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20/05/05

Everness

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria.
Y cifra en Su profética memoria
Las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
Que entre los dos crepúsculos del día
Tu rostro fue dejando en los espejos
Y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
No tienen fin sus arduos corredores
Y las puertas se cierran a tu paso;
Sólo del otro lado del ocaso
Verás los Arquetipos y Esplendores.

Jorge Luis Borges



Un cielo azul marino, en un rectángulo. En él, lucecitas titilantes, emanando ese acariciante resplandor. Hasta que otro resplandor, esta vez intenso, se expande, uniforme, en el ámbito donde está el que observa: y el cielo se pone negro, las lucecitas se deslíen, derrotadas por la electricidad, que acaba de anegar la habitación.
Luego de esto, todo es suponer. Supongo que este cuadro lo vi desde mi cuna, no sé cuántos meses -o días- después de habérseme abierto las mirillas. No tenía noción de mi cuerpo, sólo me interesaba el cielo. Percibía sonidos apagados, voces, sombras que se manifestaban pálidamente cuando se encendía la otra luz. Vagamente me fastidiaban. Quería que siga el cielo, tranquilo, emanando su amable resplandor. Yo era ese cielo. Cuando irrumpía la luz eléctrica, me encarcelaba. Quedaba inmóvil, muerto, en el estrecho rectángulo de esa ventana.

Campo Verde era una planicie inmensa en 1952. Mi tío Agustín era el director de la escuela. Mi abuelo Brígido, comisario de Guampacha, el pueblo más cercano. En la foto está mi abuelo como era entonces, junto a mi abuela Corina.
Recuerdo a don Olegario Ávila, un estanciero vecino. Hombre más bien bajo, muy fornido, de vientre impetuoso, que se destacaba por la rastra: sobreorlada con grandes monedas de plata. Usaba bombacha gris y botas acordeonadas -era la moda-, espuelas, camisa blanca, pañuelo al cuello, chaleco azul, sombrero, negro, redondo, anchísimo como merecía este sol, único en su fuerza para toda la república Argentina. La gente solía transportarse a caballo o en sulki. Pero mi tío Agustín tenía una bicicleta. Con ella íbamos a la ciudad. ¡Muy lejos! Recién de adulto comprendo el esfuerzo que aquello representaba. ¡Más de cien kilómetros, por caminos de tierra, por serranías! Entonces, con tres años recién cumplidos, lo vivía como un muy lindo paseo.


