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08/06/19

Impresiones de un viaje a Buenos Aires

 

14 de diciembre de 2004, hora: 19.30. 

Viajo a Buenos Aires.

Luego de pedir a un muchacho que entregue el asiento de la ventanilla, el cual me correspondía, alterno con él, descubriéndolo ingenuo y sensible. Por cierto me arrepiento de haberlo desplazado, mas no lo manifiesto.

 

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15 de diciembre, miércoles 

Llegamos a Buenos Aires a eso de las 8.00 del miércoles. El muchacho –en tránsito a las Islas Canarias, hacia donde emigra en busca de un destino mejor–  se despide con tímida calidez, prometiendo escribirme cuando se estabilice.

Cerca de las 8.30 llego al hotel de ATE, donde la gorda  conserje –con la cual, intuyo, no debo impacientarme– me dice que no hay habitaciones. Luego de un llamado a otro hotel confirma que por medio de ATE va a ser casi imposible alojarme. Manejo la situación. Ahogo antes de su nacimiento todas las sensaciones de inquietud o disconformidad. Me limito a tomar mate tranquilamente en un rincón del bar, para lo cual he pedido permiso a la Gorda, y luego uso el cómodo baño del sótano para deshacerme de mis residuos –los cuales no son muchos ya que prácticamente no he comido desde que salí de Santiago, para viajar mejor.

Desde un teléfono público en una despensa, que recién abre, intento comunicarme con Berger, pero me da ocupado. Insisto sin lograrlo por quince minutos. Pese a ello, el incómodo localcito con su teléfono de Telefónica me ha marcado 0,25 centavos. Pago sin protestar y además compro un alfajor de 0,45 centavos. Mi primera comida del día. Camino hasta la Redacción de la revista Lezama, a dos cuadras y media de allí, sólo para comprobar que está cerrada. He dejado mi bolso en el hotel así que no voy muy cargado: solamente el portafolio. Camino sin rumbo un poco más, me encuentro con un telecentro, éste más cómodo, en una de cuyas cabinas me instalo para intentar la necesaria comunicación con Berger. Sigue ocupado. Debe  estar conectado a internet. Pago y antes de salir se me ocurre una buena idea. Llamaré a Carlos Vicente, de GRAIN, que acompaña al GRR en la iniciativa contra la “soja sustentable”. Obtengo el número por medio del 110 y lo llamo. Me atiende una muchacha, quien me dice que la casa de Berger le queda demasiado lejos como para ir a avisarle, pero que le enviará un mail. Bueno, le digo.

Voy a Lezama, Cordial visita. Virginia, preciosa aunque un tantito excedida de peso, muy amable; por fin conozco a Eduardo en cuerpo, mantenemos una conversación interesante, gratificadora.

Por la calle, cuando vuelvo, me cruzo con un mendigo espantosamente sucio y desarrapado, como de 45 años, quien deteniéndose con rostro iluminado me dice: “¡Papito! ¡Qué gusto en saludarte!” “¡Felicidades si no te veo!” La cosa me conmueve, siento como una corriente eléctrica por debajo de la piel.

Al regresar al hotel, como intuía, el problema se ha solucionado. “Tiene suerte”, me dice la Gorda. “Recién se ha desocupado una habitación… tome”, extendiéndome la llave 46.  10.  La misma de la vez anterior. Auspiciosa llegada, me digo. He logrado controlar los factores hiperfísicos.

 

Me relajo entusiasmado por el éxito y como suele suceder, todo se desmorona. Ha empezado a llover intensamente, pese a lo cual salgo con sandalias y bermuda. Logro comunicarme con Berger, con quien acordamos encontrarnos entre las 17 y 17.45 en Plaza Italia, frente a una comisaría. Soy parte4 de un panel que debe disertar hoy en la sala “Julio Cortázar” de la biblioteca Nacional. Los otros disertantes son Luis Pincén –jefe de una comunidad mapuche– y alguien más cuyo nombre no recuerdo. Almuerzo en exceso cerca de la 1.30 y luego me voy a dormir. Me despierto abombado, cerca de las 17.0. Calculando mal la distancia,  parto hacia Plaza Italia. Aun intento mantener el ánimo jovial y la placidez interior, pero siento que estoy impostando. Bien prolijo y perfumado, soporto el calor que ha vuelto después de la breve lluvia de verano. En el colectivo se produce un incidente extremadamente desagradable con el chofer, que un pasajero solidario intenta compensar pero es tarde: ya estoy completamente crispado. Para peor, luego de un larguísimo viaje que aumenta pese a mis esfuerzos la crispación, decido bajarme del colectivo y hacerlo que debí decidir desde un principio; ir  directamente a la biblioteca Nacional pues no llegaré a tiempo a la cita con Gabo.

