Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

02/03/19

Memento

 

El amor tiende a llegar cada vez más lejos. Pero tiene un límite. Cuando ese límite se sobrepasa, el amor se vuelve odio. Para evitar ese cambio, el amor debe hacerse diferente.
El amor tiene necesidad de realidad. ¿Hay algo más tremendo que descubrir un día que se ama a un ser imaginario a través de una apariencia corporal? Es mucho más tremendo que la muerte, porque la muerte no impide al amado haberlo sido.
Ese es el castigo consistente en haber alimentado al amor con la imaginación.
Todo cuanto es vil y mediocre en nosotros se rebela contra la pureza y tiene necesidad de mancillar esa pureza para salvar su vida.
Mancillar es modificar, es tocar. Lo bello es lo que no cabe querer cambiar. Dominar es manchar. Poseer es manchar.
Amar puramente es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que se ama.

Simone Weil

 memento

 

Ocurrió el lunes 11 de febrero de 2019, hacia las cuatro de la madrugada. Luego de varios días de intensa concentración psíquica, desvinculado de todo factor distractivo, pues transcurría esas horas en una casa lo suficientemente grande como para apartarme del ajetreo urbano, con la única compañía de un gallo, cuidándome de no invadir su área de desenvolvimiento, un patio arbolado al cual raramente me acercaba. Sin radio, televisión, teléfonos ni internet. Y esa noche, también sin electricidad, debido a un providencial corte.* 

* Posiblemente usted sabe que los flujos eléctricos son vehículos idóneos para entidades elementales, que no siempre aportan moléculas favorables al equilibrio psíquico de humanos, animales o plantas. 

El suceso en cuestión consistió en franquear, con mi íntegro cuerpo físico,  etérico, de luz y mental, el pórtico de una dimensión paralela. Ingresé en un espacio formalmente parecido al lugar donde estaba alojándome (calle Moreno 970, casi Avenida Roca, hacia el Oeste, en la ciudad de Tucumán). Pero en vez de pavimentadas, las calles eran de pura tierra. Solamente con un cordón de cemento armado delimitando las aceras. En esta oportunidad el callejón aparecía agrietado profundamente, por huellas  bastante pantanosas tras una lluvia pertinaz. Desde la vereda de enfrente, dando la espalda a un edificio de departamentos y un recibidor colectivo de rejas rojas cuadrangulares, pude contemplar la aparición de Clara. Cual velero en mar mecido apenas por la brisa ella avanzaba sobre una vereda de mi derecha, que a veinte metros de donde yo me embelezaba, se unía formando un ángulo recto sobre el piso. Al contemplarla acercarse pude captar también, tras un ancho ventanal, a mi abuela y a mi nieta, adecentando el jardín. 

Vi acercarse a Clara con arrobamiento en mi pecho ‒quizá en alguno de nuestros diálogos hube de mencionar su incomparable hermosura. Si no lo hice, por favor considere tal concepto como garantizado hoy‒. Su ropa era sencilla, de gusto fino. Sólo pollera y top, la primera hasta poco antes de la rodilla; hasta la cintura el segundo, apenas lo suficiente para cubrir su ombligo y terminando arriba en dobladillo redondo con pliegues, sostenido alrededor del cuello por un cordel de viyela marrón. De viyela o algo parecido eran asimismo las prendas, como pude comprobar pronto al ser bendito con la posibilidad de recorrerlas bajo las yemas de mis dedos. 

