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12/09/09

Alicia

 

En su cumpleaños, el 12 de septiembre

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-La compañera fotógrafa te va a esperar en Sarachaga y Salgueiro -dijo el compañero responsable - A las 8:00 en punto.

-¿Cómo hago para reconocerla?

El responsable me miró como si hubiese dicho una tontería. Con paciencia docente, contestó:

-No te preocupes. Hay pocas tan grandotas como ella. Y va a estar en un fitito amarillo.

En efecto. Me resultó sencillo reconocerla. "Subí", me dijo, abriendo la puerta del fitito. La "compañera fotógrafa" era Alicia Wieland. La fecha: invierno de 1973.

Teníamos que hacer un boletín para el sindicato SMATA. Pero nadie debía enterarse. Era una de las tantas "tareas de solidaridad" de nuestro Partido (Revolucionario de los Trabajadores, dirección política del Ejército Revolucionario del Pueblo). Es que el sindicato de SMATA estaba controlado entonces por los "chinos" (un partido maoísta que no estaba de acuerdo con la lucha armada y había decidido ponerse a la cola del peronismo). Aunque René Salamanca (su Secretario General), estaba al tanto. El PRT pasaba entonces por su momento de mayor poderío y operatividad.

Desde entonces, por más o menos un año nos encontraríamos -prácticamente todos los días. "Ana y Alicia", eran las fotógrafas principales del Equipo de Prensa del PRT. Que abarcaba funciones muy vastas: nuestro ámbito de acción consistía en proveer material informativo para tres medios impresos: el diario El Mundo, de Buenos Aires (corresponsalía Córdoba), la revista Patria Nueva y Posición. Eventualmente colaborábamos con el diario Córdoba, que salía entonces por las tardes.

Fuera de ello, debíamos ocuparnos de hacer prensa para varios sindicatos, agrupados en el Movimiento Sindical Combativo, que conducía Agustín Tosco. En el lenguaje militante, "hacer prensa" podía tratarse desde cubrir periodísticamente un acto hasta imprimir volantes (o escribir artículos, diagramar revistas, supervisar su impresión, distribuir los paquetes, con nuestros vehículos, por todos los centros operativos sindicales de la ciudad).

De tal manera, no parábamos. Desde las seis o siete de la mañana, hasta pasadas las once de la noche, sin dormir la siesta, trajinábamos cada día por mil tareas. A veces, una "tarea urgente" nos obligaba a levantarnos de madrugada. Como aquella noche que "El Vasco" (responsable del PRT), nos despertó a las 3 para leer un documento que debía estar impreso a las 7 para su distribución. "Cebá mate", le decía El Vasco a Nelso del Vecchio, que se dormía. "El Zorro", dirigente de "Poder Obrero", sonreía. Y yo renegaba. Por sí esto fuera poco, cerca de las cuatro debí llevar a "El Zorro" en camioneta hasta un alejado barrio en Ferreyra, donde vivía. Y de allí nomás, partir hacia la imprenta de Oncativo, para que los cinco mil volantes estuvieran impresos a las siete de la mañana como para que pudiéramos comenzar a distribuirlos.

Por si todo esto fuera poco, nos asignaban también tareas de prensa y propaganda del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). No de todo, pues por entonces este era un movimiento que concitaba a miles de jóvenes en Córdoba, provenientes de partidos revolucionarios, sindicatos, centros vecinales, grupos de artistas, cine, teatro, en los cuales había también -por suerte- compañeros que editaban por sí mismos sus volantes, afiches, revistas o boletines. Pero casi todo confluía finalmente en nuestras dos imprentas y la Redacción central: nuestra revista, Posición, una espaciosa casa del barrio Güemes donde vivíamos, además, Nelso del Vecchio y yo.

Junto al PRT, en el FAS confluían el partido Poder Obrero, el Frente Peronista Revolucionario, las FAL "América Latina", "Ché Guevara" y "22 de Agosto", la "Columna Sabino Navarro" de Montoneros y los Comandos Populares de Liberación (peronistas). Además, una nube de pequeños grupos de izquierda, como "Espartaco", con vigencia únicamente en los ámbitos de la Universidad.

 

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La noche del miércoles 27 de febrero de 1974 un grupo de más de cincuenta policías cordobeses ingresó a la Casa de Gobierno provincial y depuso al gobernador peronista Ricardo Obregón Cano y a su vice, el dirigente sindical Atilio López. Los rebeldes se encontraban al mando del Teniente Coronel (RE) Antonio Domingo Navarro.

Eran las 22.55. En la habitación donde se encontraba reunido un grupo de funcionarios provinciales se vivía un clima de extrema tensión. De pronto, la puerta se abrió bruscamente y tres hombres armados con ametralladoras irrumpieron en la sala, obligando a los allí reunidos a salir al pasillo. Uno de los funcionarios inquirió:

-¿Quién es el jefe de este operativo?

-¡Retírese, señor! Oportunamente se le informará-, respondió imperativamente uno de los hombres armados y, acto seguido, obligó al grupo a colocarse en fila para marchar hacia la salida principal de la Casa de Gobierno.

Junto a los mandatarios, los sediciosos detuvieron a unas setenta personas que se encontraban en la gobernación. Entre ellos estaban los ministros de Bienestar Social y de Gobierno, Antonio Lombardich y Elio Alfredo Bonetto; los diputados Luis Bruno y Blas García; el presidente del Banco de la Provincia de Córdoba, Julio Aliciardi; el Fiscal de Estado, Juan Carlos Bruera; el director de Prensa, Alejo Díaz Tiliar; y el hijo y secretario personal del gobernador, Horacio Obregón Cano.

Navarro había sido relevado de su cargo de Jefe de Policía provincial ese día por el gobernador, por considerarlo "poco confiable". Al enterarse del relevo, el militar acuarteló a unos siete mil efectivos a sus órdenes en la ciudad, aduciendo una "infiltración marxista" en el gobierno.

Esa misma tarde, grupos de civiles habían tomado las emisoras LV2 -La Voz del Pueblo- y LV3 -Radio Córdoba- y comenzado a emitir comunicados en apoyo al jefe de la insurrección. Una de las transmisiones sostenía que Navarro representaba "una garantía de orden" y era "el vehículo necesario para el proceso de liberación".

Al caer la noche, se escucharon tiroteos en distintas partes de la ciudad. Civiles armados e identificados con brazaletes rojos comenzaron a circular por las calles.

Acusados por Navarro de "proveer armamento a grupos civiles de conocida militancia marxista", el gobernador y su vice fueron llevados, esa misma noche de miércoles, al Comando Radioeléctrico, donde permanecerían cautivos hasta el viernes 1° de marzo a las 17.30.