Un taxi manejado por un tipo que no sabía dónde quedaba la Biblioteca Nacional, me deja por fin a tres cuadras de ella, por $ 4,50. Son las 18.30 y la conferencia estaba programada para esa hora. Cuando encuentro la sala,  el panorama no se presenta muy alentador. Hay poca gente, algunos conocidos. Como a las siete llega Gabo, acalorado e irascible, un tanto desencajado; a modo de saludo me dice: “’He llegado tarde por esperarte a vos!”. Me disculpo como puedo y me doy cuenta que todo va a salir muy mal. Hay preparativos algo febriles e innecesarios, un modo de canalizar los nervios. Llega Luis Pincén, acompañado por una bonita chica bastante más joven que él. Más que un cacique indígena parece un ejecutivo hispano. Pelo corto, anteojos con marco metálico, camisa celeste a rayas, corbata y celular; bien podría ser el CEO de una empresa mexicana o incluso argentina; sus rasgos ni siquiera son muy marcadamente indígenas. El tercer miembro del panel no llega nunca. Pincén expone conceptos previsibles, yo hablo desganadamente de los mitos santiagueños. Para acentuar esta aridez Nora Mers, una antropóloga o algo así, discurre de un modo deshilvanado sobre conceptos vagos. Todo concluye por fin con una desvahida actuación de un grupo de jóvenes –todos blancos, más bien europeos– que cultivan la música negra de los candomberos. Salimos con Gabo y Mario –un taxista muy porteño, muy “cabecita negra”, que alguna vez fuera del PRT– hacia cierto lugar donde Gabo dice que se efectúa la Cena de Fin de Año de Radio Nacional. Sólo para encontramos con que esa fiesta se realizaría recién la semana que viene… Orientado por mis amigos, entonces, tomo un subterráneo para ir al Teatro San Martín. Miguel Beinstein me ha invitado a no sé qué encuentro de Derechos Humanos, donde disertará… llego a las 10.35, luego de preguntar en varias salas del Complejo Cultural, donde se ve a gentes de las más variadas formando grupos, concluyendo en que ese acto debe de haber terminado. Me llama la atención una hermosa joven en la puerta de algo que parece un baile, me acerco y la muchacha me dice que es una fiesta solidaria con la Revolución Cubana, es gratis, si quiero pasar… se ven parejas numerosas, bailando salsa bajo destellantes luces de colores, que chisporrotean en la semioscuridad… Le agradezco y me voy. Al salir del complejo me sorprende una rapaz, como de quince años, que repentinamente se yergue sobre su cabeza, dobla las piernas formando un ángulo recto con el torso y comienza a girar como un trompo. Veo una cantidad de chicos como ella, esparcidos por el suelo fumando –quizás marihuana– con aspectos desaliñados, algunos punk, todos con esa expresión tan fea donde se mezclan el asco, tristeza, rencor, desesperanza… me dan mucha pena estos chicos, tanto sean de aquí como europeos, he percibido esa desolación profunda de sus almas, sintiéndome absolutamente incapaz de tan siquiera penetrar un poco en su coraza. Tristeza terminal. En diferentes grados. Con algunos de ellos –europeos– he logrado algún tipo de diálogo en el pasado. Son aquellos que a pesar de sus espíritus estragados –quién sabe por qué situaciones personales en su historia– buscan salida a sus inquietudes a través de organizaciones solidarias. Con los otros, con los individualistas ni modo. La vez que intenté algún acercamiento fue sólo para percibir su visceral rechazo.

Regreso a Parque Lezama; me conecto una media hora a internet desde un cyber para comunicarme con mis hijas; no encuentro a ninguna de ellas (después me contarían que durante casi todo el tiempo que yo permanecí en Buenos aires habían estado sin internet). Otra vez paso un mal rato al sentarme a cenar y ser advertido por el mozo que ese lugar –el mismo donde almorzara, al frente del hotel– sólo atiende hasta las doce. ¡Son las doce menos cuarto! Erróneamente, de nuevo, me comprometo a cenar en quince minutos y debo engullir dos grandes empanadas de verdura, una de humita, un gigantesco budín de pan con dulce de leche y un vaso de vino en ese exiguo plazo. Ahito y algo malhumorado abandono el boliche a las doce y cinco. Me voy a dormir, cosa que consigo enseguida. 

 

16 de diciembre. Jueves 

Decidido a tomar las riendas de este día para convertirlo en feliz, me preparo serenamente cumpliendo mis ritos habituales y necesidades. Oración, meditación, mate, limpieza de mi estómago, respiración, baño (aseo), desayuno. Luego de todo eso salgo, en paz conmigo y con el universo. Una mañana bella. Soleada, aunque no calurosa. Me siento muy cómodo con mi remera simple, cuello redondo, bermudas, sandalias. No llevo portafolios sino un simple sobre, acolchado, donde están mis anteojos y documentos. Pregunto qué colectivo me lleva al centro y espero entre gente impecable que mayormente también intenta mostrarse aplomada. Pasan varios colectivos repletos sin levantarnos; algunos pierden un poco el aplomo, otros se toman un taxi. Permanezco tranquilo. Por fin subo a un colectivo repleto; entablo diálogo con una señora humilde que porta una sandía dentro de una bolsa; la lleva para venderla, me dice; una mujer bonita, como de 30 años, sigue nuestros diálogos con atención y una sonrisa, desde su asiento al lado de la señora. Todo bien. Transmito paz. Bajo en un lugar del centro con el propósito de comprar algún pequeño regalo para mis cuatro hijas. No sé qué voy a comprarles. … tal vez un CD… me propongo: de repente decido ubicarme en el lugar de ellas y con lucidez determino que posiblemente, dentro de lo económico, lo más adecuado a sus gustos son algunos aros, anillos, o pulseritas. En busca de alguna pequeña joyería, camino al azar… en pocos minutos, me topo con una de ellas. No encuentro nada interesante… sigo… otra joyería al lado… y otra y otra… ¡enseguida comprendo que estoy en casi dos manzanas de joyerías! Me siento feliz, mis sentidos metafísicos funcionan a la perfección, hoy. He recuperado el equilibrio. Luego de caminar tal vez unos cuarenta minutos, compro por fin unos aritos para Ángela y Sol y un par de anillos para Mariana y Celina. Para Elena un collar con piedra ámbar. El anillo para Celina es una cortesía; no significa que desee reafirmar el simbolismo del matrimonio. Pero son esas pequeñas cortesías, a lo largo de tantos años, las que impidieron en parte que los picos de tensión entre nosotros alcanzaran registros muy elevados –con lo cual hubiesen dañado en primer lugar, sin duda, a nuestras hijas que amamos tanto. Todo bien. Todo bien. Decido ir a visitarlo a Mattini. Con facilidad averiguo dónde queda la Defensoría del Pueblo de la Nación. Un patrón de confitería muy cordial me provee de una guía y hace esfuerzos para ayudarme con ideas, que no necesito pero igual agradezco.

