09/03/06
La aurora
Caído se le ha un clavel,
hoy, a la aurora del seno...
¡Qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!...
...desde el lecho escuchábamos los versos, recitados por la voz modulada, cadenciosa, melódica, de mi padre. Los conceptos dibujaban una danza como de humo suave en nuestras recién venidas conciencias. Gustavo, en la cama de al lado, no sé si escuchaba, supongo que sí. Nos quedábamos quietecitos, hasta que llegase la hora en que nuestra abuela viniera a despertarme para desayunar.
Mi padre, mientras se afeitaba con la puerta del toilette abierta, cada mañana articulaba un poema diferente con su voz que nos parecía notablemente superior a la de cualquier otro, incluyendo a Oscar Casco:
Una tarde de otoño subí a la sierra
y al sembrador, sembrando, miré risueño.
¡Desde que existen hombres sobre la tierra
nunca se ha trabajado con tanto empeño!
Quise saber, curioso, lo que el demente
sembraba en la montaña sola y bravía;
el infeliz oyóme benignamente
y me dijo con honda melancolía:
-Siembro robles y pinos y sicomoros;
quiero llenar de frondas esta ladera,
quiero que otros disfruten de los tesoros
que darán estas plantas cuando yo muera.
Para nuestros oídos de niños, cada concepto adquiría un valor misterioso, trascendental, pues nuestro padre -junto a nuestra Abuela Jita, el Papaviejo, nuestro Tío Mariano y Agustín- conformaba una especie de Consejo Superior de la existencia humana, todos cuyos actos, hasta el más mínimo -aunque mi padre no podía efectuar actos mínimos- tenía algún sentido referencial que nosotros, niños, debíamos empeñarnos en discernir cómo aplicar. Había adoptado esta convicción de un modo tácito y la ejercitaba cada día de mi existencia. Entonces, a los seis años, iba a segundo grado (un alumno aventajado); Gustavo era considerado aún demasiado pequeño para la escuela, se quedaba en casa.
Después venía la Mamáviejita; suavemente deslizaba su mano rugosa sobre mi frente; luego de unos segundos podía escuchar a su voz tranquila susurrarme:
-Levante, muchacho... ¡ya está listo el matecocido!...
¡Matecocido con chipaco!... era el desayuno nuestro. Uno podía comer cuantos chipacos se le antojara, incluso era animado a eso por su abuela; el tema es que comerse un chipaco entero no es muy fácil, aún para el más glotón: son panes circulares, de unos 10 a 12 centímetros de radio, con una masa medulosa cuya corteza resulta semejante al hojaldre y se va haciendo cada vez más mullida hacia el interior, constelado de chicharrones. Pocas combinaciones de la gastronomía universal, comenzando por Babilonia y terminando por Maxim´s en Paris, deben de haber acertado con una combinación de gustos tan sublime como la compuesta por el matecocido con chipaco de los santiagueños.
Mi padre, ajustándose la corbata negra frente al espejo, continuaba:
Hoy es el egoísmo torpe maestro
a quien rendimos culto de varios modos:
si rezamos... pedimos sólo el pan nuestro.
¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!
En la propia miseria los ojos fijos,
buscamos las riquezas que nos convienen
y todo lo arrostramos por nuestros hijos.
¿Es que los demás padres hijos no tienen?...
Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre
y, en las guerras brutales con sed de robo,
hay siempre un fratricida dentro del hombre,
y el hombre para el hombre siempre es un lobo.
Yo me sentía abrumadoramente próspero frente al tazón con matecocido humeante y alrededor de la canastilla con chipaco dos o tres botellones con mermelada, de higos, de membrillos, de zapallitos... ¡Cuánta gente se preocupaba por mí! ¿Es que los demás padres hijos no tienen? ¡Sin hacer absolutamente nada para merecerlo yo tenía cada mañana un desayuno como para cinco más, luego podía caminar hasta la escuela imaginando historias por el camino, allí sólo me divertía y peleaba a trompadas de vez en cuando, para volver al mediodía y encontrar el almuerzo listo, asado, bifes, milanesas, locros, sopa, pucheros abundantes, en fin, que me proveían de tantas energías que después debería esforzarme por encontrar juegos tan intensos como para que no se acumularan en mí, causándome inquietud!