Estremecido de alegría y gozo, apenas atinaba a otra cosa que recorrer apacible, lánguidamente su espalda, sobrevolando apenas mis dedos la suave textura de los ondulados pliegues que su bonita remera formaba entre la cintura y su cervical, mientras ella, con voz dulce, hablaba. Mis ojos se humedecían como reacción a cierta consciencia del largo tiempo pasado entre nuestra última cita y la presente, agregando algunas pinceladas de sutil umbrosidad a los sentimientos, por lo demás exultantes, aunque sin mayores exterioridades. Más que esa delicuescente afabilidad que mi corazón albergaba, distribuyéndola por todo mi cuerpo desde la cabeza a los pies, la cual me llevaba a compadecerme de ella, a intentar con toda mi alma contener la suya, aprobar y asimilar todos sus razonamientos, saborear cada una de sus palabras ‒que no eran celebratorias‒ como si de delicadísima ambrosía se tratara. Por qué no eran celebratorias ‒sus palabras‒. Porque se quejaba, de que esa tarde íbamos a tener que separarnos temprano, pues ella debía cumplir un trámite universitario acompañada por su papá. (Se me representó la figura corpulenta,  de civilizada arrogancia, traje gris, zapatos negros, corbata roja, sombrero, sobre un peinado a la gomina, impecable, como todo lo demás, expresión displicente, seguridad de sí mismo en el rostro.) No sentí nada por él. Nunca sentí nada por él. Incluso alguna vez llegué a venderle mis únicos, venerados, casi inconseguibles discos de Janis Joplin sin chistar, sólo porque era el padre de Clara. Quiero decir con esto que sentía su presencia en aquella tragedia y los posteriores actos atroces que ejecutaría en relación con mi amada como una fatalidad inevitable. Como una saeta mortífera que de cualquier manera debía alcanzar la nuca de un determinado guerrero aunque se hallara entre miles de ellos y en la oscuridad. 

Clara me decía lo fastidioso que resultaba para ella ese trámite, máxime en esta oportunidad pues se había ilusionado en acompañarme a hacer mis propios trámites ‒en este caso los de mi familia‒, dada la diferencia de sentimientos que la embargaban al sólo caminar conmigo o con su padre al lado. Yo sentía hacia ella una ternura semejante al de un papá primerizo acogiendo entre los brazos desnudos a su bebé recién nacido colocado allí por un médico luego de cortar el cordón.

Caminamos un poco al azar, metiéndonos insensatamente en la calle de tierra, y casi cuando la habíamos cruzado por completo uno de los pies de Clara se hundió en el barro. Clara llevaba esas sandalias muy anchas con planta de corcho, aunque no tan exageradas como las que normalmente se usan. Se quitó la sandalia embarrada cruzando una de sus bonitas pantorrillas sobre la otra rodilla y trató de limpiarle con las manos pero yo se lo impedí, con delicadeza. Extrayendo un pañuelo de mi bolsillo trasero, pude quitarle todo el barro y le devolví la sandalia. Enseguida se la colocó. Logramos alcanzar la vereda, descansando un momento contra las rejas rojas cuadrangulares. Y ella me besó. 

Me besó poniéndose contra mi cuerpo con esa actitud tan absoluta como solía, de modo que nos uníamos desde los tobillos hasta las frentes formando una sola masa. El beso de Clara puso en movimiento dentro de mí el Concierto para piano y orquesta Nº 2 de Rachmaninoff y la felicidad más absoluta de mi existencia comenzó a fluir por cada una de mis células nuevamente como toda vez que Clara me besaba, tras Evos, elevándome de manera absoluta y sublime hasta el vuelo total como ninguna otra circunstancia de mi existencia había sido ‒ni sería luego‒ capaz de inducir jamás. Mis manos acariciaban apenas su cuerpo por sobre la suave remera de viyela estampada, que lucía florecillas naranjas y rojas surgiendo de entre hojas color verde oscuro y tallos marrones, sobre un fondo gris, igual que la falda.  Entonces sentí un sacudón leve y percibí sobre las pestañas de mis ojos entrecerrados a mi nietita, que tomando con una mano la pollera de Clara, apenas un poco por debajo de sus nalgas, trataba de llamar nuestra atención zarandeándola (yo sentía en mi cuerpo esos sacudones, prueba de lo unidos que estábamos con Clara); “abuelo”, “abuelo”, exclamaba mi nietita; apartamos un poco nuestros labios, manteniendo juntas sus comisuras, y mirándonos, nos sonreíamos con mi nietita. Ella comprendía nuestra felicidad, la hacía suya... Luego de eso nos dijo: “La abuela dice si puedes pagar, también, esta boleta”. Y me extendía una boleta de la Electricidad. “Sí, mi amor”, contesté yo tomándola. Contenta, ella regresó corriendo hacia su tatarabuela. 