Mattini se sorprende al verme llegar y enseguida me atiende muy bien. No nos conocemos pero nos reconocemos. Tenemos una amabilísima charla en la cual cometo un solo  error: comprometerme a comprar su libro para que él me lo firme, por la tarde, cuando supuestamente concurre a la conferencia de prensa del GRR y el MOCASE, a las que lo he invitado. No porque no quiera leerlo –sinceramente deseo hacerlo, aunque tenga dudas de disponer del tiempo– pero sucede que no iba a ser bueno apartarme de una cierta restricción de gastos, a la que me había determinado. Bueno. Finalmente no compré el libro y Mattini tampoco fue a la conferencia. Había pensado salir a comprarlo inmediatamente en caso de llegar él –la librería quedaba muy cerca del sitio donde se efectuaría la conferencia– argumentando falta de tiempo para justificarme, pero no fue necesario.

Tenía que encontrarme con Gabo Berger y su hija, Juana, a eso de las dos en su oficina. A la una más o menos, compré un yogur con cereales y lo comí apaciblemente, parado bajo las  chapas de un edificio en construcción. El día se había puesto algo más caluroso pero no desagradable. Porteños de todo tipo, la mayoría elegantes, discurrían como una marea por aquellas arterias neurálgicas: Florida y Avenida de Mayo. Luego de depositar prolijamente los vasitos en un tacho de basura sobre la peatonal, empecé a caminar un poco en sentido contrario al que debía tomar (una joven muy amable, me había indicado con todo detalle, en el colectivo desde lo de Mattini hasta aquí, cómo debía proceder para encontrar el Ministerio de Economía, cerca del cual estaba la oficina de mi amigo; la conversación con esa chica –desde la parada del colectivo y a todo lo largo de un viaje como de media hora– servía de barómetro para comprender que estaba conservando el equilibrio interior y la luminosidad de mi aura, cuestión que me presentaba evidentemente como muy agradable ante mis interlocutores.

A poco de caminar, me detuve envuelto de un modo subconsciente por la voz de una mujer que entonaba un blues desde algunos bafles. Determiné enseguida el lugar de donde provenían y me  quedé allí, bajo su galería, a escuchar. Mientras los ríos de gentes se deslizaban frente a mí de una manera que me resultó agradable, me sumergí en la música, durante un tema, dos, tres o cuatro. Mi alma llegó así a un estado de suprema delectación, de absoluta serenidad. Trabajosamente decidí abandonar la escucha cuando terminase el próximo tema y empezar a desplazarme hacia lo de Berger, pues calculaba que más o menos había llegado la hora.

Caminé hacia el lado del Ministerio de Economía, hasta que lo encontré. Decididamente, ingresé al hall donde una muchacha bonita y prolija me informó el lugar exacto donde se levantaba la Secretaría de Agricultura, sitio donde debía encontrar a mi amigo Gabo Berger. Había subido la temperatura un tanto pero aún el clima se manifestaba benévolo. Caminé otra vez como unas doce cuadras hacia el sur, según creo, hasta que vi hacia el frente, cruzando una avenid anchísima, la Facultad de Ingeniería, lugar que me habían dado como referencia. Al lado, se levantaban los bloques mellizos, en un estilo que me pareció francés del siglo XIX, de la Secretaría de Agricultura. Allí sí tenían registrado a Berger. Mostré mi documento, me dieron una tarjeta de plástico, y subí al tercer piso, oficina 326. Los recintos eran altísimos y espaciosos. Aunque los muebles arcaicos, desvencijados, las luces pálidas, el estilo severo de las paredes provocaban una congoja suave, se respiraba con cierta comodidad en aquel edificio, y la sensación de que estaba casi desierto.

Cada oficina con las puertas cerradas, parecía albergar micromundos diversos y nadie se inmiscuía en los asuntos de las demás dependencias, a la manera de los grandes edificios de departamentos en Buenos Aires. Al llegar a la oficina de Berger y entrar me encontré con dos personas –ella mayor, sentada frente a la computadora, él a su lado, quizás de unos sesenta y pico de años–: Sánchez Proaño, un antropólogo que complementa a Berger y la anciana secretaria. Decir que Sánchez Proaño complementa a Berger es la expresión más adecuada, puesto que mientras mi amigo es un gigante volcánico, en constante efervescencia, un hombre que viaja casi permanentemente y muy pocas veces se mantiene demasiado tiempo en la oficina, el otro, por el contrario, es el burócrata perfecto, ordenado y prolijo, que cumple meticulosamente horarios de entradas y de salidas, conoce la ubicación de cada papel en la oficina, maneja los requisitos necesarios para cumplimentar  cualquier trámite y a diferencia de mi amigo, que es verborrágico, vesánico, extravertido, Sánchez Proaño impresiona como muy protocolar, escrupuloso, reservado. Me aburría con los empleados, así que salí, primero al baño, luego a pasear por las galerías. Cuando regresaba de mi vueltita escuché detenerse al ascensor, me di vuelta y vi aparecer por la ancha galería a mi amigo Gabo Berger, con quien inferí debía de ser –y no me equivoqué– su hija mayor, Juana. 30 años, vive en Holanda.

Luego de algunas  conversaciones un tanto formales, Juana salió, volvió y comenzó a repartir tareas –develando con esto su carácter: una muchacha inquieta, con marcada tendencia al liderazgo– ; comprendí los códigos y me puse a abrochar con eficacia los paquetes de hojas inmersas que Juana iba armando. Enseguida terminamos; Berger hablaba con Stella Semino, quien lo había llamado desde Londres; luego de algunas conversaciones organizativas, ahora con la presencia de Belo Soler y Adolfo Boy, salimos hacia la conferencia de prensa, que debíamos presentar, en el Centro de la Cooperación, a las 19.00 con el MOCASE.