Mi padre usaba sólo corbatas negras. Esto era mencionado como un misterio, a veces, durante su ausencia. Y si alguna visita le preguntaba a mi abuela: "¿Por qué Julio usa siempre corbata negra". Mi abuela: "Él usa corbata negra", solía contestar, impenetrable. El vestuario de mi padre contenía códigos rituales: podía usar trajes grises, marrones, azul oscuro o negros, según la oportunidad. Pero siempre usaba corbata negra. Y zapatos negros, de cuero simple, sin el más mínimo adorno: detestaba los "detalles". Su ropa tenía que ser simple, de un solo tono. Podía usar sombrero marrón, si el traje lo permitía, o negro, o gris. Solo la banda siempre tenía que ser negra. Las alas no debían ser muy anchas y se lo colocaba apenas inclinado sobre el lado derecho de la cara.
Por eso cuando al mundo, triste contemplo,
yo me afano y me impongo ruda tarea
y sé que vale mucho mi pobre ejemplo,
aunque pobre y humilde parezca y sea.
¡Hay que luchar por todos los que no luchan!
¡Hay que pedir por todos los que no imploran!
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!
¡Hay que llorar por todos los que no lloran!
Hay que ser cual abejas que en la colmena
fabrican para todos dulces panales.
Hay que ser como el agua que va serena
brindando al mundo entero frescos raudales.
Hay que imitar al viento, que siembra flores
lo mismo en la montaña que en la llanura.
Y hay que vivir la vida sembrando amores,
con la vista y el alma siempre en la altura.
El sombrero ya estaba sobre su cabeza, constataba que en su bolsillo interior contaba con la lapicera; mientras se abrochaba el primero de dos botones, concluía:
...Dijo el loco, y con noble melancolía
por las breñas del monte siguió trepando,
y al perderse en las sombras, aún repetía:
¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!...
Salía sin hacer ninguna recomendación, cerraba la puerta sin hacer ruido y dejábamos de verlo. Entonces, como a las siete y media, yo solía calzarme, recién, el guardapolvos blanco para ir a la escuela.
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08/10/05
Tit-Bits
El señor Pasté aparecía hacia las 8 de la mañana por la vereda viniendo del este. Llevaba con alta dignidad su enanez, y a diferencia de muchos tocados por ese sino, exhibía francamente su seriedad, con un toque a veces de malhumor. Se peinaba a la gomina, lucía bigote hitleriano, vestía un raro uniforme gris oscuro, como los presos o internos del hospicio, con un saco abotonado al cuello. Por esos tiempos los hombres indefectiblemente solían ponerse corbata al salir. ¿El enano quería manifestar abiertamente su diferencia y a la vez, que no le importaba? Estas reflexiones sólo se me ocurren ahora, ya que en ese entonces me interesaba principalmente lo que traía bajo el brazo: un apretado bulto, sostenido con un cinto, que en su extensión rodeaba su pecho para dar vuelta pasando sobre su hombro y espalda hasta terminar envolviendo todo incluso el bulto. El bulto con revistas. Revistas de política, revistas para la mujer, revistas deportivas... revistas de historietas.
Mi abuelo acababa de salir aquella mañana y yo me había quedado mirándolo desde lejos, apoyado en la verja entre los ligustros que parecía haber sido hecha a la medida justa para que apoyase mis brazos con comodidad. Elegante, mi abuelo esperaba el colectivo al otro lado del boulevard, cuando simultáneamente llegó hasta mí el señor Pasté. Lo detuve para preguntarle si ya había llegado Tit-Bits. Me dijo que sí y mi ansiedad me hizo subirme esta vez completamente a la verja -tenía ya tres años y medio- observando con ansioso arrobamiento al Señor Pasté destrabar la gruesa hebilla con que aseguraba las revistas, hasta extraer la revista luego, con el mismo cuidado con que un joyero sacaría un diamante del estuche... ¡Tit-Bits era de tamaño muy grande! ¡Casi como un diario (luego sabría que ese tamaño se denominaba "tabloid")! ¿O nosotros, cliente y revistero, eramos demasiado pequeños? "¿Cuánto cuesta?", pregunté. "Cuarenta y cinco centavos", dijo el Señor Pasté. "¡Espere un poquito", pedí, y sin más grité "¡¡¡Papavejoooo!!!", antes de salir disparado hacia donde mi abuelo esperaba el colectivo "¡Dame cuarenta y cinco centavos!" Mi abuelo Brígido esperaba entre varias personas, la mayor parte de ellas mujeres, elegantes, pues en ese entonces la gente se calzaba para ir al centro sus mejores ropas, él mismo llevaba un traje marrón con finas rayas hecho a medida, corbata ocre, zapatos abotinados y relucientes. Volé por entre los pinos y las flores del boulevard alcanzando a mi abuelo, quien esbozó un rictus de impaciencia enseguida ahuyentada por mi manita extendida como pude percibir en la infinitesimal humedad de sus ojos verdes e introduciendo con cierta dificultad sus grandes dedos -en el horizonte oeste aparecía ya el colectivo- extrajo del bolsillito delantero de su pantalón, bajo del cinto, las monedas que le pedía y las puso en mi manita.

