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09/07/17

Charlie Moore

cordobazo1.jpgAlgún karma me puso en contacto involuntario con Charlie Moore. *
Nunca pude ver su rostro, pues permanecí con los ojos vendados los once días que pasé en el Departamento de Informaciones de Córdoba.
Sin embargo, escuché su voz. Conversaba en voz muy alta con Kent -otro militante quebrado, aunque menos espectacular- ...en lo que puede haber sido una cocina, al lado de la celdita donde cada noche me tiraban.
(Charlie) Era un tipo exaltado: hablaba de sus planes de alistarse como mercenario de los yankis en Namibia, cuando saliera en libertad. Y describía helicópteros artillados, que al parecer había visto en revistas.
Al ingresar a la cárcel, los compañeros me ilustraron sobre quién era. Uno de los pocos y extraños "loquitos de la guerra", provenientes de grupos de ultraderecha, que habían ingresado al ERP. Su puerta había sido un grupito inicialmente liderado por Joe Baxter, rosarino dirigente de Tacuara, amigo de Santucho. Baxter mismo murió en un extraño "accidente" al estallar el avión en al que viajaba.
Muchos años después -por el casual envío de material periodístico donde se incluían copias de la causa sobre el copamiento del Cuartel de Villa María, instruida por el juez Eudoro Vázquez Cuestas-, supe que "Charlie" nos había incluido, a mí y una amiga, Alicia Wieland, entre "los integrantes del comando que tomó el cuartel". Por cierto, yo no había participado de esa acción armada. Como tampoco mi esposa, Gloria Gallegos. Por el contrario, habiendo resultado muerto allí el médico José Luis Boscarol (cuñado de Gloria), colaboramos en la búsqueda de su cuerpo sin vida. Y debido a ellos nos habían detenido, con mi entonces novia, su hermana y su marido. Quitándonos el automóvil en que nos trasladábamos. Tuvieron presa a Gloria, su hermana y su cuñado 24 horas, y a mí 48. Luego nos liberaron. 

En 1979 fuimos trasladados unos 40 prisioneros desde diferentes cárceles hacia Córdoba. El propósito era "Reconstruir el copamiento", por orden de Vázquez Cuestas. La intentona golpista de Menéndez, y su posterior defenestramiento, evitó esa reconstrucción. De no ser así, posiblemente allí nos hubiesen fusilado a todos.
¿Por qué Charlie Moore me incluyó en su lista? ¡Nunca lo conocí, ni antes ni después! En una frase de su declaración (y también en su libro), intenta justificarse:
"Yo ponía nombres de compañeros", dice, "para que al iniciarles juicios legales, no pudieran matarlos, y así salvarles la vida".
Bueno. Me queda la duda de si Charlie al verme allí hecho una piltrafa, con los ojos vendados, sangrante y a mi esposa con nuestra hijita en brazos, al lado, nos tuvo lástima...
Aunque por poco no me fusilaron, después, a causa de ello.
¿Y por qué no incluyó a mi esposa? En tren de suponer, quizá fuera porque sus familiares habían presentado un Recurso de Amparo ante la justicia federal. Poniéndola, de inmediato, bajo la autoridad de un juez. 

 

* Copio abajo un artículo que escribí hacia fines de 2010, cuando Charlie Moore había cobrado gran fama, debido a un libro sobre su existencia publicado por un comisario cordobés, hijo a su vez de otro comisario de alto rango, asesinado por parapoliciales de la dictadura militar. Charlie, además, sería testigo en los juicios por delitos de Lesa Humanidad contra la plana mayor de la Policía y el Ejército, por numerosos crímenes, secuestros, robos, colocación de bombas -de las que acusaban a los guerrilleros- etcétera.

 

Madre Noche

Algunas consideraciones sobre el libro de Charlie Moore

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...un hombre que sirvió a la causa del Mal demasiado abiertamente y a la del Bien demasiado en secreto: el crimen de su época.
Kurt Vonnegut (Jr.)*

Por Julio Carreras

Hace poco más de un mes, durante una cena de funcionarios, repentinamente entró el secretario privado de la presidenta, Cristina Fernández de Kircher. Dirigiéndose a un diputado, le dijo:
-Ché, no puedo conseguir este libro que me ha encargado la señora... He recorrido todas las librerías de Buenos Aires y nada.
Uno de los que estaba cerca era un ex preso político. Escuchó el título:
-La búsqueda... de Charlie Moore.
Entonces dijo:
-Yo sé quien puede tener alguno para vender...
Los otros dos se le fueron encima y luego de una llamada, minutos después el automóvil oficial de Presidencia corría a la casa del “Mono Yeyo“, para comprar el libro. Distribuido en Buenos Aires por la Asociación Nacional de Ex Presos Políticos.
¿Cuál era la importancia de un libro, para que la presidenta de la Nación tuviese tanta urgencia por tenerlo? Hoy, 29 de noviembre de 2010 bien temprano, he terminado de leer, en apenas dos días, sus 375 páginas. Corroboro la opinión que espontáneamente expresé, apenas me narraron la anécdota: es un libro que debería leer toda la población argentina. Y por cierto me parece muy bien que lo haya leído, entre las primeras, la presidenta.
Quien lo escribió, en realidad, es un oficial de la policía Judicial de Córdoba, Miguel Robles. Y lo hizo muy bien. O quizá fue asesorado por escritores profesionales. Tiene la estructura literaria de una novela, con final edificante.
Su argumento: la represión ilegal en la Argentina. Narrada por un testigo privilegiado; alguien que, durante seis años, trabajó en las entrañas mismas de la bestia.

