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19/04/20

Sábado de Gloria

cordobazo, argentina, FAS

 

[1973]

 

Conocí a Celina en una manifestación. Ese viernes 21 de septiembre de 1973, por la tarde, había ido a un gran encuentro de masas donde se conmemoraba un nuevo aniversario de la muerte del “Che” y se repudiaba el golpe militar en Chile.

Mi abuelo había nacido en esa misma fecha y Laura, mi novia muerta, dos días después. Todos los negocios estaban cerrados a las siete y media de la tarde y la multitud se derramaba a lo largo de unos trescientos metros sobre la ancha avenida Vélez Sarsfield, de Córdoba.  Desde un altísimo escenario, un estudiante leía comentarios y adhesiones. La tarima se había instalado usando una estructura de caños de acero, sobre la fachada de la Facultad de Ingeniería. Con la excusa de cubrir el acto en mi condición de periodista, yo había ido solo. No me agradaba integrarme a los grupos bochincheros de las barras, que te obligaban a gritar o, en caso contrario, quedar como un descolgado.

Logré ponerme muy cerca del escenario –mostrando mi credencial– en un lugar que mantenían despejados los miembros de seguridad de los organizadores del acto.

Había empezado a hablar Agustín Tosco cuando sentí en la nuca que alguien me miraba. Al darme vuelta hallé como a veinte metros para atrás, mirándome, a unos ojos extraños. Eran como si no tuviesen espacios blancos, como si toda la abertura estuviese ocupada por el iris; unas almendras brillantes y suaves, hechiceras, inteligentes, vitales. Su dueña poseía un rostro eslavo, fino, de una belleza perfecta, cuya agudeza en los ángulos inferiores lucía serenada por un par de pómulos simétricos y una frente ancha, comba, dotando al conjunto de un levísimo aire dominante.

Con un pretexto banal me acerqué. Junto a ella estaba cierto conocido, un joven rubio y con ojos celestes que alguna vez charló conmigo en las reuniones del FAS.

–¿Tienes un cigarrillo?– le dije. ¡Los negocios cerrados y yo me olvidé de comprar!

Sacó el paquete y me invitó uno. En ese tiempo, todos los revolucionarios fumábamos Particulares sin filtro.

–¿No me presentas a tu novia?– avancé, mientras me acercaba su encendedor.

– Somos compañeros de Facultad– dijo “El Beto”–: Celina, un compañero del FAS y de la revista “Posición”…

Ella también estaba esperando eso; sonrió. “Mi hermana”, dijo luego, indicándome a quien tenía al lado.

Estuve con ellos sólo el tiempo necesario para estudiar a la muchacha que me interesaba. Ella me había traído. En realidad, desde el momento mismo en que me acerqué a Celina, tuve la sensación instintiva –incómoda para mi mentalidad machista– de que era ella quien manejaba la situación. A pesar de mi desenvoltura “canchera”, de “seductor”,  sus ojos me habían arrastrado, con un sutil lazo magnético, hacia donde estaban.  Se dejaba mirar ahora con la mayor indiferencia, segura de que mi inspección aprobaría su cuerpo perfecto, elástico, de curvas suaves, inmejorables.  “¿Vas a ir a la Peña del FAS?”, inquirí algo esperanzado, antes de despedirme. “Creo que sí…”, contestó.

 

Como a las diez de la noche del día siguiente llegué a la Peña del FAS y comprobé con satisfacción que Celina ya estaba.  Con su hermana, y un grupo donde también se veía al Beto. Este chango se la quiere atracar, pensé entonces. Impresión que se acentuaría cuando, ya saliendo con ella, él me contara que casi todas las noches estudiaban juntos, hasta el amanecer. En una de aquellas ocasiones, ya en pleno noviazgo, la busqué muy temprano por algún asunto que no recuerdo ahora. Estaba el Beto. Junto a él, ambos sobre una especie de sofá, ella… en transparente y cortísimo camisón. Cuando le pregunté luego, celoso, si no le parecía provocativo estudiar tan liviana de ropas con un hombre, me dijo que no. “El Beto es como un hermano para mí”, justificó. Sin embargo,  algunas semanas o quizá meses más tarde, estando solos durante un trabajo en la imprenta de Posición, El Beto me confesaría estar enamorado de ella. “¿Qué puedo hacer?”, me preguntaría, con aire implorante. “Y… declarátele”, contesté con cinismo. Para entonces Celina y yo habíamos llegado a un grado de intimidad bastante avanzado. Más o menos común en las jóvenes parejas de entonces, dispuestas no sólo a revolucionar el orden político y económico, sino también la vieja moralina, con que solía reprimirse la sexualidad. Celina nunca me contó si El Beto se le declaró o no. Solía ser hermética en sus cuestiones personales, cualidad que me disgustaba.

