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19/04/20

Fulgor de los damascos

(Fragmento)

 

[1998]

 

Un pote con miel, un platito de cerámica portando nueces, un paquetito con un compact dentro y junto a él un papel florido, escrito con mensaje amoroso, todo ello sobre el pequeño mantel. La disposición de los objetos ha consistido para mí otro lenguaje aprendido a lo largo de mi vida moldeada desde sus inicios por las artes. Esta disposición me emociona, es prístina concordancia, cualidad que devela inefablemente al amor. Amor no merecido (presiento, aunque no quiero decírmelo, temo con ello macular el don impalpable, el magnetismo inmanente fulgurando en el agrupamiento cósmico de los objetos, dictado a los dedos por el amor). En realidad nada de lo más hermoso que nos sucede puede ser merecido, esto es, no puede ser premio a nuestro afán por obtenerlo, pues el sólo habernos propuesto obtenerlo degradaría su carácter, convirtiéndolo en mero objeto de nuestro apetito. Sin ello sorprende, suscita la sensación de bondad infinita emanando su manifestación y en nuestro ánimo personal pequeñez, torpeza extrema, desvalida inepcia en tanto nuestros párpados se mojan. El paquete contiene un compact de Miles Davis que de inmediato pongo (en el ínterin he trasladado el reproductor portátil hasta bien cerquita de donde ya instalé la pava, sobre una esterilla peruana, y el mate, y la cucharita para la miel); los primeros sonidos perfectos,  vibrátilesvuelven a emocionarme mojando otra vez mis pestañas (todo muy en voz baja, todo con meticulosa prudencia, pues mi esposa y las cuatro chiquitas duermen). Chiquitas les digo, aún, aunque la mayor (nacida antes de nuestro encarcelamiento) va a cumplir 23 años. Y las que le siguen (nacidas después de la cárcel) tienen 14, 13,10. No ostentan la frecuente actitud individualista de los adolescentes, conservan, en cambio, la unidad magnética de los conjuntos armónicos, bien articulados. Ellas duermen pero antes de acostarse han dejado las cosas dispuestas para que yo a las seis de la mañana sea feliz mientras tomo mate; es el Día del Padre.

Muy pronto cumpliré 49 años.

He dado gracias a Dios de rodillas, en la penumbra del ancho comedor de nuestra casa. He dado gracias por esta familia unida de la cual formo parte, por todas las experiencias y los extraordinarios sucesos, tanto exteriores como internos, vividos a lo largo de la presente existencia. Que a veces me ha parecido larga. Otras veces corta. En la penumbra del comedor de nuestra casa tomo mate, mastico despaciosamente los óvulos granulados de las nueces, sorbo miel en lentas cucharadas. Ante mí la ancha y larga mesa de algarrobo, con sus doce sillas, sobriamente majestuosas, monásticas, premonición casual que aún no alcancé a escudriñar;  más allá el vector sutil que forman las delicadas cortinas pálidas, y por tras de los gruesos cristales escarchados con un ocre naranja, trascendiendo las complejas tramas que combinan las sombras multiformes de los variados árboles en el entorno exterior, y el resplandor, aún muy leve, del amanecer. ¿Qué meditaré hoy? Sobre el instante de mi nacimiento, me digo. Mas de inmediato se presenta en el panorama interior no el lejano primer desconcierto de la sala de partos con ruidos metálicos o el farfulleo de enfermeras y médicos sino otro relámpago, el del sol rebosante sobre la calle anchísima al cruzar hacia fuera la gigantesca puerta de acero de la cárcel, emerger de los tenebrosos pasillos, más otros ruidos, también metálicos: de autos, transitando no muy aglutinados en aquella lejana barriada de La Plata.