Por alguna razón que desconozco me había criado hasta los tres años con mi tío Agustín y mis abuelos. Como ya dije en otra parte (creo) mi papá era como una visita, que aparecía de vez en cuando trayendo en sus manos Gatito, y es uno de mis mejores recuerdos. De la vida en el campo, con mi tío y mis abuelos, en cambio, tengo muchísimos recuerdos, todos gratos, todos medulosos para mi existencia. Ya hablaré de ellos; es que me he propuesto hoy hablar de las historietas (cosa que también tendré que hacer en varias etapas, pues representaron uno de los factores más importantes para la formación de mi carácter en aquel periodo). El otro factor, un poco más tarde, fue la música: precisamente aprovechando esa debilidad fue que mi madre logró que diera mi asentimiento para trasladarme a vivir con ellos poco antes de mis cuatro años. Mi abuela me recriminaría, con frecuencia, más tarde: "Te has ido con ella

A partir de ahí, empecé a calcular cuántas veces por semana mi madre podría tolerar que me tocara a mí precisamente El Negro, y combinando la entrega de las monedas con otras donde mentía para ahorrar, fui desarrollando un sistema administrativo por el cual fui accediendo cada vez a más revistas. Pues ahorrar tres boletos me permitía comprar un Misterix, cuatro un Patoruzito... Cada uno de estos ocultamientos me provocaba una torturante desazón, pero que veía pese a mi corta edad como inevitable dada la injusticia de las reglas asfixiantes. ¿Quién me había enseñado que eran injustas? Nadie. Por eso precisamente es que las vivía con muchas dudas, y por eso también me torturaban. Pero como ya dije en un momento no muy lejano iban a aflojarse las limitaciones para mí en este campo, pues con el divorcio de mis progenitores y el regreso al cuidado laxo y amoroso de mi abuela, si bien no lograría independencia plena respecto de las historietas, pues mi padre también se oponía -pero a su modo, más bien cultural-, a ellas, la norma del boleto desapareció (quizá mi papá, que trabajaba como maestro en el campo nunca la conoció) y empecé al menos a exhibir sin consecuencias mis colecciones de Rayo Rojo y Misterix, que por entonces ya habían crecido bastante.
El momento en que se fue mi madre coincidió con el periodo más feliz de la actividad historietística en la Argentina. Fue cuando empezaban a salir las magníficas publicaciones de Ohesterheld, Hora Cero y Frontera, destinadas a revolucionar este arte no sólo en nuestro país sino, según creo, en el mundo entero. Si bien las creaciones de Alex Raymond y otros artistas norteamericanos ya habían llevado el arte a niveles extraordinarios, la introducción de las geniales tiras de Ohesterheld -secundado por una increíble pleyade de dibujantes de la talla de Breccia, Hugo Pratt, José Luis Salinas, Carlos Roume, Solano López...- establecerían un arrollador tono particular, jamás expresado de tal manera y en conjunto luego, que a falta de alguna denominación más técnica por ahora sólo puedo llamar "argentino". Fue un momento único y luminoso de nuestra historia, nunca vivido antes y no repetido después, que me tocó vivirlo a mí junto a los de mi generación, del cual comprendí más tarde recién su gran valor -pero cuya incomprensión racional no me impidió vivirlo con intensidad extraordinaria en su momento. ¡Ay! No siempre, o mejor dicho, en numerosísimas oportunidades, no podía obtener por mi cuenta o de mis mayores el dinero suficiente para adquirir TODAS