El juicio a Videla

Gomez2.jpg

 

El “Gato” Gómez, uno de los más temibles torturadores y asesino descripto detalladamente por Charlie Moore en su libro. (Foto del año 2010, tomada por Facu Martínez, de La Voz del Interior).

 

 

“Mediante teleconferencia desde Londres, Carlos Raimundo Moore prestó declaración en el juicio contra Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 29 represores en los que identificó y relató los hechos aberrantes cometidos por los policías imputados que pertenecieron a la Dirección de Informaciones de la Policía, la temible D2 durante la dictadura militar”, dice la información publicada el 23 de septiembre de 2010 por gran parte de la prensa argentina.
Charlie “reconoció a Calixto Flores, Mirta Graciela la Cuca Anton, Miguel Ángel el Gato Gómez, Yamil Jabour y Carlos el Tucán Yanicelli y dijo que integraron la Brigada de Operaciones de la D2”.
Luego “aseguró que en la D2 existía una Brigada Civil compuesta por integrantes de las Triple A y que en su mayoría eran casi todos delincuentes contratados”. Dentro de esta brigada nombró a “Chocolate”, un Brasileño que terminó expulsado por Telleldín junto a otros compañeros”.
Si bien negó su participación en cualquier brigada de la D2, Moore dijo que fue Romano quien hizo trascender los rumores de que él era un traidor. “Un día nos hizo cambiar, poner pantalones y mocasines, salimos y nos hicieron para frente a una fila de prisioneros que trasladaban a la UP1 para que vieran que yo era el gran traidor, pero el traidor fue el Coya” dijo.
Antes de la llegada de Telleldín a la D2, Moore dijo que “el primer militar en arribar fue un teniente que se hacía llamar Gastón o teniente Vargas. Con el paso del tiempo pudo descubrir que en realidad se trataba del capitán Verges que también llegó acompañado del capitán Quiroga”.
Además dijo que “desde esta dependencia policial perpetraron la colocación de bombas con un alto poder explosivo en diversos lugares para atribuirselos a la organización Montoneros”. Enumeró las que les pusieron a l ex juez federal Zamboni Ledesma, al Arzobispado de Córdoba, al Smata, a Cinerama y al Club Hebraica, varias de las cuáles fueron puestas por el “Gato“ Gómez.
“Cuca” Antón. La más terrible torturadora y enfermiza asesina del D2, según la describe en su libro Charlie Moore. 

Después de la bomba colocada en el cinerama, en noviembre de 1976 -episodio que se le atribuyó a Montoneros-, Moore fue trasladado a La Perla, donde rechazó el ofrecimiento para ocupar puestos de inteligencia. Luego fue trasladado a la D2 previo a pasar por el Campo La Ribera donde se enteró por boca del Gato Gómez que “él junto a Lucero habían sido quienes la habían colocado (a la bomba)”.
“Entre la innumerable cantidad de hechos que relató, Moore dijo que los miembros de la D2 asesinaron a doce policías entre los que se encuentran los crímenes de Fermín Albareda, acribillado brutalmente en la Casa de Hidráulica, en las inmediaciones del dique San Roque y de Robles cuya muerte fue simulada como un hecho de Montoneros durante años”.
Para 1977 en la D2 Moore dijo que además de él y su mujer “quedaban cuatro detenidos políticos, algunos testigos de Jehová y cuatro gendarmes porque ya había dejado de funcionar el Campo La Ribera como centro de interrogación y ya estaba abierta La Perla y la Dirección de Informaciones contaba con la Casa de Hidráulica en el dique San Roque como centro de exterminio”.
También dijo que “durante los primeros tres o cuatro años escribió en papeles de cigarrillo para armar todo lo que sucedía dentro de la dependencia policial y que a través de un correo trucho al que prefirió no mencionar, fue sacando hacia fuera toda la información que luego su madre llevó a Brasil en 1980. Ésto le permitió realizar su declaración en San Pablo en 1980, la cual sirvió como base de gran parte de los juicios de lesa humanidad en Argentina”.
Destacó en otro tramo de su declaración que en la D2 existía un especial trato con quienes eran judíos porque tenían un especial simpatía por el antisemitismo no con el nacional socialismo Nazi. En este tramo mencionó los crímenes de Diana Fidelman, “La pendejita Judía” y “la Jaimovich”. Aseguró que esto no sólo le sucedía a las mujeres jóvenes y relató como “el Gato Gómez “achuró” a una mujer de edad avanzada. También señaló que Yanicelli tenía un “serio serio problema“ por los crímenes que estaban cometiendo pero prefirió no decir de qué se trataba.
Moore ha sido nombrado por distintos testigos que pasaron por el juicio, como un detenido político, que luego pasó a colaborar con los represores y torturadores en el Departamento de Informaciones (D2) de la policía provincial.
Fue detenido el 13 de noviembre de 1974 y permaneció en las dependencias policiales con su esposa Mónica Cáceres durante seis años hasta que escaparon a Brasil. Al llegar a San Pablo realizó una declaración el 15 de noviembre de 1980 donde detalló el horror que había presenciado durante tantos años en la D2.
“Finalizando su declaración Charlie Moore dijo que el que pueda afirmar que puede vivir tantos años incomunicado está mintiendo, se establecen relaciones” y agregó que “en las condiciones de detención lo explotaron como un esclavito, lo trataron como servidumbre“.
Al comienzo de su declaración afirmó: “jamás pensé que iba a estar declarando en este juicio“ y explicó que pasado el juicio a las juntas en 1985 vino la obediencia debida y pensó que todo lo que había sucedido no se iba a saber más”. Al llegar el primer juicio contra Menéndez “recuperé la esperanza“ dijo. (Fuente: Diario del Juicio a Videla, Córdoba, resumen de prensa.)