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[1974]  

Entrábamos y salíamos del local del FAS en cualquier momento del día; los muchachos y chicas –casi ninguno superaba los 22 ó 23 años y muchos tenían menos de 20– llevando carteles, trayendo maderas y volantes en pilas, con libros bajo el brazo, despeinados, con el pelo corto para no tener trabajo con él, de vaqueros y zapatillas, sin el menor cuidado por el aspecto exterior, chicas rubias y hermosas con el pelo suelto y una bufanda agujereada al cuello, muchachas morenas y esbeltas, con los vaqueros remendados en las rodillas y en las nalgas (tal vez su padre era dueño de una fábrica, pero allí todos nos igualábamos, todos queríamos ser “proletarios”). Era muy bueno vivir aquello y no me arrepiento, pese a la tragedia que sobrevolaba cada atardecer y a lo que vino después. Argentina vivió en aquel momento un tiempo de florecimiento espiritual y los jóvenes éramos sus protagonistas.

Yo estaba con Renzo Di Giovanni sentado en una de las galerías cuando vino Laysa y me tapó con su campera roja la cabeza desde atrás. Yo no sabía que era Laysa pero lo intuí y su perfume hizo que mi corazón se alegrara con flores, una indiferencia de segundos, la seguridad del afecto en la oscuridad y luego los ojos azules de mi amiga sonriendo bajo su melenita rubia y suave que se agitaba como hija de sol. Ella tenía diecinueve años y era tan hermosa como una actriz de televisión (o mucho más). Pequeñita y ágil, cuerpo griego, yo no sabía casi nada de su vida personal; apenas que su padre era judío y muy rico, que estudiaba sociología y por algunos datos,  montonera, de la “Columna Sabino Navarro”.

La “Columna Sabino Navarro” de Montoneros era una escisión cordobesa, los sectores más izquierdizados de Córdoba, que luego de un proceso de crítica a la derechización de la dirigencia montonera, terminó alejándose de la organización armada para constituir una facción propia. Seguían reivindicándose “peronistas”, pero en la actualidad se habían acercado al FAS.

El FAS, a su vez, era un frente de izquierda (la sigla significaba “Frente Antiimperialista hacia el Socialismo”), que concitaba a las principales organizaciones políticas revolucionarias, pero que, al momento, se había ido convirtiendo en un conglomerado de sectores conducido por el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), que a su vez dirigía el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).

Esa tarde me sentía particularmente feliz. Caminábamos con Laysa por la ancha avenida Chacabuco hacia el parque y el frío sorpresivo de aquella mañana se había convertido hacia el atardecer en una brisa tibia, que devolvió la primavera a las calles; los autos iban y venían lejanos, nuestros sentidos iban flotando, en serena comunión. Un solo pinchazo de inquietud me atacó, cuando recordé el rostro sorprendido de Renzo al ver a la muchacha hermosa que me buscaba (ella había salido de una reunión) y sorprendí en sus ojos un dejo de tristeza.  Renzo era inválido; tenía un defecto irremediable en las piernas, provocado por haber tenido cuando niño poliomielitis. Su cuerpo se había desarrollado desmesuradamente cargado de carnes hacia arriba, dejándole como suspenso en sus brazos, poderosos, que manejaban las muletas de metal sobre un par de piernecillas minúsculas que pendían desde el corpachón, muertas.  Aventé mi inquietud y mi conmiseración, porque esa tarde quería ser feliz. De hecho, físicamente ya lo era, caminando por la avenida Chacabuco junto a Laysa, entre la brisa tibia y el rumor de los autos, llevando los dos nuestras camperas al hombro, acariciándonos sin decirnos nada, ni siquiera tocarnos, sólo con la energía vital de nuestros cuerpos, que se había unido a nuestro alrededor, envolviéndonos.

Estuvimos un largo rato en el parque. De tanto en tantos nos besábamos, pero una característica saliente de aquella relación era que todo el tiempo conversábamos. ¡Teníamos tanto para hablar! La política de las diferentes organizaciones armadas, el amor según los conceptos de Erich Fromm, su “carrera” de sociología… Éramos felices conociéndonos, no necesitábamos del acto sexual. Además, ella era judía, y esto constituía para mí una atracción adicional.

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