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25/05/16

El Universo plano

De niño me extasiaba con las pinturas de Giotto. Más tarde, en la Academia, me resistía interiormente a encasillarlo entre los “primitivos”. Es decir, aquellos artistas previos al Renacimiento que “no conocían aún” la Perspectiva. A lo largo de esta existencia me sublevó que grandes artistas egipcios, sumerios, hindos, mayas, fueran colocados en casilleros de lo “no evolucionado”. La imposición europea del Renacimiento, cual cima del saber humano, me resultaba incómoda. Me esforzaba por controlar sus técnicas, pese a ello, para evitar el desdén de los profesores, o lo que era peor, una baja nota. A los 13 me entusiasmé mucho con Pablo Ruiz, más conocido como Picasso, quien reverenciaba al arte africano y ponía en cuestionamiento grave las pautas matemáticas y culturales del Iluminismo. Aunque me atrajo una “derrota” dialéctica frente un presuntuoso abogado porteño amigo de mi madre, en el fondo de mí, quedó la obstinada sospecha de haber sustentado intuiciones correctas. Pese a no contar, en esa edad tan temprana, con argumentos racionales para demostrarlo. Ya saliendo de mi juventud y en la cárcel (a los 28 años), comencé a comprender la indemostrabilidad de cualquier concepto. Y la demostrabilidad de todos. Puesto que la Razón es sólo un artilugio de los sentidos. Y lo que llamamos Realidad un entramado de convicciones, desarrolladas o impuestas por la Conciencia Humana. Hace relativamente poco (unos treinta años) la Física Cuántica estudia, como acercamientos muy precisos a un panorama relativamente cierto, dos concepciones: la de una “gelatina cósmica” (energía en constante movimiento infinitesimal, modelada por las conciencias humanas para determinar procesos materiales) y la Teoría de Cuerdas. Según la cual universos paralelos co existirían, debiendo sus respectivas existencias a combinaciones sonoras, extraídas de las finísimas “cuerdas” cósmicas, en parte, por nuestras consciencias. La humana “realidad” contingente sería pues, para esta concepción científica, “un horizonte plano”. Es decir: exactamente como la concebían los antiguos artistas egipcios, sumerios, hindos, o nuestros mayas. Incluyendo, también, a uno de los más amados de mi infancia: el campesino Giotto Bondone.

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