 

El jueves 28 a las siete de la mañana andábamos con Alicia en el Centro de Córdoba cubriendo toda la parafernalia desplegada por los insurrectos. Miles de policías, con cascos y uniformes de combate dirigían el fragoroso tránsito de la ciudad, armados como para una guerra. Tanquetas, camiones hidrantes, motociclistas con cascos y escopetas recortadas se acantonaban en las callejas laterales. Recuerdo a Alicia, rubia grandota, de short y ojotas, metiéndose entre los temibles represores para sacarles fotos con su Nikon dotada de varios teleobjetivos.

-¡Adonde va usted! -le gritaban.

-¡Periodista! ¡Diario El Mundo!-, contestaba Alicia, exhibiendo un carnet.

A la distancia pienso: ¡qué locos éramos! Todos -especialmente los canas- sabían que el diario El Mundo, la revista Posición y Patria Nueva, eran solventados por la guerrilla. ¡Y nosotros íbamos a meternos, así con nuestros carnecitos, en la boca del lobo, para obtener las notas!

Cerca de las nueve decidí regresar a la Redacción para escribir algo.

-¡Cuidate, nena! -le dije, al despedirme.

-¡Cuidate vos, "changuito"! -bromeó ella -¡a mí no me va a pasar nada!

Pero le pasó. Ese día la metieron presa, y los abogados del FAS debieron trajinar toda la tarde para poder liberarla.

 

No era broma: el peligro de aquellos represores está apenas patentizado por el horrendo suceso que transcribiré a continuación (Página12 -4 de febrero de 2007):

 

El Partido Comunista acaba de entrar en la causa de la AAA con un caso siniestro y bien documentado: la destrucción de su local en Córdoba el 10 de octubre de 1974, con detenciones y un asesinato.

El acta notarial lleva la firma de dirigentes políticos y funcionarios policiales. Relata las condiciones en que la policía cordobesa entrega el local allanado al Partido Comunista de la ciudad de Córdoba el 10 de octubre de 1974, donde la brutal irrupción a los balazos de policías y civiles continuó con torturas, golpes, simulacros de fusilamientos y la muerte de una militante comunista que se desangró por la hemorragia que le provocó "la introducción del cañón de un arma en la vagina". La patota rompió todo, baleó y saqueó las cajas fuertes y dejó sus marcas en las paredes de la casona de Obispo Trejo 354: varias leyendas con amenazas de muerte y la firma de las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina). Ese documento acaba de ser incorporado a la causa en la que el juez Norberto Oyarbide pidió la detención y extradición de la ex presidente Isabel Perón, por el supuesto delito de haber cobijado bajo el amparo del Estado a la banda paramilitar que asesinó a más de 1000 personas antes del golpe de Estado de 1976.

"Si son comunistas como (Horacio) Guaraní más bien váyanse del país porque los vamos a matar uno por uno. Si cae un policía van a caer tres de ustedes bolches hijos de puta. Las Tres A" (sic), decía la leyenda más extensa que dejaron policías y civiles en una de las paredes del local comunista de la ciudad de Córdoba en octubre del ’74. Las otras, también realizadas con aerosol negro, eran más ofensivas que políticas: "bolches hijos de putas. Tres A"; "zurdos putos", y "zurdos hijos de putas". En el acta también figura el "pomo de aerosol" lleno de "huellas digitales" de quienes hicieron las pintadas en el operativo del que participaba la policía cordobesa. Los comunistas acusaron del crimen de Tita Clelia Hidalgo, una joven de 30 años oriunda de Río Tercero, y las torturas que sufrieron otros 46 militantes que estaban en el local, al interventor federal de la provincia, el brigadier Oscar Lacabanne, y su jefe de policía, Héctor García Rey. "Aquí está la punta del ovillo para descubrir quiénes son las Tres A", denunciaron entonces los dirigentes del PC en Córdoba y Buenos Aires.

El acta notarial, el informe médico realizado por los doctores Osvaldo Khan y Emilio Ruderman sobre los golpes y torturas que recibieron los militantes, documentos fotográficos y el relato de quienes sufrieron los vejámenes y tormentos fueron entregados hace unos días al juez Oyarbide por una delegación del PC. Los comunistas también entregaron otros documentos y una extensa lista de militantes asesinados por las Tres A, y otra con testigos y sobrevivientes de los atentados de la banda paramilitar. Pero le pidieron al juez federal que los incorpore como querellantes en la causa, a la que ya se habían presentado junto a otras organizaciones políticas y de derechos humanos.

El asalto al local comunista en Córdoba fue una de las huellas claras que dejaron las Tres A de sus vínculos con todo el aparato estatal. Poco después de las siete de la tarde del 10 de octubre de 1974, policías y comandos civiles ingresan en la casona de Obispo Trejo disparando ráfagas de armas de guerra -"Itaka, metralletas, pistolas 45"- después de volar la cerradura de la puerta de entrada. El único recaudo que tomaron los comandos cordobeses es que no les vieran las caras. "Nos tiraron a todos boca al piso, mientras disparaban sobre nuestras cabezas y caminaban por encima nuestro repartiendo culatazos y patadas" al grito de "bolches hijos de puta, los vamos a matar a todos", relataron varios de los que vivieron el tormento. Luego fueron separando a distintas personas para torturarlas y exigir que aparezcan "las armas". Así comenzaron los simulacros de fusilamiento a los pequeños grupos que sacaban al patio mientras gatillaban las armas y los disparos repiqueteaban cerca de sus cuerpos. A otras salas del local se llevaban a las mujeres, desde donde "se escuchaban gritos desgarradores".

Tras dos horas de tormentos en los que nunca cesaron los disparos dentro del local, los hicieron formar "con las manos en la nuca" y la "obligación" de mantener los ojos cerrados para pasar por una doble fila de asaltantes que descargaron "patadas, latigazos, culatazos y trompadas" a su paso.

"A ver, uno con credencial de la Federal que salga a la calle" y "sáquenlos, los primeros al móvil 184", ordenó uno de los asaltantes según el relato del dirigente comunista Jorge Caselles. Afuera los subieron a un camión y "nos fueron apilando como fardos uno arriba de otro, lo que hacía que los que quedaran abajo casi ni pudieran respirar", dijo entonces Enrique de Dios. "A estos los vamos a rociar con nafta y los vamos a quemar a todos", volvió a escuchar Caselles antes de que el jefe le ordenara a un subordinado "no tires gases a la esquina (de Trejo y Quirós) porque el viento lo trae para acá".

