recitales. Pero evito narrarlos, pues temo caer en errores o imprecisiones.

Nota: si quieres ver un documental reciente, sobre el Grupo SER, puedes hacerlo aquí:
Grupo SER

15/12/07

El alma

Mi abuela se llamaba Corina Coria. Tenía 60 años cuando sintió a su nietito Chimbi arrastrase de un modo angustiante sobre sus pies, a la madrugada. Chimbi falleció, esa madrugada, a cientos de kilómetros de distancia.
El día anterior, por la tarde, habíamos estado acomodando algunas prendas en un cajón del ropero donde dormíamos con mi hermano Gustavo. Gustavo debía de tener unos 4 años, yo 7. Mi abuela estaba en el medio. Todos arrodillados ante el cajón, ordenábamos calzoncillos, camisetas, medias, que en ese entonces se hacían de hilo y eran casi todos blancos. Arriba del ropero había un ancho placard, donde habíamos arrumbado el sulkiciclo de mis primeros años y también escondido el cuadro con la foto de Evita. De repente cayó algo: los tres levantamos la cabeza, asustados, y vimos descender una gran forma blanca, como si fuese una sábana. Mi abuela dejó escapar una exclamación de susto, pero al llegar a nosotros la forma se desvaneció. Simplemente pasó por nosotros, nos atravesó, sin que la sintiéramos físicamente, en absoluto y desapareció a ras del suelo.
Como narrábamos al comienzo, aquella madrugada el cuerpito de Chimbi se arrastró durante horas sobre las piernas de mi abuela. "No me dejaba dormir", contó a la mañana siguiente Corina "parecía que le faltaba el aire". Una y otra vez se esforzaba por tomarse de sus piernas "como si se ahogara".
Lo que estaba ocurriendo, esa misma noche, era lo siguiente:
Mi tío Mariano, maestro de campo, estaba solo con su hijito Chimbi, de cuatro años, en una escuelita-rancho muy alejada, donde enseñaba. Desde la tarde su pequeño hijo había sufrido ataques como de asma, perdiendo el conocimiento incluso, por momentos. Esa noche, ya convencido de que no podría sacarlo de la crisis, y con el niño en estado febril, Mariano lo cargó en el sulki y se dirigió hacia la población más cercana, donde había una posta sanitaria. Durante horas viajó por entre medio del monte -una verdadera selva donde los caminos eran apenas estrechos túneles polvorientos entre retamas espinosas y árboles centenarios-. Con desesperación, pues sentía a su hijito sufriendo convulsiones, azuzó todo lo que pudo a los caballos. Pero esa carrera febril no sirvió de nada. A la madrugada, llegó a la posta sanitaria sólo para que la enfermera le confirmase lo que poco antes intuyera, sin animarse a pensarlo. Su hijito Chimbi había muerto.
 

Esta historia tremenda nos conmovió para siempre y modificó profundamente la existencia de mi tío Mariano.  Dejo por eso un espacio en blanco, para pasar al tema,  netamente racional, por el que empecé a escribir mi apunte hoy.