La bicicleta de mi tío Agustín tenía los manubrios combados. Vueltos hacia arriba, se me representaban las astas de un toro, como los que se veían frecuentemente en Campo Verde; la bicicleta me inspiraba por ello más respeto. Era un ser vivo -sentía yo-, sólo que en otro plano de vida.
Mi tío Agustín fumaba. Sólo de vez en cuando. En ocasiones felices, supongo, pues lo veía encender un cigarrillo luego de abrir cuidadosamente el paquete blanco, con rayitas doradas (Kent) cuando estábamos en la ciudad, al ponerse a escuchar música junto a la vitrola. ¡Era todo un acontecimiento! La vitrola era una caja de madera, un plato invertido encima y una bocina con forma de flor metálica, emergiendo hacia arriba. Mi tío sacaba una cajita con púas -pequeños clavitos sin cabeza- de su portafolios, la encasquillaba en la pesada cabeza del brazo para colocarla luego sobre el disco que giraba, muy rápidamente. No sé cuántos discos se podían escuchar con cada púa. Sé que eran pocos. Ellos venían con un solo tema musical de cada lado; grandes y pesados, negros, algunos -los de RCA, creo -tenían en el centro, pegado, un rótulo circular con una imagen dibujada de la misma vitrola que teníamos, y un perrito escuchando, asombrado.
"Fumando espero, a la que yo más quiero...
"tras los cristales, de abiertos ventanales"
La lógica de los mayores era evidente y no merecía duda alguna en mi pensamiento: un hombre fumando, al lado del instrumento más preciado de la casa -junto a la radio-; ambas declaraban musicalmente, en su oportunidad:
"Fumar es un placer, genial, sensual..."
Eso bastaba para legitimar al cigarrillo. Me resultaban pues muy simpáticos los hombres que fumaban. Y su olor. El que más me gustaba era el de mi tío Antonio, que cuando nos visitaba me abrazaba muy fuerte. Entonces yo sentía alegría exquisita junto al olor de cigarrillos emanando mezclado con su masculino perfume desde las anchas solapas de su traje a rayas, marrón oscuro a rayas: mi tio vestía con mesurada elegancia. Creo que contribuía al inmenso afecto que me despertaba el que jamás olvidara traerme chocolates. Luego se sentaba en el sillón grande, en el ancho hall de la casa de mi abuelo, en la ciudad. Siempre elegía el sillón grande. Quizás porque en ese entonces -el único tiempo donde lo recuerdo, antes de su desaparición- andaba rengo. Limpiando la escopeta, el largo caño doble hacia abajo, se había disparado una perdigonada en el pie derecho; al introducir la baqueta no había advertido la presencia de un cartucho viejo.
Mi tío Antonio Revainera lucía bigotito fino, meticulosamente recortado, sobre un rostro impenetrable, completamente limpio. Usaba el oscuro pelo lacio muy corto, aplastado a la gomina. Algunos años después, al ver de cerca a Atahualpa Yupanqui, me pareció que su rostro copiaba casi a la perfección el de mi tío. Era hermano del padre de mi madre -debido a lo cual, en rigor de precisiones, tíoabuelo: mas nadie dice "tioabuelo" a sus tíoabuelos. Debemos llamarlos "tío".
Como a mi tío Sandalio, que vivía junto al canal. Él era hermano de mi abuelo, y como mi abuelo, también, hombre de armas. En los febriscentes años de La Forestal, había formado parte de la temible "Guardia del Monte". Los que se movían a caballo y llevaban winchester -además de revólver, 38 largo- y uniforme rojo. Recién luego de cumplir 20 años comprendí lo siniestro del papel cumplido por aquella "guardia especial", ocupada en perseguir "bandidos" como Bairoletto o Mate Cocido en El Chaco y Santa Fe. Instrumento al servicio de los capitalistas británicos, su función principal era contener la indignación de los trabajadores explotados, o los "gauchos pobres" que se oponían al desmonte irracional de tantas tierras selváticas, convertidas finalmente en desierto por la multinacional. Pero ya hablaré más tarde sobre estos temas. Ahora volvamos al 52, año en que como dije, yo contaba en mi haber tan sólo con tres años sobre este planeta. Por ese entonces mi tío (abuelo) Sandalio había dejado ya su puesto de sargento en la Guardia del Monte y trabajaba con un reposado cargo de mantenimiento, en el hangar del aeropuerto estatal.
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A la izquierda de la foto, mi tía Teodora Barros, esposa de Mariano Carreras, mi tío (extrema derecha). Luego de ella, hacia la derecha, mi tío Agustín. Enseguida, en el centro, mi abuelo, Brígido Carreras Santillán. A su lado, "Tato" Barros, hermano de mi tía Teodora. En el centro, mi abuela, María Corina Coria, y arriba de ella, yo.

Mi papá no fumaba. Tarde advertí eso, recién como a los seis años. Para entonces ya vivíamos en la ciudad, con mi abuela Corina, pues mi mamá se había ido. De los tres hermanos varones -él, que se llamaba Julio, como yo, el mencionado Agustín y Mariano, el mayor-, mi papá era el único que no fumaba. Mi tío Mariano fumaba negros -como corresponde a su carácter, cosa que tal vez en los próximos textos se verá. Hasta mi abuelo fumaba, pero prefería los cigarros en chala (aunque con el tiempo, ya "exiliado" del campo, en su espaciosa casa de la ciudad, solía mandarme -aunque yo tuviera veinte años- a comprarle cigarrillos negros, muy fuertes, para sustituir penosamente aquellos cigarros que muy pocas veces se conseguían ya, en la "progresista" ciudad.

11:00 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (2)

Los Carreras

668011eca17ecc07b4126387c5cd701a.jpgImagen: Brígido Carreras.