Una animada conversación nos unió durante nuestro viaje en el colectivo; se impuso un tema recurrente de Gabo Berger, en las últimas semanas: Martín Tellechea. Este –también corporalmente un gigante, de grandes ojos azules-, quien en su momento me había impresionado como el tipo que vi más cerca de Gabo Berger, en el aspecto sentimental, ahora se había convertido prácticamente en su enemigo– así al menos lo presentaba Berger, ambos discutiendo a los gritos.

Me mortifican estas situaciones. Cuando se me permitió intervenir,  lo hice llamando a la tolerancia, a otorgar nuevas oportunidades a los compañeros que había cometido errores… aunque sin comprometerme demasiado, puesto que debido a la distancia que me separaba desde el interior, no podía tener una vivencia tan intensa de los problemas como los compañeros, que los estaban padeciendo.

Así llegamos al Centro de la Cooperación, yo todo el tiempo rogando que no se presentara Mattini, para no verme obligado a comprar el libro, deseo que finalmente se cumplió. Pero la culposidad que me liga a la palabra empeñada me escocía: vi que el centro tenía una sección en la planta baja, donde se exponían en gran cantidad libros de autores de izquierda. Entonces fui a buscar allí el libro de Mattini, comprometiéndome a comprarlo si lo encontraba y así saldar esa inquietud. No lo hallé, y regresé entonces a la confitería, donde nos habíamos sentado a tomar algo, atendidos por dos meseras –¡particularmente una!– más que bonitas.

Poco antes, mientras firmaba un documento de adhesión a la solicitud para que se construyera un monumento al Che Guevara en una plaza, alguien me tocó suavemente de atrás llamándome por mi nombre: me di vuelta; un joven, pelo largo –a estilo del Che– y barba, aunque más espesa… no lo reconocí. Antes que se extendiera por dos segundos más mi desconcierto él me dijo, con voz suave: “Hernán Unzué”. Lo abracé. Era exactamente como lo había imaginado (en realidad nunca lo había imaginado físicamente, me refiero a su espíritu, a su personalidad: un tipo sensible, refinado, de temperamento noble). Luego de habernos hecho amigos por una lista de intercambios en internet, * se había desarrollado entre nosotros, primero una cierta “militancia” en un utópico movimiento “Cristianismo de Liberación”, luego una amistad virtual, más tarde su acercamiento al GRR y mi influencia para que, dentro de este último grupo se le fueran asignando cada vez mayores responsabilidades, aun sin haberlo visto nunca, solo por mera intuición. Hernán, como dije, no me decepcionó, sino todo lo contrario. Mostrando su callada eficacia, se puso a confeccionar e imprimir unos cartelitos que necesitábamos para la conferencia, dejando develada, de paso, su amistad con los dueños del local, gente del Partido Comunista, quienes le facilitaran la computadora para trabajar.

En ese momento de la tarde –como a las seis– en que tomábamos café y departíamos amablemente con Adolfo Boy, Gabo Berger, Beto Soler, los dos representantes del MOCASE –Nica González y Roque Acuña– Hernán Unzué y un miembro del Partido Comunista, jovial y barbado, pelilargo, de tono azabache, vestido con camisa Grafa y vaquero, un tipo que recordaba extraordinariamente a Horacio Guaraní, aunque mucho más joven, consolidando con su figura mi teoría de que el Partido Comunista se compone –o moldea– unos ciertos caracteres físicos inconfundibles en sus militantes, en esos momentos, digo, de distendida confraternidad laboriosa –aunque Boy se puso a insistir de un modo algo fastidioso sobre las supuestas concepciones industrialistas –o “productivistas duras”– del Che, dado que me había visto firmar el petitorio y aludía sin pudor a ese acto, que debería haber sido respetado puesto que pertenecía al ámbito de mis acciones privadas, en ese momento digo, fue que apareció Brechtje.

Brechtje Dykstra, activista holandesa de 25 años, que habita más tiempo en Argentina que en su patria.