Volvimos a caminar con Clara, esta vez teniendo especial cuidado de no meternos en el barro. Entonces apareció mi papá. Aparentaba unos 43 años, más o menos como en la era en que nos habíamos tratado con Clara. Por lo cual yo ‒recuérdese que mi nieta me había llamado abuelo‒ debía llevarle ya unos 26 años. Entonces, habíamos confluido en esa dimensión mi nieta, de unos 8 años, mi abuela ‒ausente ya en la anterior dimensión‒, yo, 69, mi papá, el papá de Clara, y Clara, todos ausentes en la dimensión anterior con una edad aproximada a la que tenían a principios de 1972. Mi papá me dirigió una mirada burlona, un tanto desdeñosa, junto a su sonrisa condescendiente, expresiones que yo conocía muy bien y significaban algo así como “chango, sigues desperdiciando tu existencia”. Esto me provocó tal molestia, tristeza e incomodidad, que me desvanecí de aquella dimensión. Volví a encontrarme, en cuerpo y alma, sentado junto al lecho matrimonial de los padres de Dardo Salum, sobre una silla tapizada. Hacía calor. Caminé por el extenso pasillo hacia las antiguas puertas de hierro con vitrales, y me asomé al patio arborecido. Estaba muy oscuro. Aún no se había despertado el gallo.

 

Miércoles 6 de marzo de 2019

 

11:30. Hoy estuve otra vez en la capilla de La Merced. Clara se quedó en la vereda, esperándome. Siempre lo hace. No le interesan las iglesias ni los curas. Salvo que puedan sernos útiles en algún sentido corporal. Como aquella vez que debimos refugiarnos en la iglesia de La Montonera, porque se había largado a llover. Al salir luego de rezar principalmente dando gracias y rogando que Clara siguiese esperándome afuera y no se hubiera ido me envolvió su alegría. Bajé del cordón metiéndome en el tránsito de bestias con apariencia humana que conducen todo tipo de vehículos motorizados y una gran camioneta negra tuvo que frenar luego de haberse lanzado con imprudencia sobre nosotros. Atravesó a Clara quien, como se sabe es ingrávida e inmune a la grosera materia de esta Tierra, y se detuvo sólo a unos veinte centímetros de mí. No pude ver si era bestia con cuerpo de hombre o mujer quien la conducía, pues los vidrios de su parabrisas también eran negros. Al llegar al negocio de mi amigo Abrahan Dip lo encontré en la puerta y nos pusimos a conversar. De repente vi un tubo que salía del negocio de enfrente, un local de discos y libros, adonde ahora está Lave Rap; un tubo serpenteante que sólo yo veía, pues Abrahan seguía contándome su historia como si nada, me di cuenta. Entonces, discretamente me despedí e ingresé por allí. 

 

[1998]

 

Un pote con miel, un platito de cerámica portando nueces, un paquetito con un compact dentro y junto a él un papel florido, escrito con mensaje amoroso, todo ello sobre el pequeño mantel. La disposición de los objetos ha consistido para mí otro lenguaje aprendido a lo largo de mi vida moldeada desde sus inicios por las artes. Esta disposición me emociona, es prístina concordancia, cualidad que devela inefablemente al amor. Amor no merecido (presiento, aunque no quiero decírmelo, temo con ello macular el don impalpable, el magnetismo inmanente fulgurando en el agrupamiento cósmico de los objetos, dictado a los dedos por el amor). En realidad nada de lo más hermoso que nos sucede puede ser merecido, esto es, no puede ser premio a nuestro afán por obtenerlo, pues el sólo habernos propuesto obtenerlo degradaría su carácter, convirtiéndolo en mero objeto de nuestro apetito. Sin ello sorprende, suscita la sensación de bondad infinita emanando su manifestación y en nuestro ánimo personal pequeñez, torpeza extrema, desvalida inepcia en tanto nuestros párpados se mojan. El paquete contiene un compact de Miles Davis que de inmediato pongo (en el ínterin he trasladado el reproductor portátil hasta bien cerquita de donde ya instalé la pava, sobre una esterilla peruana, y el mate, y la cucharita para la miel); los primeros sonidos perfectos,  vibrátilesvuelven a emocionarme mojando otra vez mis pestañas (todo muy en voz baja, todo con meticulosa prudencia, pues mi esposa y las cuatro chiquitas duermen). Chiquitas les digo, aún, aunque la mayor (nacida antes de nuestro encarcelamiento) va a cumplir 23 años. Y las que le siguen (nacidas después de la cárcel) tienen 14, 13,10. No ostentan la frecuente actitud individualista de los adolescentes, conservan, en cambio, la unidad magnética de los conjuntos armónicos, bien articulados. Ellas duermen pero antes de acostarse han dejado las cosas dispuestas para que yo a las seis de la mañana sea feliz mientras tomo mate; es el Día del Padre.

