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26/06/16

Carmina

rock, 60s, baile

A María del Carmen Petraglia la conocí una noche de carnaval del año 1966. Habíamos tocado en varios lugares esa noche y yo andaba bastante cansado. Ya pulsaba mi guitarra eléctrica automáticamente, prestando más atención a lo que sucedía en la pista de baile que a lo que estábamos haciendo. Nos tocó subir al escenario del Club Huaico Hondo y por enésima vez repetir el ciclo: “temas furiosos - decrecer - uno o dos lentos en el medio - rocanrrol al final”; y en eso estaba, mientras me distraía paseando la mirada por sobre los que bailaban. Desde el escenario la vi. Ella bailaba suelto; su cabellera larga y rubia se destacaba en la multitud. Noté que sobrepasaba en estatura a su acompañante. Como aún nos faltaba una actuación más, no pude sacarla a bailar.
Después de tocar en otro club cuyo nombre no recuerdo, regresé, solo, al Huaico Hondo BBC, para ver si la encontraba. La hallé y la invité a bailar. Pero no habíamos bailado tres temas aún, cuando el baile se terminó.

Salimos con la multitud a la calle, además de ella y yo, su amiga y el hermano. Amanecía ya. Por cierto, al despedirnos, le di un beso (muy casto). De tal modo comenzó una de esas relaciones que elegiría sin vacilar si tuviese que ejemplificar lo que me sugiere la palabra “adolescencia”.
Yo tenía quince años, Carmina dieciséis. Mi tío Lautaro la llamaba “Vikinga” y tío Jaime, que debía ver naturalmente el lado cómico de las cosas, dijo que tenía la nariz como una zanahoria. Me llevaba como una cabeza de altura (pero tuvo el buen tino de no usar taco alto ninguna de las veces que salió conmigo, en esa primera etapa). Sólo llegaba a nivelarme con ella cuando calzaba sandalias o zapatillas. Fue ese primer obstáculo el que casi me aparta de Carmina. Como buen machista, me daba vergüenza que una mujer pudiera ser más alta que yo. Me acuerdo la desazón que sentí al invitarla a bailar y empezó a “desenrollarse”. Esa noche andaba de taco alto y casi me doy vuelta y la dejo sola en la pista cuando me acerqué para tomarla de la cintura y comprobé lo grandota que era. Pero ya mis sentimientos se habían puesto en aquella actividad interior que se suscita cuando el instinto avisa de la posibilidad de una aventura exitosa (con una pieza, además, muy codiciable).
La noche siguiente nos encontramos, como a las nueve, en la placita San Roque. Yo fui con Pecho –para su amiga Leticia –que era más delgada y alta como ella, sólo que marcadamente morena. Leticia tenía, ahora que lo pienso, cierto parecido con la cantante norteamericana Joan Báez.* Estuvimos allí, en un banco umbrío de la plaza largo rato, hablando de tonterías probablemente, pues cuando alguien nos agrada el interés de la conversación no reside en lo que se dice sino en los interlocutores. Pecho hacía la payasada de tratar de embocar el cigarrillo en los labios tirándolo desde la cintura (como en la película de Godard). Cuando regresamos, se había nublado, y por ese fenómeno tan frecuente en esas noches el cielo había adquirido aquel irreal resplandor violáceo que al mismo tiempo me agradaba y me inquietaba. Se nos dio en caminar por dentro del canal San Martín, que estaba sin agua. Como uno va calculando, cuando anda en plan de seducción, paralelamente a lo que se dice o se hace, cuáles son las condiciones más propicias para el éxito de su conquista, creo que la idea fue mía, ya que la hondura del canal –sus bordes llegaban hasta más arriba de nuestras cabezas– brindaba una buena protección contra miradas de transeúntes ocasionales. Nos detuvimos exactamente a la altura de la casa de Leticia –donde ambas vivían–. Aquél era uno de los barrios más extensos de la ciudad y también uno de los más humildes –pues aunque en algunos lugares se podían ver casas de dos pisos, bastante grandes y bien arregladas, también uno hallaba familias que habitaban en ranchos pequeñísimos, de lonas, horcones y adobe, sin puertas