La noche del sábado 22 de septiembre de 1973, entonces, comenzó de un modo muy feliz para mí. Ya que apenas luego de atravesar el ancho pasillo del FAS atestado de jóvenes, divisé a Celina con su grupo alrededor de una mesa, justo al lado de la pista de baile. Casi simultáneamente con aquella comprobación, para mi fastidio, escuché una voz femenina que me llamaba. Laysa. Me había olvidado de ella. Era la chica judía con la que estábamos saliendo, aunque de un modo absolutamente informal. Nos encontrábamos casi al azar. Pese a ello, el vínculo generaba aunque más no fueran pequeñas obligaciones. “Qué lo parió”, pensé. Desganadamente me fui acercando a la mesa. Junto a la cantina, demoré artificialmente conversando con Miguel Vega. Guapísimo criollo de cuerpo escultural y ojos verdes. Lo menciono porque poco más tarde Celina iba a preguntarme su nombre, provocando un molesto pellizco en mi orgullo.  “Miguel Vega. ¿Te gusta?”, le dije, repreguntando a la vez. Estábamos bailando.  Por unos segundos, ella bajaría la mirada. Sólo para alzarla otra vez, desafiante. “Claro”. Contestó. “Es hermoso”.

Otra vez Laysa me llamó y no pude eludirla esta vez. Había acercado una silla para mí, ya, junto a las dos mesas que con su numerosa agrupación rodeaban. Estábamos muy cerca del escenario. En aquel momento un santiagueño, “Lalo” Jiménez, cantaba chacareras tocando la guitarra. “¡Cómo te has demorado!” Recriminó Laysa, rubiecita algo pequeña aunque bonita de cara, con ojos celestes y físicamente bastante bien dotada. “¿Qué apuro hay?”, pregunté. “Esto está aburrido… queremos ir a La Taberna de Julio”, contestó. ¿Vienes?”. “M… eso es en el Cerro de las Rosas… lejos para mí… ando a pie…”, dije. “Vamos en cuatro autos… hay lugar de sobra”, contestó ella. Una de las cosas que no me caían bien de Laysa y su grupo es que eran todos muy pequeño burgueses. Todos blanquitos, educados, prolijos, típicamente clase–media–alta, aunque se esforzaran para mostrarse como revolucionarios. Por lo demás, formaban parte de un pequeño grupo universitario trotskista –Espartaco “Mayoría”– que se había integrado al FAS.  ¿Cómo haría para librarse de ellos? Decidió ser directo. “No. No voy.”, exclamó con brusquedad. “¿Por qué?”, se asombró ella. “Porque no quiero…”, dijo Juan Cruz: “…prefiero quedarme, para mi gusto, está lindo aquí…” Ella no preguntó más. Luego de algunos minutos, todos aquellos jóvenes abandonarían la mesa para continuar su fiesta en el Cerro de las Rosas.

Juan Cruz decidió subir al escenario. Quería que Celina lo viera. Para entonces ya había deglutido poco más de medio litro de vino tinto, en la mesa de los pequebús. Estaba entonado. Tomó un bombo y se situó junto a su amigo Lalo. “¿Me dejas cantar una?”, preguntó. “¡Claro!”, se entusiasmó el otro. Juan Cruz cantó “De mis pagos”, la única chacarera que sabía. Entre aplausos se bajó del escenario. Y cómo también Lalo lo hiciera, se acercó al hombre que manejaba el equipo de sonido para pedirle que pusiera música. “Si es posible, algo de Los Iracundos”, pidió. El operador puso “Moritat” (…cierta nocheen un baileunos ojos, diviséque me hablaban, de ternuray de ellos, me enamoré)… Juan Cruz sacó a bailar a Celina.