Mi abuelo tenía 12 hermanos. "Tata" Pancho (Francisco Carreras), su padre, era Encargado de una gigantesca estancia, La Noria, en el sur de Santiago. Mi abuelo despreciaba a su padre, por haberse entregado al alcohol. Sin embargo, por muchos Francisco era considerado un hombre sabio, muy bonachón, amigable, y un buen patriarca.  De aquellos 12 hermanos hijos de Tata Pancho con Delia Santillán, la mayoría terminó yéndose a Buenos Aires. Una de las dos mujeres se casó con un alemán, los vi por última vez hacia 1967, en un gigantesco rascacielos porteño que administraban. La otra enviudó de un porteño para casarse con otro -burrero, es decir, afecto a las apuestas en el hipódromo-, hacia los `60. También me alojaron alguna vez, en las incursiones a Buenos Aires que empecé a practicar con alguna frecuencia, luego de que me fugara de mi casa paterna en 1963. Algunos de los demás o sus descendientes son personajes prestigiosos en la provincia de Buenos Aires.
Se hablaba de la hermosura física de Manuel, uno de los hermanos mayores de mi abuelo. Tez morena -como casi todos en esa tierra de exuberante sol- pelo negro, como los bigotes, y hermosos ojos azules, alto, elocuente, era perseguido por las mujeres loretanas. Se casó con una, pero no tuvo hijos ya que se suicidó a los 34 años.

Su muerte fue algo truculenta. Mientras su esposa conversaba con una amiga, afuera de la casa, junto al cerco que la delimitaba, él se pegó un tiro en la sien con un revólver 38 largo. Al parecer el tiro le apartó la mano, haciendo que la bala rozara su frente dejándole un rasguño y fuera a incrustarse en la pared. Su esposa y la amiga, que habían venido 9ba7d204de94ea61b9b57f420e23056b.jpgcorriendo al escuchar el estampido, llegaron a tiempo sólo para ver que Manuel se descerrajaba otro tiro -esta vez fatal, pues había introducido el caño del revólver en la boca, para no fallar.

Imagen: José Miguel Carrera


"Carreras" viene de "Carrera", el apellido original. El primero en estar aquí fue un español de Toledo, Bernardo Carrera, quien se desempeñaba como platero en El Cuzco hacia 1736. Por esa época fue que sus hijos se desplazan hacia la zona que hoy es Entre Ríos, en la Argentina, para ingresar desde allí a Santiago del Estero entre 1817 y 1822.
José Miguel Carrera, el caudillo chileno en conflicto con las clases dominantes había vuelto y estaba en Entre Ríos entonces. Y la emigración de mis antepasados ocurre aproximadamente al mismo tiempo que la derrota de Carrera y el abandono de su amigo, Estanislao López. ¿Tienen alguna relación estos dos sucesos? No lo sé. Hombres rudos y de combate, no se sabe mucho de ellos, más allá de un Napoleón Carrera, que se destacó en las batallas de la Independencia, junto al caudillo Juan Felipe Ibarra, hasta la generación de mis abuelos -bisnietos de él. De entre mis abuelos, Brígido -padre de mi papá- era el más peligroso. A los 14 años era capaz de voltear un torito a la carrera, tomándolo de las guampas. Se destacaba por ello, por su masculina hermosura física -moreno de ojos verdes- su metálica voz de mando, su velocidad con el cuchillo. Esto último le valió determinar quién bailaría con quién en cada fiesta, donde llegaba y después de bajarse del caballo se ubicaba en el centro de la pista, elegía a la niña que le agradara más, luego a un joven, y les ordenaba que bailaran para él, a los veintiún años. Félix Cruz fue un guapo muy famoso, de la provincia de Buenos Aires, a quien mi abuelo derrotó. Vestido enteramente de negro, rastra de plata, espuelas relumbrantes, Cruz era muy buen mozo y más alto que mi abuelo. De bigotes negros (mi abuelo los tenía rubios) Cruz impresionaba por su mirada fija y su parsimonia al andar. Fumaba serenamente mientras esperaba el momento en que su rival se echaría sobre él empuñando el facón. Mi abuelo le hizo un tajo en la muñeca derecha, Cruz tomó el pesado facón de plata en el aire con su mano izquierda sólo para recibir como un rayo otro profundo tajo allí, del facón de mi abuelo, que por entonces tenía 22 años. El sureño, cuarentón ya, no tuvo más remedio que retirarse pues ya no podía pelear.