ni ventanas. Estos eran los dos extremos, ya que la mayoría de los vecinos pertenecían a la llamada “clase trabajadora”, denominación que en Santiago engloba tanto al albañil como al dependiente de una tienda o al empleado estatal subalterno–, así que ninguna calle estaba pavimentada y muy pocas tenían faroles. Aquello no era algo que me rechazara por cierto y no sólo porque favoreciera el propósito que en aquel momento llevaba; yo sentía un íntimo placer, que ahora puedo llamar artístico, en vagabundear por esos lugares de la ciudad en donde la tierra se manifestaba con sus accidentes naturales, con sus colores y en donde podían hallarse las plantas regionales y los olores secos del monte como si el demoledor achatamiento de la urbanización, de algún modo, hubiese sido conjurado. Existe en esos caseríos humildes una delicadísima afinidad entre el paisaje natural y las formas creadas por los hombres. Como en un conmovedor coloquio las ondulaciones de la tierra se seguían, por ejemplo, con una verja de troncos rústicos que parecía parida por la tierra misma, pero que nuestros sentidos reconocían como hechas por los dedos humanos; un árbol majestuoso cobijaba, como acariciándolo, el techo de barro y ramas de un rancho. Caminamos, pues, por el canal seco, como si nos abrazara la tierra.
Me pareció que –como suele suceder en algunas muchachas que se inician en la práctica del amor– Carmina debía de haber reflexionado sobre el paso dado la noche anterior aceptando mi beso y estaría sopesando los pro y los contra de esa concesión, que como yo pensé, había sido muy rápida. Lo cierto es que esa noche estaba muy nerviosa; apenas aceptó que la besara dos o tres veces y no permitió a mi mano derecha descender más abajo de las vértebras lumbares, por su linda espalda, ni a la izquierda, ascender por su cintura más allá de las primeras costillas. Me dejó, lo reconozco, decepcionado. Unos días después me enteré de que un poco antes que a mí Carmina había conocido a un muchacho del barrio y le había hecho parecidas concesiones. Su vacilación oscilaba, entonces, solamente sobre la duda de con cuál de los dos quedarse finalmente.

Aquella noche no había sido feliz para Pecho.
En su caso, Leticia debía determinar con su aceptación el futuro de esta pareja, que nosotros queríamos armar desde afuera. Leticia, al parecer, gustó muy poco de Pecho. “Es una negra boluda”, me dijo Pecho al volver esa noche; palabras que me bastaron para comprender que la muchacha lo había rechazado. A menudo me he sorprendido de mi incapacidad para prever hacia quién puede volcarse el gusto femenino. Como en el gusto interviene tal multitud de elementos psíquicos particulares, variaciones sutiles de la conciencia y de lo inconsciente, además del procesamiento personal de las pautas sociales, sabido es que en cuanto a lo referido a las personas que nos agradan, terminamos enamorándonos siempre de nosotros mismos, pues nos enamoramos de aquellas que permiten, por su coincidencia con nuestros más deleitables factores íntimos, la proyección –aun en grado parcial, a veces– de dichos factores en ellas, proyección que, en la continuidad del proceso sentimental de mutua aceptación, se va haciendo cada vez más profundo, razón por la cual terminan los amantes, en una relación fructífera –como la de algunos matrimonios de varios años– pareciéndose asombrosamente el uno al otro. En aquellos tiempos yo ignoraba estas cuestiones, por lo que muy frecuentemente fracasaba en la elección de pareja para las amigas de las muchachas que salían conmigo. Pecho era rubio, alto ,con un físico de gimnasta y “de buena familia”, razones que según el criterio en boga tenían forzosamente que seducir a Leticia, quien era una muchacha de origen bastante humilde. No se me hubiera ocurrido jamás por iniciativa propia llevarlo, por ejemplo a Boy, que era la antítesis de lo que entonces se consideraba el tipo interesante. Sin embargo, fue Boy finalmente quien triunfó en esta lidia.