 

Bailamos muchos temas y después le pedí me permitiera sentarme con ellos,  a lo que accedió.  Mentí mi nombre por “seguridad”. Ella no, dijo llamarse Celina y también que le faltaba poco para ser médica. Estuvimos entonces, comiendo sándwiches y tomando, algunos cerveza, otros como yo vino, bailando cada tanto, como hasta las tres de la madrugada. Luego las acompañaría, a ella y a su hermana, hasta un departamento donde vivían, cerca de la Terminal.  Quedamos en encontrarnos al día siguiente a las seis de la tarde. En Paraná y Boulevard Junín.

 

Celina debía ir, para retirar unos apuntes, a la casa de ciertos estudiantes de Medicina, peruanos, que alquilaban casa en un bonito barrio cerca de la Ciudad Universitaria. La acompañé. Luego quedaríamos libres para pasear un rato. Me invitaron a entrar junto con Celina para compartir la mesa donde estudiaban; eran cuatro o cinco chicos como de veinte años, muy simpáticos. Estuvimos allí sólo el tiempo suficiente como para que le explicaran a Celina algunos aspectos de los apuntes (“Parasitología y Micología”); enseguida nos fuimos.

Escribo estas líneas con estremecimientos. Algunos meses después, aquella casa sería allanada por un comando parapolicial. Los chicos, desaparecidos por unos días, aparecieron luego acribillados a balazos. Para completar su faena, los esbirros habían hecho volar la casa en pedazos, poniéndole una poderosa bomba.

Pero volvamos a ese domingo 23 de septiembre de 1973, en que yo me sentía aliviado y feliz. Y creo que Celina también.  Cerquita nomás de la casa de sus compañeros, había un lindo bar. Sentados ante una mesita en la vereda tomamos una liviana merienda. Ella escuchó con atención lo más importante de mi vida, que le conté. Especialmente lo referido a la muerte de mi novia Laura. Había prometido ante Dios confesarlo, antes de emprender un nuevo noviazgo. Conversamos luego sobre la situación política. De la cual Celina estaba bien informada. Después, fuimos a caminar por el  parque.

La belleza de la ciudad de Córdoba se sostiene en gran parte sobre la cualidad ascendente o descendente de sus calles. Particularmente en los espacios arbolados. La tarde  estaba tibia, Celina llevaba una liviana blusita blanca bordada, sin mangas. “Es muy bella”, pensé. Mirándola con arrobamiento por vigésima vez, sentados ambos sobre un ancho muro de piedras en lo alto, desde donde se divisaba la majestuosidad del Parque Sarmiento y la ciudad recostada como entre tules nubosos y arboledas coposas, me acerqué hasta quedar pegado a ella. Entonces, nos besamos, por primera vez. Y fue, al menos para mí (creo que para ella también), muy hermoso.

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Fulgor de los damascos

(Fragmento)

 

[1998]

 

Un pote con miel, un platito de cerámica portando nueces, un paquetito con un compact dentro y junto a él un papel florido, escrito con mensaje amoroso, todo ello sobre el pequeño mantel. La disposición de los objetos ha consistido para mí otro lenguaje aprendido a lo largo de mi vida moldeada desde sus inicios por las artes. Esta disposición me emociona, es prístina concordancia, cualidad que devela inefablemente al amor. Amor no merecido (presiento, aunque no quiero decírmelo, temo con ello macular el don impalpable, el magnetismo inmanente fulgurando en el agrupamiento cósmico de los objetos, dictado a los dedos por el amor). En realidad nada de lo más hermoso que nos sucede puede ser merecido, esto es, no puede ser premio a nuestro afán por obtenerlo, pues el sólo habernos propuesto obtenerlo degradaría su carácter, convirtiéndolo en mero objeto de nuestro apetito. Sin ello sorprende, suscita la sensación de bondad infinita emanando su manifestación y en nuestro ánimo personal pequeñez, torpeza extrema, desvalida inepcia en tanto nuestros párpados se mojan. El paquete contiene un compact de Miles Davis que de inmediato pongo (en el ínterin he trasladado el reproductor portátil hasta bien cerquita de donde ya instalé la pava, sobre una esterilla peruana, y el mate, y la cucharita para la miel); los primeros sonidos perfectos,  vibrátilesvuelven a emocionarme mojando otra vez mis pestañas (todo muy en voz baja, todo con meticulosa prudencia, pues mi esposa y las cuatro chiquitas duermen). Chiquitas les digo, aún, aunque la mayor (nacida antes de nuestro encarcelamiento) va a cumplir 23 años. Y las que le siguen (nacidas después de la cárcel) tienen 14, 13,10. No ostentan la frecuente actitud individualista de los adolescentes, conservan, en cambio, la unidad magnética de los conjuntos armónicos, bien articulados. Ellas duermen pero antes de acostarse han dejado las cosas dispuestas para que yo a las seis de la mañana sea feliz mientras tomo mate; es el Día del Padre.