Muy pronto cumpliré 49 años.

He dado gracias a Dios de rodillas, en la penumbra del ancho comedor de nuestra casa. He dado gracias por esta familia unida de la cual formo parte, por todas las experiencias y los extraordinarios sucesos, tanto exteriores como internos, vividos a lo largo de la presente existencia. Que a veces me ha parecido larga. Otras veces corta. En la penumbra del comedor de nuestra casa tomo mate, mastico despaciosamente los óvulos granulados de las nueces, sorbo miel en lentas cucharadas. Ante mí la ancha y larga mesa de algarrobo, con sus doce sillas, sobriamente majestuosas, monásticas, premonición casual que aún no alcancé a escudriñar;  más allá el vector sutil que forman las delicadas cortinas pálidas, y por tras de los gruesos cristales escarchados con un ocre naranja, trascendiendo las complejas tramas que combinan las sombras multiformes de los variados árboles en el entorno exterior, y el resplandor, aún muy leve, del amanecer. ¿Qué meditaré hoy? Sobre el instante de mi nacimiento, me digo. Mas de inmediato se presenta en el panorama interior no el lejano primer desconcierto de la sala de partos con ruidos metálicos o el farfulleo de enfermeras y médicos sino otro relámpago, el del sol rebosante sobre la calle anchísima al cruzar hacia fuera la gigantesca puerta de acero de la cárcel, emerger de los tenebrosos pasillos, más otros ruidos, también metálicos: de autos, transitando no muy aglutinados en aquella lejana barriada de La Plata.

 

[1974]

  

Entrábamos y salíamos del local del FAS en cualquier momento del día; los muchachos y chicas –casi ninguno superaba los 22 ó 23 años y muchos tenían menos de 20– llevando carteles, trayendo maderas y volantes en pilas, con libros bajo el brazo, despeinados, con el pelo corto para no tener trabajo con él, de vaqueros y zapatillas, sin el menor cuidado por el aspecto exterior, chicas rubias y hermosas con el pelo suelto y una bufanda agujereada al cuello, muchachas morenas y esbeltas, con los vaqueros remendados en las rodillas y en las nalgas (tal vez su padre era dueño de una fábrica, pero allí todos nos igualábamos, todos queríamos ser “proletarios”). Era muy bueno vivir aquello y no me arrepiento, pese a la tragedia que sobrevolaba cada atardecer y a lo que vino después. Argentina vivió en aquel momento un tiempo de florecimiento espiritual y los jóvenes éramos sus protagonistas.

Yo estaba con Renzo Di Giovanni sentado en una de las galerías cuando vino Laysa y me tapó con su campera roja la cabeza desde atrás. Yo no sabía que era Laysa pero lo intuí y su perfume hizo que mi corazón se alegrara con flores, una indiferencia de segundos, la seguridad del afecto en la oscuridad y luego los ojos azules de mi amiga sonriendo bajo su melenita rubia y suave que se agitaba como hija de sol. Ella tenía diecinueve años y era tan hermosa como una actriz de televisión (o mucho más). Pequeñita y ágil, cuerpo griego, yo no sabía casi nada de su vida personal; apenas que su padre era judío y muy rico, que estudiaba sociología y por algunos datos,  montonera, de la “Columna Sabino Navarro”.

La “Columna Sabino Navarro” de Montoneros era una escisión cordobesa, los sectores más izquierdizados de Córdoba, que luego de un proceso de crítica a la derechización de la dirigencia montonera, terminó alejándose de la organización armada para constituir una facción propia. Seguían reivindicándose “peronistas”, pero en la actualidad se habían acercado al FAS.