De un modo casual, al día siguiente Boy se coló en esta historia. Acabábamos de ensayar, en La Banda, cuando como generalmente sucedía luego de los ensayos felices, llegó el momento de cruzarnos chistes y cargadas mientras desarmábamos los equipos. Estábamos de excelente humor. Fue entonces que Boy me dijo: “gato, sos un flor de hijo de puta, te levantas las mejores minas y no sos capaz de compartir la otra gamba con un compañero del conjunto, siquiera” (esto era una broma con fondo serio, pues ellos sabían que Carmina salía siempre con su amiga y también del rebote de Pecho y ahora Boy –que se iba de boca cuando se trataba de mujeres– se estaba postulando en primer término para ocupar la vacante). Antes de salir insistió sobre el mismo tema. Yo pensé más en su motocicleta cuando le dije que viniera conmigo esa tarde. Después quise convencerme de que Leticia había actuado por lo mismo, pero ahora me doy cuenta de mi equivocación. Para mi sorpresa, pues lo consideraba bastante pavo, Boy fue la estrella de la jornada. Llevó a Leticia a pasear en su hermosa motocicleta colorada y la morena volvió encantada con el muchacho. No había manera de convencerlo para que me prestara la moto (el negro era muy mezquino y tenía presente además la tarde en que en un descuido se la había robado para irme hasta Clodomira, de donde volví a las tres horas, con el motor recalentado y el tanque vacío); el maldito estaba tan ensorbebecido por su triunfo inicial, que pretendía paseármela también a Carmina, quien estaba impaciente por subir. Fue preciso llevarlo aparte y amenazarlo con decir a Leticia que él era marcha atrás; solamente así me dejó salir al fin, no sin antes darme mil recomendaciones, a pasear en su motocicleta, llevando a Carmina atrás, aferrada a mi cintura. Había un sol increíble. Hasta las seis anduvimos como a ciento cuarenta, con Carmina, por la costanera. En ese lapso conquistó a Leticia.
A partir de allí, cada uno hizo sus propias citas y Leticia, en quien su interés por Boy superaba la misión que al parecer se había impuesto de cuidar la virginidad de su amiga –misión que sólo un año después, al saber quién era Leticia, iría yo a comprender– nos dejaba salir solos (cosa posible también gracias a que Carmina se había decidido por mí en su debate interior. Claro que todavía no sabía nada yo de tal debate. Lo supe abruptamente a causa del incidente que narraré a continuación).
Era una hermosa tarde del verano, fragante y fresco. Acababa de oscurecer, aunque en el cielo aun quedaban retazos color índigo. Me había bañado y perfumado para la cita, me había puesto la hermosa remera roja, de un tela que recordaba a cierto tipo de papel rugoso y agradable, que hacía unos días le había comprado al guitarrista tucumano de Los Kings y mi “famoso” pantalón blanco. En aquel tiempo me peinaba a la gomina. Mocasines rojos. La calle de tierra estaba desierta cuando llegué y como aún faltaban unos diez minutos para la hora, hice una visita de cortesía a mi tío Lautaro, que tenía su almacén y vivía a media cuadra de la casa de Leticia. Tuve que soportar las chanzas de mi tío Jaime, quien por casualidad estaba allí y se burlaba de la dedicación con que yo cortejaba a la “gringa narigona”. En mi familia se bromea siempre sobre los enredos de sus miembros masculinos con las mujeres, así que yo estaba acostumbrado a eso. Cuando golpeé las manos en casa de Leticia salió su madre a atenderme, pero al parecer todo estaba preparado para que me observara la familia entera; me presentaron a dos hermanas más, una tía y dos hermanitos, que me rodearon mientras esperábamos, en la puerta de un patio que precedía a la casa de adobe blanqueado, pues Carmina –me dijeron– estaba terminando de bañarse. No me presentaron al padre y yo por discreción no pregunté nada (luego supe que no había padre allí). El grupo me rodeó sin decir palabra y estuvimos en esa situación, para mí incómoda, hasta que apareció Carmina. Salió con un pantalón muy ajustado y una remera tenue. Luego de algunas recomendaciones de la madre de Leticia, en el sentido de que vayamos mejor hacia el lado del centro (más nos hubiera valido seguirlas) salimos. Yo quería caminar nomás por los alrededores. Me llevaba a esta postura la especulación con las sombras y la soledad del lugar, que sugería a mi imaginación un sinfín de posibilidades excitantes.