Muy pronto cumpliré 49 años.

He dado gracias a Dios de rodillas, en la penumbra del ancho comedor de nuestra casa. He dado gracias por esta familia unida de la cual formo parte, por todas las experiencias y los extraordinarios sucesos, tanto exteriores como internos, vividos a lo largo de la presente existencia. Que a veces me ha parecido larga. Otras veces corta. En la penumbra del comedor de nuestra casa tomo mate, mastico despaciosamente los óvulos granulados de las nueces, sorbo miel en lentas cucharadas. Ante mí la ancha y larga mesa de algarrobo, con sus doce sillas, sobriamente majestuosas, monásticas, premonición casual que aún no alcancé a escudriñar;  más allá el vector sutil que forman las delicadas cortinas pálidas, y por tras de los gruesos cristales escarchados con un ocre naranja, trascendiendo las complejas tramas que combinan las sombras multiformes de los variados árboles en el entorno exterior, y el resplandor, aún muy leve, del amanecer. ¿Qué meditaré hoy? Sobre el instante de mi nacimiento, me digo. Mas de inmediato se presenta en el panorama interior no el lejano primer desconcierto de la sala de partos con ruidos metálicos o el farfulleo de enfermeras y médicos sino otro relámpago, el del sol rebosante sobre la calle anchísima al cruzar hacia fuera la gigantesca puerta de acero de la cárcel, emerger de los tenebrosos pasillos, más otros ruidos, también metálicos: de autos, transitando no muy aglutinados en aquella lejana barriada de La Plata.

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[1974]  

Entrábamos y salíamos del local del FAS en cualquier momento del día; los muchachos y chicas –casi ninguno superaba los 22 ó 23 años y muchos tenían menos de 20– llevando carteles, trayendo maderas y volantes en pilas, con libros bajo el brazo, despeinados, con el pelo corto para no tener trabajo con él, de vaqueros y zapatillas, sin el menor cuidado por el aspecto exterior, chicas rubias y hermosas con el pelo suelto y una bufanda agujereada al cuello, muchachas morenas y esbeltas, con los vaqueros remendados en las rodillas y en las nalgas (tal vez su padre era dueño de una fábrica, pero allí todos nos igualábamos, todos queríamos ser “proletarios”). Era muy bueno vivir aquello y no me arrepiento, pese a la tragedia que sobrevolaba cada atardecer y a lo que vino después. Argentina vivió en aquel momento un tiempo de florecimiento espiritual y los jóvenes éramos sus protagonistas.

Yo estaba con Renzo Di Giovanni sentado en una de las galerías cuando vino Laysa y me tapó con su campera roja la cabeza desde atrás. Yo no sabía que era Laysa pero lo intuí y su perfume hizo que mi corazón se alegrara con flores, una indiferencia de segundos, la seguridad del afecto en la oscuridad y luego los ojos azules de mi amiga sonriendo bajo su melenita rubia y suave que se agitaba como hija de sol. Ella tenía diecinueve años y era tan hermosa como una actriz de televisión (o mucho más). Pequeñita y ágil, cuerpo griego, yo no sabía casi nada de su vida personal; apenas que su padre era judío y muy rico, que estudiaba sociología y por algunos datos,  montonera, de la “Columna Sabino Navarro”.