 

Post: El 10 de mayo de 1981, en Buenos Aires, estando preso de la dictadura argentina, escribí estos versos dedicados a uno de mis abuelos.

El Jinete Oscuro

A Juan Manuel Carrera (1830-1899)

Ya sé que el recuerdo te ha hecho gigante
Pero cómo no hablar de tus famosos
Ojos negros, o de tu erecta estampa
Cuando te nombra con tanta frecuencia
La médula de mis sueños.
Nadie retiene ya muy claramente
Cómo eras, se guarda tu nombradía

Con el cuchillo, tu ropaje oscuro,
Tu voz, los sonidos de tu guitarra
O el campo que construiste.
Flacos ornamentos para un retrato.
¿Qué pensarías cuando caminabas
Sobre esa tierra llena de fantasmas
En la afiebrada noche del Kacuy?
¿Qué turbulencias sonoras, movían
Los torrentes de tu entraña?
Tu bisabuelo español
Especialista en milagros de Plata,
Tu abuelo, que militó con Ibarra,
O nuestros parientes mendocinos,
Perduración tenaz de los Fusilados...
Tanta historia, tanta vida y misterios
Tantos ecos sucesivos, golpeando
Su letanía en la sangre.
Cómo no hablar, pues, de tus ojos negros
Si son la encrucijada de mis líneas
El nudo desde donde se despliegan
Los tres planos verdaderos de mi tiempo:
El Hoy, el de aquél prófugo de Toledo
Y el de mi Abuelo, tu Nieto,
El que agregó una ese al apellido.

 

Origen del apellido Carrera

Por Ana María Ried Undurraga

Junio de 2007

La Arqueología Nobiliaria de don Fernando Márquez de la Plata menciona el documento más antiguo relacionado con esta familia que está en la Biblioteca Nacional de Madrid: el manuscrito Gracia Dei que fue escrito durante el reinado de los Reyes Católicos, que dice “Los del Apellido y Linaje de Carrera y Camino son muy emparentados y vienen de un mismo tronco, porque proceden de dos hermanos, naturales de las montañas y valle de Trasmiera, que llaman de Aco.
En tiempo del rey don Alonso, que ganó a Cuenca y a su Obispado, y la villa, estos hermanos sirvieron al rey, y mucho, en estas guerras; ganaron mucha honra y loor y así llevaron su apellido de esta manera:
“Teniendo el dicho rey don Alonso cercado uno de los dichos Castillos, estos hermanos se señalaron grandemente en la toma de él, porque ambos hermanos, antes de amanecer, a caballo, siguiendo el uno al otro, tomaron el camino donde estaba la gente que lo defendía.
El hermano que iba adelante fue muerto por un centinela, y el otro, que lo seguía apuró con furia su caballo, de manera que los que le seguían en su carrera, mataron a los guardias, entraron al castillo y colocaron la bandera del rey en la torre de homenaje.
Al saber el rey la hazaña de estos hidalgos, los mandó llamar, y al ver que había uno solo, preguntó por el otro hermano, y  le contestaron que el otro había muerto en la carrera.  Dijo el Rey: sea su nuevo apellido Carrera, y haya por armas un escudo partido, con un castillo con tres torres, y en la parte del homenaje salga un brazo, armado que tenga en la mano un pendón colorado, y encima de cada torre una estrella azul, en señal de que se hizo esta hazaña antes del amanecer, y póngase una banda negra que los atraviese, en señal de haber muerto el otro hermano en la carrera”.
Estas armas constan en la certificación de blasones dada por Juan de Mendoza, cronista y Rey de Armas de Felipe IV, el 8 de enero de 1632, a favor de Domingo de la Carrera, dueño, en aquella época de la casa de Amezqueta, del país vasco.