Cuestiones personales

Por mi parte, las acciones y el nombre de Charlie Moore me persiguieron desde el mismo inicio de aquel fatídico año 1976. Yo tenía 26 años recién cumplidos, entonces. Y había sido detenido en San Francisco de Córdoba por el D2. Desobedeciendo mis ruegos y mis “órdenes“ (pues yo era el responsable para el Departamento San Justo del PRT-ERP), mi esposa había demorado en escapar. Y la habían detenido también, algunas horas después que a mí, en su búsqueda desesperada de un abogado, que intentase salvar mi vida. Para quienes no vivieron aquella época es necesario recordar que los diarios publicaban la aparición de quince o veinte cadáveres cada día. Acribillados a balazos, con signos de tortura: eran las señales de la Triple A (que en Córdoba habían comenzado a llamarse Comando Libertadores de América, lo cual tenía también un sentido político de preparación al golpe militar, como se verá al leer el libro de Moore).
Entonces nos hallábamos en aquel horrendo sitio de torturas, mi esposa, mi hijita de cinco meses y yo. (Después sabría que por un oportuno Hábeas Corpus, presentado por un senador y abogado de la familia, a mi esposa la trasladaron a la cárcel muy pronto. Pero durante los once días que pasé en aquel sitio infernal, pese al atontamiento provocado por los golpes y la picana me atormentaban más los destinos que temía para mi compañera, y mi pequeña hija.) Como a los tres o cuatro días, se acercó un torturador y me puso su pistola en la frente. Me habían sometido poco antes a otra sesión de torturas, ahogándome en una pileta luego de ponerme una bolsa de plástico en la cabeza. “Ahora te vas a la mierda, hijo de puta“, me dijo, levantándome un poco la venda. Entonces apretó el gatillo y sólo se escuchó un “click“. Riéndose a carcajadas, el tipo gritaba que me había salvado porque “se la había trabado esa pistola de mierda“.
Durante un rato largo quedé al parecer solo, sin moverme en absoluto (tampoco podía hacerlo demasiado por los golpes), con la ropa en jirones, ensangrentado, el cuerpo empapado, yaciendo sobre mis manos, una de ellas lastimada, que habían esposado a mis espaldas.
Entonces escuché una voz cálida, cordial.
-Qué necesidad tenés, pibe, de meterte con esos tipos del ERP... ¿ves lo que te pasa? Pero todavía estás a tiempo de colaborar... No son lo que te imaginas. Aquí tenemos un colaborador que era un alto jefe del ERP. Él te va a contar lo que son realmente esos por los que vos te hacés maltratar. Te vamos a hacer hablar con él... vení, parate...
Comprendí que había otros cuando un segundo individuo me agarró de atrás y me levantó en vilo hasta depositarme erguido. Luego me llevaron por un pasillo, tomándome de un brazo para que no chocara pues tenía los ojos vendados. Recién al entrar a una oficina -calculé veinte metros hacia delante-, me pusieron una silla detrás, me ordenaron sentarme, y me quitaron la venda.
Ante mí se presentó una escena fantástica. Un hombre como de 30 años, impecablemente vestido, rubio, buen mozo, con ojos azules, me miraba desde atrás de una mesita con papeles. En el acto me di cuenta que no era policía.
-Soy un compañero tuyo... -me dijo, como si hubiese leído mi pensamiento-: me llamo Kent.

Los colaboradores

Me mostró un ejemplar de El Combatiente, preguntándome si sabía lo que era. Le dije que sí.
-Era uno de los que vos llevabas en el paquete secuestrado cuando te detuvieron.
Me habían capturado con una gran caja, donde había 150 ejemplares del periódico El Combatiente, la misma cantidad de la revista Estrella Roja, del PRT y el ERP. Y una gran cantidad de libros, folletos, calcomanías, en fin, aunque no lo había abierto, sabía lo que contenía.
-Mirá, aquí te van a tratar bien... yo estoy colaborando con ellos ahora... A mí, como a vos, me tenían engañado los del ERP... Ellos, los de la dirección, se dan la gran vida, manejan muchísima guita, y a los militantes de base, como vos y yo, nos mandan al frente... Aquí me explicaron todo eso, me mostraron pruebas, de tipos que yo los consideraba unos ídolos, y al primer sopapo cantaron todo... ellos me cantaron a mí...
Había algo incongruente en él. No tenía convicción. Y su imagen, pese a la pulcritud, era muy triste. Luego de haberme mantenido fielmente adherido al “minuto“ que tenía -esto es, que el ERP me pagaba sólo para retirar y entregar paquetes: esto era lo único que me ligaba a esta organización-. Tampoco podía dar nombres, pues yo sólo veía por instantes a personas siempre nuevas, siempre desconocidas.
Después de la conversación con Kent mermaron las torturas. Pero no me libraron de ellas por completo. Una noche, Kent se acercó sigilosamente. Me dio una manzana, pues no había comido absolutamente nada en todos esos días y me pidió, con voz temblorosa: “por favor, deciles a los compañeros que yo no torturo“.
Me tiraban boca arriba en una celdita donde apenas cabía mi cuerpo. No soy alto -1.72-, pero para que entrase acostado en el suelo (al principio no me podía sentar), debían dejar la puerta abierta. Casi tocaba con los hombros las paredes de cada lado. Varios días escuché a dos conversar al lado, donde parece que había otra celda (leyendo el libro constato ahora que debía ser la celda de Charlie Moore). Kent lo visitaba. Pero Charlie llevaba casi siempre la voz cantante. Hablaba todo el tiempo de armas. De helicópteros artillados, de ametralladoras pesadas, de misiles. Al parecer tenía revistas especializadas en eso, pues yo lo escuchaba mostrarle a Kent una u otra fotografía de sus páginas. En aquel tiempo, hablaba constantemente de ir como mercenario contratado por los yankis, a sus guerras del África. Intentaba convencerlo a Kent, quien no parecía entusiasmado, aseguraba que los militares argentinos los iban a ayudar.
Cuando llegué a la cárcel pregunté a los compañeros quién podría ser ese tipo: me lo dijeron en el acto. “Charlie Moore... un loquito de la guerra que con su pequeña organización, el MP17, fue integrado al ERP como apoyo militar externo y luego traicionó“.