La invitaron a sentarse, luego de las presentaciones. Entonces dijo algo que simbolizaría sus relaciones con Juana: “¿En qué orden vamos a poner estos documentos?”. Se refería a las fotocopias que habíamos abrochado en la oficina de Berger, por las cuales había comprado unas carpetas, verdes, con solapa. Juana la miró como si hubiese dicho una estupidez. “¿orden? ¿Qué importa el orden?”, le espetó, entre fastidiada y burlona, no otorgándole más atención al tema para pasar inmediatamente a un diálogo con otro de los integrantes de la mesa. No sé si fui el único que notó la expresión desolada de Brechtje, mas por delicadez y sincera convicción, esperé unos minutos a que se produjera un hueco en los diálogos para decir, sin escrúpulos por regresar a un tema anterior: “Yo también creo que los documentos deben llevar un orden… al menos, a mí me gusta leer los textos con un sentido, que desarrollen la información de un modo coherente, desde un principio hacia un final”. Ella me miró con cierto agradecimiento; por lo demás, nadie pareció considerar relevante al tema, así que la cuestión terminó allí, con una mirada de Juana que bien podría haber significado “ma si, hagan lo que les parezca”. Yo me fui después a mirar unas revistas en la librería y al regresar noté que Brechtje se había alejado unos cinco metros, para ordenar las carpetas sobre un mesón, ubicado a la izquierda de nuestra mesa, en otro plano del edificio, tras unas barandas. Desde allí sus ojos tristes miraban con cierta insistencia hacia nuestro lado, como los de una niña a la que han puesto de penitencia. Luego de unos minutos, me acerqué por solidaridad, para preguntarle si necesitaba ayuda. Sin contestarme, ella me mostró el orden que había dispuesto para los documentos: “¿Te parece bien así?”, me preguntó, y luego de algunos tanteos, cambiándolos de lugar, decidimos por fin un orden definitivo. Trabajamos allí un rato –no pude quedarme hasta terminar las carpetas pues alguien me llamó, en lo que sería una constante de nuestra breve relación: cada vez que nos quedábamos solos con Brechtje, alguien llamaba, sea a ella o a mí, o venía a colocarse en el medio. Lo que siguió fue un revuelo de actividades no del todo necesarias, relacionadas con la conferencia de prensa que se desarrollaría enseguida, en el tercer piso. Nos amontonábamos frente al ascensor cuando de repente Brechtje puso en mis manos la caja llena de las carpetas que habíamos estado armando. Cuando se abrió la puerta del ascensor me contuve, para dejar subir a una muchacha hermosa con una anciana no demasiado mayor, quizás su madre. Poniéndome una suave mano sobre la espalda –gesto que me pareció singular– la muchacha me dijo: “Pase, pase usted va cargado”. Al bajar en el tercer piso la joven repitió el gesto, dedicándome una excepcional sonrisa. Unos minutos más tarde, mientras continuaba el tumulto de los preparativos para la conferencia, me situé en el ángulo propicio a unos diez metros, para observarla a piacere. Se habían quedado, con la que llamaremos “su madre”, junto a las salidas de los ascensores (que eran, si no me equivoco dos, bastante anchos). Llevaba un claro vestido de un tono, probablemente blanco, hasta los pies, que parecía muy primorosamente confeccionado a mano, tejiendo hilo por hilo para formar aquí y allá florilegios apenas perceptibles aunque lo suficientemente como para sugerir una textura exquisita. La muchacha, alta, de cuidados cabellos oscuros, ondulados, que dejaba sueltos sobre sus hombros en ordenada cascada, ostentaba un rostro nobilísimo y calmo, ojos negros, nariz delicadamente aguileña, labios de dibujo suave, cuello largo, mentón apenas arrogante. Sus bellísimas manos, de dedos largos, podían asumir cualquier postura sin dejar nunca de componer una figura plástica. Llevaba sandalias oscuras, de grueso hilo negro, y una carterilla al hombro, que le llegaba hasta las caderas, del mismo tono. Aunque lo más singular de esa muchacha –algo a la vez atractivo e inquietante– era la placidez de sus modales, la constante “giocondez” de su rostro, su disponibilidad cordial, al parecer dispuesta a ofrendársela a cualquiera, como si no tuviese conciencia de la elevación de su hermosura, y del  velo que en esta sociedad de mercaderes se le otorga a dicha cualidad. Esto, además, en un medio saturado de ceños fruncidos, cabellos hirsutos, miradas hoscas, movimientos crispados, impaciencia a flor de piel, distancia interior y agitación.

Parecía un ángel posado en medio de un piquete –con el añadido de no tener conciencia de ello.

Brechtje se había situado, también, cerca de los ascensores, aunque en el sector opuesto, a su mero frente. Sobre una mesita había desplegado la propaganda del “contraencuentro”. A decir verdad no me había interesado mucho  esta muchacha de aspecto desabrido, que iba con vaquero y una remerita gastada, de un color cualquiera, sólo me resultaba entrañablemente simpática. Por fin, comenzó la conferencia, a sala llena. Habló Berger –muy bien–, habló Juana –bastante bien–, habló el representante del MOCASE, un tanto mediocre, ni siquiera rozó el tema principal de la conferencia, limitándose a exponer sobre la historia y las luchas del MOCASE. Habló Boy –llevando el nivel de las exposiciones a su máxima elevación–, y finalmente, el representante del GRAIN  esbozó un discurso ajustado al tema, pero cuando debió mencionar a los autores de la iniciativa lo hizo, una y otra vez ¡únicamente con el MOCASE!

Verdad es que este movimiento campesino tal vez resultó la clave para la gran concurrencia de público (pues estaban allí sus aliados de buenos Aires, movimientos barriales y grupos piqueteros). Ello es un signo elocuente de que también en los ámbitos de la izquierda y el activismo actual gravitan de un modo relevante los estereotipos, la saga del Comandante Marcos, la mística de las organizaciones campesinas, vista a través de un cristal subjetivo e ideológicamente voluntarista, la negación del propio origen (pequeña-burguesía-urbana) tan propia de la izquierda marxista leninista e indefectiblemente ubicada en medio, resistiendo cualquier desgaste o autocrítica, pese al transcurso de los años. Profundos nudos psicológicos de los militantes de izquierda se expresan de un modo pertinaz en tales manifestaciones autodestructivas, que son, a la vez, proyectadas hacia los demás humanos con aplicaciones múltiples; a veces como armas de combate, otras como elementos de diferenciación desde arriba, siempre satisfaciendo necesidades propias. Ya volveremos sobre este tema.

Después de la conferencia de prensa se reeditó el tumulto anterior, sólo con el cariz afable, ahora, de la “misión cumplida” y la gente departió un rato  fuera de la sala. Desde el punto de vista “sentimental-estético”, había estado alerta hacia la joven de blanco en segundo plano: ahora la veía  conversar animadamente con cierto personaje algo altisonante, que se había identificado durante el intercambio posterior con el público como “un campesino paraguayo”. Más tarde, otra vez cerca del ascensor con Hernán y Adolfo Boy –y otro joven pelirrojo cuya identidad no recuerdo– la vi nuevamente apartada con su madre, y su mirada me acarició.

Discurrí unos instantes –en segundo plano– sobre si sería conveniente o no que me acercara y cierto instinto suave me determinó que no, no me pareció tan importante su atracción como para considerarla trascendente. Aún sentí ciertas dudas sobre esto al salir, junto al arroyo humano, bajando las escaleras, cuando la vi acercarse a la puerta principal del edificio. Todos estábamos contentos por la convocatoria y el desempeño de nuestro panel. Ello se notaba mucho en Berger, quien departía con uno y otro, en tono exultante.–

Esto me puso feliz. Había sufrido tanto en su vida –¡pobre amigo mío!– que cada vez que nos encontrábamos, a lo largo de los años, yo deseaba con inmenso fervor que le sucedieran cosas que lo hicieran feliz, para compensar esas profundas cicatrices, muchas de ellas aún dolientes, en su alma.