En la retirada, los comandos volvieron a disparar ráfagas de tiros y proferir amenazas para ahuyentar a los curiosos. La recorrida duró poco. Enseguida llegaron a la División Informaciones de la policía provincial. Allí los volvieron a tirar de cara al piso, formar la fila con las manos en la nuca y los ojos cerrados. Adentro, les vendaron los ojos con jirones de trapos de los carteles que habían traído del asalto, aunque antes algunos lograron ver el patio del lugar con decenas de personas (ver aparte) en las mismas condiciones: con los ojos vendados y manos en la nuca esparcidos por el piso o contra las paredes, varios de ellos esposados. Así estuvieron más de 40 horas, antes de recuperar la libertad, tras otros interrogatorios, amenazas y acusaciones de "asociación ilícita" y "tenencia de munición de guerra".

Pocos días después Clelia Hidalgo murió en el Hospital de Clínicas cordobés. Un policía advirtió la intensa hemorragia -que le produjo que "le introdujeran el cañón de un arma en la vagina"- mientras la interrogaba. Ordenaron su traslado "en calidad de detenida" a la sala policial del policlínico del barrio San Rafael. Tras reiteradas denuncias, y por su delicado estado de salud, fue nuevamente trasladada al Clínicas, pero Clelia no soportó las lesiones que sufrió en el asalto.

El 15 de octubre la policía entregó el local del PC ante un escribano, por exigencia de los comunistas. Allí consta la forma ruinosa en que quedó la casona, los disparos en las paredes, las vainas servidas y las leyendas de las Tres A que dejó el operativo. El acta lleva la rúbrica de tres agentes de la seccional primera de la policía cordobesa: el suboficial ayudante José Amadeo, el sargento Ismael Salta (chapa 162) y el agente de consigna José Moldia (chapa 111).

Isabel Perón había decretado la intervención federal de la provincia tras el golpe institucional que pasó a la historia como "el Navarrazo". El ex jefe de la policía de Córdoba, el teniente coronel Antonio Navarro, tomó la ciudad a punta de pistola con comandos policiales y civiles que arrestaron al gobernador Ricardo Obregón Cano y a su vice Atilio López (luego amenazado y acribillado por las Tres A). Lacabanne, un brigadier que siempre decía actuar en nombre de Isabel, volvió a colgar en el cuartel de la policía cordobesa la fotografía del ex jefe Navarro, que entonces estaba prófugo de la Justicia.

 

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De las cuatro situaciones con Alicia que más recuerdo, dos son festivas. Esto seguramente por la simpatía chispeante y el carácter eternamente bien dispuesto que tenía.

La primera transcurre durante todo un día domingo en el río Cosquín. A la altura de Río Ceballos, habíamos arribado en dos vehículos con varios compañeros del PRT y el Frente Peronista Revolucionario.

Recuerdo que en un momento de nuestro recreo, luego del asado, jugando en el agua me acerqué a ella desde atrás, y empujando fuertemente con mis dos manos la hundí. Durante un rato logré mantenerla abajo, pero su formidable fortaleza pronto le permitió librarse de mi presión.

Por dos veces, ella me devolvería la broma. Era tan fuerte, que al hundirme resultaba desesperante tratar de quitar de mi cabeza aquella potencia de sus manos, que me mantenía bajo del agua. Cuando lo hizo por segunda vez, luego de emerger casi ahogado aduje, pues, que "me estaba congelando", y salí del río, pisando cuidadosamente sobre las piedras que, como un puentecito, conducían a la orilla.

-¡Ahhhh! ¡huyes, cobarde...! -me cargaba Alicia, dándose cuenta de los verdaderos motivos de mi salida.

 

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La segunda fue una fiesta nocturna. Una chica rubiecita, de apellido Gómez, santiagueña, paseaba por Córdoba entonces y me parece haberla encontrado por casualidad. Ella es socióloga ahora, y enseña en la UNSE, según creo. Era -es- muy bonita y algo ingenua. Recuerdo sus ojos muy abiertos al vernos, esa noche, exhibiendo escopetas recortadas, pistolas, y fotografiándonos con esas armas contra un fondo de afiches revolucionarios.

La casa -amplia, de estilo antiguo- era de un dirigente sindical de trabajadores de la Ford. Ya bastante tomado, "La Cigüeña" (lo llamaban así porque era un flaco alto), no tuvo mejor idea que llevarnos a una habitación donde comenzó a extraer, de cajones y armarios, todo tipo de armas.

-¡Te saco una foto!-, le anunció Alicia, trayendo la súper cámara que eternamente llevaba como si fuese una parte más de su cuerpo.

La Cigüeña se puso entonces una boina, ladeada sobre el lado izquierdo de su cara, y se atusó los gigantescos bigotes. Se cruzó una canana con balas de escopeta sobre el pecho y enarboló una recortada. Así ataviado posó frente a un gigantesco retrato del Ché, que tenía pegado arriba del espaldar de su cama.

Todos nos sacamos fotos como esa. Juntos o separados. Ya a la madrugada, Alicia se quedó dormida, en el suelo, a lado de unas macetas... Entonces a mí se me ocurrió ponerle granadas al lado, un fusil entre sus brazos, y fotografiarla...

De allí, directamente, Alicia había ido a trabajar. Durante el día anterior, antes de la fiesta, había cubierto actividades sindicales y de los barrios. Cometió el error de entregar el rollo, tal como lo llevaba, a otros compañeros para que lo revelasen...

¡Cuando los compañeros vieron aquellas fotos, casi cayeron de espaldas!... "¡Qué liberalada!", nos dirían los compañeros después, en tono reprobatorio. Por aquellas fotografías -que por supuesto suprimieron- nos sancionaron, a ella y a mí, dejándonos sin salida el siguiente fin de semana.

 

El 14 de septiembre de 1973, en un gigantesco acto convocado sobre la avenida Vélez Sársfield para repudiar el golpe militar en Chile, conocí a quien sería la compañera de toda mi vida y madre de mis hijas. Gloria estaba detrás de mí, como a veinte metros de distancia, entre los estudiantes universitarios. La segunda vez que me di vuelta y encontré sus ojos, que brillaban, me acerqué con la excusa de pedirle un cigarrillo al "Pato", un gringuito estudiante de medicina, que conocía y las acompañaba junto a su hermana.

Desde entonces, con Gloria, no nos separaríamos más. La cárcel lo hizo, corporalmente, en 1976, pero nuestras almas siguieron unidas, hasta nuestro reencuentro definitivo, en 1982. Por mi esposa es que sé algo más de Alicia, que compartiría esta etapa de su existencia con ella en algunas de las mazmorras del Proceso.