¿Salvación o sambenito?

En su libro, Charlie Moore dice “Kent y yo nos dábamos cuenta de que Mendizábal era superior a Osatinsky, en Montoneros“. Esto refiriéndose a la captura de toda la dirección de Montoneros en Córdoba, por parte de la D2. Y según ellos, le salvaron la vida a Mendizábal al no decirles esto a Tissera ni Telleldin, los jefes. Pues fusilaron a Osatinsky creyendo que él era el jefe máximo. Cuando en realidad lo era Mendizábal. “Así, continúa Charlie Moore, Mendizábal se fue tranquilamente en Libertad y volvió a entrar al país para la contraofensiva montonera“.
Aquí hay un error de información. Con mi esposa Gloria nos tocó prestar declaración ante el juez Zamboni Ledesma juntos con el “Lauchón” Mendizabal, jefe de Montoneros en la cárcel. Aquél día, él escapó. Su abogado, cuando estuvieron ante el juez, le entregó una pistola que había podido introducir entre las ropas. Desde el exterior, un fuerte comando montonero cubrió la huída. Nosotros quedamos en medio del tiroteo; los policías nos hicieron meternos bajo un escritorio de metal. Desde allí veíamos los balazos cruzados y saltar a cada tanto un pedazo de revoque de las paredes, o astillas de los muebles. Así fue realmente la “libertad” de Mendizábal.
Pero continuemos con Charlie. Varios años más tarde, en 1979, unos cuarenta prisioneros fuimos trasladados desde todo el país nuevamente hacia Córdoba. Nadie nos dijo para qué; sin golpes ahora, pero con las manos esposadas a una argolla en el piso del avión, de cuclillas y con los ojos vendados. Al llegar nos introdujeron en un pabellón de la UP1 con celdas individuales. Por un agujero que habían hecho, aserrando cada puerta de chapa, nos pasaban cada día la comida. Como podíamos vernos las caras, al menos con dos o tres de los que estaban al frente, intercambiábamos información con el lenguaje de las manos utilizado por sordos. Coincidimos entonces que todos teníamos algo en común (aparte de nuestra militancia en el PRT): habíamos sido incluidos en la causa por el copamiento del cuartel militar de Villa María.
Cierta noche, como una semana después, entró un sacerdote. Acompañado por un guardiacárcel, se dirigió rectamente a mi celda. Era un hombre alto, jovial, de apellido italiano. Me dijo que le habían dado diez minutos para hablar conmigo, que mi papá estaba fuera de la cárcel, esperando. (Mi familia siempre estuvo ligada a la iglesia católica y mi hermano era cura.) Primero me informó todo lo que mi papá le había encomendado, luego me pidió le dijese mi mensaje para transmitírselo. ¿Qué podía decirle? Solamente que no se preocupara, que yo estaba bien. En ese tiempo yacíamos tan indefensos bajo el poder absoluto de estos criminales, que solamente encargar algún trámite a un familiar podía significar su muerte. Sin ningún beneficio para nosotros. Se fue.
Lo que fue impactante cuando lo comuniqué a todos los compañeros, era la razón de nuestra permanencia, incomunicados, allí. El juez federal, Eudoro Vázquez Cuestas, planeaba “una reconstrucción del copamiento del cuartel de Villa María”. Eso había logrado averiguar mi papá por medio de sus contactos en Córdoba y la Iglesia.
¿Qué significaba esto, en la Córdoba de Menéndez? Que iban a ponernos un arma descargada en las manos, a cada uno de nosotros y nos iban a acribillar. Diciendo que en ese proceso de reconstrucción “los subversivos habían intentado fugarse”.
Luego de una breve deliberación, decidimos entrar en huelga de hambre al día siguiente. Y extremar los esfuerzos para hacer conocer, por los medios que pudiésemos, nuestra situación.
Pero inusitadamente, de un día para otro nos levantaron la incomunicación. Y nos llevaron con otros seis o siete prisioneros políticos que se alojaban en el pabellón de arriba. ¿Qué había ocurrido? Menéndez acababa de intentar un golpe de Estado contra el presidente Viola. Y fracasó.
Estando allí, en condiciones ya más humanas, nos visitó la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. Esto nos sirvió para mejorar nuestras posibilidades internas como presos. Por ejemplo, en vez de darnos la comida hecha, logramos que nos entregasen los ingredientes, para cocinar nosotros mismos, de un modo comunitario.
Uno de esos días y luego de un revuelo trajeron a un prisionero nuevo. Con gran secreto, pues nos obligaron a encerrarnos en nuestras celdas hasta que lo instalaron. Era Kent. Luego de una gran discusión por si le dábamos de comer o no -en la cual ganó la postura en que también yo estaba, es decir, que no podíamos negarle un plato de comida a cualquier ser humano, por más que fuese alguien execrable-, dos compañeros se comunicaron por la ventana con él. Apenas estuvo 25 horas allí: enseguida lo llevaron, nuevamente. Tuvo tiempo de contar, sin embargo, que la causa de su traslado había sido la fuga de Charlie Moore.
En esto también difiere su versión con la que Moore consigna en el libro. Kent contó que ambos, con sus esposas, estaban en El Campo de la Ribera (un centro de detención militar). Que Moore se había acercado, una tarde, al gendarme que vigilaba la torreta. Le había pedido fuego. Al buscar el otro el encendedor entre sus ropas, le había pegado con un hierro, le había quitado el FAL y huyó, disparando para cubrirse. Llegado a la ruta al parecer “apretó” un auto y desapareció.
Moore dice (en el libro) que se fugó pacíficamente, del D2, por los techos, llevándose solamente un revólver 38, con la inscripción “Policía de la Provincia de Córdoba“.

