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11/08/05

Rompococo y Gatito

Supongo que los grandes árboles representaban para mí un desafío semejante al de los picos elevados ante los ojos de los alpinistas. Lo cierto es que a mis tres años difícilmente podía ver ante mí un árbol muy alto sin que me lanzara en el acto a escalarlo, con el afán de alcanzar su cumbre. Eso fue lo que ocurrió un mediodía de 1952, apenas llegados de la ciudad, luego de un viaje de cinco horas por entre caminos polvorientos. Un muchacho desensillaba nuestro sulki, junto al alambrado de púas que marcaba el comienzo de los sembrados, mientras yo lo había medium_gatito1.jpgatravesado ya, rumbo a un altísimo pino que me llamó, aún antes de pisar el suelo de Villa Rosa. Mi madre se había sentado junto a unas mujeres, que desplegaban sobre la mesa tendida, bajo la gratificante sombra de la galería, todo tipo de panes en que se especializan los santiagueños, mientras preparaban el mate.
La escalada no fue feliz. En mi fervor por alcanzar la cumbre no advertí que las ramas del pino eran ya demasiado frágiles, y por pisar una de ellas que se rompió me precipité hacia la tierra desde unos cinco metros de altura. Recuerdo claramente la sensación de volar vertiginosamente hacia el abismo, como también el breve espanto mientras veía acercarse a mí las afiladas puntas de las leñas, recién cortadas, como cuchillos, hacia donde como un proyectil me dirigía. Recuerdo también sentir de repente un tirón en la espalda, cerca de la cintura, y una sensación de rebotar en el aire, una o dos veces, para seguir cayendo luego pero ya en forma lenta. ¿Qué había ocurrido? La vara de un carro, elevada por el peso de la parte trasera, que descansaba junto al montón de leña, se había introducido en los tiradores de mi pantalón, deteniéndome en el aire y amortiguando enormemente la caída. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Hasta el día de hoy, no lo entiendo. De otra forma, los afilados leños, de una madera muy dura, hubiesen atravesado con seguridad mi cuerpo, por la velocidad con que venía. Al detenerme la providencial vara de carro, sólo me causaron una herida, profunda, en la pantorrilla izquierda.
Me quité la leña de la herida y en el acto emergió una capa de gordura, blanca, de dentro de mi pequeña pierna, junto a la sangre y algo como agua. Luego de contemplarme unos segundos, muy asustado, empecé a gritar:
-¡¡¡Mamáaaá! ¡Me están saliendo las tripas!!!
"¡Te vas a lastimar y te van a salir las tripas!", era la amenaza con que intentaba mi madre disuadirme de jugar con objetos puntiagudos o escalar paredes, árboles o los techos de las casas. Ante mis ojos, esto era lo que fatalmente se había concretado, ahora. ¡Pero no me creían! Desde la distancia, escuché a mi madre decir a sus amigas...
-¡No le hagan caso! ¡Siempre chilla!...
Entonces protesté con más fuerza: ¡Mamá, me salen las tripas, en serio!...
El muchacho que terminaba de acomodar nuestro sulki se acercó, y dijo: "¡Es verdad, señora... está muy lastimado!" Con un revuelo de largas polleras floreadas y pálidas las tres mujeres se lanzaron hacia mí, levantándome con infinitos cuidados, para trasladarme al reparo de la anchurosa alquería.