Sé que fue detenida en Córdoba, luego trasladada a Devoto. Durante su detención sufrió varias amenazas de muerte, entre las cuales se contó su traslado de regreso a la Penitenciaría de Córdoba, donde reinaba el tenebroso Menéndez.

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Luego de su libertad estuvo un tiempo en Europa, hasta que las condiciones políticas argentinas le permitieron regresar. Desde entonces, continuó trabajando con organizaciones sociales y asociaciones de Derechos Humanos.

También me enteré, por compañeras de mi esposa, de su fallecimiento, el año pasado. Como un corolario de mi modesta recordación, en el día de su cumpleaños, reproduciré, abajo, el último e-mail que, a sus amigas y amigos, envió "Alisota" -como la llamábamos cariñosamente quienes la conocimos:

 

Original Message -----

From: Alicia Wieland

To: Amigos

Sent: 23 de julio de 2008

Subject: Alisota / Amigos

 

Mis queridos amigos, amigas, reenvío esto que me llegó... hasta su introducción representa todo lo que hubiese dicho y diría para tal día, los quiero mucho y les deseo lo Mejor, Alicia...

 

Hola amigos: les envío estas líneas de Vinicius, que hace muchos años la publicó en los clasificados de un diario de Brasil.

Por supuesto que no es una búsqueda: es la mejor descripción de la amistad que encontré.

Para Ustedes, con el deseo de que sigamos así: siendo amigos...

 

Se busca un amigo

 

No necesita ser hombre o mujer, basta que sea humano.

Basta que tenga sentimientos, que tenga corazón. Necesita hablar y saber callar, y sobre todo oír.

 

Tiene que disfrutar de la poesía, de la madrugada,

del sol, de la luna, del canto de los vientos

y de la canción de la brisa.

 

Debe tener un gran amor, o de lo contrario

sentir la ausencia de ese amor.

Debe respetar el dolor

que todas las personas llevan consigo.

 

Debe guardar secretos sin sacrificarse;

pudo haber sido engañado

(todos los amigos son engañados).

 

No es necesario que sea puro, ni del todo impuro,

pero no debe ser vulgar.

Debe tener un ideal y miedo a perderlo.

 

Debe sentir pena de la persona triste y comprender el inmenso vacío de los solitarios.

 

Debe ser Don Quijote sin despreciar a Sancho.

 

Que sepa conversar de cosas simples, del rocío,

de las grandes lluvias,

de los recuerdos de la infancia.

Se busca un amigo para no enloquecer,

para escuchar la noche o

lo que se vio bello o triste durante el día.

 

Los anhelos y las realizaciones, los sueños y la realidad.

 

Se necesita un amigo para llorar, para asomarse al pasado en busca de memorias queridas.

 

Un amigo que nos abrace sonriendo o llorando,

pero que nos abrace.

 

Vinicius de Moraes

 

Gracias a Marta Quiroga (quien envió un pps con las fotografías al Grupo "Caramelo Mágico": caramelomagico@gruposyahoo.com.ar).

 

10:33 Anotado en Blog, Books, Web | Permalink | Comentarios (16) | Tags: alicia, wieland, argentina, cordoba

02/09/09

Los Grinberg con Cacho Monges

 

Hugo se levantó como a las 11, aquel domingo primaveral. En el espejo del baño, desde lejos, se miró. Tenía algo oscuro en el cuello. Al acercarse, descubrió un moretón, como si hubiera caminado por allí una araña pollito con su baba. ¿Qué iba a hacer ahora? Para el mediodía estaban invitados, con Julio, a almorzar en la casa de Chongo. Decidió atarse un pañuelo de su mamá, amarillo con flores rojas. Más o menos hacía juego, bajo la camisa marrón.
Ya en el almuerzo, sentados ante la suntuosa mesa de la familia de Chongo, con Julio a su frente, la señora le preguntó:
-¿Por qué llevas ese pañuelo al cuello, Huguito? ¿No te da mucho calor?
-Es que anoche, mientras actuábamos, se me ha cortado la cuerda del bajo y me ha pegado en el cuello, señora... me ha quemado, dejándome una marca muy fea -Hugo mintió lo primero que se le ocurrió.
-Ohhh -exclamó doña Elvira asombrada -¿Y cómo es que te quemó? ¿Se calientan las cuerdas del bajo eléctrico?...
-Sí -mintió otra vez Hugo. -Se calientan mucho.
De mirarlo con ojos muy abiertos, Chongo y Julio pasaron a bajar los párpados, concentrándose en la comida para no tentarse.
-Mmm...-murmuró con tono de dudas la señora -no sabía que se calentaban tanto las cuerdas de los instrumentos...
Hugo contaba con 17 años, entonces. Julio 15. Chongo, 14 y medio.

 