Mi karma Moore

Hacia el año 2004 o 2005 el hijo del teniente coronel Larrabure, capturado por el ERP en el cuartel de Villa María, logró reabrir la causa sobre la muerte de su padre. Como se sabe, este hombre -un abogado, creo-, tiene el empeño de que se investiguen hasta las últimas consecuencias las circunstancias en que perdió la vida su papá. Con tal propósito, acompaña su actividad reivindicativa con una campaña de prensa. En tal difusión llegó un día a la agencia noticiosa donde trabajaba, una gacetilla de Larrabure (h), acompañada por otros archivos pdf. Uno de ellos me llamó la atención. Eran copias de la instrucción para la causa por el copamiento del cuartel de Villa María. En una simple ojeada capté mi nombre, entre sus párrafos. El declarante, Carlos Raimundo Moore, afirmaba que “el imputado, Julio Carrera (así) junto a la Sargento Elena, formaron parte del contingente que hostigó el cuartel, pero la esposa del mencionado, no”. Me corrió un escalofrío pese a los años trascurridos (más de veinte años desde que saliera de la cárcel). Recordé que mi amiga Alicia Wieland, tenía como nombre de guerra “Sargento Elena”. Y recién allí, casi treinta años después de mi detención, comprendí por qué me habían incluido en la causa del copamiento de Villa María.
¿Por qué lo hizo? (Charlie): yo no lo conocía ni lo conozco. Durante los once días que pasé en aquel infierno donde él merodeaba libre nunca lo vi (yo tenía mis ojos permanentemente vendados).
En su libro (34 años después) afirma que su criterio era “salvar“ a los compañeros, introduciéndolos en la causa Villa María. Porque los militares planeaban montar un gran show con aquella causa. Y condenarnos a todos, pero por cierto utilizarlo, también, como una muestra de que respetaban los mecanismos judiciales de la Constitución. Entonces, cuando él sabía que a alguien lo iban a ejecutar... les decía a los jefes del D2 que ese era uno de los que habían participado en Villa María. De esa manera -según él-, lograba que los trasladaran a la cárcel y los pusieran a disposición del juez.

Un libro necesario

Por encima de los detalles algo confusos o la actuación real de Charlie Moore integrando aquellas bandas de criminales, este libro representa un extraordinario aporte historiográfico.
El testigo, es por otra parte sumamente creíble, ya que su condición de no ser ni policía ni guerrillero, le permite ejercer una objetividad extrema.
Los contundentes y detallados elementos que aporta derriban para siempre la teoría de “los dos demonios“. No hubo locos poniendo bombas y asesinando a mansalva de los dos lados. Hubo “locos” que buscaron una sociedad mejor a riesgo de sus vidas. Y psicópatas delincuentes que lanzaron contra toda la sociedad su furia homicida. Aprovechando ese proceso para rapiñar de un modo extraordinario. Mientras fingían atentados, asesinaban en nombre de la guerrilla y evitaban exterminarla hasta el último momento, para crear el clima de terror que permitiera el golpe de Estado.
Por otra parte, está muy bien escrito. Miguel Robles, su autor, o bien tiene talento para construir una obra literaria amena y profunda. O bien se hizo asesorar de un modo inobjetable. Lo cierto es que La búsqueda se lee con tanta o más facilidad que una novela de García Márquez. Con el valor adicional de que es nuestra historia real, tan reciente y útil, para avanzar en el camino que hoy nos hemos propuesto los argentinos.

* Madre Noche. Novela que narra la historia de un alemán reclutado por la CIA, obligado a trabajar públicamente para los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. Kurt Vonnegutt (Jr.) He tomado su título para el nombre de este artículo, pues su personaje me pareció semejante a Moore.

9 de julio de 2013

De mi muro de facebook
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Hoy se cumplen 96 años del día en que mi abuelo Brígido Carreras derrotó a Félix Cruz, guapo bonaerense, en duelo a facón. Antes del mediodía frente al bar y almacén de los hermanos Daher. En Loreto, Santiago del Estero, frente a una considerable concurrencia compuesta por gauchos santiagueños, santafesinos y bonaerenses. No hubo que lamentar desgracias. El famoso guapo se dio por vencido al recibir un tajo profundo en su muñeca, lo cual le impediría sostener el cuchillo.