El FAS, a su vez, era un frente de izquierda (la sigla significaba “Frente Antiimperialista hacia el Socialismo”), que concitaba a las principales organizaciones políticas revolucionarias, pero que, al momento, se había ido convirtiendo en un conglomerado de sectores conducido por el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), que a su vez dirigía el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).

Esa tarde me sentía particularmente feliz. Caminábamos con Laysa por la ancha avenida Chacabuco hacia el parque y el frío sorpresivo de aquella mañana se había convertido hacia el atardecer en una brisa tibia, que devolvió la primavera a las calles; los autos iban y venían lejanos, nuestros sentidos iban flotando, en serena comunión. Un solo pinchazo de inquietud me atacó, cuando recordé el rostro sorprendido de Renzo al ver a la muchacha hermosa que me buscaba (ella había salido de una reunión) y sorprendí en sus ojos un dejo de tristeza.  Renzo era inválido; tenía un defecto irremediable en las piernas, provocado por haber tenido cuando niño poliomielitis. Su cuerpo se había desarrollado desmesuradamente cargado de carnes hacia arriba, dejándole como suspenso en sus brazos, poderosos, que manejaban las muletas de metal sobre un par de piernecillas minúsculas que pendían desde el corpachón, muertas.  Aventé mi inquietud y mi conmiseración, porque esa tarde quería ser feliz. De hecho, físicamente ya lo era, caminando por la avenida Chacabuco junto a Laysa, entre la brisa tibia y el rumor de los autos, llevando los dos nuestras camperas al hombro, acariciándonos sin decirnos nada, ni siquiera tocarnos, sólo con la energía vital de nuestros cuerpos, que se había unido a nuestro alrededor, envolviéndonos.

Estuvimos un largo rato en el parque. De tanto en tantos nos besábamos, pero una característica saliente de aquella relación era que todo el tiempo conversábamos. ¡Teníamos tanto para hablar! La política de las diferentes organizaciones armadas, el amor según los conceptos de Erich Fromm, su “carrera” de sociología… Éramos felices conociéndonos, no necesitábamos del acto sexual. Además, ella era judía, y esto constituía para mí una atracción adicional.

 

Era tan feliz en aquella primavera de 1973, ahora que lo pienso, porque había logrado sacar la cabeza de un mar oscuro, como de aceite, que me ahogaba desde la muerte de Clary. El surgimiento se había ido dando por etapas. La primera, salir de aquel sopor en que se había sumido mi conciencia, gran parte de ella debatiéndose en el ámbito donde luchaba el espíritu de Clara que aún se resistía a dejar el plano de la materia y encontrarme solo en un nuevo y triste mundo que me parecía muerto.  O al revés: yo muerto en un mundo bullendo de vibraciones que ya no me incluían. Como inhabilitado de repente para las actividades exteriores, había ido perdiendo en aquellos brumosos cuatro meses que iniciaban el año el carisma político que hubiera obtenido antes y  junto a él los amigos. Recuerdo dos hechos, en dos planos. El primero, material, sucedió cuando mi padre, en uno de sus tantos esfuerzos por sacarme del marasmo y dotarme de un medio de vida al mismo tiempo, me consiguió un trabajo en Radio Nacional. Yo iba recomendado como un joven muy lúcido y de buena preparación intelectual; el director –un teniente coronel retirado– consideró que mi talento justificaba que mi primera tarea fuese representar a la radio en un debate que se haría en el Jockey Club, sobre las próximas elecciones. Fui, por obligación, pero al subir me sucedió algo dramático. No atiné a decir palabra. Todos esperaban que yo hablara –de hecho, me habían visto hacerlo en varias oportunidades y con brillo– e incluso, al escuchar otras posiciones que se consideraban “reaccionarias”, desde el público me hacían señas para que las rebatiera. Pero yo, nada. Debía aparentar, me imagino, indiferencia con mi impavidez, lo que sentía en realidad era miedo. Tenía miedo de hablar, no me sentía ligado a la gente que me miraba, me rodeaba, me agredía de algún modo al haberme sacado de mi mundo interior. Donde por varios meses me había sepultado. ###########

El otro plano metafísico:

Una noche, abrumado de cansancio por la cantidad de tareas que yo mismo me asignaba con el intento desesperado por escapar de mí mismo, caí en la cama donde dormía, solo, en la habitación que fuese de mi abuela y donde nunca había dormido con Clara. Eran las dos de la mañana, y yo tenía que levantarme a las tres, para encontrarme con unos compañeros con quienes teníamos que hacer una volanteada. No tenía despertador, pero me tiré vestido nomás entre las sábanas desordenadas con una vaga intuición de que algo iba a garantizar que me despertara. Así fue. A las tres en punto –lo supe porque en el momento en que abordaba con dificultad la realidad sonaron las campanadas del reloj en el comedor– sentí sobre mis labios un beso suave, extenso, en los labios y sobre mi cuello los mechones suaves del cabello de Clara. La vi, luego, desdibujarse lentamente contra la oscuridad del cuarto, mientras mis sentidos iban tomando solidez.

Dos fuegos impedían que mi corazón dejara de latir. Uno, la revolución. Otro, aquella desesperante sed de una mano blanda que calmara ese dolor, a veces suave, a veces cruel, que palpitaba en el fondo de mi espíritu. No la había encontrado todavía. O mejor dicho, no la había encontrado de un modo permanente. Pues en aquella etapa joven de mi vida, aun creía en la posibilidad de permanencia (para las cosas). Si no la hubiese buscado con aquel sentido de absoluto –a la felicidad– podría haber sido menos injusto en la etapa final de mi noviazgo, cuando ya no amaba a Clara. Porque, si bien es cierto que ella había sido la primera mujer que amé, también es cierto que luego ya no la amé. La muerte llegando en un momento en el que los sentimientos gloriosos que gestáramos unidos estaban secos, despojó a nuestra historia de aquel carácter de perfección trágica que dota a las de Romeo y Julieta u otras narradas por Bécquer. Entonces, si bien mi alma se arrastraba envuelta en brumas de agonía, lo era más que nada por los sentimientos de culpa tremenda que la agobiaban, antes que del dolor por la ausencia de la amada. Había aprendido a revalorar y repetía mentalmente los mejores momentos, los momentos de felicidad vividos junto a ella, es cierto, y los reproducía con la imaginación mil veces; pero lo hacía también como un modo de dolerme hasta la desesperación por mi conducta, que consideraba culpable. Así pues, no me suicidé porque lo consideraba indigno y contrario a mi fe en Dios, pero si lo hubiese hecho, hubiera sido para castigarme por lo que yo consideraba una gran culpa y no por la pérdida de una muchacha a quien, aunque no me lo confesara abiertamente, ya no amaba.

Entonces mi camino para el futuro luego de la muerte de Clara estuvo cargado de esa obsesiva, agobiante presencia semiconsciente, que calificaba todos mis actos: pagar la culpa.

En aquel período de unos cuatro meses después de atravesar apenas el estupor póstumo a esa muerte que marcaría definitivamente mi existencia, de marzo a agosto del 73, anduve difuminado,  sin un rumbo preciso, y el estado general de mis pensamientos rondaba los lindes de una dolorosa indiferencia. Todo me dolía, pero de un modo distante, asordinado. La pavorosa gimnasia de la muerte (pavorosa para mí, que nunca antes la había sufrido) desde que muriera mi tío Belisario, hasta la de la Clary, habían llevado a mi corazón hasta el límite máximo del dolor y ya no había al parecer ninguno que hiciera oscilar el registro de mis emociones en un punto que modificar los anteriores. Habían sido dos muertes, nada más, es cierto (lo digo por lo que luego sucedió, cuando cada día nuestra nación amanecía convertida en cementerio; dos muertes, pero en ellas, yo ya había vivido todas. La de mi tío Belisario (una muerte… “natural”, por enfermedad) me colocó en una situación de depresiva perplejidad; yo negaba lo que sucedía, no podía ser que mi tío hubiera muerto, no lo creía, pero sufría al ver su ausencia en los rostros de mi padre y de mi abuelo, y en el dolor incalculable de mi Mamaviejita. ¡Ah, cómo me dolían sus llantos en la noche, sus gemidos ululantes, aquel padecimiento inconsolable de mi abuela!