Decidimos ir a cenar juntos con Hernán, para conversar. Al pasar, con un beso, me despedí de Brechtje.

Fue un acto formal. Pero al hacerlo sentí, de un modo fugaz, una leve infusión de alegría –como un pequeño soplo entre las frondas. No tuve oportunidad de otorgarle mucha importancia, entonces, pues debimos afanarnos con Hernán para encontrar el modo más directo de llegar a Parque Lezama –donde yo me alojaba–. Queríamos conversar de muchos temas a la vez, con Hernán, actitud común en quienes se descubren afines y el incentivo adicional de que hacía 2 o 3 años deseábamos encontrarnos.

Me sorprendió su juventud–29 años–; a decir verdad este es un aspecto que nunca me había planteado (la cuestión de si era un joven o un viejo). Con Hernán –ex seminarista- nos había sucedido algo particular: conectados  a través de listas de intercambio por internet, desde aproximadamente el año 2000 o 2001 habíamos “emprendido” la “construcción” de un movimiento revolucionario nacional –Cristianismo de Liberación– cuyos principios y sustentación eran totalmente iniciativa de Hernán.

Puse los verbos entre comillas porque de hecho lo único que hacíamos –al menos yo– era escribir y enviar mensajes por correo electrónico, además de una página  web de diseño excelente, que sin confirmación atribuía a la eficiencia editorial de mi virtual amigo. Pues bien, la relación –a diferencia de otras muy numerosas con parecidas características– había resistido el transcurso de los años, prolongándose hasta hoy.

Cuando Hernán apareció otra vez –luego de uno de aquellos largos lapsos de incomunicación algo frecuentes–, mostró interés de integrarse al Grupo de Reflexión Rural –organización en que a mi vez, hacía poco me había integrado– y cuando más tarde visitó a Berger, formando parte enseguida de un modo casi natural en las actividades del grupo, comprendí que se trataba de uno de esos encuentros necesarios, determinados por aquellos trazos tan leves pero ineludibles, que diseña la providencia desde “la realidad etérica”, tan suaves pero a la vez tan extraordinariamente eficaces como los hilos de una telaraña. No me equivoqué. En el modesto bar–pizzería, un poco en diagonal al frente de mi hotel, decidí invitar a mi amigo y pagar la tarta de humita y las empanadas de choclo que pidió –pese a no ser vegetariano como yo– puesto que estábamos transcurriendo momentos amables, puesto que era un compañero y había notado su poca disponibilidad de recursos, y debido a que el GRR me había provisto de algunos fondos extra para mi mantenimiento.

Dado que yo era muy austero con los gastos, podía permitirme ese lujo, de invitar a un amigo –me dije como justificación–. Fue una cena frugal, en un ambiente modesto, pero agradable donde lo principal fueron los diálogos, de contenidos múltiples y provechosos. Luego de ella, Hernán me acompañó hasta la puerta del hotel, de paso hacia su colectivo y nos despedimos con un abrazo. Subí tranquilamente al cuarto piso, me quité la ropa, abrí la ventana. Entraban brisas frescas. Por la vereda de enfrente, semidesierta, pasaron dos parejitas jóvenes, que al parecer buscaban algún bar.  En la puerta de algo que me pareció un quiosco, asomaba de vez en cuando el rostro pálido una muchacha punk, de extraño maquillaje.

Me acosté desnudo y enseguida me dormí.

 

* Los chats y listas de intercambio en Internet solían ser en aquellas épocas sólo de texto, sin fotografías. 

 

17 de diciembre. Viernes.

 

Hoy debo trasladarme a la casa de Berger,  en Marcos Paz. Trato de ser rutinario: levantarme temprano, preparar el mate. Espiritualmente me parezco mucho al personaje de H. Hesse, el lobo estepario: quiero ser un pequeño burgués normal. Desde niño lo aspiré. Descubría en mí ingobernables corrientes energéticas que me arrastraban hacia acontecimientos fantásticos pero también monstruosos, por nada del mundo hubiese elegido ingresar en ellos, pero la vida iba llevándome y finalmente terminaba envuelto. Ya me doy cuenta de que hoy no va a ser un día rutinario cuando la gorda mujer morena, cuyos ojos miran tu rostro como a una foto de prontuario, me dice: ¿Usted va a quedarse un día más?”, pues de otro modo tiene que dejar la habitación antes de las diez….” –

“¿Sólo hasta las diez?”– pregunto inútilmente, pues me había hecho un plan contando con que podría permanecer allí hasta cerca del mediodía.

“Sí”– contesta la gorda. –“Después ya tiene que pagar por otro día…”.

“Muy bien”– me resigno– “Subiré a buscar mi equipaje”.

La gorda se relaja y vuelve a tomar una actitud benévola –lo más que le permite su carácter policíaco– mientras despliego mis últimos esfuerzos para lograr su aprobación (¿para qué?) No sé, tal vez otra vez vuelva, ahora me reconoció, la próxima vez con más razón) que por momentos se estrellan como un murciélago contra una vitrina, contra la armadura de frialdad de la gorda, por ratos parecen infiltrarla, la percibo en sutiles matices de su mirada, de sus tonos de voz. Salgo a la calle con mi pesada mochila colgando de un hombro y mi pesado portafolio en la mano,  –un sino determina que en cada viaje mis maletas deben llenarse de revistas y libros, con lo cual se vuelven muy pesadas. A esa hora –las nueve y cuarenta– ya hace calor. Voy impecablemente vestido y limpio. Sin demasiadas esperanzas camino hacia la Redacción de Lezama (el primer día tuve suerte, a las diez menos cuarto ya encontré a Virginia, su bonita secretaria) pero sé que los acontecimientos no suelen ser simétricos: desde los primeros aires ya estoy percibiendo que el de hoy no será un día suave, donde todo parece deslizarse como por un tobogán hacia su resolución armónica (si un día es muy bueno, el siguiente no lo será, había aprendido ya en la adolescencia… ¿cuando se me ocurrió por primera vez eso? A los dieciséis años, durante una fiesta de los mormones, en la que nosotros bajábamos una y otra vez para llenar con vino tinto una botella de Coca cola, pues ellos no permiten alcohol en sus fiestas; “hoy no me irá bien” aceptaba por dentro con insubordinado fatalismo, pues no dejaba de repetirme al mismo tiempo que esto no debería ser así; dicho y hecho: no había nadie en Lezama.