En un barrio tan humilde como aquél una mujer como Carmina debía llamar forzosamente la atención –digo mujer pues Carmina, a los dieciséis años ya lo era–; tan alta, curvilínea y rubia, con esa cabellera suavísima y larga cubriéndola como una lluvia de sol casi hasta la mitad de la espalda, era imposible que pasara desapercibida, en aquel medio. Caminamos largo rato por la orilla del canal, que ahora producía un melódico murmullo con su caudal reciente. Era noche de luna nueva, así que la oscuridad predominaba. Apenas como un resplandor flotaba en el ambiente un lejano reflejo de las luces débiles de las casas. Nos sentamos junto a un puente de troncos; Carmina empezó a tirar piedritas al agua. El momento era delicioso. Ambos callábamos, gozando del olor a hojas que traía la brisa, sin otro impulso que el estar allí, juntos, ella afirmada en mi pecho, yo rozando con mis labios la levedad de su pelo. Casi ni notamos a los tres tipos que se habían acercado, por el camino de la barranca, quienes a nuestra percepción sin pensamientos aparecieron como transeúntes fantasmales, hasta oír una voz aguardentosa que se nos dirigía:
–Hola, mi gringuita...
Uno de ellos se había acercado, mientras sus compañeros –dos sombras– aguardaban vigilantes a pocos pasos. Nos levantamos, sorprendidos.
–¿Así que vos me quieres joder a mí, porteñita?–continuó el que se había arrimado. El olor a vino de su aliento me llegó a través de la atmósfera liviana. Carmina retrocedió, pero por atrás corría el canal; de un salto el borrachín la tomó con su mano grande de la muñeca.
–¡Dejala!–grité –¿Quién mierda sos vos?
Mientras decía esto me acerqué con los puños cerrados (pero asustado por el tamaño del otro) al borracho, que había retrocedido, arrastrando a Carmina con él. Vi un pequeño refucilo y con un chasquido apareció la fina hoja de una sevillana en la mano de uno de sus compañeros.
–¡Vete, Pepín! –pudo articular Carmina, dirigiéndose a mí–... ¡Por favor, andá a buscar a la policía!...
–Vení, caquita –me invitaba el muchachón, haciéndome señas con su mano libre –¡Vení a quitármela vos!
–Estás borracho Gabriel... después te vas a arrepentir –le decía Carmina. Y luego, volviéndose hacia mí: –te van a matar, Pepín, andá a buscar la policía... ¡rápido, andá a la comisaría, que está aquí cerca!...
Abochornado, con vergüenza de mi impotencia, me fui lo más rápidamente que pude. Por el camino se me ocurrió pensar que ella lo había llamado por su nombre... ¡Cómo! ¿Lo conocía? Estábamos muy cerca de la casa de Leticia, así que avisé primero allí. La madre –se ve que era muy brava– agarró un rebenque y saltó, acompañada por la tía. “No llame a la policía, joven”, me dijo: “Yo me basto para estos trompetas”. Me quedé allí, cortado, sin saber qué hacer. Decidí ir a pedirle ayuda a mi tío Lautaro, que era un tipo grandote y forzudo. Le conté el asunto y mi tío decía: “Debe ser el Gabrielucho, que andaba saliendo con ella, antes que vos” y se reía: “¿Qué me voy a meter yo, si es culpa de la chinita, que se ha hecho la pícara con los dos?” Mi tía tampoco quería que Lautaro se complicara: “Es un buen muchacho, el Gabriel” –decía– “ahora andará un poco tomado, pero no le va a ir a pegar Lautaro... después vamos a tener problemas con la cuma Rosita, su madre...”. De nuevo salí a la noche, desolado.