 

Los Revainera

RevaineraEl apellido de mi madre viene de Rivadeneira, la familia de un fraile de origen portugués; ellos se establecieron en las Misiones Jesuíticas a principios del siglo XVIII. En 1892 mi tatarabuelo emigra de Villa Atamisqui, con sus once hijos, formando una caravana de carretas que decide establecerse finalmente en un paraje llamado Garza, como a 100 kilómetros hacia el Este de allí. Fuera de ellos había muy pocos pobladores en aquellos montes, por lo cual tomaron unas 5.000 hectáreas bajo su dominio y rápidamente obtuvieron de ellas todo lo que precisaban para vivir bien. Construyeron un complejo edificio de once casas pegadas, comunicadas por una galería; allí cada uno vivía cómodamente con su respectiva familia. Pronto eran una organizada cooperativa, donde las mujeres cocinaban y cosían, los hombres sembraban trigo, fabricaban harina, atendían un negocio que más tarde pusieron, pues además de hacer el pan en cantidades allí se faenaban reses, se hacían muebles u otros numerosos objetos necesarios para las labores de campo en la carpintería, se elaboraban arneses, riendas, lazos, rebenques, guardamontes, en la talabartería, se fabricaban herramientas de labranza en la herrería, etcétera.
Cuando llegaron los ingleses, en 1896, trayendo su Ferrocarril, este pequeño emporio que habían construido mis abuelos les vino de perillas para abastecerse. Y a la segunda generación de Revaineras en Garza los enriqueció. En Garza, hacia 1898 pues, se había construido, entre otros lujos europeos desconocidos por entonces en la provincia de Santiago, la primera cancha  de tennis que hubo aquí. Para que se divirtieran los ingleses, y los pocos criollos -entre los cuales la familia Revainera- que podían compartir sus reuniones, sus juegos y sus veladas.

* En la foto: Alberto Revainera (Garza, 1926).