Debí esperar como una hora y media; esta vez hasta que apareciera alguien (un muchacho en bicicleta, que resultó ser “hijo de la esposa de Michael”, en el acto sentí el aguijón oblicuo “hijo de la esposa de… estos hijos entrecruzados, que deben aclarar sus vínculos paternos en cada ocasión, frecuentes hoy aunque aún –y tal vez nunca– normales, con frecuencia bellos y sensibles como el joven que tengo ante mí, quien se esmera en demostrarme que hace una labor importante en la revista, casi siempre desembocando en el arte, o algún tipo de militancia –como yo–); alguien protesta porque han llamado a una reunión para las once y han llegado ya Luis Bruchstein, Michael Kipping –los capos–, por eso me entero de que son las once y media, el joven que me abrió la puerta –y a mi mochila y mi portafolio– no sabe dónde está Virginia, que se había comprometido a abrir a las diez de la mañana (no se afanen, les digo, mentalmente, en segundo plano: es mi día, que no debe ser armónico como el de ayer, sino presentarse con fracturas y con altibajos, tratemos de que no sea tan incómodo, es lo mejor que podemos conseguir).

En tanto ha llegado Miguel Beinstein y conversamos amablemente –aunque algo fastidiados por el calor–. Me despido enseguida, prodigando deseos y desciendo las escaleras escuchando promesa de solicitud de informes para la revista, por parte de Luis Bruchstein, del Contraencuentro Iguazú, cuyos volantes (incompletos y desprolijos) apenas al llegar le he entregado.

Se trataba principalmente de hacer tiempo –Gabo me ha dicho que Sánchez  Proaño tiene el hábito de ir entre las once y las doce a la oficina, pero no quiero arriesgarme. En ese tren, camino. Luego de bajar por una anchísima avenida hacia –el aún gigantesco boulevard  adonde debo ir –según me han indicado– pregunto: “¿A dónde queda la Facultad de Ingeniería?”. “Muy cerca”, me dice un tipo cordial. “¡Apenas seis o siete cuadras!”, puede ir caminando desde aquí, si no está apurado”. Le agradezco y sigo, en ángulo recto hacia el norte, hacia donde he doblado. El gigantesco boulevard me envuelve, me siento bastante incómodo, por la pesada mochila, el portafolios, el hollín de los autos, la monumentalidad agobiante de los elementos que componen esa vía –puentes altísimos, sobre pilares gigantescos, edificios agudos o planos, anónimos, ruidos de motores, de trenes, chiflidos, sirenas y decenas de hormiguitas –nosotros– eludiendo como pueden el fragor del tránsito, las excavaciones, los espacios sin veredas: unas casas más adelante me encuentro con un espectáculo lóbrego: una gigantesca alambrada de malla rodeando algo que parece parte de un edificio en ruinas, por partes sepultado bajo montañas de tierra en la que trabajan dos palas mecánicas y algunos jóvenes de overol. Por todos lados carteles, blancos, leyendas y consignas: “Aquí estuvo desaparecido mi hijo…”.  “Aquí estuvo secuestrada mi hija…”

Me estremezco sin poder evitarlo. Un campo de desaparecidos. ¡Allí, en pleno corazón de Buenos Aires, junto a las veredas, a pocas cuadras de los edificios públicos más importantes, el Ministerio de Economía, la Casa Rosada! Cierto, en aquel entonces los ocupaban precisamente quienes planearon la política de exterminio. Si lo que ocurría dentro de estos edificios: humillación sin límites, escarnio, violaciones aberrantes a las mujeres, por lo general jóvenes y muchas bonitas, torturas en cualquier momento, una noche continua. Un hálito de muerte me envuelve emanando desde la tierra húmeda, recientemente removida, donde se buscan cadáveres: y el cartelón burocrático: “Gobierno de la Nación Argentina… Proyecto de…” ¡Una obra pública más! Llego a los gigantescos edificios gemelos –de estilo francés II Imperio– y pese a que mi sentido  común me indicaba ingresar por el siguiente hice lo contrario; ingresé por el que estaba más a mano, solo para darme allí con lo que suponía: había un modo de llegar desde allí hasta la oficina de Berger, en el tercer piso del otro bloque.

La muchacha uniformada me indicó una vía menos incómoda para llegar que el volver a salir (pues ya había mostrado mi documento y recibido la correspondiente tarjeta); bajar hasta el patio, ingresar por detrás al otro edificio y desde allí, sí.

En aquel patio con pretensiosos desniveles encontré de nuevo a un tipo con quien me cruzara en la entrada y que me había desagradado, visceralmente. Rubio, como de sesenta años, seguramente un policía de civil –y por su edad, posiblemente un torturador del proceso–; cuando tomé el ascensor, desafortunadamente subió conmigo, junto a otro empleado del edificio, que transportaba una pesada máquina aspiradora; durante el ascenso, que se me hizo muy largo, ellos bromeaban de ese modo grosero como suele hacerlo la gente vulgar.