las hermosas revistas que por entonces se publicaban. Pues en una seguidilla fascinante, comenzaron a aparecer, además de Hora Cero y Frontera, semanales, "Hora Cero Extra" y "Frontera Extra", quincenales creo, en tamaños más grandes y con episodios completos, lo cual venía a desentrañar en nuestra imaginación algunos aspectos misteriosos de las personalidades que ocupaban la acción semanal, y de otro modo no hubiésemos conocido (eso creíamos). El problema de los recursos financieros siempre ocupaba un lugar problemático. Yo me esmeraba en hallar soluciones, ejerciendo mis primeras estrategias de sobrevivencia. Por otra parte, después del ausentamiento de mi madre el dinero volvió a fluir desde mis mayores hacia mis manos de un modo más rápido: nunca con la abundancia que hubiese querido, pero nuevamente tenía acceso a las billeteras de mi abuelo, mis tíos Mariano y Agustín, mi propio padre, todos ellos muy difuminados durante el periodo de la dominación materna. Era mi abuela Corina, sin embargo, quien actuaba como un ángel incesante (aún no suficientemente valorado por mí) presto siempre a satisfacer hasta nuestros más mínimos intereses (pues desde el interregno materno mi realidad sentimental se había completado al reintegrarme la presencia de Gustavo, mi hermanito, de quien en los primeros tres años poca cosa me fuera dado conocer). Gustavo era un niño pacífico y de modos aplomados; actuaba de tal manera como un complemento perfecto para mi carácter volcánico y apresurado.
Por esos tiempos teníamos en Santiago, afortunadamente, varios sitios donde compraban, canjeaban y vendían "revistas viejas". La mayor parte de ellos estaban en el mercado "Armonía", que era un centro comercial muy al estilo de la Colonia, caótico y multifacético. En un edificio gigantesco, de tres plantas, construido en forma de arcadas alrededor de un inmenso atrio central, se acumulaban casi encimándose innumerables puestos de venta, donde se podía encontrar cualquier tipo de alimento regional que se nos ocurriera, y también ropas, arneses para los animales, mates, facones, objetos de plata, yuyos curativos, toda clase de condimentos en estado natural, animales de granja vivos... etcétera. El mercado Armonía era además un espacio cultural de intercambio vertiginoso, donde se reunían las gentes que durante generaciones vinieran emigrando desde el campo a la ciudad, con sus familiares y amigos que aún seguían allí. Un bullicio de conversaciones en aluvión envolvía al paseante que ingresaba al lugar, diálogos en los que se percibía el brillo de la alegría en el aire, palabras o conversaciones enteras en quichua, tonadas distintas -incluyendo porteñas, pues desde principios de siglo había comenzado la diáspora hacia Buenos Aires, que los santiagueños subsanaban regresando cada vez que podían a este "pago" especial que, nunca supe bien por qué razón, todos amamos tanto.
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08/09/05
Sufriendo por amor
Por suerte los años fueron trayendo el aquietamiento de mi alma, y la capacidad de permanecer alejado de los entusiamos que luego suelen originar las penas.
Debido a un proceso natural, por cierto. Mas también por la comprensión de que, generalmente, solemos llamar "amor" a un sentimiento posesivo. El mismo que lleva a un pintor a plasmar en la tela un paisaje, con la ilusión de inmovilizarlo para siempre.
Actualización: 22 de septiembre
Me enamoré por primera vez a los 14 años. La muchacha se llamaba (¿se llama? no volví desde entonces a verla) María Elena Paz. Su figura se me apareció entre tules una tarde gris, cuando regresaba de piano. Gustaba hacer el relativamente largo camino -unas 35 cuadras- a pie. Constantemente iba pensando. En ese medioensueño de mis ideas levanté casualmente la mirada. De tras de un ventanal, con cortinas blancas, semitransparentes, vi su rostro y su impecable aliño rosado. Llevaba el pelo atado con moños a los costados. Me enamoré. Era el tiempo en que Leo Dan triunfaba en buenos aires con su tema "María Elena", que decía:
María Elena,
tu boquita es flor
y tus ojos...
¡ay qué lindos son!
En esencia la cancioncilla de Leo Dan era estúpida, como todas ellas, mas a un alma estimulada por las ilusiones servía para contribuir a su ordenamiento en un mundo redescubierto donde todo parece orientarse hacia el núcleo surgido repentinamente en el amor.