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Eso fue cuando los Grinberg con Cacho Monges llevaban ya más de un año de éxitos, en Santiago. El grupo original, iniciado en el invierno de 1964, estaba compuesto por "Beby" Juárez en la batería, "Nuni" Santillán primera guitarra, el "Loco" Villa en bajo, el "Negro Silva" en guitarra rítmica y Cacho Monges, cantor. Por razones que Julio nunca averiguó, los miembros originales tuvieron que separarse y lo hablaron para reemplazar a "Nuni". Muy poco tiempo después, también Villa abandonó el grupo. Fue reemplazado por "Pinocho" Saldaña. Pero la inestabilidad parecía empecinarse: enseguida se retiraría, asimismo, el "Negro Silva". En su lugar, tocó "Julito" Gutiérrez, un chico amable y rubio, con guitarra eléctrica recién comprada. Todos -menos Julio- vivían en La Banda. La fatalidad, sin embargo, se encargaría de seguir dándole jaques al ensamble: Julito -en un accidente automovilístico que conmovió a la población de La Banda- murió. Tenía 15 años... Entonces Julio invitó a "su hermano" (por entonces el mejor amigo que tenía) Carlos Sánchez Gramajo (h), a integrar Los Grinberg. "Chongo" aceptó el desafío. Compró una guitarra Jakim, excelente, e ingresó. Julio aún tocaba con su guitarra blanca, nacarada, de dos micrófonos, fabricada por "Chinche" García, adquirida cuando cumplió los catorce años. Para señalar su vocación de pintor, Julito la había mandado a fabricar con forma de paleta. Esa guitarra tenía un inconveniente: era muy pesada. Debido a la ausencia de fábricas metalúrgicas en Santiago, y como debía proveerlas de una resistencia especial, para soportar sin arquearse la tensión de las cuerdas de acero -cosa que en las industriales se solucionaba con un fuerte núcleo metálico-, "Chinche" utilizaba madera de quebracho blanco. Pero así, los músicos, se veían obligados a cargar instrumentos que parecían de plomo, durante horas, sobre los escenarios.
Chinche proveía de guitarras eléctricas, por entonces, a todos los grupos. En el Santiago aún escasamente comunicado con los grandes centros industriales y comerciales, comprar una guitarra eléctrica traída de fuera constituía todo un riesgo. Había que pedírselas a las únicas dos casas de música que por entonces había -Bazar Imperio y Olivares-, y casi sin ninguna seguridad. Los comerciantes pedían "una" guitarra eléctrica (no era un instrumento con mucho mercado en Santiago). Y si la que llegaba de Buenos Aires traía un diapasón duro, o pequeñas fallas... "a mamarla".
Entonces los Rocklands, los Demonios y los Demonios del Ritmo, además de otros grupos menos importantes, solían encargar sus guitarras directamente al "Chinche" García, un electrotécnico de ojos azules, a quien llamaban así por el subido tono rojo de sus mejillas sobre una cara muy pálida. Chinche vivía en la avenida Belgrano, entre Pedro León Gallo y Mitre, a la mano izquierda yendo hacia el Sur. Era una casa antigua, medio ruinosa ya, en cuyos dos primeros salones el hombre tenía montados su taller de electricidad y carpintería.
A Julio lo habían llevado allí "Meca" Helmans y "Pachi" Pinto. Pachi -que vivía en el Pasaje Figueroa, por allí cerca- tenía la primera guitarra eléctrica que Julio conoció, a sus trece años. Julio había quedado tan fascinado con el sonido de esa guitarra, que desde entonces acosaba a su padre para que le pagara una. Cuando llegó la ocasión -casi un año después-, la diseñó escrupulosamente.
Una mañana, mientras estaba haciendo cola en una inmensa sala del edificio de Salud Pública, para obtener certificado de Buena Salud, se le acercó un muchacho más o menos de su edad.
-Hola gato -le dijo- ¿vos sos Julito Carreras?
Sí. Contestó Julio. Más sorprendido en realidad porque lo llamara "gato". Es que Beby, luego iba a saberlo, llamaba a todos así. Por los "Gatos Salvajes", un conjunto rosarino que le encantaba.
-Nosotros estamos formando un conjunto -explicó desinhibidamente Beby, adolescente muy morocho, que llevaba el pelo cortado al rape en los costados y arriba levantándose como flechas, pese a la gomina-, necesitamos una guitarra. El chango que toca no tiene...-agregó con franqueza- y nos han dicho que vos tienes una...
Debido a esa cuestión tan pragmática, fue que Julio comenzó a ensayar con aquel grupito, llamado "Los Juveniles", en La Banda. Nuni Santillán tocaba la segunda guitarra y Cacho Monges cantaba. Todos eran menores de quince años. Su primera -y única- actuación- fue en el Club Tabla Redonda, de La Banda. No había corriente eléctrica allí, por lo que debieron conectar los equipos a una batería. Para un público de hombres con aspecto de campesinos, con sombreros negros y pañuelos al cuello, y muchachas oscuras en vestidos floreados, bajo los algarrobos y unos raquíticos faroles, tocaron "Gavilán Pollero", "Despierta Lorenzo", "Muñequita", de los Pick Ups, conjunto por entonces de Moda. Allí Julio conocería también a un tipo entrañable, ya "grande" (más de veinte años): el "Ñoño" Gallegos. "Ñoño", un rubio muy parecido al actor inglés Michael Caine, iba a ser el "chofer oficial" de los Grinberg, durante toda su trayectoria. Y los acompañaría siempre, con su auto sedán, no sólo en sus viajes, sino también en las farras.

Carlos "Chongo" Sánchez Gramajo era por entonces el mejor amigo de Julio. No tocaba demasiado la guitarra, apenas conocía los acordes. Pacientemente, Julio acompañaría a su amigo a practicar los principales rasguidos: rock, bossa nova, rock lento... El propósito era incorporarlo al grupo musical. Cuando lo consiguió, la madre de su amigo accedió a regalarle una guitarra eléctrica Jakim, con caja liviana, comprada en Casa Olivares.
Con el ingreso de Chongo Julio adquirió mayor influencia en el conjunto. Ya por entonces -mediados del 65-, tocaban temas de los Gatos Salvajes, Horacio Ascheri, Los Iracundos: "La respuesta", "Ojos sin luz", "Mi promesa", "El Golpe", "Calla". Esta hegemonía iba a consolidarse cuando, debido al abandono de "Pinocho" Saldaña, quien debía trasladarse a Córdoba, ingresara Hugo Mansilla.
A instancias de Julio, Hugo compró un bajo eléctrico y comenzó a practicar "matando caballos", pues apenas tuvieron unos días, antes de lanzarlo sobre un escenario. Que no era cualquiera, pues se trataba del Parque de Grandes Espectáculos. Y además actuaban esa noche quienes, por entonces, ya eran "monstruos sagrados": Los Demonios, con Johnny Dellara.
Pasaron bien la prueba. El grupo, que al principio alquilaba un equipo para sus guitarras a quien llamaban "El Petiso Barrón", pudo adquirir instrumentos nuevos y amplificadores, con el producto de sus remuneraciones.
Todos los fines de semana tenían contratos, casi siempre en tres o cuatro clubes. Para cumplir con lo cual debían desarmar los instrumentos, cargarlos en el auto de Ñoño, bajarlos nuevamente y volverlos a armar en el club siguiente, para repetir el operativo cuantas veces fuera necesario. Un buen ejercicio, que les exigía alimentarse bien y cierto descanso luego. Algunas veces, tocaban hasta tres actuaciones en cada club, por noche. Y si tocaban en tres clubes, debían hacer en total nueve actuaciones de media hora cada una, trasladándose para esto y repitiendo el operativo de armar, acarrear, subir y bajar equipos, una y otra vez, entre distintos sitios con seis o siete kilómetros en el medio. Esto se intensificaba aún más en los carnavales, período durante el que actuaban todos los días, pero a la siesta y a la noche.
Cierta vez Julio le preguntó a Beby por qué había bautizado "Los Grinberg", al grupo. "Por el judío que nos alquilaba los equipos", contestó el negro. "Todos los equipos tenían, pintado con letra grande, el letrero Grinberg... incluyendo el bombo de la batería... entonces, lo más fácil fue seguir llamándonos así"
Durante los carnavales del 66 Julio se hizo amigo de unos chicos de Tucumán, que cantaban temas de los Beatles traducidos al castellano. Y también cierto potpurrí de cancioncillas populares. Los "sponsoreaba" un joven empresario tucumano, de origen árabe: Karim Melem Dip. Por eso, se llamaban "Los Karim". Se alojaban en el "Grand Hotel", de Diéguez. Como Los Grinberg tocaban también en los bailes y confiterías de Diéguez -Rio Dulce Grill, Parque de Grandes Espectáculos, Confitería Ideal-, se conocieron y confraternizaron.
A Julio lo deslumbró el tren de vida que llevaban. Almorzaban opíparamente, cenaban en los mejores restaurantes, se calzaban con los más caros mocasines, exhibían pantalones y remeras de boutique. Y esto impresionaba especialmente a las chicas de las clases más altas. Cuando le propusieron ir a tocar con ellos, Julio no dudó. Se sentía ya -a los 16 años- "un profesional". Pensó que iba a hacer mucha plata, en Tucumán.
Así que terminando el carnaval, anunció a sus compañeros la decisión, para que buscaran un guitarrista cuanto antes. No demoraron más de un par de días en hacerlo. En su lugar entraría "Ruly" Barrionuevo, un joven alto y rubio, con cierto aire a Ricky Martin. Sólo que Ricky Martin aún no había nacido. Y este joven era de La Banda. Muy buen músico, poseía un excelente guitarra... así que el conjunto siguió sin trabas.
Y Julito pudo viajar, con "Johnny Perkins y Los Karim", a Tucumán.