Sin muchas ganas, empecé a caminar para el lado de la policía. Apenas habré andado unos cincuenta metros cuando me la encuentro a doña Ermenegilda –madre de Leticia–que la traía del brazo a Carmina. A rebencazo limpio los había corrido a los changos; “Ya le voy a contar a tu madre lo que andas haciendo, Gabriel”, le había gritado, “borracho y faltándole el respeto a mi huéspeda... ¡qué vergüenza! Y ustedes también... ¡vagos, sotretas, salgan de aquí!” Y ahí nomás empezó a revolear el rebenque. “No pegue, doña Erme, bromita nomás era...” gritaban los changos, atajándose como podían. Finalmente, habían huido. “No es nada –me dijo la vieja–, son muchachos buenos, trabajadores... los conozco a los tres...”. Yo estaba tan avergonzado que no podía hablar. Carmina ni me miraba y ahora, pasado el mal momento, noté que estaba temblando. Saludé a todos, un poco torpemente y me fui.
Después de aquel incidente, no quise ver de nuevo a Carmina. Por otra parte, aquella noche al despedirnos no se había dicho nada de un próximo encuentro. Ella no sabía mi domicilio, así que –en el caso hipotético de que deseara hacerlo –si me buscaba, le iba a ser muy difícil hallarme. Como si en vez de haber sido yo quien huyera esa noche todo hubiera sido un complot para ridiculizarme, estaba enojado. Me pasaba cada vez que algún suceso me dejaba (ante mi apreciación personal) como un débil, el no hallar paz por largo tiempo, razón por la cual muchas veces me había lanzado a acciones sin ningún porvenir, con el objeto de convencerme de mi valía, pues en el complejo sistema de balanzas que constituía mi equilibrio interior, causaba menos daño un fracaso que una huída. Cuando me sucedía, odiaba después todo lo que me trajera alguna reminiscencia del maldito suceso. Practicaba en mí mismo el aislamiento de las ideas relacionadas con aquello y tras bloquear psíquicamente la zona perturbadora, como si los hechos no hubieran existido, me dedicaba de nuevo a vivir tranquilo con mi conciencia. Como debía hallar una justificación no relacionada con mis actos, tomé al vuelo la cuestión de que sólo luego del molesto incidente, Carmina me habló de la identidad de aquel borrachín –quien por otra parte era un tipo como de veinte años, un viejo, para mí, en aquella época-que había bailado con ella varias veces, antes de conocernos y que como el lector imaginará a esta altura del relato, había sido el competidor que provocara tantas dudas en ella en un principio. Pasó una semana pues, sin que yo hiciera el menor esfuerzo por verla –en aquel momento creía que todo había acabado–, ni había modo al parecer de que nos halláramos. No ensayamos con el conjunto esa semana, así que tampoco vi a Boy. Sin embargo, supe después que ella me había buscado. Fue a visitar –con Leticia–a mi tío Lautaro, con la esperanza de que yo apareciera por allí. Leticia preguntó por mi dirección, pero no se atrevieron a venir a casa. Una tarde –me enteré después– habían pasado varias veces por frente de donde yo vivía, sin avistarme. Si me encontraban afuera –me lo dijo Carmina–iban a fingir que andaban paseando por allí, por casualidad.