Jamás había vivido de cerca un dolor tan hondo  y eso a mí me parecía un sueño, un desperfecto en el mecanismo de la realidad, algo que me producía un desasosiego intolerable y modificaba todos los parámetros de mi ubicación en el concierto universal. De repente, habían cambiado las reglas, la muerte de mi tío Belisario modificado todo lo existente, y como si hubiese sido trasplantada a otra galaxia, mi conciencia ya no percibiría nada con los mismos sentidos que en la etapa anterior.

 

Odio la pata de pollo

 

[Junio de 1973] Al mendigo le faltaban las dos piernas. Sentado en el umbral del restaurante, esperaba que alguien le diera algún resto o una moneda. Era un hombre menor de cuarenta años, demacrado. Su barba, gruesa, le cubría hasta la mitad de los pómulos; sus cabellos, igualmente negros, estaban muy crecidos, apelotonados en partes debido a la tierra, el smog, la grasitud del cuero cabelludo. Alguien le había dado una frazada, en otro tiempo de colores chillones; con ella envolvía su cuerpo para protegerse del frío.

Juan Cruz se conmovió y apenas se ubicaron alrededor de una mesita redonda, preguntó a su padre si podían invitar al mendigo a comer. Su padre asintió; entonces, cuando se acercó la camarera bonita, rubia, de uniforme a cuadritos rosa, además de abundante almuerzo para su padre, el chofer del Consejo  General de Educación y él, Juan Cruz pidió una costeleta grande, abundante ensalada y un cuarto litro de vino para el mendigo. La camarera titubeó:

–¿Adónde le sirvo…? Al señor, digo…

Juan Cruz había dicho “para el señor que está en la puerta”; por no comprometer demasiado al chofer, que lo miraba con cierta sorna, indicó:

–En aquella mesita, por favor.

Una hilera de mesas pequeñas, empotradas en la pared y recubiertas de cerámica había sido dispuesta a lo largo del pasillo de entrada. El bar era relativamente pequeño, muy pulcro, contaba con ese pasillo largo para comidas rápidas o café y el saloncito donde se habían acomodado los tres viajeros. Tal vez por ser temprano las doce– no se veía ningún comensal aparte de ellos.

Juan Cruz se levantó y con palabras corteses invitó al mendigo a entrar. El mendigo era un hombre educado y de mirada inteligente. Agradeció sin exageraciones y se acercó hasta la mesa indicaba desplazándose de un modo torpe y extraño con los dos muñones de piernas que le habían quedado. Al llegar, el joven tuvo que ayudarlo para que pudiera ascender a la silla y acomodarse. Viéndolo allí, esperar pacientemente su almuerzo, Juan Cruz se conmovió y a la vez se sintió mejor. Entonces vino la camarera. Nerviosa, retorcía un repasador rosado que traía entre los dedos.

Señor, disculpe, dice la patrona que a aquel señor no podemos servirle aquí…”.

¿Por qué?– se encrespó Juan Cruz – ¿Acaso cree que no le vamos a pagar?

No es esto, señor… las normas de la casa…

¡Qué normas! – resopló Juan Cruz – ¿Acaso no es un ser humano como usted y yo?

¡Tiene razón, señor, pero la patrona….

La mujer rubia también pero bastante mayor que la empleada y un poco más robusta, observaba inquisitivamente desde atrás del mostrador, a unos veinte metros de distancia.

Está bien, Juan Cruz, veamos cómo arreglar esto– dijo su padre. Y dirigiéndose a la muchacha:

¿Se podrá hacer un buen sándwich de lomito, en vez de la costeleta, agregarle ensalada y que ese buen hombre lo coma en la puerta?

Voy a consultar– contestó la camarera. Enseguida volvió para decir que no había problema. Más tarde, luego de que les hubo servido todo lo que ordenaran, la vieron pasar con un plato donde llevaba un gran sándwich de carne en pan francés. El mendigo, apalabrado anteriormente por ella, había regresado al umbral. Estiró sus dos manos y tomó el sándwich; antes de llevarlo a la boca, miró hacia la mesa de los tres viajeros con sereno agradecimiento.

 

23:12 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (1)

Comentarios

extraño suceso

Anotado por: Rudolf Mëir | 16/05/19

Los comentarios son cerrados