Recuerdo luego el pecho de mi padre, donde mi cabecita empapada de sudor se apoyaba para dormitar de tanto en tanto mientras atravesábamos el rudo bosque bajo un sol abrasante. Con uno de sus brazos me sostenía, envolviéndome la cintura, mientras con el otro controlaba las riendas del caballo. A veces miraba hacia arriba, me maravillaba desde niño lo que se ve cuando se levantan los ojos casi hasta su límite natural: el cielo, ramas y ramas y más ramas de árboles, enmarañadas, tortuosas, bajo el resplandor amarillo, en vaharadas, y el sombrero de mi padre, un disco negro contra el sol. Mi padre. Él era un hombre refinado, de voz exquisita y pronunciación perfecta. La barba negrísima acentuaba sus ojos, gigantescos y expresivos, de una belleza que incomodaba. Sin almorzar, sin asearse, luego del larguísimo viaje en sulki de la mañana, había tenido que ensillar su caballo otra vez, para traerme de nuevo a la ciudad.
Llegamos al atardecer. En el hospital me hicieron cinco puntos. Debe de haber sido muy rústica la medicina de aquel tiempo, pues para siempre conservé una gran cicatriz, en la cual estos puntos se ven como otros tantos medallones rugosos, de diferente color al resto de la piel. Por lo demás, fueron para mí un orgullo. Los exhibía, más tarde, ante mis amigos, como testimonio de mi intrepidez. Y aún cuando adolescente, si quería impresionar a alguna chica con la cual había intimado, levantaba mi pantalón hasta ahí, la parte interior más prominente de la pantorrilla, disfrutando entonces cuando alguna de ellas se tapaba con la mano la boca en señal de admiración.
Por cierto no dejé de escalar árboles ni techos. Algunos meses más tarde, las araucarias de la casa de mi abuelo, en Villa Evita, solían albergarme en sus ramas más altas, durante largos minutos, mientras me extasiaba el alma la visión del campanario eclesial a la distancia, y esa magnífica esencia del aire, que por estas tierras a cada instante adquiere como un renovado dulzor. Había aprendido a pisar con cauteloso cuidado en las ramas más pequeñas, y a detenerme, cuando calculaba que ya no me iban a sostener.


El 19 de agosto de 1951 yo había cumplido los dos años. En Buenos Aires, capital de mi país, tres días después lamedium_evita02.jpg CGT* convocó a una inmensa concentración para apoyar la fórmula presidencial Perón-Evita. En la avenida 9 de Julio, una muchedumbre escuchó sus discursos; los líderes no efectúan postulación alguna. Sorpresivamente, el secretario general de la CGT, José Espejo, reclama a Evita un respuesta a la solicitud de ser vice-presidenta, que le habían hecho los trabajadores. El pedido es retomado por la multitud, que entabla con la "Dama de la Esperanza" un diálogo tenso.
En forma cada vez más perentoria la muchedumbre le exige una respuesta, que Evita procura dilatar; finalmente, ella dice que "hará lo que diga el pueblo", pero pide una semana de plazo para contestar. La gente abandona la plaza convencida de su aceptación.
Una semana después, en un sobrio discurso radial, Eva Perón declina el ofrecimiento. De inmediato, los dirigentes partidarios elogian lo que empieza a denominarse "el renunciamiento de Evita.

Mi familia era peronista. No había uno solo que no lo fuera. Excepto mi madre. Mi madre no era peronista. Por el contrario, detestaba al peronismo y todos sus símbolos. Poco me llegaba a mí de estos asuntos, salvo la exteriorización iconográfica, que por entonces solía ser profusa. Sólo más tarde, cuando buscara una y otra vez explicaciones a la intempestiva separación de mis progenitores, que iba a sobrevenir, iría profundizando en ellos. Por mi parte, hasta los cuatro años, pasaba la mayor parte de mis días con mi Tío Agustín -por entonces soltero- y mis abuelos. Mi padre era como una visita, que solía recibir con agrado, de vez en cuando. Y mi madre era directamente una figura abstracta. No sé muy bien por qué yo no quería vivir con mi madre, que era maestra en una escuelita distante de Campo Verde -donde enseñaba mi tío Agustín- apenas cuatro o cinco kilómetros. Ella habitaba un pequeño rancho, con mi hermano Gustavo, dos años menor, junto a la Escuelita que atendía.
En este punto se hace necesario explicar cómo eran las escuelas y sus sistemas de enseñanza por aquel entonces, en "la campaña" de Santiago. Un maestro era a la vez director y casi propietario de las escuelas -por lo general ranchos de adobe y techo de ramas, construidos por los pobladores del lugar. Diez o quince bancos acogían a los niños, que recibían las lecciones, de acuerdo con su nivel, en diferentes horarios. No había otra forma de comunicación entre estas escuelas y la ciudad que los carros, sulkis, caballos, burros o mulas con que se trasladaba la gente de un lado a otro, hasta las pocas rutas nacionales, donde se podía, a veces, abordar algún incómodo colectivo.
Como dije, yo habitaba normalmente, pues, con mi tío Agustín, en la muy amplia Escuela Primaria de Campo Verde, en cuyas inmediaciones vivían también mi abuelo Brígido -que era comisario del pueblo- y mi abuela Corina. Mi papá venía de vez en cuando y me traía Gatito. ¡Cómo amaba estos pequeños libros, para mí tan grandes! Recortados alrededor de las ilustraciones de tapa -cosa que a mí me fascinaba-, narraban las aventuras de un caballero galante, Gatito, que solía rescatar una y otra vez a una princesa encantadora de las acechanzas de un ogro terrible, Rompococo. Una ética embrionaria comenzó a esbozarse entonces en mi corazón: por el ansia de comprender estos libritos fue que aprendí a leer a los tres años. Mucho más tarde, recién hacia los 90, iba a enterarme que estaban hechos por dos de los mayores genios del pensamiento y el arte argentino contemporáneo: Héctor Germán Ohesterheld, y Alberto Breccia.