 

 

El Manchachicoj

  

1

 

Corina Coria era una de las muchachas más bellas del pueblo. Por las tardes, en el verano, cuando el vapor del suelo empezaba a ceder a la brisa fresca, solían verla pasar los ojos codiciosos de los muchachos, con sus vestidos anchos y floreados, asomando apenas por bajo del ruedo las puntas de las zapatillas. Nunca sola Corina, siempre con alguna de sus hermanas, o su madre. Vivían un tanto alejados del caserío central (boliche, capilla, comisaría y oficina del escribiente), razón por la cual cargaba normalmente una bolsa. Se aprovechaba el viaje para comprar mercadería. Los martes y viernes iban con sus hermanas, temprano, a buscar harina para el pan de la semana. Los domingos por la mañana, a misa. El padre, un tanto escéptico y la madre, por seguirle la corriente, consentían –únicamente por ese día– que Corina fuese sola a la iglesia. Tenía especial inclinación por el culto Corina, mas ninguna de sus tres hermanas la acompañaba. Menos espirituales, preferían quedarse a atender a los primos y amigos, que venían sin falla a jugar a la taba y visitarlos hasta bien entrada la tarde del último día de la semana.

Fue en una de esas mañanas, un día caluroso de sol excesivo que se encontró por primera vez con el Manchachicoj.

Una tropilla de burros había levantado esa nube de polvo que recién se aplacaba. Deslumbrada por el resplandor del mediodía vio aparecer por el camino, entre burbujas, una figura pequeña pero extrañamente imponente.

–Buenos días, bella señorita– dijo el enano deteniéndose –¿podría indicarme si voy bien para La Noria?

Pese a que deseaba con toda su alma huir, Corina se paró. El extraño individuo se había quitado la galera, que sostenía entre sus manos grandes mientras la observaba sonriente. Todo en aquel ser parecía haber sido hecho deliberadamente para presentar un aspecto disparatado. La cabeza, las manos y los pies, desmesuradamente grandes, surgían grotescamente del cuello y las mangas del arcaico chaqué, como las de un gorila en cuerpo de niño. El atildamiento que denotaban, en vez de mejorar la impresión, le agregaba un raro toque de incongruencia. Pero había algo en él, una sugestión oscura, que impedía, pese a lo ridículo de su aspecto, tomarlo en broma.

Corina balbuceó una indicación aproximada. Se veía que el enano sólo buscaba pie para iniciar el diálogo, pues continuó sin transición:

–¿Y cómo es que anda sola por aquí, una señorita tan guapa?

–Vengo de misa...–contestó ella.

A partir de allí no fue posible cortarle la conversación al enano. Y ahí nomás se ofreció, galante, a acompañarla: “Usted sabe, andan tantos atrevidos por estas partes...”.

Donde dobla el camino, a docientos metros de las casas, se detuvieron.

–Hasta aquí nomás la acompaño, niña –dijo el pequeño ser. –No sea cosa que me la repriendan sus padres. Rompiendo su timidez, recién entonces Corina se atrevió a preguntar:

–Si me perdona una preguntita... ¿usted, por un casual... no será el Manchachicoj? El mismo que viste y calza– respondió el enano. –Para servirla a usted.

 

 

2

 

El Manchachicoj –de acuerdo al relato de Mamadelia–era hijo de Mandinga y la bruja Brishita. La bruja vivía en la Tierra. Era una gringa rosada y regordeta; a Mandinga le había gustado y anduvo un tiempo afilando con ella. Pero la bruja era muy burlista, hacía bromas que a Mandinga no le gustaban. Por ejemplo, cuando la estaba besando, de repente se le convertía en cabra. Y de estar besando unos labios carnosos, Mandinga se hallaba con su boca apoyada en el morro bigotudo de una cabra.

Tanto le hizo estas bromas que Mandinga se cansó y de rabia la convirtió para siempre en mona. Estando así, en un árbol, lo tuvo al Manchachicoj.

Pero le había agarrado tanto odio a Mandinga, que por desquitarse lo maltrataba al chico. Esos cotos que tiene en la frente el enano, dice que son por los garrotazos que le daba la mona en la cuna.

Viendo esto el príncipe de los infiernos, se lo llevó a vivir con él en la salamanca. Y cuando el Manchachicoj creció, se convirtió en uno de sus más fieles colaboradores.

Como poseía mucha habilidad para la diplomacia, Mandinga decidió darle la responsabilidad de las relaciones con el mundo. Eso sí; había una condición: tenía que andar bien con los humanos, pero no comprometerse con ninguno.

 

 

3

 

Hacían ya quince días que Andrés había partido para el sur, llevando un arreo de cinco mil cabezas. Corina lo extrañaba. Extrañaba la voz metálica del hombre, sus ojos firmes, sus manos, acostumbradas al trabajo pero tiernas. Si todo andaba bien, en julio se iban a casar. Sus padres lo estimaban mucho. Además de buen mozo, Andrés Castañeda era inteligente y trabajador. Si no hubiera sido por esa manía, por ese orgullo que tenía de manejar bien el cuchillo... A causa de ello, vuelta a vuelta andaba entreverado en algún duelo. Era veloz con el de dos filos, Andrés... “pero siempre hay alguno más rápido que uno”, sabía decir Tatapedro. Corina temblaba cada vez que su novio se iba a un baile o una confitería.