 

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Conservatorio Rossini

 

alaria.jpgMi padre tenía un violín. Poco antes de alcanzar los tres años, descubrí que golpeándolo contra el soporte de una maciza cama metálica iba a poder abrirlo. Buscaba encontrar allí el secreto de su música. Mi padre me pegó por ello. No sé si demasiado fuerte. Pero la experiencia fue traumática. Así que cuando mi madre preguntó, con tono autoritario: "¿Qué quieres estudiar... violín o piano?", luego de reflexionar unos segundos opté, resignadamente, por decir: "Piano". Yo había pasado los cuatro años ya, pero la palabra "violín" me traía de inmediato reflejos incómodos.

Conocí un piano recién al entrar por primera vez al Conservatorio Rossini-De Paula. Mi profesora no era demasiado paciente. Luisa Santini de Vélez, se llamaba. A regañadientes, me había aceptado: la edad límite hacia abajo estaba fijada en seis años. Y como dije yo apenas superaba los cuatro...

"No, no, no", dijo la señora, sin tomar para nada en cuenta mi presencia. "Yo no quiero renegar con chicos de menos de seis años".

Mi madre no era una persona cuyos propósitos pudieran doblegarse fácilmente. Con insistencia y esa suficiencia de "mujer de alta sociedad" que tenía, impuso finalmente mi inscripción. Debido a lo cual, desde mi primera clase debí componerme como pude, con una anciana algo predispuesta en mi contra. Y que no iba a tolerar muchos errores.

"¡Las muñecas arriba! ¡Las muñecas arriba!", me espetaba, "¿no ves que así endureces los dedos?"

Y cuando me equivocaba en una nota, me pegaba en la mano con una lapicera de metal, muy pesada, que tenía. "Do", me decía "Do, no si, do."

Tenía una hija, relativamente joven (¿unos 22 años, en 1954?... tal vez). Rogaba que me atendiera ella, en lugar de la anciana, pero esto sucedía muy rara vez. Todos los días a la siesta debía ir a practicar. Y presentar la lección dos veces por semana.

El señor Vélez era un sesentón elegante. Como a las cinco de la tarde, brotaba de la espléndida galería con traje y sombrero. Impecable, solía gastar ambos naturales o azulados en el verano, marrones, ocres y grises en invierno. Sombreros según la ocasión. Zapatos relucientes, también de acuerdo con las tonalidades en el resto del vestuario. Un eterno bastón -a veces con manivela en gancho, otras recto (¿tendrá un estoque dentro?, me preguntaba al verlo, influido por tempranas lecturas). Con voz seca nos saludaba, echándonos una mirada de cierta repugnancia, a los chicos y chicas que esperábamos, en los sillones de una salita interna.

Más tarde descubrí para qué se acicalaba tan meticulosamente aquel hombre, todas las tardes. Iba a la plaza. Cierta tarde -como uno o dos años después, cuando me atrevía ya a desviarme un poco del camino prefijado-, en vez de ir hacia la esquina de Independencia y Avellaneda donde debía esperar el colectivo doblé hacia el norte, por la plaza, como yendo hacia la Catedral. Me sorprendí al encontrarme con el señor Vélez allí, impecable, erecto, solo y con expresión aburrida, en uno de esos anchos bancos de madera pintados de verde oscuro, que había. No me atreví a saludarlo. El tampoco me saludó, pese a que no se divisaban otras personas en más de veinte metros a la redonda. Años más tarde, incluso cuando ya ni siquiera iba al conservatorio y me había convertido en un adolescente presuntuoso y algo fatuo, una que otra vez me daba con el ya anciano Vélez en aquel mismo banco. Entonces era yo quien lo miraba levantando la nariz. A veces, él departía con otros ancianos. Todos emperifollados y ceremoniosos, a su semejanza. La última vez que lo vi fue cuando yo tenía como 19 años y tocaba la guitarra eléctrica, en un grupo de jazz, con cierto pianista bonaerense afincado aquí. Incluso me acerqué, para saludar a don Carlitos Lugones, a quien guardaba algún afecto. Según me habían dicho, don Carlitos era hermano de Leopoldo Lugones. Por razones que nunca conocí, habitaba entonces en una modesta pensión del centro. Yo lo trataba desde hacía poco, debido a mi relación con el bonaerense, que también alquilaba allí. Muy anciano, apenas caminaba, por lo cual debía ayudarlo a cruzar las calles, algunas veces, cuando me lo encontraba.

 

avindep-37.jpg

Volvamos al Conservatorio Rossini. Estaba en la esquina de calles Sarmiento y Entre Ríos. Creo que el rigor era un ingrediente sustentado en el éxito que se obtenía, al final. Había dos pianistas -Rodríguez y Rosales, los recuerdo-, como de 18 años, que nos dejaban pasmados con sus interpretaciones. Nosotros -los más chicos-, escuchábamos de fuera, por cierto. Pero lo que oíamos nos asombraba e intimidaba: parecía imposible que dedos humanos estuviesen gestando aquella música, sin una falla, sin una vacilación... las más ligeras polonesas de Chopin, las sonatas más difíciles de Beethoven, las pitagóricas fugas de Bach... "¡Mucho mejor que un disco!", se decía. (Concedamos que los discos, en aquellos tiempos, se escuchaban con ruidos y los parlantes no siempre tenían bastante fidelidad). La anciana estaba orgullosa de ellos.