840cf78c7d97fdd2268743c8353fef95.jpg¿Qué fue lo que vimos con mi hermano Gustavo y mi abuela aquella tarde, desplomándose sobre nosotros y atravesándonos sin afectarnos? ¿Qué fue la presencia infantil invisible, pero físicamente perceptible, durante gran parte de esa noche, sobre las piernas de mi abuela?
De acuerdo con lo estudiado mucho más tarde, pude determinar que se trataba del alma de nuestro primito agonizante.
Debo aclarar algo: en la cultura popular santiagueña, era un conocimiento aceptado que el alma humana suele buscar a quienes ama o desea ver, antes de partir definitivamente. Especialmente si en tal momento está atravesando situaciones angustiosas. Como durante una enfermedad destructora, o después de un grave accidente. Nosotros absorbimos desde niños esta convicción, por lo cual mis posteriores estudios sólo aportarían definiciones más técnicas.
De acuerdo con ellas, el alma constituye una parte inasible de los humanos, que sin embargo cumple un papel esencial (sin ella sería imposible la vida).
Lo que nosotros llamamos alma, es llamada por algunas escuelas esotéricas como "Doble Etérico", o "Cuerpo Vital". Lo primero por constituir una réplica exacta de nuestra figura, en un plano más sutil que la materia humanamente perceptible. La denominación de Cuerpo Vital, asignada por los rosacruces, es debido a que este "doble" contiene la energía etérica, necesaria para mantener en acción a las células físicas de nuestro cuerpo. Una comparación rústica es posible afirmando que para el cuerpo de una computadora, pues, el alma estaría constituida por la electricidad. El alma humana -muchísimo más compleja y sutil-, constituye entonces un sistema etérico, vital, con numerosas funciones en el organismo: una de ellas, proveerle de energía para mantener su vida, obteniéndola entre otras fuentes de la naturaleza exterior, la luna y el sol.     
La segunda función del alma es registrar toda la información que vamos acumulando durante nuestra actividad cotidiana. De tal manera almacena una historia completa de nuestra existencia, hasta en sus más mínimos detalles.
Una tercera función podría ser la de vehículo eficaz para la "Resurrección de los Muertos" propugnada por el catolicismo. En caso de realizarse el renacimiento etérico de la Humanidad, como aparentemente se sugiere en algunos textos de San Pablo y otros teólogos (los Testigos de Jehová sustentan creencias semejantes), difícilmente este Paraíso Natural podría adquirir un carácter material. Pues la materia física es básicamente limitada, por ello mismo fuente de dolor y en definitiva mortal. Así que la "Resurrección de los Cuerpos", no sería otra cosa, entonces, que la "Resurrección de las Almas" (entendiendo al alma como Cuerpo Vital, es decir, uno de nuestros cuerpos, superior desde una perspectiva trascendente al cuerpo físico).   
Según los estudiosos de varios períodos históricos, la función de almacenar los recuerdos, asignada al alma, tiene un sentido preciso. Esta es dotar al Espíritu (verdadero Ser de los humanos) de la experiencia necesaria para ir alcanzando, sucesivamente, los niveles siguientes de su evolución hacia un estadio superior. Este propósito tiene su culminación al finalizar una existencia física: el alma, en el proceso de ascensión del Espíritu hacia planos superiores, le iría transmitiendo, como en una proyección cinematográfica, toda la existencia humana de ese individuo, para poder aprovecharla en próximas etapas de su evolución. 
Las figuras de personas que se presentan inesperadamente aunque estén separadas por miles de kilómetros (más sorprendentes hace siglos, cuando los transportes eran sumamente lentos), apariciones fantasmales poco antes de morir, o presencias nocturnas fugaces de seres amados -u odiados-, responderían, según estas consideraciones, a facultades del alma.
Por último una enfermedad morbosa -e inquietante para los humanos-, suele afectar al alma impidiéndole cumplir sus funciones esenciales. Esta es la de caer víctima de pasiones externas, que la compelen a permanecer aferrada a los planos físicos de la materia, a veces durante siglos o milenios.  
Según los esoteristas, dichas enfermedades provienen principalmente de vicios corporales, como el alcoholismo, la erotomanía, drogadicción, o desviaciones del carácter, como la criminalidad, adicción a las riquezas, vesanía moral u obsesiones semejantes. 
Otras compulsiones pueden provenir de afectos muy intensos, convicciones erróneas o proyectos sin terminar. Ellas suelen ser frecuentes en personas que mueren "antes de tiempo", por causa de accidentes o dolencias repentinas. Pero estas últimas -una de cuyas variantes fue magníficamente presentada por la película estadounidense Ghost-, tienen por lo general duración breve. Una vez comprendida por parte del alma la situación real, suele continuar con su proceso natural, esto es volar alejándose del mundo físico y colaborando con el Espíritu en el proceso de evolución.
Las otras almas, en cambio, pertenecientes a seres afectos a las drogas o a los placeres exacerbantes, acciones que además ocasionan daños permanentes en otros componentes vitales del organismo humano, padecen consecuencias más extremas.
Ellas suelen quedar, como decíamos, durante siglos o milenios vagando sobre la Tierra, y son las que la cultura popular denomina, sabiamente, "almas en pena". Suelen ser peligrosas, inclusive, para los humanos, debido a su necesidad de poseer cuerpos para cumplir con sus propósitos, imposibles de llevar a cabo sin una herramienta física.
Muchas de las acciones perversas de los humanos tienen explicación en esta circunstancia: un "alma en pena" ha poseído la razón de individuos débiles.
Por hoy no fatigaré más con estas reflexiones. Espero, por cierto, que puedan ser útiles para alguien.

11:25 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (3) | Email esto | Tags: alma ghost

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