–¿Qué le pasa que está tan pensativa la niña?

La voz untuosa, grave, parecía haber sido pronunciada en la concha de un caracol. Era el Manchachicoj. Otra vez. Ya se había acostumbrado Corina a las apariciones del enano. Era literalmente así: aparecía, algunas veces en el sopor de la siesta, otras a la oración, siempre, los domingos por la mañana, a la ida y al regreso de la misa. Había intentado ahuyentarlo Corina, poniendo, de noche, una batea con maíz en la tranquera. Pero había amanecido tal como la dejara. A la siesta el Manchachicoj, presentándose de repente mientras ella lavaba, le había recriminado:

–¿Así que con truquitos a mí, señorita? ¿Acaso has creído en serio que soy tan tonto? Eso de la batea con maicitos son fábulas de viejas!...

Como quien acepta un fenómeno de la naturaleza –su carácter era muy propenso a ello– Corina se resignó entonces a soportar al perseverante enano. Era inofensivo, por otra parte y servicial. ¿Acaso no le había indicado con precisión dónde estaba ese crucifijo de oro que ella perdiera dos años atrás? Le traía regalos: un pañuelo, un libro de estampas, un broche de esmeraldas. Corina escondía prolijamente todo esto, que en lo íntimo de su ser, la halagaba. De cualquier modo, al Manchachicoj nadie lo veía. Se había llevado un susto un día cuando su madre se presentó de improviso a su lado, estando el Manchachicoj allí. El enano se quedó parado donde estaba, ella no supo qué decir.

–¿Qué, ahora conviersas sola?–le preguntó su madre, entre asombrada y divertida. No lo había visto al Manchachicoj. No se lo veía. Y estaba allí.

–Nada mami. ¡Estaba cantando!– contestó Corina, y siguió revolviendo con el palo el arrope de la tinaja. Nadie se enteraba de esa relación extraña. El Manchachicoj se conformaba, por su parte, con acompañar y galantear cortésmente a la bella muchacha. Además –se decía ella–, siempre es bueno tener algún aliado del otro lado, sea en el cielo, sea en el infierno. Era evidente que el Manchachicoj era de uno de esos dos lados; porque de aquí, no era.

Con éstos y parecidos argumentos se justificaba Corina, cuando en las noches la asaltaba la duda de si no le estaría faltando al Andrés. Y hasta a veces se decía, que aun si fuera de otra forma, se lo tenía merecido, por desamorado. ¿Para qué tenía que irse al sur? ¿Sólo por unos cuántos pesos más? Aquí había tanto trabajo... Pero no. El mozo tenía que ir lejos, a demostrar su libertad. Y ella se sentía tan sola. El Manchachicoj, con ser como era, la ayudaba tanto, la escuchaba y le daba consejos, como un padre. Con el tiempo, ella se había acostumbrado a contarle sus cuitas. No lo veía como un galán Corina (¡quién hubiera pensado en eso!), sino como un buen amigo.

 

 

4

 

Después de dos meses de faltar, Andrés regresó a su querencia. Se presento la tarde de un domingo, como un invitado más. Fue recibido como un hijo. ¡Qué buen mozo estaba Andrés! Corina no cabía en sí de gozo.

Todo de negro, las botas de charol ornadas con espuelas de plata, el pelo crespo aplastado hacia atrás con brillantina, bajo la frente amplísima, dos ojos claros resaltando contra el cutis bronceado y bajo la nariz aguileña un cuidadoso bigote color chala, recortado.

En el amplio patio de los Coria, se bailó esa noche hasta el amanecer. Enseguida el padre había hecho llamar a los musiqueros y carnear una vaquillona. Corría el mes de julio de 1916.

Cuando por fin se apagaron los ruidos y el hombre se fue montado en su caballo bayo, Corina se reclinó en el catre con la cabeza llena de ilusiones. Habían fijado la fecha del casamiento para la otra semana. Andrés había vuelto del sur con unos buenos pesos, y hasta había traído los muebles que iban a usar: una cama de dos plazas, labrada, un bargueño español, un ropero de peteribí... La casita, hacía rato que estaba terminada.

Un leve ruido a su lado la alertó. Por la puerta entreabierta filtraba la luz brumosa del amanecer. Junto al marco, como un aparecido, estaba el Manchachicoj. Al principio le costó reconocerlo, más por estar sumida en sus pensamientos que por la oscuridad. Seguidamente, la ganó una instintiva sensación de rechazo.

–¿Qué buscas aquí?– le espetó con brusquedad impensada.

–Parece que ya te has olvidado de mí– replicó el Manchachicoj. En su voz había un timbre siniestro que ella no le conocía.

Un desagradable silencio siguió al breve intercambio de frases. Después fue nuevamente Corina quien habló:

–Me vas a tener que perdonar, Manchachicoj. Hasta ahora has sido mi único amigo... Pero Andrés, mi novio, ha vuelto... él es muy celoso...

–A mí no me vas a correr así nomás, Corina. Vos no has sido leal conmigo. Si me hubieras dicho de un principio que no me querías, yo me hubiera ido. Pero vos me aceptabas. Ahora no me puedes dejar. Conmigo, sabelo bien, no vas a jugar.

–Pero vos no me has entendido... –replicó la muchacha, el Andrés es muy peligroso con el cuchillo. Si se entera, te puede llegar a matar...