La “Columna Sabino Navarro” de Montoneros era una escisión cordobesa, los sectores más izquierdizados de Córdoba, que luego de un proceso de crítica a la derechización de la dirigencia montonera, terminó alejándose de la organización armada para constituir una facción propia. Seguían reivindicándose “peronistas”, pero en la actualidad se habían acercado al FAS.

El FAS, a su vez, era un frente de izquierda (la sigla significaba “Frente Antiimperialista hacia el Socialismo”), que concitaba a las principales organizaciones políticas revolucionarias, pero que, al momento, se había ido convirtiendo en un conglomerado de sectores conducido por el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), que a su vez dirigía el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).

Esa tarde me sentía particularmente feliz. Caminábamos con Laysa por la ancha avenida Chacabuco hacia el parque y el frío sorpresivo de aquella mañana se había convertido hacia el atardecer en una brisa tibia, que devolvió la primavera a las calles; los autos iban y venían lejanos, nuestros sentidos iban flotando, en serena comunión. Un solo pinchazo de inquietud me atacó, cuando recordé el rostro sorprendido de Renzo al ver a la muchacha hermosa que me buscaba (ella había salido de una reunión) y sorprendí en sus ojos un dejo de tristeza.  Renzo era inválido; tenía un defecto irremediable en las piernas, provocado por haber tenido cuando niño poliomielitis. Su cuerpo se había desarrollado desmesuradamente cargado de carnes hacia arriba, dejándole como suspenso en sus brazos, poderosos, que manejaban las muletas de metal sobre un par de piernecillas minúsculas que pendían desde el corpachón, muertas.  Aventé mi inquietud y mi conmiseración, porque esa tarde quería ser feliz. De hecho, físicamente ya lo era, caminando por la avenida Chacabuco junto a Laysa, entre la brisa tibia y el rumor de los autos, llevando los dos nuestras camperas al hombro, acariciándonos sin decirnos nada, ni siquiera tocarnos, sólo con la energía vital de nuestros cuerpos, que se había unido a nuestro alrededor, envolviéndonos.

Estuvimos un largo rato en el parque. De tanto en tantos nos besábamos, pero una característica saliente de aquella relación era que todo el tiempo conversábamos. ¡Teníamos tanto para hablar! La política de las diferentes organizaciones armadas, el amor según los conceptos de Erich Fromm, su “carrera” de sociología… Éramos felices conociéndonos, no necesitábamos del acto sexual. Además, ella era judía, y esto constituía para mí una atracción adicional.

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Primera muerte

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Era tan feliz en aquella primavera de 1973, ahora que lo pienso, porque había logrado sacar la cabeza de un mar oscuro, como de aceite, que me ahogaba desde la muerte de Clary. El surgimiento se había ido dando por etapas. La primera, salir de aquel sopor en que se había sumido mi conciencia, gran parte de ella debatiéndose en el ámbito donde luchaba el espíritu de Clara que aún se resistía a dejar el plano de la materia y encontrarme solo en un nuevo y triste mundo que me parecía muerto.  O al revés: yo muerto en un mundo bullendo de vibraciones que ya no me incluían. Como inhabilitado de repente para las actividades exteriores, había ido perdiendo en aquellos brumosos cuatro meses que iniciaban el año el carisma político que hubiera obtenido antes y  junto a él los amigos. Recuerdo dos hechos, en dos planos. El primero, material, sucedió cuando mi padre, en uno de sus tantos esfuerzos por sacarme del marasmo y dotarme de un medio de vida al mismo tiempo, me consiguió un trabajo en Radio Nacional. Yo iba recomendado como un joven muy lúcido y de buena preparación intelectual; el director –un teniente coronel retirado– consideró que mi talento justificaba que mi primera tarea fuese representar a la radio en un debate que se haría en el Jockey Club, sobre las próximas elecciones. Fui, por obligación, pero al subir me sucedió algo dramático. No atiné a decir palabra. Todos esperaban que yo hablara –de hecho, me habían visto hacerlo en varias oportunidades y con brillo– e incluso, al escuchar otras posiciones que se consideraban “reaccionarias”, desde el público me hacían señas para que las rebatiera. Pero yo, nada. Debía aparentar, me imagino, indiferencia con mi impavidez, lo que sentía en realidad era miedo. Tenía miedo de hablar, no me sentía ligado a la gente que me miraba, me rodeaba, me agredía de algún modo al haberme sacado de mi mundo interior. Donde por varios meses me había sepultado. 