Fue un amor platónico. Durante meses viví mentalmente todo tipo de situaciones con Maria Elena, desde una serenata con mi guitarra bajo la luna llena (había averiguado que ella ocupaba la pieza cuyo balcón daba a la calle, donde la descubriera) hasta la de numerosos bailes de gala, donde bailábamos cual pájaros, ella en glamorosos vestidos largos yo en oscuros atuendos que acentuaban hasta donde era posible a un hombre hacerlo mi natural elegancia.
Necesitaba enamorarme (creo). Mi vida... ¿sentimental?... se había presentado bajo modos decepcionantes, hasta cruentos en mi breve existencia. La relación entre mi padre y mi madre había sido algo confuso para mi mente en los primeros años. Prácticamente vivían separados -pues él era maestro en una escuela muy distante de la otra donde mi madre enseñaba, y a la vez yo me criaba con un tío soltero, Agustín, y mis abuelos-. Ello hasta cerca de mis cuatro años. Puede decirse que casi comencé a conocer a mi padre y mi madre entonces, al mismo tiempo que a mi hermanito Gustavo, quien ya tenía unos dos años. Desde varios puntos de vista la experiencia fue algo decepcionante. Mi padre y mi madre tenían una relación como de perro y gato, atenuada por la educación y el refinamiento cultural de ambos, que no alcanzaba a ocultar una especie de rencor mutuo, activo y permanente, que se dispensaban.
Eso no iba a durar mucho, pues mi madre se fue de casa menos de un año después. A la edad en que los niños comienzan a interesarse positivamente por el sexo opuesto, nosotros con Gustavo éramos dos mozalbetes que se habían criado en completa ignorancia respecto de las mujeres y todo lo que a ellas se refería. Así que supongo que mi hermano vivía, en esas primeras etapas de intentos sentimentales, generalmente frustrados, haciendo el ridículo frecuentemente, por nuestra candidez e ignorancia al respecto.
19:35 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Blogs en Español
10/08/05
El Cristo de La Higuera
En 1967 me sucedieron muchas buenas cosas. El 19 de agosto, cumplí 18 años. Entonces obtuve mi carnet de conductor, para lo cual me había estado preparando desde el verano, tomando lecciones de conducción en una academia. Mi padre había comprado un auto flamante, Ford Falcon "Futura", modelo del año. Era un vehículo poderoso: blanco, techo negro, reluciente por todos lados, tapicería mullida, radio con FM y casettera. Yo le había ayudado a elegir. Pero aún no podía manejarlo tanto, porque sentía dolorido y frágil el pie derecho, debido a un accidente de motocicleta que tuviese en junio. Allí, me partí por la mitad un pequeño hueso del empeine. El
enyesamiento me había obligado a guardar cama durante unos quince días -a esa edad un verdadero castigo-; lo único que saqué en limpio de aquel período fue un simpático programa de televisión que descubrí. Era de un tal Publio Araujo, elegante criollo cincuentón, que conducía una hora de presentaciones folclóricas por Canal 7 -por entonces el único canal de televisión en Santiago.
No es que tuviera demasiado para elegir: las emisiones televisivas, por aquel tiempo, comenzaban a las seis de la tarde y terminaban a las doce de la noche. Mayormente difundían series yankis, y aparte del noticiero casi no había programas locales. Uno era el de Nacho Araujo, locutor atildado, un tanto empalagoso y remilgón, proveniente de las últimas generaciones radiales... y me parece que además, solamente el de Publio Araujo. Este ciclo se actuaba, directamente, todos los días a las siete de la tarde.
Por esos tiempos yo era feliz; sin exageraciones, tenía mi buen pasar. Se habían apagado los reproches por mi abandono del colegio, para dedicarme a "trabajar" con la guitarra, y aunque cada año mi padre insistía en que volviese a la escuela, me iba aposentando en la obstinación asumida originalmente, a cada mes que pasaba llevándome un poco más cerca de la "mayoría de edad".
Los 18 años me tomaron entonces como "músico profesional" y caminando con bastón. Gustaba por entonces de vestir con afectada elegancia, dentro de la moda epocal, que ya había deglutido al hippismo. Con los dineros obtenidos por mis actuaciones, compraba pantalones y zapatos a discreción, me había mandado a hacer a medida unas 18 camisas, aparte de contar ya con gran número de cintos, remeras, zapatillas, etcétera. Ni por asomo se me ocurría comprar un libro, menos leerlo.