La noche del entierro de carnaval debíamos tocar exclusivamente en el Parque de Grandes Espectáculos. Teníamos que hacer cuatro presentaciones, así que empezamos temprano. Había muy poca gente –serían las diez de la noche–, desperdigada entre las mesas que rodeaban la primera de las dos grandes pistas. Se acostumbraba que la orquesta comenzara a tocar temprano para atraer a los que se amontonaban en la puerta sin decidirse. Antes de ello, todos querían asegurarse de que el baile “esté bueno” y como “estar bueno” significaba que hubiera bastantes muchachas dispuestas a bailar, adentro, además de suficientes muchachos con intención de invitarlas, pero todo el mundo pretendía que hubiesen entrado previamente a ellos una buena cantidad de ambos, por el temor a ser los primeros, la gente se amontonaba en la confitería El Kacuy (donde con una cerveza o una coca se podía permanecer largo rato), frente a las boleterías, o en los senderos del Parque Aguirre, para observar el ingreso de los demás. Yo no comprendía muy bien esto de empezar a tocar temprano (aunque lo aceptaba con gusto, pues ganábamos tiempo) para que la gente se decidiera; mejor dicho, no comprendí la relación entre estos dos actos, pero, siempre con sorpresa, comprobada indefectiblemente que bastaba con que se oyeran los primeros sonidos de la orquesta, para que de afuera empezaran a brotar chicas y muchachos, apresurándose por entrar, como si estos sonidos hicieran el papel de precipitador químico en una solución. Los dueños de locales “bailables” tenían bien contemplado este fenómeno, de modo que nos indicaban habitualmente el momento de abrir la actuación.
Habíamos comenzado pues, a tocar. Es entonces que la veo, entrando, con su pelo rubio al aire y su pantalón blanco. De lejos adivino sus ojos siempre húmedos, esa alegría de encontrarme, la sonrisa de Carmina, que se mezcla siempre con un temblor de la boca, pues al parecer en su interior algo emparenta las alegrías con una especie de congoja vibrante, como en quien luego de haber caminado mucho tiempo entre gentes extrañas se encuentra con su madre y advierte recién estando en sus brazos la magnitud de su orfandad anterior y entre las sonrisas, llora; así parecía vivir Carmina sus alegrías, caminando por el delgado borde que separa la dicha de los dolores pasados, comprendidos cabalmente sólo en el momento de superarlos. Cacho Monges, tapando el micrófono con la mano, se da vuelta y me dice: «Ahí viene tu gringa». «No soy ciego», le contesto, haciéndome el superduro y sigo tocando. Carmina deja a sus amigas junto a la mesa y se acerca al escenario; «esta hermosa mujer», me digo, «me ha sido dada a mí», asombrado de mi propia suerte; desde un costado, me tironea la botamanga del pantalón, me saluda, contenta como una chiquilla y me pide que le dedique el tema «La juventud», de Los Iracundos. Se queda, después, con los brazos cruzados sobre el borde del escenario, la cabeza apoyada en los brazos, escuchando.
Caminemos apurados, con las manos en los hombros, con la fuerza que nos da el amor; natural es que luchemos, por un mundo mejor, con la fuerza que nos da la juventud... canta Cacho Monges y le guiña un ojo a Carmina. Ella hace fiestas. Me encanta su desprejuicio de muchachita porteña, que actúa con espontaneidad en un medio donde nadie la conoce.
Esa noche bailábamos tan juntos que las demás parejas nos miraban sin disimulo. Ella tenía que doblar el cuello, como una garza, para apoyarlo en mi hombro; eso me favorecía, pues su boca quedaba siempre al alcance de mi aliento, y estábamos casi todo el tiempo unidos; transpirábamos, nuestras humedades se mezclaban; su cabello me caía suave por la espalda, sus senos pequeños, durísimos, bajo su delgada camisa y sobre mi delgada remera, parecían a punto de reventar contra mi pecho; notaba claramente que no llevaba corpiño, los pezones endurecidos como bolitas de rulemanes se acurrucaban palpitando en el hueco de mis pectorales; el tapacierres de su vaquero blanco me hacía doler con su presión en la zona pelviana; apenas nos movíamos cubiertos por la multitud que tapaba la pista, pero nos movíamos lo suficiente como para demostrarnos nuestro amor; en esa ronda agónica, de friegas, abrazos desmayados y transferencia a los labios de la principal función sexual, estuvimos horas, sin prestar atención al moderado escándalo que concitábamos. Iba a ser nuestra última noche. Carmina viajaría al día siguiente.