Otra vez me encontré al entrar a la oficina con Mario Sánchez Proaño y la anciana, quienes parecían entretenerse mucho frente a la computadora. Pese a que había caminado bastante, apenas tomé resuello unos minutos y decidí salir de nuevo, para escapar de estos dos seres muy grises. “Que tengas un buen almuerzo”, me dijo Sánchez Proaño. No había pensado en esto, pero acepté que dado que era cerca de la una, debería buscar un lugar para comer algo liviano. En ese tren, empecé a caminar por calles que me parecieron encantadoras, buscando un bar para tomar café con leche con medialunas (no había desayunado esa mañana). Callecitas poco transitadas, casas del siglo XIX con evidentes afeites… entré a lo que me pareció un bar, en una bonita esquina de una calle inclinada; allí, dos chicas, vestidas con meticulosa prolijidad, delantales iguales y gorros, me miraron con curiosidad divertida: “¿Café con leche?”… Se lo podemos hacer… con medialunas, no, esto es un restaurante…” No acepté y seguí mi paseo. Unas diez cuadras más adelante, luego de virar hacia la derecha, comprendí que estaba en una zona deliberadamente singular, un espacio que debía de ser carísimo –pensé– pues comencé a notar que todos los bares estaban concurridos por turistas, la mayor parte de ellos extranjeros. Casas de antigüedades, bares coquetos, callecitas empedradas, desniveles arquitectónicos del siglo XVIII y XIX, acicaladas meseras… “No”– pensé, “Si me siento a comer algo aquí me costará una fortuna”. Pese a ello pregunté, en otro bar –una callecita particularmente concurrida por turistas, con un entorno encantador, silencioso, arbolado, entre edificios muy antiguos–. “¿Tienen café con leche?”, “No” – me respondió una de las bonitas chicas, esta vez con bonetes rojos y delantales azules contra un fondo en el que se percibía,  a la distancia, los proverbiales trozos de carne argentina asándose sobre una parrilla extensa, suspendida sobre una constelación de brasas, bajo una construcción de ladrillos semejante  a un horno empotrado en la pared final.

“Podríamos ofrecerle otras comidas…”, dijo la otra chica. Agradecí. También las anteriores se habían mostrado muy solícitas; al pasar, algunas meseras me habían mirado con expresiva amabilidad y sonreído: debía de ser una política de los restaurantes; atraer  a los turistas, sacarles sus dólares con delicada presteza (nada en mi aspecto exterior desalentaba la idea de que fuese un turista: vestía bermudas impecables, una remera dorada de hilo, sandalias franciscanas prolijas y nuevas). Algo fastidiado e incómodo por el calor seguí mi descenso hacia el centro.

Cuando había caminado unas treinta cuadras –según calculé– comenzó a atacarme la inquietud porque si bien estaba saliendo de la zona turística, no veía bares por ningún lado –solo mamotréticos edificios públicos o rascacielos, de cemento, acero y vidrio–; al fin divisé uno en cierta esquina (poco interesante, compuesto por un cyber, quiosco, cabinas telefónicas y confitería, todo en un ámbito donde se mezclaban elementos sesentistas con otros modernos, sin el menor concierto –aunque aceptablemente limpio–. Allí comí un par de carlitos… un jugo de naranja… una ensalada de frutas… mis esfuerzos por mantener el nivel de diafanidad espiritual del día anterior fueron vanos, sin embargo… no sólo por el tipo que se sentó ante la mesa de al lado contra la pared, luego  el que lo hizo frente a mí, quienes fumaban profusamente; me atraganté con una semilla de naranja de la ensalada de frutas y por unos segundos hasta me alarmé, pues no podía quitarla de mi tráquea; me vi obligado a levantarme para pedir agua, con la que logré pasarla, mas no actué con la suficiente delicadeza y me quedó un ardor en la laringe, consecuencia de mis esfuerzos para desplazar por la fuerza al filoso  objeto.

Salí de allí para caminar en sentido inverso, por la misma calle por donde vine. A poco noté en la vereda de enfrente a una muchacha, con seguridad una turista posiblemente europea, a la que decidí observar con disimulo. Por momentos íbamos casi solos, ella y yo, sobre veredas paralelas; no la miraba con fijeza ni regulaba el paso –por momentos me le adelantaba, sólo para volver a quedar atrás de ella, algunos metros más allá–; finalmente, ella decidió sentarse ante una de las mesas que habían sacado a una plazoleta, en un nivel más alto que el suelo, donde parecía terminar aquella vía… Entonces reconocí el feo, gigantesco boulevard por donde había venido a la mañana. ¡Bastante lejos! Y comprendí que me había perdido. ¡Me había pasado más de diez cuadras! Esto lo supe recién al llegar de nuevo, por fin, a los edificios gemelos estilo francés, II Imperio. De momento eludí el ancho boulevard –¡no quería pasar de nuevo bajo el monstruoso altonivel y la excavación buscando desaparecidos!– ¡regresando un poco, tomé por una bonita cortada, en descenso pronunciado junto a un terraplén, frondosos árboles, callecita empedrada, edificios pequeños de dos o tres pisos muy antiguas, irregulares, aunque solamente por un corto trecho, ya que desemboqué otra vez en una prolongación del espantoso boulevard.

Resignado caminé las más o menos seis cuadras que me separaban de la Secretaría de Agricultura; de nuevo pasé por frente a la excavación de los desaparecidos –aunque preservado esta vez por el fragoroso boulevard, ya que me desplazaba por la vereda contraria–. Llegué bastante incómodo por la transpiración bajo mis ropas, a la oficina de Berger, pero este aún no había llegado. Lo haría enseguida, sin embargo.

Por primera vez en mucho tiempo conversamos con cierta tranquilidad con mi amigo. Con Gabo Berger hemos preservado a lo largo de los años –¡26 años!– una relación que no nos resultó espontánea ni fácil. Gravitan en ella numerosos factores, según creo, como el respeto mutuo –basado en la percepción que tenemos el uno del otro, como tipos medulosos, intelectualmente agudos, pero a la vez duros, capaces de combatir en prolongadas batallas sin declinar.

 

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