Garza

Durante el invierno de 1888 Leonardo Revainera, Esmeralda Sosa y sus once hijos partieron de Villa Atamisqui hacia el norte. Leonardo era un hombre de 59 años, el menor de sus hijos tenía 21. Además de la familia iban con ellos unas treinta personas, hombres, mujeres y niños, a su servicio. También un irlandés, Darrick Mc Lean, técnico especializado en molinos.
Al atardecer de ese mismo día arribaron al destino elegido: un lugar prácticamente deshabitado de la región, que los nativos solían llamar “Garza”. Posiblemente por la abundancia de aquellos elegantes pájaros sobre sus numerosos esteros. Luego de dos años de duro trabajo (de sus peones), los Revainera tenían montada una verdadera factoría. 4.500 hectáreas se habían marcado ya como su propiedad. En parte de ellas, cultivaban tomates, melón y sandías para exportación. Asimismo, trigo, con el cual se fabricaba el pan para las ya cerca de 120 personas que formaban parte de su negocio y además –esto es un dato clave– para las decenas, a veces cientos de trabajadores que iban terminando la construcción del ramal del Ferrocarril Central Argentino que unía La Banda con Buenos Aires. A los ingenieros ingleses y sus equipos europeos, los Revainera Sosa proveyeron durante aquel periodo –1889-1908, apróximadamente– no sólo alimentos. Advertidos sobre el arribo de los ingleses y el auge de la explotación forestal, los Revainera tenían montadas una ferretería, una tienda de ropa, carnicería, talabartería, fábrica de sulkys y tilburís: en fin, prácticamente todo lo que se necesitaba para subsistir en aquella comarca de pioneros. Financiados por los ingleses, también, construyeron una cancha de tenis, cuando aún en la capital de Santiago del Estero este deporte ni se practicaba ni se conocía.
Su prosperidad alcanzó tal grado de solidez que sólo por ostentarla, Leonardo Revainera mandó fundir en oro la campana de la bonita capilla que poseía en su estancia, para uso privado. Pero poco tiempo más tarde –en 1905–, falleció. Esto dejó sin liderazgo a la familia. Que comenzó a decaer.
Los Revainera Sosa eran por parte de padre y madre descendientes de antiguas familias ibéricas. Posiblemente cargaban el estigma de tales razas: una tendencia irrefrenable a los lujos y al refinamiento cultural, debido a lo cual gastaban, generalmente, mucho más de lo que producían.
Así, en la década de 1920, cuando la crisis económica global azotó gravemente a la Argentina, los Revainera subsistían cargados de deudas; habían vendido el 30 por ciento de su propiedad –donde se desarrollaba la ciudad de Garza– y los ingleses hacía rato que se habían ido. Una de las familias a quienes los Revainera debían mucho dinero eran los Jorge, comerciantes prósperos de origen sirio, radicados en la ciudad de Beltrán. Por entonces, Alberto, el menor de los Revainera estaba de novio con una chica de Santiago, descendiente de italianos y apellidada Meneghini. El clan entero lo conminó a abandonar lo que consideraban una mera ilusión romántica, para acceder al requerimiento unánime de contraer matrimonio con Salma Jorge. Alberto aceptó resignadamente el matrimonio por conveniencia. Mas aquello, al parecer, amargó su vida. Pronto iba a ser un alcohólico empedernido. Tuvieron tiempo de concebir tres hijas –Dina Elizabeth, Nilda Azucena y Teresita del Niño Jesús– antes de que el jefe de familia falleciera, por cirrosis, a los 32 años. A mediados de la década de 1940 Salma Jorge decidió emigrar en busca de un mejor horizonte para su economía. Llevó consigo a su hija más pequeña –Teresita del Niño Jesús–. * A las otras dos, que ya cursaban la secundaria, las dejó internadas como pupilas en el Convento de Belén.
El 21 de septiembre de 1947, Dina Elizabeth, de quince años, participó en representación de la Escuela Normal del Centenario y el Colegio de Belén en el Certamen Anual para elegir la Reina de la Primavera. Allí le fue presentado el poeta ganador de la medalla de oro y cinco mil pesos, por haber creado la mejor oda conmemorativa a la soberana de aquel año. Se llamaba Julio Carrera. El segundo premio, en aquella oportunidad, fue asignado a Dalmiro Coronel Lugones.
Hasta octubre del año siguiente se vieron a escondidas, pues ni los Revainera, ni los Jorge, ni las monjas, aprobaban esta relación. Por fin, poco antes de que terminaran las clases, y la niña fuese retirada por su familia de Garza para transcurrir allí las vacaciones, se fugaron.
Un sábado, después del almuerzo, la Madre Superiora le dio permiso a Dina Elizabeth para que fuera a pasar un rato con sus amigas en casa de una compañera de curso, Marta Daúd, dos cuadras al Sur del Convento de Belén por sobre la avenida Belgrano. Debía regresar de allí, como máximo, después de “la hora del té”; es decir, más o menos a las 18:00.
A las cuatro de la tarde, luciendo riguroso traje negro, capa y sombrero al tono, Julio pasó a buscar a Elizabeth por el domicilio de los Daúd. Venía en Mateo. ** De blanco, con un traje que la madre de Marta le había regalado especialmente para la ocasión, Dina Elizabeth ascendió ceremoniosamente al coche. Al paso regular de los dos caballos, llegarían a la Villa de El Zanjón como a las cinco y media. El párroco de la capilla local, previamente anoticiado, los esperaba. Allí, con estremecida unción, aceptaron unirse en matrimonio “hasta que la muerte los separase”.
Por aquellos tiempos en Santiago del Estero el matrimonio por la Iglesia era más importante que el civil. Debido a eso, cuando al día siguiente presentaron la libreta con la firma y el sello del cura, en el Registro Civil no tuvieron inconvenientes para registrarlos como un matrimonio legal.
Julio Carrera había cumplido 20 años, entonces. Dina Elizabeth, 16.


* Salma Jorge y su hija Teresita se radicarían un tiempo en Mar del Plata. Luego en Montevideo, Uruguay. Y finalmente en São Paulo, Brasil.
** Mateo, o “coche de plaza”: vehículo tirado generalmente por dos caballos y guiado por un conductor, que se usaba como taxi hasta principios de los años sesenta en Santiago del Estero.