Cuando se fueron, yo tenía ya edad suficiente -unos once años- como para que doña Luisa me hiciera una que otra confidencia. Una tarde en que la pillé melancólica, me mostró la carta que acababa de recibir de Rodríguez (joven atildado y un tanto zalamero, por quien ella tuviese especial predilección). "¡Está triunfando en Nueva York!", me dijo. "¡Y es como si fuera mi hijo!..."

Otra de las confidencias que la anciana me hizo -y esta vez hasta lagrimeó-, fue la desgracia de su sobrino, Alfredo Alaria. "¡En lo mejor de su carrera!", gimió la anciana. "Se le cortó el tendón de Aquiles! ¡A la altura del tobillo! ¿Te imaginas lo que eso significa como un gran bailarín?" Yo era muy empático: sentí un dolor agudo en el mismo lugar cuando gráficamente la profesora me contó "dicen que fue como un disparo de pistola, cuando se le cortó el tendón -arriba del escenario, durante un ensayo-". Para mi perplejidad bajó una revista El Hogar, que estaba sobre un estante, y abriéndola, me mostró una gran foto: "...mirá... mirá... ¡que expresión desolada!... ¡Ay... pobre mi sobrino! ¡jamás volverá a bailar!"

Luego, me sorprendía siempre de hallar, cada tanto, información sobre Alaria, quien había sido un famosísimo bailarín, coreógrafo, actor de numerosos filmes y recorriera el mundo, triunfando en París con su profesión. Tal como me dijese mi profesora. Recién ahora, al buscar datos sobre el artista, percibo que su segundo apellido era De Paula. Y como nuestro conservatorio se llamaba Rossini-De Paula, infiero que por aquella rama se introducía el parentesco de doña Luisa.

Finalmente, dejé el conservatorio antes de llegar al grado de Profesor Elemental. No regresé jamás a sus aulas. Pero en ellas habían pasado tantas horas de mi existencia, durante los seis años transcurridos, que no bastarían doscientas páginas para contar mis vivencias durante aquel periodo. Por ello es que decidí dejarlas -provisoriamente- fuera de esta breve reseña general, de lo que fuese mi experiencia en el hoy desaparecido conservatorio, Rossini-De Paula.

 

Nota: la fotografía del medio muestra la esquina de Avellaneda e Independencia, en 1937 y fue tomada por el señor Vicente Gigli. Santiago no cambió demasiado hasta finales de la década de 1960. Así que aproximadamente como se ve era la esquina donde yo esperaba el colectivo para volver a casa. Fuente: Archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.

 

06:28 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (34) | Tags: rossini, depaula, santiago, estero

01/09/09

El Petiso Fantasma

petiso,fantasma,santiago,esteroLa muerte es una puerta sin regreso para quienes sobrevivimos a alguien amado. Esto le sucedería a mi tío Mariano con el fallecimiento de Chimbi -su primogénito de cinco años- alrededor de 1957. Y a mí algo más tarde al morir, también, Mariano, en 1972. Nada es igual después. Tal vez fuera esa desgracia lo que impulsó el regreso definitivo -hacia 1958- de mi tío Mariano a la ciudad. Talentoso, refinado, prontamente ocuparía puestos de importancia en el área docente. Pero su rostro develaba ya, al costado de su fina boca, dos líneas profundas.
Lo designaron director de una bonita Escuela, cuyas ruinas invito a mis lectores apresurarse a ver, pues en cualquier momento algún "avisado" mercader comprará ese espacio por monedas para convertirlo en "Shopping Center". Las ruinas del hermoso edificio -que posee incluso una amplia vivienda para sus cuidadores-, está frente a la placita Belgrano.
De allí hasta nuestras casas -Tío Mariano vivía sobre la General Paz, nosotros en la 24 de Septiembre, ambas detrás del Hogar Escuela-, había unas pocas cuadras.
Caminar por esos lugares era una delicia. Donde terminaba nuestro pequeño barrio de clase media, hacia el sur, había una cancha de fútbol ("Palmeira"); a su derecha, un montecito. Y más a la derecha aún, cerraba el circuito una frondosa finca, propiedad de un matrimonio italiano. No recuerdo su apellido -tal vez nunca lo supe, pues lo que importaba era nuestra amistad con sus hijos, dos mellizos rubiecitos, maravillosamente buenos: Franco y Giorgio.
Patéticas, las ruinas de un esquelético edificio monumental se dibujaban sobre el perfil del horizonte al finalizar la cancha -por lo demás escasamente utilizada. Se decía que allí había sido un monasterio, abandonado por causas misteriosas. Y que de noche, "las almas de las monjas espantaban".
Luego una placita con juegos, y enseguida un barrio, también de clase media, pero ya extenso, no recoleto como el nuestro: el Barrio Belgrano. En aquel tenía una amiga a quien nunca más vi, pero recuerdo mucho por su bondad y talento. Se llamaba Ana María Cassé (tal vez se escriba Casseaux, incluso creo que ella algunas veces me lo aclaraba). Nos unía la música. Era mayor que yo -¿tendría entonces quince o dieciséis años?, y yo apenas ocho o nueve... De cabellos castaños, ondulados, vestía con decoro, prolijamente; era bella pero sin estridencias. Sobresalía su carácter: afable y calmo. Cuando iba a su casa en bicicleta -imprevistamente, sólo por algún impulso del momento-, me atendía en la vereda, junto a un florido jardín, en el verano. O según el día, me invitaba a pasar. Generosamente, me prestaba discos. Ella tocaba el piano. A veces, solía hacerlo para mí: temas de jazz, alguna cancioncilla popular...
Hacia el Oeste, estaba limitado el Barrio Belgrano por una Capilla y la mencionada escuela donde ejercía mi tío, rodeando a una preciosa placita.
Procelosa, la Acequia Belgrano, constelada de gigantescos árboles, abría paso, con sólo cruzar alguno de sus puentecitos, a la franja señorial. A su derecha, siempre al Oeste, se levantaban imponentes edificios, rodeados por parques de ensueño. Entre ellas, justamente donde terminaba la herradura de la placita, estaba la Casa del Gobernador.