Al finalizar el baile nos llevaron en la camioneta del conjunto hasta la casa de Leticia. Nos dejaron, en medio de la soledad del barrio, frente al portón y se fueron todos a dormir. A esa hora ya no había colectivos: el primero pasaría a las cinco. Eran las tres y media. La parada más cercana quedaba sobre la ruta 9, a dos cuadras de allí. “Vamos, te acompaño un rato”, me dijo Carmina. Por el camino, se quejaba: “ay, Pepín, no nos vamos a ver más”. Yo iba callado (como imaginaba que hubiera hecho Delon en parecida circunstancia); además, había llegado ese momento de la noche, tantas veces vivido en que, luego de acercarme al borde del exceso, suavemente mi cuerpo y mi mente parecen entrar en una honda calma, una dulce armonía conmigo y con lo que sucede, me siento en paz y no preciso ya del artificio de la palabra, me vuelvo pasivo, mi instinto percibe que no hace falta mi participación ya para que los sucesos devengan buenos, la noche se adueña de mí; de algún modo, la mujer que está conmigo nota ésto y se vuelve más activa, es ella quien me envuelve ahora, sus caricias me encubren por completo; como un niño, duermo... Hace frío... Carmina quiere darme tibieza con su cuerpo, pero ambos temblamos... Esto nos parece gracioso y nos reímos a carcajadas. “Somos unos tontos”, me dice: “¿por qué no volvemos a casa a buscar pulóveres?”. Lo hacemos. Me da un pulóver suyo, un “gordo” que me va bien. Ella se pone un chalequito mangas largas; reanimados volvemos al umbral que habíamos encontrado, como a un nido; de nuevo en sus brazos, duermo... entre somnolencias, siento sus labios suaves que van y vuelven por mi frente; me acaricia el pelo, sus dedos se enredan, ella los desata amorosamente, apartando cada hebra con cuidado; me entrego, me quedo inmóvil, las piernas dobladas entre las de ella, mis manos, juntas entre mis piernas; dormito; me envuelve el rostro como un velo su cabello... comienza a desparramarse un claror sobre el cielo, a verse el borde evanescente de las casas, el gris del pavimento; los árboles, flacos, se manifiestan adormilados, como antiguos amigos; a lo lejos, se ven dos faros...
–¡No!–me dice Carmina –¡No te vayas todavía!...
Decidimos esperar el ómnibus siguiente. El colectivero, solo, nos observa sin interés; al pasar lentamente a nuestro lado, me lo figuro un marciano en la panza de un monstruo luminoso. Recién en el tercero me voy. Una claridad rosada envuelve el caserío de Huaico Hondo.
–No ganamos nada con prolongarlo unos minutos más–le digo, recordando otra vez a El Samurai. Intento sacarme el pulóver, pero ella me detiene:
–Llevalo como recuerdo... de mí
Me ha pedido que no vaya esa tarde a la estación de tren, a despedirla. “Las despedidas son tristes”, acude al lugar común y seguramente lo cree. Pero esa tarde me llama por teléfono para decirme que vaya, que no puede soportar irse sin verme por última vez. Me llevo a mi casa de recuerdo, como suele suceder en estos casos, su rostro bañado en lágrimas, asomando a la ventanilla del tren hasta desaparecer y sus dedos largos agitándose en el aire.


La Plata, noviembre de 1981


* Dos años más tarde descubriría que Carmina era hija de un médico del Hospital Italiano y una profesora de inglés en Buenos Aires. Leticia, una de sus empleadas. Tal vez en otra oportunidad narre este segundo encuentro, el último. Para mi criterio, también luminoso y burbujeante.

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