(Del libro Hermeneuta, de Julio Carreras. Quipu Editorial, Santiago del Estero, 2015.)


El Universo interior

Alejandra, mi hija menor, iba a la escuela primaria aún, cuando a la pregunta "¿Qué profesión tiene tu papá?", contestó: "Es imprentor". Es que yo tenía una imprenta, y a la vez esta hijita, desde que naciera había presenciado mis labores como escritor. "Imprentor", era pues la conjunción de "Imprentero" y "Escritor", que su desprejuiciada mente infantil había naturalmente engendrado.
También es verdad que la vocación editorial me viene desde la infancia. Nació a consecuencia -creo- de "toda una vida" entre asombradas lecturas. Es que mi padre y mi madre -ambos maestros rurales- me habían enseñado a leer... ¡a los tres años!... Así, a los diez, mi mente estaba constelada de innumerables figuras, historias, especulaciones fantásticas... debía darles alguna salida, pensé, pues de otro modo ¡correría el riesgo de estallar!...
La maravillosa época en que me tocó vivir la primera infancia lo fue entre otras circunstancias porque se había desplegado sobre toda la Argentina una pléyade historietística como jamás viera nación alguna antes -y creo que tampoco después: Oesterheld, Hugo Pratt, José Luis Salinas, Carlos Roume, Breccia, Vogt, Solano López, Ongaro, eran sólo una pequeña parte de los grandes artistas que se expresaban por medio de publicaciones diarias o semanales, por entonces, en nuestra nación. "Los Doce Famosos Artistas", era una Academia que habían instalado cierto grupo de dibujantes -los mencionados junto a otros- con un programa tan exigente que no eran muchos quienes lograban superar los exámenes de ingreso, y más pocos aún los egresados. Incluso después, cuando tenía ya 14 o 15 años, podría deleitarme con grandes dibujantes que habían resultado como secuelas de esa generación magnífica. (¡Ay!, no tanto como hubiese querido, pues eran tantas las publicaciones, que sólo para comprar una parte de ellas debía uno disponer de bastante dinero que, como miembro dependiente en una familia de clase media más bien pobre, no me era accesible.)
Entonces, decía, a los diez años ya no daba más con mis ganas de publicar. A los nueve había comenzado a dibujar, y como no podía ser de otra manera, pronto deseché todos los consejos de mis mayores, que intentaban inducirme hacia las "Bellas Artes" (pintura, escultura), para lanzarme apenas dejando mis tareas escolares, a los grandes pliegos de cartulina que me solía procurar, para llenarlos aplicadamente de cuadros con historietas cuyos argumentos también inventaba. No es que fuera un gran dibujante. Por el contrario, me costaba horrores cada trazo, cada pequeño avance en mis nunca serenas prácticas antes de alcanzar algún resultado más o menos rescatable. Ni qué decir lo padecido cuando descubrí -gracias a un historietista profesional- que a mis dibujos a lápiz luego debería terminarlos con tinta china, condición imprescindible para darles alguna aspiración profesional. Manchaba las líneas con el dorso de la mano, jamás lograba el terminado que esperaba, los grises me resultaban imposibles... ¡y cuando mi esporádico "profesor" (Víctor Rivas) me dijo que "los verdaderos dibujantes de historietas trabajaban a pincel"!... sentí que el suelo se me abría.
Yo era un niño nervioso y colérico. Además, fuerte. Esto era peligroso para mis semejantes, pues temprano había aprendido a usar mis puños para golpear. No tenía nada de intelectual, salvo que casi desde que naciera la puerta de mi cerebro estuvo abierta a numerosas lecturas (mayormente cuentos ilustrados e historietas) y el ambiente que me rodeaba era tan lleno de estímulos, con los amigos de mi padre, un poeta, además locutor de radio, talentoso, seductor, y la extremadamente intensa época de la Resistencia Peronista como escenario pues también de esas luchas políticas mis familiares más próximos participaban.

10:35 Anotado en Blog | Permalink | Comentarios (33) | Tags: revainera

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