* Confederación General del Trabajo.

08:30 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (9) | Tags: literatura

10/08/05

El Cristo de La Higuera

En 1967 me sucedieron muchas buenas cosas. El 19 de agosto, cumplí 18 años. Entonces obtuve mi carnet de conductor, para lo cual me había estado preparando desde el verano, tomando lecciones de conducción en una academia. Mi padre había comprado un auto flamante, Ford Falcon "Futura", modelo del año. Era un vehículo poderoso: blanco, techo negro, reluciente por todos lados, tapicería mullida, radio con FM y casettera. Yo le había ayudado a elegir. Pero aún no podía manejarlo tanto, porque sentía dolorido y frágil el pie derecho, debido a un accidente de motocicleta que tuviese en junio. Allí, me partí por la mitad un pequeño hueso del empeine. Elmedium_1970.jpg enyesamiento me había obligado a guardar cama durante unos quince días -a esa edad un verdadero castigo-; lo único que saqué en limpio de aquel período fue un simpático programa de televisión que descubrí. Era de un tal Publio Araujo, elegante criollo cincuentón, que conducía una hora de presentaciones folclóricas por Canal 7 -por entonces el único canal de televisión en Santiago.
No es que tuviera demasiado para elegir: las emisiones televisivas, por aquel tiempo, comenzaban a las seis de la tarde y terminaban a las doce de la noche. Mayormente difundían series yankis, y aparte del noticiero casi no había programas locales. Uno era el de Nacho Araujo, locutor atildado, un tanto empalagoso y remilgón, proveniente de las últimas generaciones radiales... y me parece que además, solamente el de Publio Araujo. Este ciclo se actuaba, directamente, todos los días a las siete de la tarde.
Por esos tiempos yo era feliz; sin exageraciones, tenía mi buen pasar. Se habían apagado los reproches por mi abandono del colegio, para dedicarme a "trabajar" con la guitarra, y aunque cada año mi padre insistía en que volviese a la escuela, me iba aposentando en la obstinación asumida originalmente, a cada mes que pasaba llevándome un poco más cerca de la "mayoría de edad".
Los 18 años me tomaron entonces como "músico profesional" y caminando con bastón. Gustaba por entonces de vestir con afectada elegancia, dentro de la moda epocal, que ya había deglutido al hippismo. Con los dineros obtenidos por mis actuaciones, compraba pantalones y zapatos a discreción, me había mandado a hacer a medida unas 18 camisas, aparte de contar ya con gran número de cintos, remeras, zapatillas, etcétera. Ni por asomo se me ocurría comprar un libro, menos leerlo.
Tenía dos amigos muy cercanos, singularmente obtenidos luego de que ambos me odiaran por mi talante presumido antes de conocerme. Uno era el "Gallego" Dougnac, con quien veníamos desarrollando esta amistad desde 1966, año en que él fuese llamado a España, para cumplir con su servicio militar. Otro, Ramón Marcos. Mis afectos hacia Carlos E. Sánchez, que fuese mi mejor amigo desde 1964, se habían ido enfriando, por razones que en otra parte contaré, limitándose ahora a nuestras relaciones como compañeros del conjunto musical, mundo donde yo mismo lo había introducido. Pero el Gallego estaba en España, así que me quedaba solamente Ramón Marcos. Por cierto, tenía también otros amigos... estaba Tito Únzaga, además de Hugo Mansilla, Manolo Gómez Aguilar y otros que en realidad ya formaban sólo un amplio horizonte de relaciones que se iban difuminando en intensidad a partir de los mencionados.