El otro plano metafísico:

Una noche, abrumado de cansancio por la cantidad de tareas que yo mismo me asignaba con el intento desesperado por escapar de mí mismo, caí en la cama donde dormía, solo, en la habitación que fuese de mi abuela y donde nunca había dormido con Clara. Eran las dos de la mañana, y yo tenía que levantarme a las tres, para encontrarme con unos compañeros con quienes teníamos que hacer una volanteada. No tenía despertador, pero me tiré vestido nomás entre las sábanas desordenadas con una vaga intuición de que algo iba a garantizar que me despertara. Así fue. A las tres en punto –lo supe porque en el momento en que abordaba con dificultad la realidad sonaron las campanadas del reloj en el comedor– sentí sobre mis labios un beso suave, extenso, en los labios y sobre mi cuello los mechones suaves del cabello de Clara. La vi, luego, desdibujarse lentamente contra la oscuridad del cuarto, mientras mis sentidos iban tomando solidez.

Dos fuegos impedían que mi corazón dejara de latir. Uno, la revolución. Otro, aquella desesperante sed de una mano blanda que calmara ese dolor, a veces suave, a veces cruel, que palpitaba en el fondo de mi espíritu. No la había encontrado todavía. O mejor dicho, no la había encontrado de un modo permanente. Pues en aquella etapa joven de mi vida, aun creía en la posibilidad de permanencia (para las cosas). Si no la hubiese buscado con aquel sentido de absoluto –a la felicidad– podría haber sido menos injusto en la etapa final de mi noviazgo, cuando ya no amaba a Clara. Porque, si bien es cierto que ella había sido la primera mujer que amé, también es cierto que luego ya no la amé. La muerte llegando en un momento en el que los sentimientos gloriosos que gestáramos unidos estaban secos, despojó a nuestra historia de aquel carácter de perfección trágica que dota a las de Romeo y Julieta u otras narradas por Bécquer. Entonces, si bien mi alma se arrastraba envuelta en brumas de agonía, lo era más que nada por los sentimientos de culpa tremenda que la agobiaban, antes que del dolor por la ausencia de la amada. Había aprendido a revalorar y repetía mentalmente los mejores momentos, los momentos de felicidad vividos junto a ella, es cierto, y los reproducía con la imaginación mil veces; pero lo hacía también como un modo de dolerme hasta la desesperación por mi conducta, que consideraba culpable. Así pues, no me suicidé porque lo consideraba indigno y contrario a mi fe en Dios, pero si lo hubiese hecho, hubiera sido para castigarme por lo que yo consideraba una gran culpa y no por la pérdida de una muchacha a quien, aunque no me lo confesara abiertamente, ya no amaba.

Entonces mi camino para el futuro luego de la muerte de Clara estuvo cargado de esa obsesiva, agobiante presencia semiconsciente, que calificaba todos mis actos: pagar la culpa.

En aquel período de unos cuatro meses después de atravesar apenas el estupor póstumo a esa muerte que marcaría definitivamente mi existencia, de marzo a agosto del 73, anduve difuminado,  sin un rumbo preciso, y el estado general de mis pensamientos rondaba los lindes de una dolorosa indiferencia. Todo me dolía, pero de un modo distante, asordinado. La pavorosa gimnasia de la muerte (pavorosa para mí, que nunca antes la había sufrido) desde que muriera mi tío Belisario, hasta la de la Clary, habían llevado a mi corazón hasta el límite máximo del dolor y ya no había al parecer ninguno que hiciera oscilar el registro de mis emociones en un punto que modificar los anteriores. Habían sido dos muertes, nada más, es cierto (lo digo por lo que luego sucedió, cuando cada día nuestra nación amanecía convertida en cementerio; dos muertes, pero en ellas, yo ya había vivido todas. La de mi tío Belisario (una muerte… “natural”, por enfermedad) me colocó en una situación de depresiva perplejidad; yo negaba lo que sucedía, no podía ser que mi tío hubiera muerto, no lo creía, pero sufría al ver su ausencia en los rostros de mi padre y de mi abuelo, y en el dolor incalculable de mi Mamaviejita. ¡Ah, cómo me dolían sus llantos en la noche, sus gemidos ululantes, aquel padecimiento inconsolable de mi abuela!