Tenía dos amigos muy cercanos, singularmente obtenidos luego de que ambos me odiaran por mi talante presumido antes de conocerme. Uno era el "Gallego" Dougnac, con quien veníamos desarrollando esta amistad desde 1966, año en que él fuese llamado a España, para cumplir con su servicio militar. Otro, Ramón Marcos. Mis afectos hacia Carlos E. Sánchez, que fuese mi mejor amigo desde 1964, se habían ido enfriando, por razones que en otra parte contaré, limitándose ahora a nuestras relaciones como compañeros del conjunto musical, mundo donde yo mismo lo había introducido. Pero el Gallego estaba en España, así que me quedaba solamente Ramón Marcos. Por cierto, tenía también otros amigos... estaba Tito Únzaga, además de Hugo Mansilla, Manolo Gómez Aguilar y otros que en realidad ya formaban sólo un amplio horizonte de relaciones que se iban difuminando en intensidad a partir de los mencionados.
Así las cosas, el 21 de septiembre conocí a la que iba a ser mi primera novia. No es que no hubiese tenido relaciones sentimentales -y hasta algunas, aunque muy pocas, sexuales- con otras chicas, no. Sólo que esta sería la primera a quien consideré "una novia", por la seriedad que estaba decidido a infundir a nuestras relaciones y por una crisis que entonces atravesaba, debido a la cual me sentía ¡a los 18 años! un falso "Don Juan" deplorable e impío, angustiosamente dispuesto a "enmendarme".
Ocurrió así: todavía algo rengo por lo de la moto, entré a una de las tantas "Fiestas de la Primavera", organizada por un tercer año de la Escuela Normal. Allí saqué a bailar a una bonita chica, de la cual recuerdo ahora solamente que se apodaba "Guti". Pero de un momento a otro, con el "juego de la escoba" me vi con otra pareja en mis brazos, esta vez una muchacha bastante más alta, flaca, de anteojos, quien me diría enseguida que se llamaba Silvia Castro García. Sospechosamente el juego de la escoba terminó, apenas hubimos cambiado nosotros de parejas. Luego me enteré de que había sido una artimaña, para arrancar a Guti de mis brazos y echarla en los de Hugo Rojas, con quien desde el comienzo las chicas de su barra -entre ellas Silvia- querían hacerla encontrar. Lo cierto es que terminé bailando, toda la noche, con Silvia Castro García, quien me invitó a un picnic que harían al día siguiente. En esa finca iba a comenzar, entonces, nuestro noviazgo.
Pero en octubre de 1967 iba a ocurrir, también, la muerte del Ché Guevara. ¿Y a mí qué podía importarme eso? Sin embargo, misteriosamente, me importó... ¡y mucho! Mi padre compraba casi todas las revistas que salían, por una voracidad lectora que lo arrebataba, a diferencia de mí, que sólo miraba las figuras. Pero, ¡qué figuras! Hojeando Life en Español, O´Cruzeiro, Siete Días Ilustrados, uno se encontraba por entonces con extraordinarias fotos de lo que ocurría en el mundo, con seguridad fundando las bases del fotoperiodismo contemporáneo. Allí, precisamente en la revista Life en Español, fue que me encontré de pronto, al dar vuelta una página, con aquella fotografía del Ché Guevara... ¿Qué ocurrió en mi alma? No lo sé. Lo cierto es que me sentí irresistiblemente invadido por unas profundas ganas de llorar. Por poco lo hago: miré a mi alrededor un tanto despavorido, pues en mis tierras suele estimarse de "maricones" a los hombres que lloran... no había nadie, sólo yo,
sentado en el gran canapé central de la oficina de mi padre, y una silenciosa empleada que acomodaba papeles, a lo lejos, en la dependencia siguiente... Pero ya había pasado el momento. Recuperada la calma, seguí con mi inspección rutinaria de imágenes, viendo tal vez algunas de Ted Serious -que por esos tiempos asombraba con sus "fotografías psíquicas", logradas al mirar con fijeza una cámara-, o quizá Brigitte Bardot. No lo recuerdo. Sólo recuerdo esa foto, que iba a influir tan profundamente en mi vida, no la he olvidado hasta hoy.
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