Así las cosas, el 21 de septiembre conocí a la que iba a ser mi primera novia. No es que no hubiese tenido relaciones sentimentales -y hasta algunas, aunque muy pocas, sexuales- con otras chicas, no. Sólo que esta sería la primera a quien consideré "una novia", por la seriedad que estaba decidido a infundir a nuestras relaciones y por una crisis que entonces atravesaba, debido a la cual me sentía ¡a los 18 años! un falso "Don Juan" deplorable e impío, angustiosamente dispuesto a "enmendarme".
medium_che.jpgOcurrió así: todavía algo rengo por lo de la moto, entré a una de las tantas "Fiestas de la Primavera", organizada por un tercer año de la Escuela Normal. Allí saqué a bailar a una bonita chica, de la cual recuerdo ahora solamente que se apodaba "Guti". Pero de un momento a otro, con el "juego de la escoba" me vi con otra pareja en mis brazos, esta vez una muchacha bastante más alta, flaca, de anteojos, quien me diría enseguida que se llamaba Silvia Castro García. Sospechosamente el juego de la escoba terminó, apenas hubimos cambiado nosotros de parejas. Luego me enteré de que había sido una artimaña, para arrancar a Guti de mis brazos y echarla en los de Hugo Rojas, con quien desde el comienzo las chicas de su barra -entre ellas Silvia- querían hacerla encontrar. Lo cierto es que terminé bailando, toda la noche, con Silvia Castro García, quien me invitó a un picnic que harían al día siguiente. En esa finca iba a comenzar, entonces, nuestro noviazgo.
Pero en octubre de 1967 iba a ocurrir, también, la muerte del Ché Guevara. ¿Y a mí qué podía importarme eso? Sin embargo, misteriosamente, me importó... ¡y mucho! Mi padre compraba casi todas las revistas que salían, por una voracidad lectora que lo arrebataba, a diferencia de mí, que sólo miraba las figuras. Pero, ¡qué figuras! Hojeando Life en Español, O´Cruzeiro, Siete Días Ilustrados, uno se encontraba por entonces con extraordinarias fotos de lo que ocurría en el mundo, con seguridad fundando las bases del fotoperiodismo contemporáneo. Allí, precisamente en la revista Life en Español, fue que me encontré de pronto, al dar vuelta una página, con aquella fotografía del Ché Guevara... ¿Qué ocurrió en mi alma? No lo sé. Lo cierto es que me sentí irresistiblemente invadido por unas profundas ganas de llorar. Por poco lo hago: miré a mi alrededor un tanto despavorido, pues en mis tierras suele estimarse de "maricones" a los hombres que lloran... no había nadie, sólo yo, medium_cristoyacente03.jpgsentado en el gran canapé central de la oficina de mi padre, y una silenciosa empleada que acomodaba papeles, a lo lejos, en la dependencia siguiente... Pero ya había pasado el momento. Recuperada la calma, seguí con mi inspección rutinaria de imágenes, viendo tal vez algunas de Ted Serious -que por esos tiempos asombraba con sus "fotografías psíquicas", logradas al mirar con fijeza una cámara-, o quizá Brigitte Bardot. No lo recuerdo. Sólo recuerdo esa foto, que iba a influir tan profundamente en mi vida, no la he olvidado hasta hoy.

08:55 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (5) | Tags: blogs en español