Por primera vez oyó Corina su carcajada, y aquel sonido inhumano le congeló la sangre.

–¡Vamos a ver quién es más peligroso!–gritó el Manchachicoj. E inmediatamente desapareció.

Cuando llegó el mediodía y fueron a avisarle que había que preparar la comida, Corina aún no había podido pegar un ojo.

 

 

 

5

 

La noche del casamiento, como suele suceder en Santiago, más que de invierno parecía primaveral. El cielo estaba estrellado y soplaba una brisa suave, que mecía como a espejuelos las hojas de los álamos. Para facilitar el trámite se había invitado a la casa solariega al cura y al juez de paz. Allí se realizarían las dos ceremonias – primero la religiosa, como se acostumbraba. Después, la fiesta.

Se había contratado a los mejores músicos para la ocasión (si lo sabría Tatapancho, el padrino, que había tenido que pagarles docientos pesos por adelantado a Reynerio Cuba y sus cimarrones para comprometerlos).

Cuatro asadores vestidos de gaucho aguardaban la señal para hacer descender sobre las brasas sabiamente distribuidas los chivitos, lechones y dos vaquillonas. Había además empanadas, locro, tamales y vino a granel. Iba a ser un casamiento memorable.

Frente al gran espejo del ropero, Corina, su madre y las hermanas daban los últimos toques al vestido blanco, tal vez cargado de puntillas en exceso.

Bajo el alero, Andrés –de azul, rastra con patacones de plata– contestaba sin atender las bromas de los amigos. Pucha, si estaba más nervioso que la primera vez que agarró el facón.

Bellas muchachas atraían la atención de la concurrencia, pero ninguna tan bella como Corina, que concentró sobre sí todas las miradas cuando apareció en la puerta del rancho.

Tatapancho se había acercado discretamente a la novia y tomándola del brazo la condujo hacia el centro del patio, donde se había ubicado, bajo un algarrobo centenario, el altar.

Andrés acompañado de dos mujeres –madre y madrina– se dirigió hacia ellos. Graciosamente juntaron su andar unos metros antes de la mesa con el cáliz y se encaminaron radiantes en dirección al sacerdote. La multitud cerró el círculo a su alrededor. Parecía que todo hubiese detenido su transcurso, pendiente del acto de unión eterna de aquella hermosa pareja.

El sacerdote efectuó con indisimulado gusto los movimientos tradicionales y oraciones previas. Pero cuando llegó a la fórmula por la cual debía inquirir, con voz grave, a la novia:

–Corina Coria, aceptas por esposo al joven Andrés...

–¡Esa mujer tiene dueño!– se oyó una voz restallante que gritaba.

De la multitud, como una alucinación, se había adelantado desafiante el Manchachicoj.

Luego de un segundo de estupor, varios hombres indignados se abalanzaron sobre el enano para darle su merecido. Pero se oyó la voz de Andrés que decía:

–¡Dejenló!

Sus ojos sardios saltaban chispeantes del intruso a la novia y recorrían los rostros de los padres, las hermanas y los familiares, buscando una explicación.

–¡El solo se ha hecho ilusiones! ¡Yo nunca le hei dao pie a nada!– gimió Corina.

–¡Si tienes honor, defendé tu prienda como un macho!–rugió el Manchachicoj y brilló en su diestra el facón. Como en un sueño, Andrés se vio arrastrado por una fuerza que nacía de él mismo, pero que no podía controlar, hacia el centro de la reunión. Se oyó pidiendo: “un facón”, mientras estiraba su mano a la multitud. Se vio un fulgor que cruzó el aire y el Andrés cazó en su palma el mango de plata. Lo amasó un poco para tomarle el pulso y avanzó.

Dos sombras, una alta y elegante y otra breve y rechoncha, se vueltearon, se acercaron y alejaron, brincaron, cual terribles bailarines, durante eternos instantes. El polvo alzado por las botas semejó el incienso pagano, que asperjara una sacrílega ceremonia cultual. Como un refucilo se vio el relumbrar de una hoja que se perdía en un cuerpo... después, la muerte.

En el suelo yacía Andrés Castañeda, con una flor roja sobre su pecho.

Un alarido como el de un animal prehistórico al que arrancaran las entrañas se elevó cortando el aire, que de repente se había puesto frío. Corina cayó postrada junto al cuerpo yerto de su amado. Boqueaba como si le faltara la respiración y aunque no podía llorar, ya no se levantó. Le temblaba todo el cuerpo.

El enano había quedado sombrío, mirando todo, con el facón en la mano.

La muchedumbre empezó a dispersarse, alejándose de allí, como si una extraña peste se hubiera abatido sobre la casa.

 

Cuando las luces rosadas del amanecer pintaron las nubes bajas del horizonte, los familiares de Andrés tuvieron que usar la fuerza para quitar las manos del muerto de entre las de Corina, que se habían endurecido como garras.

 

 

Epílogo

 

Corina nunca recuperó el habla ni la locomoción voluntaria. Tuvo que ser atendida por sus hermanas hasta que, de hastío, la dejaron después de un tiempo olvidada en algún rincón de la casa.

El Manchachicoj desapareció. Pero se dice que ese enano greñudo, de barba hasta el suelo y lleno de piojos, que anda casa por casa asustando a los perros, es él. Come con los chanchos y los animales viejos. Los rapaces le hacen burla y le pegan patadas en el trasero.

Según Mamadelia, es el castigo que le dio Mandinga, por haberse enamorado.

 

 

Fernández, abril de 1987.

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