Una noticia conmovió a toda la sociedad santiagueña: ¡por las noches, andaba apareciendo, sistemáticamente, un ser sobrenatural! Repentinamente, se acercaba a los pequeños grupos de colegialas, que regresaban de sus escuelas. Muy al estilo "Chito Vozza" (es decir, con erudición, elegancia y respeto), se dirigía a ellas, tras el sólo propósito de disfrutar con su compañía.
A modo de advertencia, sin embargo, comenzó a aparecerse también ante algunas autoridades. Curas párrocos, conductores de "mateos", comisarios... se lo encontraban de repente, mirándolos de un modo sombrío, antes de esfumarse en la oscuridad.
De distintas fuentes de información, todas confiables, llegaban nuevas noticias: ¡el Petiso había sido visto en Tala Pozo! ¡El Petiso, anoche, se les apareció a las chicas de la Escuela del Centenario! ¡El Petiso en el Profesorado de la Normal! ¡El petiso en La Sarmiento!...
A las chicas que iban a la escuela de mi tío Mariano se les apareció cierta noche y al día siguiente nuestra familia sólo hablaba de eso. Si bien de Enseñanza Primaria, al ser Nocturna, iban allí muchachas que por una u otra causa no habían podido hacer sus estudios en edad normal, durante la infancia. Presentaban entonces edades que iban entre los 13 y hasta veinte años, con un promedio de dieciséis. ¡Este era precisamente el target del Petiso!
Mi tío Mariano tenía una alumna a quien alojaba en su casa.* Bella muchacha blanca, de cabellos oscuros cayendo en graciosa melenita alrededor de su cara ovalada, a la mañana siguiente nos contó asustada lo ocurrido.
"Salíamos con tres chicas compañeras de la escuela, como a las nueve y media", se estremecía, ante la asombrada rueda que componíamos mi abuela Corina, tía Teodora, mi hermanito Gustavo de seis años, yo de ocho, mi pequeña prima Carmen Graciela y detrás nuestras dos "muchachas", paradas.

"Queríamos comprar caramelos en el almacén, y cuando íbamos cruzando la placita, de repente... un hombre apareció en medio de nosotros"...
Ninguna de las cuatro lo había escuchado llegar (pese a que por entonces y especialmente de noche, nuestra ciudad era muy silenciosa, escasos motores turbaban su calma y apenas los cascos de uno que otro "mateo" resonaba alejándose por momentos).
"Se metió en el medio de nosotros", se estremecía Catalina, la joven protegida de mis tíos, la cual rondaría entonces los dieciocho años. "¡A mí y Dorita, nos ha tomado del brazo!"

HnosSimon.jpgLas chicas se asustaron tanto que perdieron el habla. Después de saludarlas, el Petiso siguió con ellas, diciéndoles galanterías, hasta el final de la plaza. Mas desapareció, apenas las jóvenes hubieron pisado la vereda del Almacén.

Entonces gobernaba Santiago del Estero don Eduardo Miguel. Hombre campechano, elegante y alto, de cuidado bigote cano, gustaba trasladarse hasta la sede gubernamental -frente a la plaza San Martín- en "mateo". Declinaba de vez en cuando el auto oficial, para que la gente lo pudiera ver y saludarlos. En esos finales de los 50 no se reunían multitudes tensas al mezclarse las celebridades con el público: se las contemplaba con naturalidad. Don Eduardo Miguel solía atravesar por la mano derecha de la Acequia Belgrano, saludando con la mano cada tanto a los transeúntes, en un "coche de plaza", las más o menos veinte cuadras que separaban su residencia del edificio gubernamental.**
"Don Eduardo", le gritaba repentinamente algún ciudadano, al verlo venir: "¿cuándo lo van a agarrar al Petiso?"
"¡Para qué quieres que lo agarremos, m´hijo! ¡Si las trata a las chicas mejor que sus maridos!", bromeaba el gobernador.
Tanta popularidad alcanzó el Petiso, tanto se hablaba de él en casas, reuniones, bailes y confiterías, que los Hermanos Simón, por entonces el conjunto musical más popular de Santiago, decidieron dedicarle una chacarera:

"Tanto ruido hace la gente,
por el petiso fantasma;
si se topa con mi suegra
se le va a acabar la fama"
...decía en su primera estrofa. Y después:

"Dicen que a un conductor
se le sentó en el pescante;
falta que al gobernador,
a él también me lo espante.

"Un guapo salió a buscarlo
por las termas de Río Hondo;
al otro día lo hallaron
disparando por Huaico Hondo.

"¡Ahijuna con el petiso,
que no respeta las canas!
Si es que no lo meten preso,
seguirá haciendo macanas.

Y si, por casualidad,
la mujer tiene mellizos:
uno se parece al padre
y el otro igual al petiso...

Viuditas y solteronas
ya no cierran las ventanas:
deseando están la visita
de algún "petiso fantasma".

Dicen que es peludo y chueco,
narigudo y cabezón,
pero que nadie le oculte
a los hermanos Simón.

¡Ahijuna con el petiso,
que no respeta las canas!
Si es que no le meten preso,
seguirá haciendo macanas...

 

parque-32.jpg


Durante varios meses la figura fea pero impecablemente vestida y seductora del fantasmal petiso coloreó las anécdotas de toda una población que por entonces constituía, en realidad, sólo una "gran familia". Ninguna tragedia ni situación desagradable vino a empañar esta singular incursión temporaria de aquel personaje, a quien el consenso de indoctos y sabios otorgaba, unánimemente, la condición de "sobrenatural".
Si ningún aviso, también, tal como había iniciado su vigencia, el Petiso desapareció. Para no volver. Y hasta hoy, pocas veces -quizá ninguna por escrito- se lo recordó.

* Era frecuente que Mariano Carreras Coria trajese niños o niñas de lugares remotos y sin escuelas, para que completasen sus estudios en la ciudad. Lo hacía desinteresadamente, sólo para cumplir hasta los extremos, dentro de sus posibilidades, la vocación docente.
** Comúnmente llamado "Mateo" era un carruaje con techo de gruesa tela impermeabilizada sobre estructuras de metal, tirado por un caballo o dos. Desde el pescante, lo conducía un chofer, quien vestía de traje y sombrero. Los mateos alquilados para entierros, obligaban a sus conductores llevar fraques negros y sombreros de copa. Brindaron servicios de "taxi" en Santiago y eran guardados por las noches en una "remise" (garage). De donde proviene la costumbre de llamar "remises" a ciertos automóviles de alquiler.
*** La foto de santiagueños en el Parque Aguirre, que se ve al final de esta nota, fue tomada en 1932, por el Sr. Gigli, y pertenece al archivo de la Municipalidad de la Capital de Santiago del Estero.

10:48 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (8) | Tags: petiso, fantasma, santiago, estero

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