Jamás había vivido de cerca un dolor tan hondo  y eso a mí me parecía un sueño, un desperfecto en el mecanismo de la realidad, algo que me producía un desasosiego intolerable y modificaba todos los parámetros de mi ubicación en el concierto universal. De repente, habían cambiado las reglas, la muerte de mi tío Belisario modificado todo lo existente, y como si hubiese sido trasplantada a otra galaxia, mi conciencia ya no percibiría nada con los mismos sentidos que en la etapa anterior.

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Un mendigo

[Junio de 1973] Al mendigo le faltaban las dos piernas. Sentado en el umbral del restaurante, esperaba que alguien le diera algún resto o una moneda. Era un hombre menor de cuarenta años, demacrado. Su barba, gruesa, le cubría hasta la mitad de los pómulos; sus cabellos, igualmente negros, estaban muy crecidos, apelotonados en partes debido a la tierra, el smog, la grasitud del cuero cabelludo. Alguien le había dado una frazada, en otro tiempo de colores chillones; con ella envolvía su cuerpo para protegerse del frío.

Juan Cruz se conmovió y apenas se ubicaron alrededor de una mesita redonda, preguntó a su padre si podían invitar al mendigo a comer. Su padre asintió; entonces, cuando se acercó la camarera bonita, rubia, de uniforme a cuadritos rosa, además de abundante almuerzo para su padre, el chofer del Consejo  General de Educación y él, Juan Cruz pidió una costeleta grande, abundante ensalada y un cuarto litro de vino para el mendigo. La camarera titubeó:

–¿Adónde le sirvo…? Al señor, digo…

Juan Cruz había dicho “para el señor que está en la puerta”; por no comprometer demasiado al chofer, que lo miraba con cierta sorna, indicó:

–En aquella mesita, por favor.

Una hilera de mesas pequeñas, empotradas en la pared y recubiertas de cerámica había sido dispuesta a lo largo del pasillo de entrada. El bar era relativamente pequeño, muy pulcro, contaba con ese pasillo largo para comidas rápidas o café y el saloncito donde se habían acomodado los tres viajeros. Tal vez por ser temprano las doce– no se veía ningún comensal aparte de ellos.

Juan Cruz se levantó y con palabras corteses invitó al mendigo a entrar. El mendigo era un hombre educado y de mirada inteligente. Agradeció sin exageraciones y se acercó hasta la mesa indicaba desplazándose de un modo torpe y extraño con los dos muñones de piernas que le habían quedado. Al llegar, el joven tuvo que ayudarlo para que pudiera ascender a la silla y acomodarse. Viéndolo allí, esperar pacientemente su almuerzo, Juan Cruz se conmovió y a la vez se sintió mejor. Entonces vino la camarera. Nerviosa, retorcía un repasador rosado que traía entre los dedos.

Señor, disculpe, dice la patrona que a aquel señor no podemos servirle aquí…”.

¿Por qué?– se encrespó Juan Cruz – ¿Acaso cree que no le vamos a pagar?

No es esto, señor… las normas de la casa…

¡Qué normas! – resopló Juan Cruz – ¿Acaso no es un ser humano como usted y yo?

¡Tiene razón, señor, pero la patrona….

La mujer rubia también pero bastante mayor que la empleada y un poco más robusta, observaba inquisitivamente desde atrás del mostrador, a unos veinte metros de distancia.

Está bien, Juan Cruz, veamos cómo arreglar esto– dijo su padre. Y dirigiéndose a la muchacha:

¿Se podrá hacer un buen sándwich de lomito, en vez de la costeleta, agregarle ensalada y que ese buen hombre lo coma en la puerta?

Voy a consultar– contestó la camarera. Enseguida volvió para decir que no había problema. Más tarde, luego de que les hubo servido todo lo que ordenaran, la vieron pasar con un plato donde llevaba un gran sándwich de carne en pan francés. El mendigo, apalabrado anteriormente por ella, había regresado al umbral. Estiró sus dos manos y tomó el sándwich; antes de llevarlo a la boca, miró hacia la mesa de los tres viajeros con sereno agradecimiento.

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